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sábado, 31 de enero de 2015

Las disciplinas Psi (Ψ)

Una de las nociones que me ha ocupado este año es la delimitación: he emprendido un esfuerzo por delimitar los conceptos que habitan en mí. Este proyecto ha sido la parte académica de Alguna letra desnuda y continuará siéndolo unos años más, sin contar las implicaciones más subjetivas y literarias de ello.

Una parte importante de esta delimitación se ha movilizado por mi propia actividad terapéutica como practicante y por mis experiencias en terapia/análisis, de modo que, con un empujoncito a mi favor de parte de Santiago (mi analista), logré también tener alguna claridad de mi parte sobre cómo concebir las disciplinas Psi.

Aunque estas ideas que expondré a continuación aun tienen mucho por pulir y son dicotómicas en alguna medida, me satisfacen como conceptualización y me he sentido muy feliz desde que logré organizarlo… después de todo, con esto aclaro por completo el gran embrollo en el que conviven las disciplinas que se ocupan del alma humana y también me brindo amables luces a mi propia actividad como practicante próximo a graduarse.

También anoto que esto es lo que yo pienso en este momento de mi vida, que está sujeto a cambios y reorganizaciones y que yo me encuentro más que abierto a las sugerencias que cualquier persona tenga al respecto;

Aclaro que de ningún modo pienso que sean formatos rígidos: cuando se hace práctica de alguna de estas disciplinas, siempre se echa mano de manera más o menos consciente de las otras. Mi intención con esta delimitación es delimitarlas teleológicamente en la teoría y construir una pequeña guía para la práctica, pero no actuar de ente coercitivo.

Además, todos los procesos psicológicos, psicoterapéuticos, psicoanalíticos y psiquiátricos exigen un acto creativo tanto del psicólogo, terapeuta, analista o psiquiatra, como del paciente. Dicho proceso creativo no puede ser delimitado por la teoría, sino que es un producto subjetivo que emerge en el mutuo proceso.



Psicología: Logos y ciencia
La psicología es  la “ciencia” que estudia el comportamiento humano. Esto incluye el estudio del comportamiento, la cognición, el pensamiento, la emoción, la  motivación, el apego y todos los procesos psicológicos básicos y superiores.

Para este estudio, la psicología utiliza el método científico, valiéndose de un proceso investigativo que comprende  observación, exploración, medición,  evaluación, comparación, diagnóstico, pronóstico, análisis estadísticos y generalización.

Su objetivo es, a través del proceso investigativo bajo la metodología científica, lograr determinar las leyes generales que rigen el comportamiento humano, pudiendo entonces explicarlo a cabalidad humano y pronosticar con exactitud las conductas esperadas para un sujeto en determinada situación.


Psicoterapia: Foco, “enfermedad”, “cura” y cuidado
Conceptualizo dos formas distintas de psicoterapia de acuerdo a su aspecto teleológico aun cuando ambas operan por la “cura por la palabra” y ambas se enfoquen en algún tema en específico de acuerdo a la situación.

1.       Verdad y veredicción: Es una psicoterapia que pretende adaptar al sujeto a lo que este debería ser, independientemente de lo que ello sea, y sin importar el nombre de la “corriente” terapéutica.

En esta medida, conceptualiza los comportamientos que no se adapten a la conducta esperada como índice de “enfermedad mental”  o como “enfermedad” en sí mismos y ofrece la “curación” del sujeto como tal o de dichos comportamientos mediante su desaparición, pues son dañinos, enfermos, disruptivos, des-adaptativos, desorganizados, perversos, psicopáticos, patológicos, etc.

 Aquí se da un proceso de veredicción ya que el terapeuta le dice al sujeto la verdad sobre sí, es decir, se le dice qué o cómo debería ser y, posteriormente, se le dice cómo debería adaptarse a esto, cómo debería cambiar o cuál debería ser su transformación. Siendo así, el terapeuta es un vere-dictador, encontrándose ubicado en un nivel superior al paciente y gestando una relación vertical, una estructura de poder y dominación.

Busca adaptar al sujeto a:
  • La sociedad: El sujeto se considera un desadaptado que necesariamente debe ser readaptado a la sociedad, a una empresa, a un colegio… es decir, al comportamiento normal y moral, a lo considerado “bueno” en una situación específica por la cultura imperante.
  • El comportamiento esperado: Al pensar de manera evolutiva o desarrollista al sujeto, busca adaptarlo a lo que se espera de su momento evolutivo o condición  específica, como en el caso de una rehabilitación cognitiva tras un accidente.
  • Sí mismo: También existen nociones terapéuticas que hablan de un sí mismo al cual un sujeto debe adaptarse… claro, cada noción terapéutica tiene su propio sí mismo como horizonte.


Así, estas formas de terapéuticas tienen algo que ofrecer al sujeto-paciente: una verdad acerca de qué debería ser y una metodología que lo adapte, siendo esta el proceso terapéutico propiamente. Constituye entonces un movimiento pro-cultural en que se determina que la causa de todo sufrimiento es la desadaptación, que la desadaptación es una enfermedad y la cura es el proceso de adaptación, re-adaptación, psico-educación o reeducación.


Aquí, la cura por la palabra es unidireccional: el terapeuta “cura” al decirle al paciente qué hacer con su vida.


2.       No verdad – Principio de “no contradicción”: Es una psicoterapia que pretende acompañar, apoyar y ayudar al sujeto-paciente en el esclarecimiento de quién es él o ella y qué quiere, sea cual sea su deseo.

Para ello, se vale del cuestionamiento de lo aparentemente contradictorio en la formulación del deseo y en la postura que el sujeto toma frente a este o frente al mundo, todo en aras de dar soporte a este proceso de esclarecimiento, facilitándolo. Así, apunta a la gestión de una posición ética inédita, una creación personal del paciente para sí mismo.

De este modo, no se ofrece una cura como tal ni una verdad al paciente desde la cual pueda leerse, sino la posibilidad de agenciar un proceso de re-posicionamiento subjetivo y de elaboraciones que le permitan sufrir y disfrutar de la vida de modos que le sean más agradables, de acuerdo a sus propios gustos.

Al ofrecer un espacio en el que el paciente mismo pueda esclarecer quién es y qué desea, da pie para la elaboración de una postura ética que le permita asumirse responsable de ello, pudiendo facilitar el cuidado de sí y de los demás en la medida que así lo desee.

La función de la palabra se da como vehículo comunicativo entre ambos sujetos que se ubican horizontalmente, ya que el terapeuta no tiene ninguna verdad que ofrecer al paciente. Además, ya que no se realiza una acción coercitiva o educativa frente a los deseos del paciente, este espacio terapéutico conforma un movimiento para-cultural o contra-cultural, dependiendo de la perspectiva en que se mire.


Psicoanálisis: Escucha y efectos terapéuticos
El psicoanálisis es una “psicoterapia” muy especializada. Siempre tiene como principal herramienta la escucha y conforma procesos relativamente largos si se comparan ante otro tipo de psicoterapias.

Aun cuando existan tipos de psicoanálisis que no son estrictamente terapéuticas, todos ellos tienen efectos terapéuticos que se explican a través del “la cura por la palabra”, el mecanismo catártico que Freud exploró y que conceptualizó complementariamente con el paso de lo inconsciente a la conciencia y, posteriormente, con la idea de que allí donde ello era, que devenga yo.

De acuerdo al enfoque y la orientación, puede ser de varios tipos pero con dos objetivos distintos, dando pie de nuevo a una división teleológica:

1.       Ofrece verdad: Hace un movimiento pro-cultura psicoanalítica al ofrecerle al sujeto la verdad de cómo él o ella debería ser, o qué debería hacer para considerarse un sujeto suficientemente “analizado”, adaptándosele a lo que este estatuto requiera .

