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domingo, 2 de julio de 2017

Responsabilidad subjetiva: ¿qué nos corresponde de lo que nos pasa?

*Contiene notas acerca de 13 Reasons Why [sin spoilers]

Para comenzar, quiero poner mis cartas sobre la mesa y contarles explícitamente que rechazo de manera radical todos los modos de violencia, abuso y acoso ejercidos en el marco de las relaciones sociales, señalando que no tienen razón de ser, que no deberían existir en general y que, para mí, son moralmente reprochables; queda abierta la discusión acerca del calificativo moral más apropiado para las agresiones en defensa propia, como el debate acerca del lugar de las fuerzas estatales en estas cuestiones, pero no es lo que me ocupa hoy. Tras dejar esto claro, aparece mi pregunta central para este texto: ¿qué responsabilidad[1] subjetiva tiene cada uno de los implicados en situación de violencia? Tanto la del victimario como de la víctima y de sus entornos, anotando que no estoy hablando de culpas, sino de las cosas que cada quién es responsable pues, en alguna medida, participa en la creación de dichas situaciones como dinámicas relacionales. Y, en particular quiero aproximarme a la cuestión de si –y especialmente en el suicidio– existen “víctimas” que construyen una vida que les sirve para hacerse daño a nivel emocional y físico.

Por ejemplo, dado el caso de una mujer heterosexual insegura que, en aras de ocultar, compensar y negar su propia inseguridad: 1) busca vincularse con hombres demasiado seguros de sí, tan exageradamente seguros que puedan llegar a ignorar las opiniones de los otros a tal punto en que abusen emocionalmente de quienes les rodean al objetivarlos; 2) y si esa misma mujer rechaza los vínculos con hombres no tan seguros pero tiernos, considerados y buenos para escuchar a la gente, pues le desesperan en la medida en que le sirven de espejo para recordar su propia inseguridad y vulnerabilidad – esas que ella preferiría que no existieran–; dada una persona así, ¿qué responsabilidad subjetiva tendría ella en verse envuelta reiteradamente en relaciones amorosas en que es objeto de abuso y maltrato emocional? ¿Qué responsabilidad tendría acerca de que en su círculo social cercano no habiten personas que se interesen por su bienestar o por su felicidad? No toda ni de manera exlusiva, pero si tiene responsabilidad allí en la cualidad y calidad de los vínculos que ha construido durante su vida. Ha sido ella quién ha elegido a unas personas para amar y conversar y a otras para apartar, como ha sido la que ha optado por relacionarse con su inseguridad  intentando hacerla desaparecer.

Doy otro ejemplo: si un hombre, en el esfuerzo de sentirse valioso en su propia existencia y para el mundo, dedica su vida a vincularse con personas conflictivas que se odian a sí mismas para intentar ayudarles, salvarles, arreglarlos y transformarlos en gente buena, feliz y exitosa, ¿qué responsabilidad tendría en los abusos y en el maltrato que pueda sentir que estas personas ejercen sobre él? Quién no está a gusto consigo mismo tiende a dañar a quienes les rodean y a dañarse aún más a sí mismos; de manera que este hombre, en su búsqueda mesiánica, estaría siendo –cuando menos– facilitador de su propio martirio.


Ahora sí, anotando que no spoilearé nada importante, procedo a lo que nos compete hoy: 13 Reasons Why no es una serie que podría recomendarle a cualquiera, entre otras cosas, porque se mueve intentando hacer equilibrio en la fina línea entre la objetividad de los hechos y la subjetividad del narrador que queda marcada con fuerza en el relato, nota a nota, cassette a cassette. Y fracasa en este intento. Menos mal fracasa.

¿En qué sentido lo digo? Ha habido infinidad de series y de libros que narran con objetividad experiencias similares a las que en esta serie se plasman, y bueno, los hechos puros, los datos fríos no hacen justicia al sufrimiento de las personas ni a la intensidad de las palabras sentidas; cualquiera que se dedique a escuchar a quienes les rodean puede dar fe de eso. Tener éxito en mantener el equilibrio entre lo objetivo de los hechos concretos y lo subjetivo de las percepciones y narrativas nos hubiera llevado a presenciar otra de esas quimeras que a veces transmiten en horario familiar, esas que intentan emular la vida real pero que nos dejan en la boca un sabor a refrito, a cursi y a sobreactuado…cosa que ocurre en muchas novelas, entre otras cosas, porque omiten los detalles duros y macabros, las marcas en la piel, los gestos de goce o entumecimiento en los rostros. La fuerza y la crueldad que acompaña a la vida que es de todo menos Políticamente Correcta.

13 Reasons Why fracasa brutalmente en mantener ese equilibrio y despliega una historia profundamente subjetiva, narrada de manera coherente, manteniendo con precisión los estilos y rasgos de personalidad en cada uno de los personajes que nos acompañan en esta pequeña travesía de 13 capítulos desplegando cuáles fueron los 13 motivos por los que Hannah, nuestra voz-en-off favorita y protagonista, se suicidó. SPOILER ALERT: Hannah se suicidó (así comienza la serie, relájense).

Hannah nos narra su historia contándonos “su verdad”, no “La Verdad”, de manera que como consumidor de esta serie es difícil discernir nuestra posición ética frente a lo que vemos y nos cuentan, tal como en la vida real. Nuestra narradora es una persona difícil, agresiva con la gente que se le acerca y en especial con ella misma, que aleja a las personas que le importan, que tiene una habilidad espectacular para rodearse de personas encantadoras pero dañinas, versada en escuchar a medias a los otros y entender –de todo lo que se le dice– sólo cosas que la juzgan y le hacen daño, a menudo aun donde no están. Es una persona que no se quiere ni un poquito, que confunde la popularidad con el amor propio y confunde el ego con la felicidad, que no sabe lo que quiere entonces busca que la gente le ordene, que siempre está esperando a que la gente le ruegue y le insista en vez de asumir sus propios gustos y deseos como suyos y bajo su responsabilidad, pues le huye a lo que desea porque la hace sentirse vulnerable y en falta, porque desear la hace saberse imperfecta. Si bien en el mundo desplegado por la serie existe gente dispuesta a hacer daño a otras personas, ella parece buscarlos certeramente uno tras otro, en filita india, así como termina por ahuyentar de manera sistemática a las personas que sólo quieren darle un poco de amor, porque el amor nos hace sentir vulnerables y ella, siendo como es, prefiere alejarse de su propia vulnerabilidad. Ustedes las conocen, mejor que yo, a las Hannahs que habitan en la vida de cada quién.

