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sábado, 20 de febrero de 2016

Aun [Cuerpo]


Verba volant scripta manent corpus.

A noche de hoy.

A noche de hoy me parece que la soledad es un estilo de vida, una forma activa de no entablar lazos con la gente, de sonreír amablemente y continuar desenganchado de sus manos, de sus pieles y sus labios. ¿Para qué besar?

Me ocupa la fragilidad del alma, lo delicado de mi contextura corporal que aflora cuando menos me lo espero en una mirada coqueta y furtiva que invita a cualquiera a encantarse por mi cavilar. Me ocupa aquella fragilidad porque les encanto y les cuido como puedo, mientras cierro mis ojos para escuchar, para no esbozar el trazo de vincularidad que me llevaría a repasar mis grietas y a fracturarme una vez más. Cierro mis ojos para no sujetarme más que en el bla-bla-bla.

Esta forma de soledad elegida es pues, lejos de ser la mejor, una formulación para evitar seguir despedazándome por cualquier necedad, ¡porque son necios! Son necios cuando me piden mis palabras e ignoran que se avecina la tempestad de la esfinge que asoló a la Tebas de Edipo con su brutal preguntar: “¿acaso sabes que creciste y envejecerás? ¿Acaso sabes que no tendrás vista que guie tus pasos en la oscuridad? ¿Acaso has aceptado que morirás? ¡No lo creo! La quimérica asfixia será tu final.” Son necios por pedirme que me desnude sin haber gobernado algo de su propia humanidad, de su propia humildad.

Y aun cuando no escribo con la rabia con la que leí poco más que un par de letras como inquilino en la mugrosa sede del saber, aun cuando no me emociono fatalmente como en la universidad, aun cuando me arrojo irremediable a lo profundo de mi tinta, soledad… Aun cuando soy otro y el mismo y florezco como un diferente “escribir” en mi jardín, mi jardín… Aun entonces vale la pena hablar con rabia y mirar a los ojos para mostrarles mi ira, mi potente huracán de palabras tan dadas a moverse como a arrasar con todo su paso, a detonarles sin piedad. Aun entonces, aun ahora me vale la pena odiar tanta estupidez, tanta necedad, para hacerla reaccionar con el fuego de mi alma, ¡y los incendio! Los incendio cuando no lo notan y arden hasta estallar con violencia sin saber que les he provocado con el ardor de este cuerpo evanescente que se consume a medida que exhalo.

Aun entonces vale la pena escribir con mi voz a flor de piel y partirme paso a paso para gritar, para dibujar entre mis grietas lo que no tengo las palabras para decir: ¡Los odio! ¡Pero los añoro con cariño y con ternura! Le debo a su necia insensatez las esperanzas de poder trazar otra forma divina, alguna forma de vida distinta a esta profunda desolación.

Se murió Umberto Eco y quiero llorar…

Escribo para los que no me entienden también, para seducirlos, para convencerlos de aprender a escuchar… y a veces les esbozo con ternura un camino que les guie en su propio infierno, otras veces les señalo las llamas de la forja arrojando sus débiles carnes al crisol y emergen frenéticos tras vivir la crisis de su supuesta identidad, tras ver lo que son tras tanto vacuo ideal. ¡Rómpanse de una vez a ver si tienen más que babas y lágrimas y mocos para compartir…! A ver si algún día se hacen tan sabios como para cultivar y construir.

Hoy me condenso en un cúmulo oscuro como la tinta, pero vital como la letra. Soy esta densa masa de ira triste, de resignación aun frustrada, de lágrimas amedrentadas por no tener quién las limpie de mi rostro y evitar que atenten contra el papel… el papel que, a noche de hoy, me da un remoto lugar para existir, para estar y fluir entre mis memorías.

De algún modo le debo a su insensatez mis ganas de vivir mañana, mis ganas de encantarles y deducirles hacia el siempre insospechado mundo de la otredad; es ventajoso que la estupidez nunca vaya a faltar en el mundo a pesar de lo eficiente de la selección natural.

Y aun cuando escribo con mis mejillas intentando sobrevivir sin ahogarse en este exceso de humedad, con mis pómulos luchando por contener la marea desbordada que amenaza con diluir el papel esta noche, sé que tengo que seguir escribiendo por si llega el día en que alguno de ustedes, toscos imbéciles, me pueda escuchar.

Los insulto con tanta rabia, con tanto odio, con resentimiento, con ternura, con cariño, con una complicidad que no creo que entiendan en general; con mis manos de acogida, con calidez, con tristeza, con frustración y resignación, con un reproche atascado en mi voz; con miedo, con terror, con pánico de que llegue el día en que alguien bese mis fracturas y me vea desvanecerme, y me sienta colapsar. Los insulto con un amor infinito, con paciencia, con un deseo patente que les invita a desear, con un amor que quiere provocar también a amar, con una alegría que pretende convocar a su propia felicidad para verlas florecer. Les insulto porque amo del mismo modo que escribo: fuertesito, como un huracán.