Se puede identificar fácilmente porque son psicoanalistas con algo qué ofrecer más que su escucha, aunque sea el audaz (quizá demasiado audaz) ofrecimiento de puntuar el discurso de un sujeto que habla con miras a hacerle “atravesar” “el fantasma”; y sus efectos se pueden identificar aun con mayor claridad en las divisiones políticas de la cocina psicoanalítica.

Aquí, la condición de sujeto del analista queda relegada a una impostación acartonada, haciendo de esta una relación vertical fácilmente viciada por el exceso de poder que ya implica.



2.       No ofrece nada: En este caso, se hace un movimiento para-cultural psicoanalítico y un movimiento anti-cultural frente a la cocina política psicoanalítica.

El analista no busca el “atravesamiento del fantasma”, del Edipo o algún otro constructo teórico por parte del sujeto-analizante, sino que apunta al esclarecimiento de la fantasía que el sujeto hace por sí mismo, sin mayor influencia o dirección del analista. En este sentido, no tiene nada qué ofrecer más que  una escucha atenta (atención flotante) y su propia condición de sujeto para el encuentro analítico, condición que se pone en juego de manera horizontal.

Aclaro que esto no significa que sea un analista que calla, sino que respeta la subjetividad del analizante aun cuando pueda dar su opinión con tranquilidad como sujeto que se pone en juego, sólo que no la impone al analizante, ni puntúa sus palabras.

  • Nota: A nivel teórico y exceptuando el psicoanálisis freudiano que si ofrece una cura, se supone que ninguno de los psicoanálisis lacanianos tiene algo qué ofrecer al sujeto-analizante… Se supone que lo único que hace es acompañar el proceso “natural” del sujeto mismo de hablarse, sujetarse y re-sujetarse, nada más. De ahí que no tenga nada más que ofrecer que la escucha, alguna que otra pregunta y algún chiste.
    Siendo así, la idea de puntuar el discurso del sujeto es muy diciente pues ofrece noción de orden y verdad en el discurso, develando una estructura de saber-poder en el que se
    adapta a un sujeto a lo que el psicoanálisis espera de este en cuanto analizante, y es que “atraviese el fantasma”, ofreciendo también la certeza de lo que el analizante debe hacer consigo, y lo que un sujeto analizado debe ser, haciendo entonces las veces de represión. La aventurada pregunta que tanto se hace en la política psicoanalítica de “¿vos fuiste analizado por quién?” es consecuencia de esta situación.

    En este sentido, sólo el acto de preguntar con sinceridad hace justicia a la condición de sujeto tanto del analista como del analizante, al igual que la escucha.




Psiquiatría: Tratamiento médico y farmacología
La psiquiatría es una rama de la medicina dedicada al estudio y tratamiento de los trastornos mentales. Este tratamiento se da de modo farmacológico y tiene como objetivo evaluar, diagnosticar y rehabilitar a las personas con trastornos mentales, además de mitigar sus efectos y prevenir su aparición.


 Busca que las personas con trastornos mentales puedan adaptarse a la sociedad teniendo una vida “normal” de manera lo más autónomo posible, por medio del adecuado apoyo farmacológico.

 En sentido estricto, se trata de una terapéutica con la farmacología como herramienta principal para enfrentarse a la “enfermedad mental” y buscar la “salud mental”.

Cabe aclarar que aunque no exista una relación teórica estricta con el psicoanálisis, históricamente se han llevado de la mano debido a la relación médico-paciente. Aun así, eso escapa al enfoque científico de la psiquiatría.

Además, según pienso, a medida que la tecnología y los nuevos descubrimientos científicos lo permitan, la psiquiatría será subsumida por otras áreas del saber médico, en especial por la neurología. Este movimiento podía volver aun más parca la relación médico-paciente.




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Nota: Este es un texto completo, pero es una concepción que aun necesita ser pulida. Es mi primer esfuerzo por organizar las disciplinas Psi y de ningún modo pienso que esto baste para hacerlo... tan sólo es una concepción escueta, pero argumentable. Obviamente, aquí no me ocupo de su argumentación, sólo de su organización teleológica.

[El esquema en el que este texto se basa fue realizado el jueves 02/10/2014 y organizado el jueves 09/10/2014. Aun así, el texto como tal fue a penas redactado el domingo 26 y lunes 27/10/2014]

viernes, 30 de enero de 2015

ψυχή – Psuché

Nota: "ψυχή – Psuché" es la compilación de textos académicos en un volumen físico y virtual que me sirvió para hacer cierre del pregrado en Psicología y de las prácticas. Fue terminado e impreso el lunes 2/11/2014 y presentado el viernes 14/11/2014. La introducción y el cierre son los relatos que acompañan a los textos que compilé, que son: 
  1. La güevonada del psicólogo, o De la psicopatología a una ética de las pasiones
  2. Psicoterapia, terapéuticas del alma y mutuo cuidado de sí
  3. Las disciplinas Psi (Ψ)

Dichos textos también se encuentran en el Blog y tienen la etiqueta de "ψυχή – Psuché".


Introducción*

Mis tiempos subjetivos, los tiempos del modo en que vivo mi vida, tienen mucho efecto en mi existencia. Desde tercero de primaria, estos tiempos quedaron configurados por semestre, de manera que yo me ocupaba de hacer las reflexiones respectivas para evaluar, criticar y corregir, con esos términos. Gracias al paso del tiempo, he podido cambiar esas palabras y hacerme menos duro conmigo mismo.

Hace aproximadamente año y medio me encontraba bastante nervioso por el momento de mi formación académica que me encontraba próximo a iniciar: las prácticas. En ese momento yo ancaba cerrando el lapso de tiempo que había dispuesto para leer acerca de humanismo y psicoanálisis, pero el segundo aun no lo he podido cerrar.

Como para mí es más sencillo discurrir en la teoría, comencé por cuestionar desde lo teórico la praxis psicológica, sin dejar de tener en cuenta que la teoría nunca podrá abordar cabalmente lo que experimentamos en la vida. Así, me valí de mis pequeñas conversaciones con otras personas, y de mis experiencias como consultante para nutrir mis primeras reflexiones al respecto.

De este esfuerzo de lectura nacen dos textos, ambos con mucho por pulir. Ambos se gestan a partir de una tempestad emocional: una inmensa rabia con quién era mi terapeuta en ese momento y la urgencia de escribir algo que sentía atascado hacía tiempo; de modo que con ellos abandono ese espacio terapéutico y rabié por varios meses en contra de él.

Fue una gran oportunidad para escribirle a mi terapeuta que lo consideraba un güevón y cuestionar sus prácticas. Finalmente nunca se lo dije porque había dejado de asistir cuando hice el segundo.

Dos meses después, comencé mis primeras prácticas y la había emprendido en contra de la negación, es decir, la capacidad de hacerse el güevón voluntariamente frente a algo. La veía patentemente en las asesorías que realizaba en el colegio donde practiqué, cuando me comenzó a parecer sospechosa mi actitud ante ella. Ahí me di cuenta que yo mismo estaba negándome a afrontar la disparidad que había vivido en mi terapia.

Con el tiempo, de la lectura y las experiencias, entendí que yo fui demandando psicoterapia y él, en cambio, me ofreció un análisis de sesión corta frente al cual yo protesté, pero él insistió. Ahora lo respeto, pero ambos estábamos fuera de lugar… yo más que él, ciertamente.

 El reconocer esto, sin embargo, y tomar un paso por mi propio camino fue un enorme movimiento a mi parecer, de la manera que el título mismo lo expresa al ser la vía del transcurrir entre rabiar contra él a hacerme responsable de mis pasiones, es decir, pasé de culpar al otro a cuestionarme y moverme hacia una postura ética. Aquí nace La güevonada del psicólogo, o De la psicopatología a una ética de las pasiones, por eso tiene dos títulos, porque representa exactamente ese paso.