¡Esperen un momento por favor! Antes de acusarme de re-victimizar a esta crespa en particular, quiero decir que la percepción diagnóstica descriptiva que acabo de exponer la formé desde el capítulo 1 previo a cualquier situación de acoso o abuso en su historia, y la consolidé en el capítulo 2 (en la escena que se desarrolla en 2-27:46, en la parte de atrás del teatro donde trabaja con Clay) tras haber pasado el primer incidente de acoso escolar en su narrativa. Siguiendo la lógica que nos propone la serie, me queda claro que desde el principio Hannah vive su vida tomando actitudes y llevando a cabo acciones que atentan contra su bienestar emocional así como, también desde el comienzo de la serie, muestran cómo busca relacionarse con gente conflictiva y abusadora incluso en contra de las sugerencias de su amiga más cercana; todo esto desde antes de vivenciar las situaciones y de conocer a las personas a las que ella señala como culpables de su muerte. Lo anterior me dice no son los abusos y acosos lo que causan su modo tan violento de relacionarse consigo misma, sino que se trata de una mecánica relacional de ella, algo de lo cual sólo ella hubiera podido hacerse responsable y nadie más. Claro, el acoso lo empeora al resonar con esta mecánica, amplificándola, pero es un patrón con el que ella viene de entrada.


Mi interés, si bien es plantear la cuestión de cómo aproximarnos a las coordenadas de la responsabilidad subjetiva en las situaciones de violencia, acoso y abuso y maltrato al poner de relieve los detalles que la explicitan, no me lleva a dar una respuesta concreta acerca de esto. Este texto es más bien una provocación, una construcción que invita a leer y escuchar de una manera distinta las historias de las cuales somos testigos día a día y, antes de decir condescendientemente “ay, qué pesar que a ella siempre le salgan novios perros que la cambian por otras. Y como es de buena persona…”, nos preguntemos si no será ella que quién está buscando hombres engreídos para poseerlos y así alimentar su propio ego fracturado; o antes de dirigir nuestra agresividad contra los otros diciendo “qué frustración, ¡todas las mujeres son tan dramáticas!”, nos preguntemos si será que nosotros buscamos mujeres conflictivas para intentar arreglar sus desgracias, como si así, de manera especular, pudiéramos resolver nuestros propios problemas y sentirnos menos desgraciados con nuestra existencia. La posición de víctima, la de culpar exclusivamente a los otros por lo que me pasa, siempre ha sido muy cómoda, tanto como la de juez y verdugo que culpa a un tercero con exclusividad. Somos nuestro propio Otro.

El anterior razonamiento nos lleva a preguntarnos también por algunos “accidentes” (como en el final de la tercera temporada de Better Call Saul), y cuestionarnos acerca de si realmente fueron accidentes o si fueron situaciones causadas por el “accidentado” para hacerse daño, de manera consciente o inconsciente, cosa que nos llevaría a reflexionar acerca de si estos acontecimientos son más cercanos a un suicidio. Así que, antes de buscar contra quién dirigir la agresividad cuando acontece un accidente y decir que qué pesar, habría que pensar y preguntarnos si el accidentado no es un suicida encubierto; tal como antes de buscar culpables de un suicidio tendríamos que preguntarnos si el suicida mismo –en alguna medida– no fue también causante de las situaciones que lo llevaron a agredirse antes que aceptarse, a elegir morirse antes que arriesgarse a vivir. Ahí se los dejo.



[Escrito: martes 13/06/2017 y sábado 01/07/2017]


[1] “Responsabilidad” viene del latín. Se puede descomponer de la siguiente manera: Sufijo –idad­, que expresa cualidad; sufijo –bilis que nos habla de una capacidad o posibilidad, que es capaz de; y se forma a partir del supino (responsum) del verbo latino spondere, que es prometer, comprometerse con algo, obligarse a responder.

martes, 31 de enero de 2017

La diferencia entre gusto y amor

De a pocos voy haciendo las paces con levantarme a las 3 ó 4am a comer algo para evitar la gastritis matinal, y está bien. Soy mi cuerpo frágil tanto como soy mi impulso a crear a esa hora. Ahí no hace falta cambiar, así está bien.

Y si, quizá lo que en estas generaciones llamamos “gusto” sea poco más que esta reacción química que nos compele a reproducirnos, ‘la trampa de la naturaleza’ para preservar la especie a través de la urgencia de excitación sexual, el goce vuelto impulso a tocar. No obstante, he de rescatar un concepto: si desear es un no-todo marcado por la creatividad, en parte se trata de un acto sublimatorio en cuánto no es un ‘gozar del objeto’ en cuanto tal ($ <> a) ya que no es directamente fantasmático, sino que está atravesado por la castración, por el “no-todo” que lo constituye. Es constructivo de un modo diferente al gusto sexual y su respectivo goce.



Ahí está la gran pérdida de occidente: al asemejar el gusto y el goce sexual con el deseo y su creatividad, se ha difuminado la forma de intimidad amistosa (filial) propios del deseo y del amor al subsumirlos en maratónicas sesiones sexuales en las que se nombra como ‘amor’ a un encoñe duradero. Muy rico, sí, pero la diferencia entre esas dos cosas es bien grande.

Cuando en psicoanálisis se dice “No hay relación sexual” no se habla del sexo, porque es evidente que sexo si tenemos. Bueno, últimamente yo no, pero ajá, me hago entender. Sexo si tenemos; lo que no tenemos, lo que no hay, es la relación equilibrada, equitativa y correspondiente a lo ideal entre los implicados: no hay sino desencuentros entre nosotros, no hay sino choques y conflictos constantes en las relaciones humanas, ahí está la clave. Es por esto, por el perpetuo desencuentro social para el que somos bienaventurados los seres humanos, que podemos diferenciar con facilidad el gusto (goce) y el amor (deseo).