Y si mi insistencia no es suficiente, si de pronto no les basta con mi cuidado tierno, caluroso y persistente o con mi paciencia para entender mi amor, entonces noten la fuerza del golpe, entonces piensen en lo evidente de mi fervor, en el incendio de mi alma que arrasa sin problema con todo cuanto encuentra pero, aun así, a ustedes les hace un lugar en su seno, en mi pecho y mis ojos para que se puedan refugiar, para que yo los pueda cuidar.

El nombre de la rosa, de “mi rosa”, tal como la del joven Adso enamorado de la mirada de la campesina de la que quiso cuidar con su vida, sólo me será revelado al final por el paso del tiempo en algún acrónimo más kairótico que ucrónico –ojala–, como un enigma que sólo sus labrios me podrán enunciar como último recurso en el cual pensar para vincular. ¡Toma mi mano cuando llegue el día y acaricia mi rostro, aparta mis lágrimas y sujeta mi cuerpo porque embargará un angustiante hiato a lo dulce de esta melodía!  


[Escrito: viernes 19/02/2016]

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A día de hoy

A día de hoy la muerte de Umberto Eco demanda un luto que mi alma carga a cuestas con las páginas envenenadas de la comedia aristotélica, y sin embargo llevo, tomada por mi mano como tierna infante, una dulce sonrisita que esboza las presencias cómplices que me iluminan el día.

Desde ayer he vuelto a componer para encantar y no sólo para hacerme entender. Desde ayer he querido volver a provocar suspiros con mis letras y palabras, desde ayer tiene un sentido volver a fabricar esas letras denudas que tienen por misión enamorar.

Hoy me sé y me siento anclado a tantas miradas, a aquellos oídos, a esas manos aferradas que me sostienen, aquellos labios que a priori sé que me previenen de volver a desaparecer. A día de hoy me sé cómplice de crímenes que carecen de nombre y desbordan de calidez en el contacto de las mejillas entre almas partidas.

Que mi pelo largo fuere lo que fuera a los ojos de tanta gente y mis boinas fueran íconos de singularidad, que sea recordado por esas dulces miradas que suspirantes he de encontrar ante mis palabras y mis trazos una vez más… Leí y declamé iracundo cada vez y ellas, divinas benefactoras, hicieron de mi alud incendiario una tierna caricia al escuchar. Ellos son Eros para tanta agresividad.

Aquellas producciones fueron para sobrevivir y hay tanta gente que hizo de mis fracturas un punto de sujeción que me maravilla la habilidad de fabricar cuerpos y personajes de quién tiene la amabilidad de purificar la oscuridad de mi alma, de hacerla una brillante virtud. Gracias por escuchar.

Sabiendo cómo soy, en gratitud, sólo hay algo que les pueda brindar: Unas cuantas palabras más para volverles a encantar. Aunque sea poco, quizá sea un poco de felicidad, un ligero toque de sensibilidad, lo que les pueda brindar a cambio de su compañía y  su cálida sinceridad.

Hoy, aun con el luto que me pesa en el alma, sonrío en el alma porque se que me puedo sujetar, porque sé que seré visto y buscado por quién se interese por la persona tras el encanto que para ellos, antaño, supe fabricar.



[Escrito: sábado 20/02/2016]
*Nota: Cuando se desnuda una letra, ¿qué queda? Qued a.un cuerpo, el de la letra, y queda la voz en la mera entonación, desprovista de sentido y significado como tal. Siempre he escrito de lo mismo, pero a penas ahora lo anuncio sin el laberinto de palabras usual... Aunque tendrán que saber algo de Encore (cosa que dejé más que clara con el título) y de otros asuntos para entender alguna cosita jajajaja. Pero no todo, no todo.
*Nota 2: Este es el texto número 100 en el Blog :D

domingo, 16 de febrero de 2014

Uno: a propósito del vómito, el cuerpo y el organismo

Hasta donde me alcanza la memoria, recuerdo el especial disgusto que siempre me ha producido la idea y el acto de vomitar. Se trata de un impulso que el organismo lleva a cabo aún cuando uno no está de acuerdo y, por mucho que uno se resista, terminará por ceder al irrefrenable e incontrolable ímpetu que emerge de las profundidades del estómago, pasando con velocidad y potencia por la garganta hasta salir disparado por la boca; es un organismo que hace todo cuanto puede para cuidar de sí.

En este punto, es evidente para mí que las vías del organismo y las de la mente humana son distintas, paralelas pero simultáneas, de un modo similar a como lo planteaba Spinoza reformulando las sustancias cartesianas.

Cada vez que vomitaba o mi organismo lo intentaba, me sentía profundamente dividido por lo ominoso e  intrusivo de este impulso, además del recuerdo el olor y el sabor ácido de la sustancia en cuestión, y también me sentía incómodo por la insistencia en ese método tan desagradable para cuidar de su “salud” o “bienestar de esta cosa viviente que supongo habitar, términos que no estoy dispuesto a discutir en estos momentos y que utilizaré de manera provisional.