A partir de esto, al no estar centrado en exterminar la negación sino que pude considerarla como algo necesario para el psiquismo humano, entonces me centré en la pregunta por lo terapéutico… Era para mí sorprendente que las chicas que asistían a asesoría salieran más tranquilas, más tristes, más rabiosas, más felices o agitadas sólo por unas pocas palabras que yo pudiera decirles. Ese semestre, hice los cierres como pude.

Durante las experiencias terapéuticas del segundo semestre de prácticas me encontré con un cambio enorme en mi posición como terapeuta; definitivamente ya había pasado un semestre. En este caso, buena parte de las chicas que me pidieron asesorías eran desesperantes, y me enfrenté a la dificultad de enfrentar sus ires y venires como pacientes, lo salvaje de la transferencia de algunas y todas las acciones histéricas que por algún motivo no me llegaron en el primer semestre de prácticas allá, en el mismo colegio de chicas.




Confieso que atendí mucho menos de lo que debía porque no soportaba a la gran mayoría de esas chicas, así que me dediqué a otros asuntos más grupales, en que podía disimular mi inactividad y tedio. Al paso de un mes, sin embargo, varias de estas mismas chicas me buscan quejándose porque no las he atendido y terminan por contarme lo grandes que se han vuelto sus situaciones, así que al sentir tal demanda cedo para atenderlas…. Y ya había algo distinto.

Una vez más disfruté de las asesorías individuales, porque entendí que mi función como terapeuta también consistía en ser paciente con mis pacienticas, como dice Lacan, el que es realmente paciente es el analista.

Fui honesto con ellas cuando me preguntaron por qué no las había atendido… a varias de ellas les dije que mi motivo era que no las soportaba, pero que en ese momento si las podía soportar. Una de ellas, una chica de 6° que aun recuerdo bien, me respondió que ella tampoco soportaba mucho a la gente, pero que yo le parecía muy soportable porque hablaba con una voz que la calmaba… y ahí entendí que tanto yo tengo que soportarlas a ellas, con sus síntomas, ocurrencias y repeticiones, como ellas tienen que soportarme a mí, con mis propios ires y venires, y en eso consiste el contrato de la terapéutica, en soportarse mutuamente para dar soporte a un proceso terapéutico.

La asesoría inmediatamente siguiente era una chica gritona, cansona, excesivamente demandante… y cuando comenzó con el teatro habitual, la frené en seco. Recuerdo haberle dicho que gustosamente yo la acompañaba y apoyaba en su proceso, pero que no estaba dispuesto a soportar el escándalo que había montado en las dos ocasiones anteriores y ahí, en un arranque de sinceridad, le dije “yo te ofrezco mi cuidado en este espacio, pero sólo si estás dispuesta a cuidar de este espacio y de mí mientras estés acá”. Ahí comenzó la terapéutica, resultó que su asunto era con el cuidado (¿"pre-neurosis"? Etiqueta).

De estos eventos nace Psicoterapia, terapéuticas del alma y mutuo cuidado de sí, como un vómito de las conclusiones de lo que andaba leyendo por esos días y una condensación de lo terrible que fue aguantarse a esas chicas hasta ese momento. Igual tuve que soportarlas el resto del semestre y por nada del mundo trabajaría ahí de nuevo, pero fue más amable para mí.

Finalmente, Las disciplinas Psi (Ψ) no conforma un texto en cuanto tal. Su forma original es un mapa conceptual que habitaba en mi tablero. Al iniciar el pregrado de Psicología nació en mí esa duda de las diferencias entre la psicología, la psicoterapia, el psicoanálisis, y la psiquiatría (incluyendo a la antipsiquiatría) y realmente nunca me interesó resolverla hasta que comencé a diferenciar las terapéuticas de la psicología. En esa situación no podía entender qué era el psicoanálisis, y esa ha sido una de las tres cuestiones que me han ocupado este semestre junto con la psicosis y el suicidio de Sergio.

En el espacio terapéutico/analítico que emprendí a principios de este año, a plena conciencia de lo que demandaba, he podido abordar esta distinción y elaborarla con claridad con la ayuda de Santiago, que desde su condición de sujeto posibilita un espacio para conversar de los asuntos conceptuales que también me angustian.

Quizá el evento que motivó en mí resolver operativamente la distinción entre estas disciplinas fue disputa que ocurrió a finales de septiembre del presente año en la fundación donde estoy practicando, disputa que se da por un desacuerdo en un diagnóstico y que llevó a respuestas bastante sugerente por parte de los directivos, que consideraron mi despido.

Cuestioné muchísimo lo que ellos esperaban de un psicólogo allá y lo que en general la sociedad espera de un psicólogo… un psicólogo no puede cambiar mágicamente los pensamientos de alguien, como tampoco un psicólogo o un terapeuta pueden salvar a un suicida, cuando mucho pueden ayudar a que un “loco” aprenda a cuidar de sí.

Con esta discusión, que fue harto incómoda y angustiante para mí, decidí emprender de lleno esta distinción para aclarar qué función quería tener en la sociedad en un futuro cercano, cuando me graduara de psicología. Y así, con unas pocas palabras de Santiago, mi terapeuta/analista logré dar con la piedra angular de esta diferenciación.

Confieso que esta postura que él maneja en su análisis me es razonadorable (razonable y adorable) y, decidí continuar formándome en varias áreas del saber, profundizar en la psicología, pero continuar con la filosofía e incursionar en serio en el psicoanálisis. No creo que se pueda ser terapeuta sin ser filósofo, a menos de que se pretenda adaptar al otro.

Aun no sé si quiero ser psicoanalista, pero si sé más o menos cual es la posición que quiero tener como terapeuta y eso me alegra enormemente porque constituye propiamente el cierre de mis prácticas y del pregrado de psicología, mas no de mi vida académica, espacio en el que aun estoy joven, dando mis primeros gateos, aprendiendo a caminar. Así mismo, por primera vez estoy asumiendo una posición ontológica y epistemológica al decidir mi postura terapéutica, lo que me parece encantador porque todo ello significa un gran compromiso en mi vida, algo de solidez en lo maleable y volátil de mis letras.

Cierro esta introducción con gran alegría diciendo, como he dicho últimamente, que me quedan mis letras para puntuar mi existencia, para leerme y releerme, para conversar conmigo y abrazarme cuando me haga falta, como ahora que cierro este texto y cierro la última responsabilidad de las clases del pregrado.

Admito que me siento feliz y tranquilo con lo que he hecho hasta este momento y desde hace 5 años, el día en que llegué acá y conocí a Daniela. He cambiado muchísimo, y ahora me quiero muchísimo más. Me siento sereno aun cuando faltan 15 días para culminar esto, para entregar el trabajo de grado e ir a embriagarme con justo motivo y llorar como lloré el día que salí del colegio: a moco tendido, 4 días seguidos, desbordado, nostálgico, pero feliz y sereno a fin de cuentas.

Soy consciente de que hacer la maestría inmediatamente en la universidad y buscar trabajar ahí como joven investigador tiene mucho que ver con lo duro que es para mí partir de los lugares que aprecio tanto, pero esta vez asumo con gusto mi temor a irme y quiero quedarme más tiempo; aun así es mucho lo que lloraré, pero deseo llorar, me cuesta mucho desbordarme a plena consciencia y me gusta, es una gran oportunidad para quedar liviano de alma un par de años.

Una vez más, me presento: Soy mi nostalgia y mi serenidad, soy un cierre que me cuesta escribir, que me cuesta asumir, y una nueva apertura que aun no ha llegado con concretud.

Tengo miedo a entregar este libro porque sé que en el momento en que lo entregue comenzará el cierre como tal. Hoy me abordan el miedo y la nostalgia, me cuesta mucho dejar a mis amigos y temo disolverme en el olvido, lo temo a morir, como a nada en el mundo. Soy este terror que me atropella sin piedad antes de irme a dormir.