Me despliego. El gusto sexual tiende al goce de los organismos, a un disfrute acéfalo, irreflexivo, descerebrado, a la posesión, pues busca la asimilación del otro en un esfuerzo de fundirse en uno, sea a través de devorar o absorber al otro, o ser devorado o absorbido por el otro, tal como hacemos con la comida. Es un consumo-del-todo dónde nada nunca es suficiente. Busca, pues, erradicar el desencuentro y los conflictos de esa relación al borrar las diferencias subjetivas y a veces físicas entre los implicados, hacer que el otro sea yo o que yo sea el ideal que tengo del otro. Así, con una persona de la que se gusta, es callados como se tiene sexo, como se goza de su organismo.

Para hablar del amor, tendré que citar a Lacan: “Está claro entonces que es hablando como se hace el amor” (XIX, creo). El amor, pues, se hace, se crea, se construye; hacer-el-amor, todo junto. ¡Ahí está lo que hace ser deseo al deseo! No trata del lenguaje en tanto código o estructura, sino de la comunicación durante el sexo. Hablar siempre implica un no-todo (no-todo se puede decir, no-todo se puede captar, no-todo se puede saber…), implica impotencia, falta, impulso y construcción.

Conversar termina evitando que la sexualidad humana se trate sólo de una mera experiencia orgánica o de un simple desborde de fantasías mutuas, de fantasmas de incorporación mental y mezcolanza corporal con el otro en aras de hacer desaparecer lo que nos hace falta. Quién intenta completarse o completar al otro termina por imponer una silenciosa fusión, una forma de dominación que niega la subjetividad y la libertad de los participantes que puede convertir a una relación en una condena tan ficticia como concreta.

Hacer-el-amor implica la responsabilidad –como dice Fromm– de hablarnos, es conversar para enfatizar en lo diferentes que somos en vez de fantasear que nos fundimos con el otro, dialogar ayuda a mantenernos distintos, velados, misteriosos pero conocidos y desencontrados aun cuando esto significa matar un poco el gusto y dañar el ambiente. Es por esto que, en este plano, lo que une a dos personas es su intimidad, su modo particular de compartir entre ellos su subjetividad, y lo que los separa son las fantasías y los ideales de los que podrían elegir gozar en silencio de manera solipsista mientras sus cuerpos están en contacto, mientras gimen y suspiran no más. Esto me sirve para decir que vincula a quienes se aman es más su amistad que el goce y el impulso propio del gusto sexual o las desmesuras de la fantasía y de lo ideal.

Vale anotar con claridad lo que ya insinué: Si, estas personas que callan, que tienen sexo mientras idealizan y fantasean usando el cuerpo del otro, disfrutarán más y más intensamente que las personas que comienzan a conversar entre ellos, que comienzan a desearse y amarse por quienes son, por lo diferentes que son. Amar implica una pérdida de goce, pero también una pequeña ganancia en la capacidad de creación. Cada quién elige, cada vez se elige.

Al amar, lo que nos impulsa a vincularnos no es el gusto, sino lo que nos hace falta y que nos invita –humildemente– a conversar, a desencontrarnos, a chocar con el otro una vez más; mientras que el gusto sexual y su respectivo goce invitan a eso, a gozar y ya, tendiendo hacia la manía y al narcisismo, hacia creer que nada nos hace falta y que con todo podemos siempre y cuando el otro nos complete, llevándonos a la dependencia y a la muerte del vínculo en cuanto tal, a la producción de una simbiosis parasitaria (o un comensalismo en el menos incómodo de los casos). Una pequeña evidencia de esto es lo común que es ver cómo hay muchas amistades en que habita un intenso deseo de vincularse, de compartir, de construir, sobreviviendo a través de los años y los daños, fortaleciéndose con cada crisis; mientras que muchas relaciones de pareja son más bien habitadas por violentas nociones de deber y por expectativas que se imponen como libretos sobre el otro y sobre sí, cohibiendo todo tipo de expresión, erradicando la espontaneidad.

Ya lo había dicho hace un tiempo: los aspectos de co-creación y acompañamiento incondicional propio de la vida amorosa en general ha recaído en el campo de la amistad, dejando únicamente las expectativas y los deberes (siendo ambos consecuencias imaginarias del “gusto”) junto al goce sexual como fundamentos y nutrientes de las relaciones de pareja. Y luego se quejan, critican o reclaman porque cosechan un mierdero cuando intentan dizque “amar” así, sin contar a los que salen corriendo, afanados en la búsqueda de algún otro pendejo del cual esperar que los saque de la desilusión que no quieren afrontar.

Tomado de: mensxp.com

Darse cuenta de que el otro es otro, que es distinto a mí y a lo que yo espero de este, al mismo tiempo en que me doy cuenta de que yo no soy lo que quiero ser –es decir, darme cuenta de que no soy mi ideal–, no es excitante… es aterrorizante, avergonzante, culpabilizante, angustiante y demás, pero es así como es posible vincularse entre personas, como llegan a amarse y desearse. Hay que ser muy humildes y muy valientes para amar, para conversar, para afrontar los desencuentros junto a los choques y conflictos de las relaciones humanas, para aceptar las diferencias y hablar para distinguirse activamente, para construir algo juntos en vez de sólo gozar de nuestras ficciones y mutuas masturbaciones en el silencio sepulcral de la muerte de la creatividad.

Con humildad, sabiduría, esfuerzo, voluntad y mucha valentía es como, a cambio de perder un puñado de goces y fantasías, nos ganamos el derecho a amar, a desear. Quién no se lo haya ganado, tiene bien merecido su mierdero y su condena.


(Obama, out. *drops mic*)
[Escrito: miércoles 04/01/2017.
Corregido: lunes 30/01/2017]

Día 2

Comenzar un año sin agüeros, sin esperanzas ni condenas, sin pequeños delirios que aspiren a controlar lo que mañana ocurrirá es incierto, azaroso, liviano y enriquecedor. Tengo ganas de salir a la calle alentado por una curiosidad serena acerca de qué me depararán estos tiempos a penas nacientes. Día 2.

¡Humanidades! Llevo tiempo diciéndolo. No creo que haya algo distinto a las humanidades dulces y amargas de las que hace ya un tiempo, perdidamente, me enamoré. Eso me trae una sonrisa al rostro y una sensación de delicadeza y ternura en mi escribir.