Así es como ayer, producto de una indigestión, tuve la oportunidad de re-elaborar esta cuestión. Me sentía terrible al despertar entre 2 y 3am,  caminé con prontitud, pero tambaleante, a un baño en el que pudiera vomitar con calma. Curiosamente, por primera vez, me sentí a gusto con el modo que tenía mi organismo para mantenerse sano porque en el camino de pocos metros tuve tiempo de considerar –ya que siempre estoy pensando, a cada instante– que me encontraba transitando por un malestar enorme y, por lo tanto sería mejor expulsar esa comida en vez de esperar a que mi organismo lograra digerirla a cabalidad y me exigiera otros trámites en una clínica a la mañana siguiente.

Así es como me dispuse con toda la tranquilidad que podía reunir en ese instante a trasbocar e increíblemente, pude sentirme uno, no dividido, sino una suerte de ser completo con mi organismo. No peleé con su impulso, sino que le permití llevarlo a cabo y me dispuse para ello, en otras palabras, me dispuse a sentir sin reparos a mi cuerpo, mi organismo, mi malestar, mi frío, mi sueño, mi cansancio. En ese instante, por terrible que parezca, fui vómito. De ese modo es como me di cuenta de que, si bien la mente y el organismo son cosas de órdenes distintos, en la medida en que uno acepta su organismo y le permite ser a cabalidad, incluso con esas cosas que no nos gustan, existe la posibilidad de sentirse uno, de no sentirte tan perpetuamente dividido e irreconciliado consigo mismo, de hacer consciencia por un breve lapso de tiempo que la escisión es imaginaria, de que no somos ni el todo absoluto ni la nada absoluta, de que somos uno y de que sólo uno somos aun cuando aparentemente haya una legión entera conviviendo dentro de cada uno de nosotros en la forma de voces, sentimientos y opiniones encontradas… Si, en eso pensaba en ese instante, antes de pensar que seguramente “no estaba dando un buen ejemplo”, no sé muy bien por qué.

De nuestras vivencias como ser vivo, es decir, de nuestros aconteceres orgánicos, únicamente solemos rescatar a través de la palabra lo que nos disgusta, lo que nos produce malestar, lo que consideramos que está mal, a tal punto que pensamos todo el día en ello y terminamos por olvidar de que en nosotros también hay una sustancia viva que lucha por sobrevivir, por vivir saludablemente a cada instante con los mejores métodos que conoce y que han dado resultado hasta ahora, incluso cuando nosotros no gustemos de ellos. Una gripa de lunes por la mañana es un buen ejemplo.

Los ámbitos que consideramos propiamente “humanos”, por ejemplo las consideraciones del orden de la ética o la estética parecen perseguir un sentido completamente distinto a las preocupaciones (si es que así puedo llamarles provisionalmente) del organismo en sí mismo, a tal punto que por la propia ética o moral, una persona puede no matar a alguien aunque de ello dependiese la vida de su organismo. Así pues, aunque estas preocupaciones “humanas” estén orientadas hacia una idea de “bienestar” teóricamente holista, puede terminar por mutilar los modos que el organismo ha dispuesto para su propio bienestar, como la formación de pulgares oponibles que le permiten utilizar "Ser y tiempo" de Martín Heidegger como arma contundente.

Para hacer más comprensible el anterior punto resulta conveniente traer a colación un ejemplo, a saber, la consideración estética de la depilación del vello en distintas partes del cuerpo que, si bien es una acción que se desarrolla en una propensión consciente por el “bienestar” psíquico, estético y social en pro de la belleza propuesta por la cultura que transverzalisa incluso estas letras, también puede ir en contra de la supervivencia del organismo en cuanto el pelo se encarga originalmente de proteger la piel y órganos delicados del frío, de la suciedad y de infecciones, a tal punto que la depilación constante en los genitales (tan aclamadas en estos tiempos) puede ser un factor de riesgo importante para desarrollar infecciones en dichas zonas y aun así es considerado estético. Me refiero pues, a este tipo de divisiones entre los modos en que el organismo garantiza su supervivencia y los modos en que los seres humanos buscamos nuestro “bienestar”, pues conozco varias personas que sienten un disgusto profundo con su organismo por la cantidad de pelo que tienen en varios sectores de su cuerpo.

Para sentirse uno –al menos por ahora lo concibo así–, es necesario sentirse bien consigo mismo, de modo que es prioritario aceptar lo que se es en vez de pelear con ello, además de que llevar a cabo semejante contienda contra la fuerza inamovible que es el organismo es una pérdida de tiempo ya que es una suerte de máquina (lo digo metafóricamente) viviente que empeña toda su energía en seguir siendo como es, haciéndose una potencia constante e incontrolable que nos empuja hacia la vida y hacia la muerte al mismo tiempo, aun cuando eso le implique a muchas chicas a tener un pequeño bigote, o que a mí me implique vomitar cuando no quiero.

Mi conclusión es que, si tengo que vomitar, prefiero hacerlo sintiéndome uno, en vez de sentirme la legión batallante y agotadora que suelo encarnar ante aquello que me cuesta aceptar; sin más remedio pero a gusto con ello, acepto vomitar. Los y las demás pueden seguir peleando con su bigote, con ser gordas o flacas, altos o bajitos, con tener nalgas prominentes o carecer de ellas… o todas las anteriores al tiempo.

[Escrito: sábado 15/02/2014]