Me gustaría tener otro cierre, uno más alegre, pero acepto que cierro con miedo al futuro, con incertidumbres enormes que entorpecen mi escribir, mi transcurrir… pero no, estas son mis letras y este mi sentir. Quizá al comienzo del nuevo cuaderno, tras terminar todo esto, cuando pueda tener alguna certeza sobre lo que voy a hacer con mi vida el próximo año; quizá entonces mis letras hablen de esperanza y mi voz sea apaciguadora, pero hoy soy este manojo de nostalgias y miedos, estas lágrimas asustadas, aterrorizadas por el transcurso de vivir.



Cierre – Psuché & Pathos**
¿Por qué dejar el título para el final? Este librito es una recopilación de textos, como ya lo había planteado antes, alrededor de lo que he vivido con la praxis psicológica en estos últimos casi dos años. Dos años, porque son preguntas que comenzaron meses antes de iniciar la práctica como tal.

En estas páginas hago una radiografía de mi aliento en estos dos años, una serie de fotografías que pueden ser comparadas la una con la otra y dar la apariencia de movimiento, como un filme en celuloide. El título tan sólo me sirve para expresar con claridad que esta es mi respiración; en últimas, es mi alma puesta en letras, como suelo hacerlo cuando me hace falta o por simple gusto. Me sirve también para conceptualizar mi cierre como practicante, para suspirar y dejar ir las presiones que la práctica y el pregrado conllevan aun sabiendo que otras presiones y tensiones vendrán prontamente… Así, puedo dejar morir con tranquilidad este fragmento de mi vida que duró 5 años y comenzar otro empalmado precisamente con esta palabra, con esta intención.

Si, ψυχή es una palabra griega antigua bien especial, significa aliento. Específicamente, significa ese aliento con el que vivimos y que sale del cuerpo humano cuando morimos, esa larga y profunda última exhalación que escapa del cuerpo cuando cede su vida. Es a esto a lo que denominaron alma o espíritu los griegos, al aliento de vida.

En el devenir fonológico de esta palara, se le fue transformando con el uso hacia otra, cuyo sonido es bien similar y más conocida por nosotros: Psyché (ψυχή), que se escribe exactamente igual pero significa algo distinto. Significa “mariposa”. Sin embargo, ψυχή viene de ψύχω, que significa “respirar”.

La respiración es todo un mundo para mí. La gran mayoría de dados (Heidegger, Vattimo) o de “síntomas” que experiencio son respiratorios; valdría decir que fueron ellos incluso algunos de los más tempranos en mi vida… la asfixia y, años después, la alergia. Gran parte de mis pacificaciones conceptuales y terapéuticas han sido también respiratorias en esta medida, así que la noción de ritmo me ha acompañado toda mi vida, desde la asfixia hasta la tranquilidad, desde la música clásica hasta el metal.

Mi intención haciendo esta compilación, el texto de la introducción y este es justamente esa: respirar, hacer frente a la asfixia, la angustia y la incertidumbre frente a mi futuro por medio de las letras, porque escribiendo puedo respirar con suavidad. Mi intención con este texto es escribir hasta que pueda respirar y fluir con tranquilidad, fluir en perpetuo movimiento en busca de sentido. Prosigo.


Hoy específicamente me enfrento a la angustia y su característica asfixia. Constantemente me siento sólo en este proceso, y siento que mis fuerzas escasean, que el tiempo se agota, que los otros se desvanecen. Son tiempos duros y siento miedo frente al futuro. Si, siento incertidumbre, pero ha valido la pena arriesgarme como sujeto a ser acogido por otros porque soy igual de ser humano que las personas a las que atiendo y que yo mismo acojo como terapeuta, o que los amigos que me cuentan sus dramas y yo los acojo entre mis brazos. Me duele, me asusta, me desborda, lloro y me agoto; y necesito aceptarlo. Hoy he decidido volver a mi condición de humano y la sitúo, de una vez por todas y en acto de clara rebeldía con mis padres, por sobre mi condición de estudiante, de académico. Este es mi cierre, la decisión de aceptarme como humano, como sujeto, y dejarme ser con tranquilidad en el espacio terapéutico y en mi vida social.

Hoy hablé con dos personas a las que pude contarles algo de lo que sentía, un poco de la angustia y la desesperación que hoy estoy viviendo… y me sentí escuchado, me sentí acogido, me sentí abrazado. Ha sido esto lo que me ha dado ese pequeño aliento para poder sobrevenir a mi asfixia, lo que me ha permitido sobrevivir hasta entrada la noche. El dado de hoy es esa gota de pasión sincera que alimenta estos párrafos; ese es mi aliento de vida, esa es la compañía que convoco de un u otro modo cuando el miedo me asecha en la penumbra.

Se trata de una pasión que no puedo conceptualizar por fuera de griego πάθος (Páthos) porque le faltan palabras, porque sólo la siento en mi pecho, en la intensidad con al que escribo con los ojos cerrados, en el vértigo que me habita cuando me descargo en estas letras. Soy el hogar de algún tipo de esperanza, de enamoramiento, de suspiro encantado por las palabras de otro ser humano y por su escucha amable. Soy la añoranza de alguna compañía que haga menos doloroso este vagar errante.


Respiro. Este es mi polo a tierra, las pasiones más dolorosas y las más bellas esperanzas que confluyen en el mismo párrafo, en el mismo suspiro y que recorren la misma carne y desembocan en la misma tinta. La humanidad que me habita es inefable, y necesito recordarla cada vez para nunca olvidar que sigo vivo y que la persona con la que hablo también está viva. Por eso me apasiono por ser escuchado y por escuchar, ese es mi deseo.

Este cierre es la aceptación de que, tras 5 años de estudio, 2 años de pensamiento en la praxis y año y medio de prácticas, sé más, pero sigo siendo igual de humano que antes. Ser psicólogo no me hará infalible en cuanto sujeto y en la medida en que logre conservar eso, mi concepción de sujeto sin mayor o menor estrato que otro, podré ejercer la labor que he elegido por ahora de un modo que me satisfaga; pero más importante aún, podré actuar coherentemente con mi subjetividad, con mi humanidad… podré optar por la felicidad como mi propia postura ética personal. Si, por el contrario, el estudio de psicología sólo me ha hecho más sensible, más profundamente humano, me ha empujado a aceptar cómo me siento, a aceptar lo que aun me cuesta concebir de mi propia existencia y a hablar lo indecible de mi propia histo(e)ria.
  
Acepto que mi pasión es convivir con lo otro, con los otros y con lo demás, sabiendo que es doloroso para mí, sabiendo que es la gran fuente de intranquilidades y de sufrimiento en mi vida, confesando que me asusta, que gozo y reprimo, que ataco, lloro y sonrío, todo en el mismo suspiro.

Reconozco el vértigo cuando miro hacia el abismo que nos separa entre las miradas. Aun con el miedo que tengo, hoy me apasiona saltar al vacío, me desborda este aliento que habita, me emociona esta confianza de que habrá alguien que escuche también lo que yo tengo por decir, lo que adrede escondo entre estas letras embriagadas en una conversación apasionada que bastó para renovar el deseo de cerrar, de emprender un nuevo episodio de este viaje de escasos 23, de dar inicio a un nuevo capítulo tan necesario como el primero, tan vital como me es necesario.

Mi cierre es una reivindicación como sujeto: yo también tengo mis güevonadas y justamente eso es lo que me permite vincularme al otro, desear escucharlo y desear ser escuchado. Me aburre el exceso de mismidad y me encantaría que alguien leyera esto para poder hablar de lo que motiva. Por ahora, mi mayor sueño es una buena conversación… hacer un verso con voz(s).