¿En qué creen los que no creen? Que le pregunten al ya fallecido Eco. Por mi parte, creo en lo humano, creo en la tierra (humus) que nos compone como impulso a amar y a retornar a ella por igual.

Este año quiero cultivar. Ya hice mi purga emocional, así que quiero construir y abrirme a otras personas, a otros paisajes, a otros labios, a otras voces y otros tactos. Soy paciente y deambulante.

No tengo nada que estrenar más que mis labios rotos por el frío en el nevado y mi actitud. No tengo más que mi falta que me impulsa a moverme en alguna dirección.

¡Que se muestren los que tengan que hacerlo! Ahora estoy para otro tipo de gente. No sólo es cortar. Es cortar, sembrar y seguir para construir algo más.


[Escrito: lunes 02/01/2017]

Corte

Tomado de: Hogarmanía
Es que no me queda nada…

Quedarse sin nada, más que una penitencia o una pérdida, me parece una liberación. Siento un desprendimiento, como que, de a pocos, voy dejando atrás una cantidad de entramados que me han causado inmenso dolor.

Cierre, corte, caedere. Es hora de ir terminando.

El silencio de la montaña y las discusiones cuesta abajo sólo me han ayudado a asumirlo con firmeza. No estoy para muchos vínculos y esta vez lo digo sin violencia; soy firme y sistemático para amar, para crear y, hoy, para cortar. No tengo arrepentimientos, no hoy. Este es el momento para cerrar, para cortar y talar con minuciosidad. Lo asumo, lo mantengo y me hago responsable de esto. Recuerdo a Sabina: “Este ‘adiós’ no maquilla un ‘hasta luego’, este ‘nunca’ no esconde un ‘ojalá’.  Estas cenizas no juegan con fuego, este ciego no mira para atrás. Este notario firma lo que escribo, esta letra no la protestaré. Ahórrate el acuso del recibo, estas vísperas son las de después.” Me quedo con pocos, pero me quedo con quién me quiero quedar: amigos de mi vida, ecos de mi infancia, presentes a su manera, luces y compañías.

Me da gusto saberme acompañado para esta época, me da gusto cortar y talar sabiendo lo que elijo como amigos (filia) por una vez.

No me queda nada, nada tengo, nada que se pueda tener. Pero en mi vida hay algo que da calor y escapa a toda posesión. Hay cariño, hay confianza, hay una profunda diferencia que nunca se deja de poner en acto; crear y diferenciar. Hay en mi vida amor y compañía. Eso es lo que elijo sembrar para el año próximo junto a la serenidad y la valentía que implican desear.

El futuro no lo sé, lo desconozco. Hace dos años sembré un dolor gigante con toda la coherencia que en el momento tenía, un terror monstruoso, un miedo que me consumía; y hoy, después de más de 700 días, me veo lazando a gusto, rodeado de frutos que me causan una suave alegría.

Valió la pena. Ha valido la pena llegar hasta aquí. Y, si sembrando tan poco, tanto pudo nacer… hoy tengo más qué cultivar y menos qué esperar. ¡Ya veremos qué aparecerá!

Escribir, lo juro, me hace sonreír.

No soy bueno creyendo, pero hoy tengo fe. Una muy sincera, cálida, y pausada fe que me llena de ternura. Confío en mí, confío en mi destino (tyché), confío en mi futuro sin conocer su traje, su rostro o su semblante. Confío en lo que soy y en lo que habita en mi vida, confío en todo cuanto puedo confiar de lo que soy y me rodea. Tengo fe en mí, y lo digo con humildad: no tengo fe en eso de lo que soy o debería ser capaz, sino en lo más básico de lo que soy, que condiciona quienes quieran y puedan sujetarse a mí. Tengo fe en ese granito de locura que me hace ser quién soy.

Hoy no tengo miedo a que sea mañana. Ha valido la pena llegar hasta aquí, estoy feliz.  Siento gratitud con ellos y conmigo. Esta vez, parafraseando a Boaventura de Sousa Santos, cortar y decir ‘no’ a tantas relaciones ha sido decir ‘si’–como el niño de Nietzsche–  y cultivar  lo que amo, lo que hace que me valga la pena exsistir.

Yo seguiré cantando y queriendo a los que quiero, amando como amo, a pesar de la falta de palabras al respecto. Imagino que ellos lo saben, deben por lo menos sospechar la pena que me da desbordarme así de cariño, así que necesito callar y actuar sin más. No me quedan cortas las palabras, por eso elijo no-todo-decir. Sin embargo, me alegra sentirme siendo más cálido cada vez. Callar tiene la ventaja de que no me tengo que explicar para abrazar. El cariño es más sencillo de lo que uno podría imaginar.



[Escrito: viernes 30/12/16]

Bartender

Tomado de: https://www.bevspot.com/2016/06/22/staff-turnover-hospitality-industry-high/
¿Cuál es la diferencia entre un bartender y un psicólogo?
Que el bartender si ofrece soluciones.


[Escrito: lunes 23/11/2016]

Consideraciones anticonceptivas: Provocación

Un poco en vía contraria al imaginario cultural, creo que el primer beso no debe ser “perfecto”, sino que debe ser tan ambiguo e insatisfactorio que deje plantada una duda y siempre deje queriendo más. Un buen primer beso es una provocación: debe dejar en falta, impulsando a repetir, invitando a desear.


[Escrito: viernes 04/11/2016]

Plástico

 
Tomado de: Link
-Se puso tetas.
-¿Para qué?
-Para sentirse mejor con ella misma.
-Eso no se cura con plástico.
-… Qué pesarsito.

[Escrito: miércoles 19/10/2016]

Intencionar

Tomado de: Link
No hay buenas intenciones o malas intenciones. Hay intencionalidad, como Brentano lo propone, que talla la construcción de un fenómeno, le esculpe y le optura al herir nuestra sensibilidad. Siendo así, no depende casi del objeto en cuanto real –noúmeno–  si impacta o no en una persona o el modo en que impacte, sino que depende especialmente de esta persona como sujeto. Así, tiene mucho más peso decir “no hay relación sexual”, “hay de lo Uno”, “hay desencuentro”.

No hay dispositivo, disposición o ideología, sino modos de producción particulares, personalizados, singularizados, que se construyen marcados con este intencionar, con eso que es cada uno y queda tallado en sus modos de crear e incluso de interpretar, de producir sentidos y alternativas, intuiciones de mundos, universos de sentidos.


[Escrito: miércoles 19/10/2016]

Reivindicar

Rusty Cohle, True Detective (1x08)
Mi vida ha sido, 
entre otras cosas, 
una reivindicación 
del vacío.

[Escrito: domingo 16/10/2016]

Devorar para

Devorar para… para devenir, para construir.
Besar y parar antes de devorar, para jugar, para crear, para amar.

Así, en infinitivo como Deleuze me enseñó, como Foucault puntualizó:
-Devorar para.

-Para jugar
-Para amar
-Para construir
-Para devenir
-Para crear.


[Escrito: jueves 13/10/2016]

Inventar

The Hangover
Amar es inventarse modos de amar.

[Escrito: jueves 06/10/2016]

Insistir

Nacimiento del río Cuervo, (Cuenca, España).
Foto de: David Gil. Link
Del afán de no ver la propia falta aparece la urgencia de erradicar la del otro, y así, al otro como tal.

Y sin embargo, ello habla, ello habla. Ello insiste, ello está.



[Escrito: martes 21/06/2016]

Innombrable

Tomada de: El Colombiano
Link
La defensa es el idioma de lo innombrable.
(*Defensa, síntoma, resistencia, etc.)

 [Escrito: jueves 17/06/2016]

lunes, 12 de septiembre de 2016

Compromiso

Últimamente me han saltado a la vista los efectos en el tejido social y subjetivo que ha tenido la firma del “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, por amañada que sea la pregunta que esgrime el plebiscito.

Uno de esos efectos –uno que compite por el podio de mi favoritismo personal y pierde por poco– es la principal consecuencia de dos periodos seguidos de Santismo en la política colombiana. Se trata del enervamiento exponencial y sistemático del Uribismo mediante una infinidad de estrategias, algunas creativas y precisas, otras más bien bajas y sosas, sin contar los accidentes que rodean al Partido de la U (“U” que era de Uribe y no de “Unión”, claro está) y demás acontecimientos externos a la voluntad. Para decirlo con claridad: a veces se necesita un bufón para desenmascarar a un fanático. Deben estar las tiendas naturistas vendiendo valeriana a cuatro manos, pa’ que vea que trabajo si hay.

La firma del acuerdo junto con las manifestaciones públicas, las campañas publicitarias, el movimiento en redes sociales, destituciones, entre otros, ha sido catalizador suficiente para reafirmar fracturas ideológicas al interior de cada partido político colombiano, siendo estas las divisiones que ya estaban esbozadas desde tiempo atrás. Recordándome a Molière, lo repentino de este movimiento termina por develar, de golpe, a los tartufos de nuestro tiempo que, desvergonzados y librados de culpa como los “ciudadanos de bien” que son, salen afanosas de su escondite como alimañas domésticas que huyen del sol buscando oscuridad, amparo y territorio en otros campos más cómodos para sus propias ambiciones carroñeras. Los domingos los veremos a ojo cerrado repitiendo el Yo pecador mientras, de rodillas, se hacen notar; hasta la indulgencia les sale barata a los terratenientes.

Claramente, no son los ciudadanos investidos con el poder estatal los únicos que se ven develados (es decir, privados de velos) por la vertiginosidad de los acontecimientos. Álgidas discusiones se instalan sin delicadeza alguna en las familias, en los grupos de amigos que se reúnen los viernes o sábados cada tanto, en las parejas de novios adolescentes y los salones de clase, aquí y allá. Ha aflorado con particular violencia la tiranía de las personas “del común” que no están dispuestas a ceder ni escuchar, que gustosas impondrían su opinión sobre el otro, que no pueden coexistir, que no saben conversar. La dificultad que tenemos, más que política, es social.

Me causa gran inconformidad ver cómo somos un país tan profundamente intolerante. No tiene caso apostarle a ninguna paz si sólo se hace con la motivación de erradicar al otro, es decir, en aras de hacer que algo o alguien deje de existir. Si fuéramos a hacer una Pedagogía para la paz efectiva, habría que dedicar por lo menos un par de horas a aclarar la diferencia entre un acuerdo y un exterminio, porque evidentemente se nos olvida no es lo mismo “convivir en paz” que “descansar en paz”. Que la impartan los supervivientes de El Aro, por favor, y de paso diferenciamos la palabra “convivir” de las Convivir.

Intentaré ejemplificar un poco más los efectos de develamiento que mencioné:
  • Uno tiene que ser bastante narcisista e infantil como ser humano para esperar la total sumisión del otro ante los propios caprichos, deseos o principios, aún si cuenta con los argumentos para ello; un berrinche no deja de ser tal incluso si el niño o la niña tienen la razón.
  • Así mismo, es necesario un rasguito paranoico para tener la constante impresión de que el otro te va a someter, te va a hacer daño, te despojará de lo tuyo y arruinará todo aquello por lo que has trabajado toda tu vida.
  • También, una persona tendría que ser muy orgullosa y necesitada de atención para buscar el reconocimiento de todos los otros (sea con la familia o los amigos, en persona, en televisión o en redes sociales, a nivel nacional o internacional)  por cada una de sus pequeñas acciones o ideas; me recuerda al comportamiento normal de los niños que llevan sus pequeñas producciones a sus padres para ser felicitados por ellas.
Hay más develamientos, pero estos tres bastan por ahora para hacerme entender y para preguntarnos: ¿no serán estas, más bien, revelaciones de algunos de sus rasgos, de algo que también son estas personas además del lado más amable que ya conocemos? Porque no creo que firmar papeles tenga el efecto de engendrar psicopatologías. Caso contrario, habrá que escribir a la OMS para que contraindique esta práctica.