*Introducción: Escrito la noche del domingo 02/11/2014 y madrugada del lunes 03/11/2014.
**Cierre: Psuché & Pathos: Escrito la noche del sábado 25/10/2014 y la madrugada del domingo 26/10/2014

sábado, 24 de mayo de 2014

Psicoterapia, terapéuticas del alma y mutuo cuidado de sí

Introducción:
Este semestre me ha ocupado una cuestión en especial: la pregunta por lo terapéutico. A lo largo de este texto no sólo podré contarles cómo ha sido mi proceso en el abordaje de esta pregunta, sino que también me propongo esbozar una respuesta coherente ante mis urgencias y mis puntos de vista académicos, teóricos, epistémicos y prácticos.

El hilo temático que propongo para recorrer este laberinto se compone de cuatro problemas, es decir, cuatro distribuciones de puntos relevantes que están descentrados (Foucault, 1995 [1970], pág. 7), como un laberinto sin más minotauro que uno mismo, y que siempre está en movimiento. Ellos son: El problema de la psicoterapia, el problema de la terapia y lo terapéutico, el problema de qué hace a una “buena” psicoterapia y para concluir, un breve abordaje de lo que me he permitido llamar el problema del “mutuo cuidado de sí”.

Les deseo una lectura amable.


Psicoterapia
La grata lectura de un didáctico y humorístico texto (tanto en sentido hipocrático como en el de Suso o Padre de Familia, porque está mucho más ácido que Sábados Felices) de Héctor Juan Fiorini con el título "¿Qué hace una buena terapia psicoanalítica?" me han permitido alcanzar varias conclusiones y retomar otras que ya había elaborado anteriormente.

Lo primero a traer a colación es una cita que reside en la primera página del ya mencionado texto:

Una buena psicoterapia es aquella que puede sostener un proceso terapéutico, un proceso de cambios, de crecimientos, y enriquecimientos psíquicos, con influencias positivas en el modo de estar en el mundo, en los vínculos, en los vínculos consigo mismo y con los otros, en las acciones y en las producciones de cada uno. 
(Fiorini, 2001, pág. 1)

Con esto, de entrada ha de quedar claro que, en cuanto terapeutas, “tenemos que escuchar al paciente para que el paciente nos pueda guiar, él también tiene que escucharnos para que nosotros podamos destacar a dónde creemos que podría ir el tratamiento; el tema es un equipo trabajando y negociando sus perspectivas […].” (pág. 4), de tal manera que el principal modo de errar en una psicoterapia es no estar abierto a las necesidades, demandas y deseos del paciente, no proporcionando un apoyo al proceso de cambio que el paciente ha ido a buscar; siendo así, resulta vital para la psicoterapia el “crear y cuidar la alianza terapéutica, que es la disposición a trabajar juntos” (pág. 1).

Es para mí necesario unirme a la amplia, aguda y cómica protesta que Fiorini realiza frente a los enfoques que -por diversos motivos- aumentan su frecuencia modal entre la población conformada por los singulares especímenes que practicamos las psicologías, las terapéuticas del alma y las distintas formas psicoanalíticas. Esto se debe a que, después de todo, estas elecciones teórico-metodológico-praxicas y clínicas no se hacen sólo por afinidad, sino que también representan un modo de afrontar lo propio y la otredad, representan la elección de una forma (más o menos exclusiva) de trabajar con ciertos fenómenos, todo en búsqueda de la propia comodidad como psicólogos, terapeutas o analistas… 

Del anterior modo, no es difícil que un psicólogo o analista sea visto por su paciente como un estafador al percibir su reaciedad a salir de su zona de confort, reaciedad a contactarse con él del modo en que le propone o necesita, refugiándose en la ortodoxia de la aplicación de la técnica... incluso a Lacan lo han tratado de "estafador" y "macaneador" por este motivo, y Mario Bunge no ha dudado en llamar al psicoanálisis como una mera "brujería", pero también eso es respetable. Después de todo, la mayoría de pacientes van buscando terapéuticas, no un análisis ni un mero estudio de su personalidad.

Cada visión (o vicio-n) de la mente humana que destaque la moda de las disciplinas Psi en alguna época específica servirá también para establecer un patrón de modos de ser en ese espacio, encarnando una entidad de control de las formas del alma, es decir, una policía cultural cercana a la Orwelliana: La "Policía del Pensamiento" en 1984.

Quiero resaltar dos elementos más del texto: el primero es que, para ser un texto sobre terapias psicoanalíticas, las referencias claramente son de una orientación diversa y que me emociona profundamente compartir: Deleuze, Guattari, Foucault, Morin, Ricoeur… de esto, arbitrariamente, reafirmo la conclusión a la que ya había llegado anteriormente: la terapéutica ha de ser pensada desde la filosofía (en sentido estricto, ahora no metan a Pablo Cohelo en este parche) para no hacer de esta un simple adoctrinamiento ciego, una creadora de escotomas. Así, creo que una buena terapia se puede lograr a través de pensar la terapéutica como un concepto filosófico, no de verla como una mera praxis, técnica o metodología.

Lo segundo hace referencia a la necesidad de apertura del terapeuta a los distintos modos de salud que una persona pueda desear para sí, o más específicamente, los distintos modos de ser que guste encarnar o enfrentar ese sujeto o ese ser... Es que Fiorini a ratos pareciera ser Heideggeriano. En todo caso, al menos la mitad de la relación terapéutica necesita de la apertura del terapeuta a las dinámicas del paciente. Después de todo, si bien el terapeuta ha de ser paciente con los síntomas y modos de relación del paciente, también el paciente ha de ser paciente con los modos de relacionarse y síntomas del terapeuta. Una buena terapia es la que el paciente necesita para sostener su proceso, no la ejercida desde tal o cual perspectiva y, en este sentido, el terapeuta es el que menos sabe entre ellos dos qué es lo que el paciente necesita, qué fue a buscar, qué desea y qué demanda para su propio proceso.


Terapia y lo terapéutico:
En esta línea de ideas, considero necesario afianzar y profundizar el concepto de “terapia” trayendo a colación la etimología: viene del griego therapeíā (θεραπεία) que traduce “tratamiento”, siendo esta una aproximación medianamente decente al manejo que Hipócrates hacía de este concepto en “Sobre las articulaciones”, pero más especialmente en “Sobre fracturas” y en “Sobre la dieta en enfermedades agudas”.  Es una lástima para mí no tener a la mano los mencionados fragmentos del Corpus Hipocráticum en estos momentos para hacer mayor ilustración de este, o del siguiente punto.

Hay otra acepción complementaria a la de “tratamiento” que la traducción directa de Hipócrates no logra asir, pero que se encuentra ampliamente considerada por Hipócrates: therapeíā (θεραπεία) se trata también del cuidado que ha de tenerse frente una condición específica en su tratamiento, es decir, para sostenerlo. Así, el tratamiento no sólo es el fármaco (Pharmakón) con el que se cura, sino también los cambios alimenticios, los hábitos que se recomiendan para facilitar el tratamiento o para evitar más daños en el organismo, hacer menos doloroso y acortar el período de recuperación entre otros. Entonces, el cuidado de la therapeíā comprende mucho más que una curación orgánica, a tal punto en que es un claro antecesor –bastante ignorado por cierto– de la psicoeducación, pues es bien sabido que Hipócrates también se valía de explicarles a las personas que trataba cómo funcionaba el cuerpo humano para que ellos evitaran movimientos y alimentos que no les convenían en su recuperación; de ahí surge la teoría de los Humores, como material didáctico.