Sin embargo, el efecto que hasta ahora ha sido mi favorito es otro. Se trata de algo de lo que se ha hablado bastante últimamente, así que seré resumido. Creo que por primera vez desde el alzamiento en armas como consecuencia de los eventos circundantes a la masacre de las bananeras (1928), parece posible concebir una salida pacífica y dialogada a los últimos restos de diferencias ideológicas irreconciliables en el territorio político. Sea por medio de este acuerdo o de otro, con cada uno de los recovecos que fulano le quiera agregar y mengano le quiera quitar al papel, pero por primera vez al menos en mi vida parece una posibilidad real. Me pregunto por el impacto, el efecto subjetivo, que esto tiene en las personas que han estado de verdad sumergidas entre la sangre, el barro y la pólvora; confieso que me emociono y enternezco con la idea de que quizá llegue el día en que los podamos entrevistar.

A su vez, hay consecuencias interesantes en el tejido social mundial, aunque no podemos vislumbrar aún su alcance. ¿Qué pensarán los nativos europeos cuando les cuentan que existe un paisito del “nuevo mundo” en el que gente de esa dizque tercermundista negociando acerca de cómo pueden vivir en paz mientras ellos se encuentran bajo el lamentable flagelo de la discriminación, el extremismo ideológico y la recesión económica? Si uno se guiara por los estándares tradicionales, entonces habría que concluir que esto anda patas arriba. Y bueno, ya que la estrategia más efectiva y empática que ha producido el mundo contemporáneo para acompañar el sufrimiento de las personas o a las causas nobles son aplicaciones para poner churumbelitos en las fotos de perfil de Facebook – ¡6 mil años de cultura humana desde la invención de la escritura para llegar a eso! –, quizá un granito de esperanza caiga mejor esta vez.

Llegados a este punto, viene a mi mente el concepto de Formación de compromiso de Freud. Para ser conciso, hace referencia a que en el aparato psíquico (entiéndase “mente”) hay una diversidad de fuerzas, motivaciones e impulsos que son contradictorios e irreconciliables entre ellos, dando así origen al conflicto psíquico. Para hacer frente a esto, el recurso que –para Freud– tenemos es la formación de síntomas: la producción de actos que no entendemos del todo e incluso a menudo ni siquiera nos percatamos de ellos (en ese sentido, dirá que son inconscientes), que tienen la particularidad de satisfacer en una pequeña medida a cada uno de esos impulsos contradictorios que habitan en nosotros, dejando así una gran insatisfacción general y un monto de angustia o desesperación considerables, que comúnmente se expresan como vergüenza, culpa, tristeza, rabia, euforia sostenida o ansiedad.

Traigo este concepto para pensar en que un acuerdo de paz que es, literalmente, una “formación de compromiso”. En este caso, no es una rendición por parte de las FARC-EP puesto que no abandonan sus ideales ni se disuelven radicalmente –no, no es un exterminio pactado y firmado–, sino que abandonan los medios por los cuales han intentado alcanzarlos hasta ahora; tampoco es una rendición por parte del Estado porque no abandona su legitimidad ni se disuelve, sino que maniobra (ojalá con precisión) para promover la reintegración digna a la vida civil de todas las personas que habitan su territorio nacional con todo lo que eso significa, es decir que se trata de un proceso que debería reafirmar al Estado en cuanto tal. Vale la pena diferenciar, como hace Leila Guerriero, un “Estado civil de derecho” de una máquina que consume personas y escupe huesos; luego les comparto algo de ella.

Ya que estas dos (el Estado y las FARC-EP) y muchísimas otras fuerzas que habitan nuestro país son profundamente irreconciliables ideológicamente, hoy pienso que un buen acuerdo sería aquel que nos dejara a todos insatisfechos por igual, siempre y cuando promueva la integridad –pero no la satisfacción, hago un énfasis aquí– del estado y de los que participamos de él, cosa que implica la renuncia a la vía armada y acoger la dinámica de la conversación y el voto popular propios de la democracia. No hay acuerdo si nadie cede, no hay paz sin compromisos, no hay convivencia posible sin renuncias e insatisfacción, sin malestar, y eso aplica para ellos, para nosotros y para todos los que elegimos vivir en sociedad.

Viéndolo desde esta perspectiva, concluyo que en vez de haber un exceso de cambios propuestos en el acuerdo –como bastante he escuchado decir por estos días–, han hecho falta transformaciones todavía más contundentes para dar fuerza a la reorganización que hace falta en la ley colombiana desde la fundación de la Patria Boba, por allá en la primera década de 1800, y que ha terminado por devenir en una serie de deposiciones colosales que no creo que haga falta siquiera mencionar aquí. 

Agrego: Dios nos libre de un magnicidio o un atentado del extremismo (diestro o zurdo) justo ahora… pero si calcáramos con juicio el transcurso de esta historia tricolor, pues algo así es lo que seguiría para fracturar el porvenir que a duras penas se comienza a crear. ¡Ay Nietzsche! Vos y tu Eterno retorno de lo mismo. Hoy quiero no tener razón.



[Escrito: viernes 10/09/2016. Corregido: lunes 12/09/2016]

Bizcocho

– Ven, por favor no me digas “bizcocho” que me va dando algo.
– ¿Y qué te da, bizcocho? –dice con voz seductora.
– Asquito.


[Escrito: domingo 04/09/2016]

Labios

– ¿Qué tengo en mis labios que no has dejado de mirarlos?
– Un beso.
– ¿Qu… –


[Escrito: martes 23/08/2016]

viernes, 22 de julio de 2016

Pedagogía emocional: B y V

Una de mis tías, más bien narcisa y ya mayor de 50 años, tiene serias dificultades para recordar y distinguir qué palabras se escriben con B y qué palabras con V. Cuando me contó acerca de eso, relató que cuando era chica confundía la “B grande” con la “V pequeña” y pensé: Claro, ahí está la dificultad, su jerarquía, el tamaño.

Seguramente las recordaría si en vez de recurrir a su memoria y su sensatez, apeláramos directamente a su identificación: V de vaca y B de burra.

Lástima que no confunda la P.


[Escrito: viernes 22/07/2016]

miércoles, 20 de julio de 2016

Dos años

Dos años ya.

Cuando le conté a mi mamá, me dijo que el tiempo pasa muy rápido; y quizá si lo haga para ella pero, más que por sus afanes, es porque ella no siente esa falta ni es testigo de esa ausencia que no deja de estar ahí. Las bancas vacías, las cervezas un viernes en el Carlos E después de clases, la emoción acerca de cada nuevo capítulo de The Walking Dead, la paranoia que le entraba dos veces al año y la melancolía de una vez al mes, los chistes malos –pésimos, pésimos de verdad–, la peor lectura de Nietzsche que he escuchado en mi vida… Todo eso no deja de no estar aquí con nosotros, conmigo.