Cabe mencionar también que la aproximación que Sócrates hace a través de su incómoda pregunta por el “ocuparse de sí” (que aprendió en el ejército griego) guarda alguna relación con esta noción de cuidado, pero no con la de tratamiento; mientras que la distinción que hace en el diálogo Cármides, diferenciando entre los fármacos (pharmakón) y los conjuros (ensalmos, rezos o epodé), es decir, las palabras que se le dicen a una persona y que hacen que también su alma descanse. Este es el primer registro conceptualizado de la implementación a conciencia de lo que podríamos llamar una “psicoterapia verbal”, guardando relación directa con la noción de tratamiento, pero no con la de cuidado.

La anterior concepción amplia de cuidado resulta vital en mi modo particular de concebir las terapéuticas psicológicas: únicamente sería coherente ostentar ese nombre si la labor psicológica está orientada explícitamente a una terapéutica, es decir, a que el sujeto desarrolle y afine su capacidad de cuidar de sí. Siendo así, las concepciones clínicas de la psicología orientadas exclusivamente a la adaptación del sujeto a un entorno específico no serían terapéuticas, como tampoco lo serían las prácticas psicológicas que propenden por el buen funcionamiento de un sistema o una institución, ni las metafísicas fantasmáticas que pretenden sintomatologizar la “verdad” para ofrecer una lectura de esta como una mera cadena de signos. Lo anterior no significa que no puedan llevarse a cabo acciones terapéuticas desde estas visiones, sólo pretendo aclarar que sus pretensiones y metodologías no se orientan hacia lo terapéutico como tal.

Siendo así, seré gustosamente cruel con algún Lacan y traeré a un Foucault enardecido tras la lectura de Lógica del sentido y Diferencia y repetición, ambos de Guilles Deleuze. Enérgicamente, afirma Michel Foucault en Theatrum Philosophicum: “En cualquier caso, es inútil ir a buscar detrás del fantasma una verdad más cierta que él mismo y que sería como el signo confuso (inútil es, pues, el «sintomatologizarlo»" (Foucault, 1995 [1970], págs. 12-13). Que un proceso analítico ortodoxo o una lectura psicoanalítica tenga efectos terapéuticos no hace de ellos terapéuticas, pues su descuido del otro y la huída de la relación que emprenden algunos analistas desemboca en una transferencia glaciar y desinterezada, que dice ser llevada a cabo en aras del enfoque al texto y en alianza con un afán de “verdad” que supuestamente se ubica velada tras el fantasma; de modo que dicho descuido no se hace a favor del cuidado del sujeto que sufre, demanda, necesita, desea y vive, aun cuando es posible que dicho sujeto aprenda a cuidarse justamente a raíz de eso.

No dejaré pasar esto impune: En alguna ocasión Lacan dice concebir al psicoanálisis como una perversión (père-version), pero quizá a algunos han llegado perversamente demasiado lejos en esta concepción al estar tan empeñados en la lectura del texto, dejando de lado al sujeto que sufre junto a ellos, en el diván, y que empujan despiadadamente fuera de este pasados 8 minutos, sin que esto afecte siquiera sus honorarios, o a su Superyó. Anoto que uno siempre podría encontrar una verdad tras las palabras, o "La Verdad" si se quiere, tal como se puede delirar, ficcionar y fantasear infinitamente en la nebulosa, o masturbarse con lo turbio, oscuro y difuso que ofrecen las palabras complicadas al ser usadas innecesariamente para parecer inteligente, para disfrazarse y confundir... ¿Será a esto a lo que se le llama "ortodoxia"?

Sin embargo, cabe aclarar que la visión del sujeto como un sujeto del lenguaje ha brindado muchas herramientas para la interpretación y lecturas bastante útiles, pero al llegar a los límites de esa construcción nos encontramos con una tautología estéril en el lenguaje que parte de la delimitación freudiana de las condiciones de posibilidad ontológicas e interpretativas en el Psicoanálisis, límites que son vueltos lingüistería en el Campo Lacaniano; punto en el que profundiza con gran claridad Collet Soler en El en-cuerpo del sujeto. Suficiente para las orto-doxias demagógicas; no quiero hablar de uribismos estando ad portas de las elecciones presidenciales... sería como sospecharse un cáncer agresivo durante las vísperas de año nuevo, o temer la cirrosis en pleno diciembre.

De igual manera, ciertos grados de fenomenologización tampoco van alineados con una concepción terapéutica en cuanto optan por otro desplazamiento fantasmático: “inútil es también anudarlos [los fantasmas y las fantasías] según figuras estables y constituir núcleos sólidos de convergencia a los que podríamos aportar, como a objetos idénticos a sí mismos, todos estos ángulos, destellos, películas, vapores (nada de «fenomenologización»)” (pág. 13)

De este modo, a todo lo que habita en la fantasía se le da una especie de materialidad indudable... un ejemplo de esto es que los fenomenólogos optan por no decir "he estado temiendo que me pase algo al salir de terapia" sino "siento que me atropellará un automovil al salir de aquí"; o no decir "me siento triste", sino "soy tristeza", siendo estos movimientos propios de las psicologías fenomenológicas. Llegados a este punto, no es posible poner en cuestión ni contrastar lo que un sujeto vive, siente o fantasea, sino que se da por sentado, como una verdad en sí misma, se le da una materialidad indudable por ser una experiencia. La "Zona intermedia" o la "Zona de la fantasía" de Winnicott no es intermedia, sino que se convierte en una realidad aparentemente indudable.

Partiendo de esto, se explica por qué, en vez de buscar generar las condiciones para el cuidado de sí en estas posturas, se da un movimiento epistemológico circular que termina por afirmar y reafirmar con certeza la fantasía con el grosor de una ontología materialista tan tautológica y estéril como las de algunos psicoanálisis. La fenomenología es también una doctrina.

Si no hay algún tipo de contención en la subjetividad del terapeuta, es decir, si no hay una posición terapéutica en alguna medida, aun cuando las acciones que se lleven a cabo tengan algún efecto terapéutico, el dispositivo desde el que se opera no será terapéutico. Así mismo, como la fantasía se hace sólida en la ontología fenomenológica, no hay posibilidad de ponerla en cuestión, ni siquiera de someterla al diálogo o compartirla en el encuentro con el otro. Por el contrario, se hace una cosa-en-sí (Sartre) materializada por una conciencia, y el sujeto se vuelve una suerte de individuo, un solipsismo arrojado al mundo sin posibilidad de vínculo, relación o sujetación.
La postura fenomenológica en Husserl se compone de tres vías: la vía filosófica, la ontológica y la metodológica. Ninguna de las tres se asemeja a una posición terapéutica, pues la filosófica se ocupa de los planteamientos acerca de qué es la experiencia, la ontológica se ocupa de la relación de la conciencia con el mundo-de-la-vida (lebenswelt) y la metodológica se hace cargo de estudiar el método mediante el cual la consciencia capta los fenómenos y el modo a través del cual eso puede ser estudiado. Dicho de otra manera, la posición fenomenológica es un estilo de vida, no un estilo terapéutico visto desde lo teórico; mientras que en lo práctico, no dista de hablar con un amigo con suficiente conocimiento de lingüística para hablar tautológicamente.

Por consiguiente, las posturas fenomenológicas más ortodoxas tampoco tienen un espacio de acercamiento al otro, sino que viven un movimiento de ida y vuelta permanente que vaga entre el sentir la experiencia y el experimentarla, sin brindarle a un sujeto herramienta alguna para enfrentar sus angustias o su sufrimiento, ni velando por mantener y alimentar la relación terapéutica que servirá para dar soporte a un proceso satisfactorio; es decir, los dos implicados en el espacio "terapéutico" terminan constituyendo dos electrones que divagan infinitamente al rededor de una misma situación, pero nunca se encuentran. Un terapeuta puede ser entonces de corte existencial y tomaría por nombre "psicoterapeuta", pero no podría ser de corte fenomenológico si se desmenuza este concepto con juicio.

En un caso aparte a los dos anteriores, Fiorini parece percatarse del asunto del cuidado con prontitud, pues lo anuncia en negrillas en la primera página cuando resalta, como cité anteriormente, la importancia de “crear y cuidar la alianza terapéutica, que es la disposición a trabajar juntos” (Fiorini, 2001, pág. 1). Siendo así, propongo que es el cuidado de la relación terapéutica (más allá de si es alianza, proceso empático, “raport”, vínculo, relación objetal, relación con el objeto o algún otro tipo de relación a nivel ontológico y epistemológico) lo que brinda las condiciones adecuadas para que un sujeto, sea sujeto-terapeuta o sujeto-paciente, desarrolle su capacidad de cuidar de sí en aspectos hasta entonces descuidados.

Pienso entonces que, como cada sujeto se pone en la relación terapéutica (y ciertamente también se pone en juego y en cuestión), el cuidar esta relación implica no sólo cuidarse a sí mismo, sino también cuidar del otro implicado en esta sin importar que sea paciente o terapeuta. En esto consiste el sostener la relación para que se dé un proceso terapéutico, aclarando que tanto el paciente como el terapeuta lo viven... es decir, el terapeuta también va a terapia cuando hace terapia y cuida de la relación, de sí mismo y de su paciente en esta. Dice Joan Coderch en "La relación paciente-terapeuta":

En cada proceso psicoanalítico el analista ha de percibir su manera de organizar el campo con un determinado paciente, lo cual le permitirá descubrir sus preconcepciones, modificarlas, enriquecerlas y dejar de estar encadenado por ellas. Por eso, con razón decimos que en cada análisis el analista, si «cura» al paciente, también se «cura» a si mismo.
(Coderch, 2001, pág. 234)


¿Qué hace a una "buena" psicoterapia?
Partiendo de todo lo anterior, una "buena" psicoterapia sería aquella en la cual un paciente y un terapeuta pueden sostener sus procesos de cuidar de sí y los movimientos que ello conlleva; es por eso que dicha terapéutica ha de enmarcarse en la relación de estos dos sujetos y sus respectivos túneles, siendo esta relación en cada ocasión un sentido-acontecimiento en infinitivo, un “relacionar” dado siempre en presente, eternamente múltiple, descentrado, repetitivo en perpetua diferencia.

Me permito entonces traer con mayor amplitud esta metáfora del túnel:

[…] y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.

Ernesto Sábato – El Túnel


La metáfora que he traído a esta elaboración es adrede fantasmática y aconteciente pues son estas dos series –la de la fantasía y la del acontecimiento– las que urge introducir para la conceptualización de “lo terapéutico”. Me explico: no se puede desarrollar una terapéutica subjetiva sin los acontecimientos y los fantasmas o fantasías del sujeto.

En la conceptualización que hace Deleuze y que Foucault retoma con juicio en varios de sus textos a partir de 1969 en Ariadna se ha colgado y en el 70 con Theatrum Philosophicum, se hace claridad de la importancia de estos dos aspectos, áreas o series en la subjetividad y la relación que tienen con el sentido. Al virar la lupa hacia ellos, notamos tanto que ha habido varias disciplinas que se han propuesto su estudio, como que el estudio de ambos es inabordable mediante las vías con las que contamos desde la modernidad.

Me ocuparé primero de las disciplinas que han intentado abordar la subjetividad, punto del cual pueden encontrar ámplia referencia en Theatrum Philosoficum: a partir de la modernidad, las áreas del saber que se han ocupado del estudio de la fantasía y el acontecimiento humano han sido La Ciencia, el psicoanálisis, la fenomenología y la historia, cada uno con distintos resultados y consecuencias. En el caso de La Ciencia, se ha optado por hacer de la fantasía y del acontecer humano una cifra, cuantificarlo para poder hacerlo estadística, de modo que ambos –junto con la subjetividad humana puesta como “objeto de estudio”– han quedado vueltos un atributo (Foucault, 1995 [1970], págs. 14-15) en una tabla de Excel, cristalizando en una generalización el sentido que todo ello pueda tener para un sujeto.

En lo que tiene que ver con el psicoanálisis, buena parte de la fantasía ha quedado vuelta proyección, o fantasma lacaniano en el peor de los casos, mientras que la repetición propia del acontecimiento se ha convertido en la compulsión a la repetición del síntoma. De esta manera, termina replegando estos elementos subjetivos hacia la materialidad de las conductas de cuya génesis de ocupa tan fieramente esta disciplina, a la par con los procesos de veredicción edípica y preedípica que algunos analistas hacen tal salvajemente.

Se entiende lo álgido de la política en la cocina psicoanalítica y sus distintas iglesias, como también es comprensible por qué se les suele leer como deterministas (aun cuando pocos lo son), y es porque el sujeto que proponen está poco menos que condenado a una misma fantasía y una misma repetición, aprisionando el sentido dentro del síntoma, sintomatologizándolo y dirigiendo su búsqueda hacia la cadena de signos impávidos que el psicoanálisis lingüistero ha pretendido develar, descuidando el sentido que el sujeto propiamente le da desde su vivencia, el sentido que reside en el acontecimiento en cuanto tal.

En el caso de la fenomenología, del cual nos ocupamos anteriormente, queda claro que en la tautología que proponen se repliegan, tanto la fantasía como el acontecimiento y su repetición, hacia una especie de materialismo que todo se vuelve incuestionable sólo porque el sujeto así lo siente, o así lo vive. En el caso del sentido queda encerrado en esa incuestionabilidad dogmática, impidiendo el movimiento dialógico en el ámbito terapéutico que posibilite el insight, el darse cuenta o el paso de lo inconsciente a la consciencia… es algo cercano a la actitud de un infante diciendo “es así porque yo lo digo”, sin mayor argumento que este, forjando así “una gramática de la primera persona, una metafísica de la conciencia(pág. 15).

En la tradición fenomenológica, los casos más diversos en este sentido son Sartre y Merleau-Ponty. El primero declara que el sentido precede al acontecimiento, y el segundo que el sentido común de la cosa anticipa al acontecimiento. “O bien el gato que, con buen sentido precede a la sonrisa; o bien el sentido común de la sonrisa, que anticipa al gato. O bien Sartre, o bien Merleau-Ponty. El sentido, para ambos, no estaba nunca a la hora del acontecimiento (pág. 15). Y Posteriormente, Foucault concluye que “con el pretexto de que sólo hay significación para la conciencia, [la fenomenología] coloca el acontecimiento afuera y delante, o dentro y después, situándolo siempre en relación con el círculo del yo”.

En el caso de la historia, y específicamente la filosofía de la historia, “con el pretexto de que sólo hay acontecimiento en el tiempo, dibuja en su identidad y lo somete a un orden bien centrado(pág. 16):

En cuanto a la filosofía de la historia, encierra el acontecimiento en el ciclo del tiempo; su error es gramatical; convierte el presente en una figura encuadrada por el futuro y el pasado; el presente es el anterior futuro que ya se dibujaba en su forma misma, y que es el pasado por llegar que conserva la identidad de su contenido.
(pág. 15)


Así pues, el único modo de dar lugar al terreno de inmanencia y devenir propio para llevar a cabo una terapéutica del alma en un modo coherente sería justamente darle cabida las series del acontecimiento y del fantasma en cuanto tal, sin replegarlas o desplazarlas hacia alguna dirección, permitiendo así una apertura suficiente a los modos de acontecer de un consultante. ¿Qué cuidado de sí podría darse si el sentido, el acontecimiento y el fantasma a los que estamos sujetos se encuentran encarcelados en alguna prisión modernista teórico-práxica que no permite su devenir? ¿Qué transformación sustancial podría darse en un proceso terapéutico cuando las mismas áreas de la vivencia humana se encuentran transubstanciadas en materias que le son ajenas y aprisionantes?