Unos meses antes durante ese mismo año escribí dos textos intentando gritar y descomponer lo que sabía que sería su muerte y otra, una que aún está pendiente. Todos cifrados, pero ahora deben ser fáciles de entender. Es decir, fue un asunto escénico y estético para él incluso más que para mí, un despliegue de producciones entre clichés de poetas malditos y la originalidad digna del chico que creció en Robledo perdiendo a su padre y a sus amigos doce años atrás. Se demoró en asumir su lugar, pero eventualmente llegó: el péndulo del gran reloj que ve, petrificado por la angustia y sin aire, a su amado y odiado padre morir.

Lleva, con este, la muerte de visita dos meses seguidos entre acontecimientos (porque la muerte es el acontecimiento por excelencia), recuerdos y sueños. Con una milonga de La Gata Varela me pregunto, quizá con ella, no sé, si Gauna, si mi amigo o si aquel padre realizado fueron felices al morir, si se marcharon tranquilos de verdad. En cuanto a mi abuela, pues amanecerá y veremos, porque tampoco la expiación podrá ser eterna; por lo menos hoy vi a mi abuelo en mi sueño, gruñón porque no dejamos de joder.

Memento mori.

Recordar es una palabra muy bonita. Re-cordis, re-cardio, re-Cuerda. Confieso que en este instante siento una nostalgia gigantesca mientras canto con una especie de angustia triste lo poco que me queda de Sergio para aferrarme a mí y a un recuerdo que se desvanece de mi memoría… por lo menos ya no es desesperación o impotencia, ya no se desvanece son violencia sino con la suavidad de quién perdona a sus amados por sus faltas y ausencias. Aún recuerdo su voz y sus gestos con cariño y alguna claridad.

Sabíamos dos… igual de nada sirvió, de nada serviría jamás; hay gente que tiene vocación y no hay salvadores ni mesías entre los humanos, no. Aceptar que no somos omnipotentes, aceptar nuestra humanidad, tranquiliza y hace posible desear.

Estos dos años han sido oportunos para replantear infinidad de lazos, de vínculos, gustos, puntos y líneas, intereses, problemas y perspectivas, no sólo en mi vida sino en la de todos los que vivimos este vacío. Tenemos nuevos sentidos, nuevos vínculos –más saludables y amables en mi caso–, pero esa ausencia irreductible es incurable de verdad. Y eso está bien: No habrá otro como él, francamente me basta con el que ya hubo. Con su muerte, de golpe, comenzó mi adultez.

Extraña paradoja: Es al mismo tiempo un salvaje vacío físico y una llenura entre historias y sentidos, entre relato que sólo sus cenizas y mi emoción podrían corroborar.

Es cómico y desbordante celebrar el mismo día del año la existencia de mi más entrañable amiga de la infancia y llorar por la muerte de tan importante amigo (hermano) de la universidad, sin contar lo agridulce de todo lo que haya que pensar acerca del asunto de la independencia de mi país, entre otros asuntos.  Escribo aquí porque tengo que escribir; al menos por ahora no me queda de otra si quiero ser coherente conmigo. Supongo que ser coherente es lo único razonable que uno puede hacer ante un otro que eligió ser a su manera mientras vivió, ¿no? Hay que amar y construir mientras tengamos tiempo.

Hoy no escribiré anécdotas, siempre he preferido contarlas, narrarlas para construir vínculos, porque vale la pena querer; él es una bonita excusa para una buena conversación. Esta vez sólo invoco su ausencia para recordarlo, para hablar algo de lo que ocurre en mi arrojo a existir y repetir lo que, en su momento, fue lo único que pude decir para comenzar a entender que jamás lo volvería a ver con vida, y que en este preciso instante me trae una profunda serenidad junto a esta suave alegría entre cálida y tierna:

Hasta siempre... güevón!

^_^



Así está bien.


[Escrito: miércoles 20/07/2016]
*Nota: He vuelto a escribir, he vuelto a desear. Estoy feliz.

miércoles, 8 de junio de 2016

Memento Mori

Algún malestar parece –cuando menos– sintomático en casos tan álgidamente formulados. A pesar de una especie de coherencia en el diseño y sentido de ambos, como si devinieran del mismo artífice o de un par de colegas lazados, son bien diferentes; pienso en el Quijote y en el Antiedipo. No sé si se pueda entender, si pueda describir con claridad las cosas que mis ojos no dejan de notar.

La superposición de las muertes, en plural para hablar de los casos reales y puntuales, no dota de más sentido o detalles a la situación para hacerla concebible, ni ayuda a los supervivientes a cargar a cuestas su duelo y el vacío en su pecho. Por el contrario, como por efecto de metonimia (Lacan) que una parece encarnar frente a la otra, entre la siguiente y la anterior, sólo parecemos arrojados al mismo abismo del sinsentido una y otra vez. En cada ocasión, el sentido pareciera perderse un poco más... pero, claro, no hace más que depurarse hasta señalar cada una de las diferencias de las muertes y, en últimas, llegar por epojé a lo irreductible de los vivos: Si estás vivo, has de morir eventualmente, así como los tuyos también morirán.

Hace mella en la escucha y en los dedos decirlo con tan poca delicadeza, hace que algo de lo más íntimo se estremezca en cualquiera que se lo tome a pecho, así como dicen los sacerdotes del “Tomad señor y recibid” de San Ignacio. Sin embargo, los modos delicados no ayudan ni a decir ni a sanar… sólo suavisan insensatamente una de las pocas claridades que, como existentes, podemos llegar a atesorar junto a esos pocos recuerdos que iluminan el día y los talismanes de la infancia que, antaño, nos definían como sujetos de valor o sujetados a alguna historia, a la nuestra, a nuestro cuerpo. Habría que tatuárselo en la piel para jamás olvidarlo: Memento mori.

Y, un aun así, no soportaría nuestra frágil mente algo que no tuviera una significación especial, como determinada de antemano, que inundara de algún sentido ilusorio con recovecos e insignias llamativas las muertes de nuestros amados o la nuestra propia, como si adornar con flores una bacinilla (al mejor estilo Tyrell) fuera a alterar el mierdero. Supongo que son los meros recursos psíquicos, imaginarios y simbólicos, sociales y culturales, con los que intentamos hacer frente a lo aparentemente miserable de la existencia y sus pormenores; más siempre en vano en tanto ni bastan para erradicarlos, ni alcanzamos a morirnos nosotros mismos a cabalidad por esta falta de eficacia subjetiva para tramitar la muerte, para asir lo inasible, para concebir, aceptar, lo que nos excede y desborda por doquier. Vivir a medias pareciera ser la trágica condena del superviviente.

Quedamos pues, como San Agustín ante la muerte febril de ese amigo a quién tanto amó, partidos y desbordados, aterrados ante la muerte y la vida por igual, intentando entender y controlar lo que quizá sea un mero acontecimiento y ya. Siendo así, la muerte, más que carecer de un sentido, pone de relieve (lo) Uno, un sentido tan sencillo que escapa al narcisismo infantil que todavía perdura en nuestras organizaciones psíquicas dizque adultas, revolviéndonos y golpeándonos como si demoliera un edificio; no de arriba abajo, sino con un solo golpe preciso y fino en una viga de amarre. En un parpadeo, no somos más que escombros, fracturas, divisiones, angustias, dudas, miedos… y terror.

Llevando la contraria a la eficiencia neoliberal, los tiempos de La Inexorable no son para correr intentando salir de un duelo con velocidad, sino que son momentos para caminar con lentitud, para captar con la emoción a flor de piel la falta que se esgrime, patente y ominosa, allí dónde –como un Real– no deja de no estar aquel amado punto fijo que hace tan poco nos sujetó y sujetamos. Si, sobrevivimos esta vez; sin embargo, memento mori.

Átropos vendrá por nosotros y por nuestros amados, estemos donde estemos, incluso cuando nos neguemos, reprochemos y nos frustremos. Nos queda sentir, a ver si algún día alcanzamos algo de serenidad. Pienso en Fernando González, en Viaje a pie (1929):

Aquel día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

«Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre.»


La sobreinterpretación, al igual que la negación y ciertas formas más fóbicas (fantasmáticas) de terror, son ejercicios de velocidad ante el vacío que terminan por proponer un sentido horroroso, uno abusador y generalizado que se suele repetir, que termina por efectuar un corte en los vínculos; aquel es el ejercicio de la neurosis ante lo sencillo del desencuentro, el vacío y lo incontrolable. No faltarán las prácticas de dolor que pretenden producir e inducir el trabajo de duelo (que es subjetivo y voluntario) con más velocidad, en forma de rituales que se ensañan, masoquistas, sádicos y auto-sádicos, intentando ofrecer una cura a lo que no es una enfermedad. Cuándo se incurre en apurar a alguien en su proceso, es más el daño que se hace que la utilidad… y es que hay que ser muy baboso e imbécil en esta vida para ponerse a afanar a un doliente; eso está al nivel de atracar a una persona que usa gafas. Así pues, que cada quién haga lo que necesite hacer, a su tiempo, para sobrevivir a sus muertos y sobrevenir a su propia fragilidad. Hay que prevenir el encarnizamiento terapéutico.

Aceptar toma tiempo y no hay más reconstrucción posible que desde la humildad de quién ha dejado de imponer al mundo sus categorías y así, por fin, se ha reconciliado con su propio fluir terreno, con ese incesante devenir otro, construirse y reconstruirse diferente y similar. Asimilar, a’similar, a-similar.

Imagino que se entiende lo que digo: Hacer un duelo no es sacar al otro de la propia vida, sino re-organizarse, re-construirse uno mismo con conciencia de ese vacío y, así, religar, volver a sujetarse de nuevos modos, renovar los estilos de lazar, mirar, amar y soltar.

Una vez más, en aras de claridad y haciendo una merecida venia a la practicidad romana, retomo las palabras del pueblo que ovacionaba con estas palabras a los generales ungidos en reciente victoria:

Memento mori”, es decir, recuerda la muerte, recuerda que puedes morir, que eres mortal.

Aunque también están las notas de Tertuliano al respecto, que nos dan un polo a tierra humilde de las palabras que se decían en aquel entonces:

Respice post te! Hominem te ese memento!”, que traducido es “¡mira detrás de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!” Que no eres un dios.

Vale la pena amar, crear construir y esforzarse sólo porque hay muerte, sólo porque no somos eternos, pues es aquel límite ineludible lo que nos da uno de los pocos puntos fijos en vida con lo que podemos construir sentidos que sean como líneas de perspectiva que tiendan a un punto de fuga que se ubica justo al borde de nuestra hoja de diseño. Somos libres de construir sentidos en cuánto la muerte representa la finitud de toda posibilidad de ser; aquel es el ser para la muerte de Martín Heidegger.

Captar la muerte jamás dejará de ser para nosotros un imposible, pero aquello, más que un infortunio, es el cajón del tesoro, el inagotable origen de las historias que tejen la cultura, que nos unen y nos ayudan a mantenernos en pie, de los rituales que simbolizan en sus movimientos lo que no se puede decir, dándonos materia prima para construir nuevos sentidos y volver a sujetarnos a pesar de –y, en especial, gracias a– nuestra humana fragilidad.

En ese sentido, es la muerte esa gigantesca bendición que nos arroja lejos del “paraíso terrenal” (psíquico) al mundo real, es decir, de la ilusión de omnipotencia a la frustración; nos empuja a pasar de la insensatez narcisa a una posición social y creativa (tanto ética como estética) que tiene su raíz en una pizca de sabiduría marcada finamente por ese granito de locura de cada uno, ese rasgo unario que se deja florecer, por fin, con potente sinceridad. La muerte se vuelve pues un incentivo inmenso para sobreponerse sin descanso a las propias taras con valentía, para aprender a vivir sin arrepentimientos ni reproches, para dejar de negar el vacío que nos dejan los muertos y la impotencia que nos deja vivir, para acogerles y aprender a desear.


Recuerda que vas a morir, que todos vamos a morir, para que hoy también valga la pena vivir para crear y recrear lazos humanos una vez más.


[Escrito: martes 7/06/2016]