Hago esta denuncia no sólo para alentar la reflexión acerca de estos constructos, sino también para alertar acerca de la similitud que mantienen con la dicotomía platonista y judeo-cristiana entre el alma y el cuerpo como prisión de esta. Se entenderá por qué, como se le atribuye decir a Fernando González Ochoa, “Desde que el hombre abandonó la metafísica no hay sino muerte” (Colectivo Teatral Matacandelas, 2001, pág. 15), ya que la sustancia propia de estos elementos son una metafísica con la que no contamos desde tiempos ya antiguos, metafísica que se liquidó al final de la edad media y no se ha re-pensado con claridad en occidente hasta ahora.

Queda claro por qué las disciplinas y ciencias modernas que intentaron ocuparse de la subjetividad humana no pudieron hacer mayor profundización, pues no contaban con la metafísica propia para abordarlos. Sin dicha metafísica, la desintegración del sentido al orientarlo hacia una teleología es un peligro constante tras la segunda guerra mundial, tanto en la relación terapéutica y en la labor psicológica en general como en la vida diaria.

Dicha teleología ha ido asociada con la falta de interpretación fenomenológica, y con la sobreinterpretación del fantasma y del acontecimiento a través de las determinaciones bioquímicas, psicológicas, sociológicas, antropológicas, históricas, medio ambientales o genéticas, o incluso la burda extracción de ambos en algunas perspectivas, en ambos casos dado en aras de compensar la falta de una metafísica con qué leerlos más cómodamente.

Cuando se extrae el acontecimiento, se ocasiona la concepción de un sujeto condenado a sí, que no se transforma ni deviene y que, si por el contrario, si se transforma, se le categoriza como lábil y enfermo mentalmente. Cuando se extrae el fantasma se da origen a la eliminación del campo de la fantasía como forma y contenido de importancia en el ámbito psicológico, llegando a su patologización cuando se ensueña más de la cuenta. Es pues fácil ver qué psicologías han seguido este camino. Y finalmente, cuando se extraen ambos… bueno, queda un conductismo tradicional radical.

El proceso de extracción del acontecimiento y de la fantasía, o de su patologización, llevan a las concepciones mutiladas de subjetividad que estos modelos psicológicos pueden concebir al poner la mira teleológica en la normalidad, determinado ahí el sentido. Dicho de otra manera, si el objetivo “terapéutico” es adaptar a un sujeto, hacer de un ser humano “enfermo” un ser humano “normal”, el único sentido que es posible concebir se da allí, en el proceso de adaptación entre las dicotomías salud-enfermedad y normalidad-anormalidad.

Así, estas perspectivas más tradicionales terminaron por afirmar que tanto los delirios del esquizofrénico, como sus alucinaciones y el contenido onírico de una persona “normal” son tan sólo impulsos dados al azar, imágenes que el cerebro crea sin sentido alguno y que no tienen importancia. Como los productos subjetivos son considerados desviaciones o nimiedades sin importancia, a mi juicio resulta imposible concebir la gestar un espacio de mutuo apoyo en que sea posible cuidar de sí en este tipo de perspectivas psicológicas, que no considero terapéuticas por consiguiente.


Así, prosigo a pensar entonces qué es aquello que haría buena a una psicoterapia.

¿De qué modo darle cabida al sentido, al acontecimiento y al fantasma en la relación terapéutica? Quizá lo más importante sea que justamente el terapeuta de la pauta para esto en la medida en que se dé cabida a sí mismo, a su condición de sujeto y a su subjetividad en cuanto tal y de manera consciente, en el espacio terapéutico. Se comprende entonces por qué, entre los abordajes de la subjetividad que esbocé anteriormente, sea el fenomenológico el que más se acerca a la tarea terapéutica, sin constituirse en una formalmente.

Este planteamiento significaría llevar al terapeuta a compartir, de modo dialógico pero con su posición terapéutica clara, aquello que inunda sus sentidos. Conlleva a la desmitificación de su figura, a no ubicarse como un ser perfecto, ni como un saber, evitar postularse como un ser superior o mejor en cualquier sentido que su paciente, sino mostrarse igualmente castrado con espontaneidad, como conlleva su condición humana. Esto invita al terapeuta a ubicarse como sujeto, al igual que el consultante, para la construcción de una relación terapéutica con miras a la alianza que soporte el proceso de cuidar de sí de ambos sujetos.

Siendo así, sólo las posiciones radicalmente ortodoxas en las psicologías positivistas, fenomenológicas, historicistas, sociologisistas y psicoanalíticas, como los psicoanálisis radicalmente ortodoxos, carecen –en teoría– de acciones terapéuticas… pero estas acciones suelen suceder cuando, en la práctica, algo hace emerger la subjetividad del psicólogo, del clínico o del analista y lo pone en evidencia como sujeto, sea a través de un accidente, de un acto fallido, de un juicio de valor, de alguna corriente emocional intensa, de alguna pasión desbordada, de algún acto maternal o paternal algo que no logró poner freno, entre otros.

Curiosamente, son justo esos momentos los que recuerdan con mayor intensidad los consultantes y que, en muchas ocasiones, son el punto de inflexión del proceso mismo: el instante en que descubren que el sujeto que los ha estado escuchando también es humano. Puedo enmarcar aquí un comentario de Lacan en el seminario I: “La verdad es el error que escapa del engaño y se alcanza a partir de un malentendido” (Lacan, 1953). Puedo decir con certeza que incluso en las relaciones más acartonadas, de pone en inter-juego la subjetividad de todos los implicados.

En otra ocasión en que disponga de más tiempo me ocuparé de modo formal y más ampliamente del asunto del sentido, el fantasma y los acontecimientos pues el motivo de este texto va alrededor de lo terapéutico y qué hace una buena psicoterapia, no de las condiciones epistemológicas que puedan sustentar esto, pues se trata de un tema sumamente arduo y dispendioso, pero muy interesante.


Conclusión: mutuo cuidado de sí
En este orden de ideas, es necesario aclarar que el proceso de aprender a cuidar de sí es largo y difícil, pero una vez se instaura el deseo por hacerlo, se vuelve una herramienta útil a la hora de afrontar los tiempos más difíciles y angustiantes. Siendo de ese modo, no es sensato esperar con carácter de pronóstico o post-dicción, que un sujeto aprenda a cuidar de sí satisfactoriamente para sí mismo en un tiempo corto, pero si existe el deseo por el cuidado de sí entonces la “relación terapéutica” podrá tornarse en una alianza en la que se viva aquel “relacionar” en perpetuo infinitivo y gustosa repetición, una alianza por el cuidado de sí. Creo que así podría haber un mejor fundamento para hacer pronósticos aun más prometedores en este sentido, pero no a un plazo determinado, sino aquel que el sujeto-paciente disponga para sí enmarcado en esa relación.

Quizá eso sea lo más difícil de comprender en un proceso terapéutico tanto en el lugar de consultante como de terapeuta: que el túnel oscuro y solitario en el que se está inmerso es el propio túnel, pero que es en este donde se está, donde está el sentido, el camino a tomar, los acontecimientos a recordar y repetir en serie descentrada junto con las herramientas a emplear en su perpetua transformación; que este túnel es uno mismo, que es más sensato aprender a cuidar de él porque ese túnel, este cuerpo, es lo único que tenemos para vivir; que este se ilumina cuando aprendemos a escucharlo y se hace amoroso cuando decidimos amarlo.

Se entiende entonces por qué se necesita amor para aprender a amarse, y por qué se necesita de alguien dispuesto a cuidar de uno para aprender a cuidarse. En ese sentido, lo terapéutico no es sólo el cuidado con el que un terapeuta se relacione con un sujeto, ni es una técnica, una tecnología o una metodología, sino la mutua disposición a soportarse y a cuidarse mutuamente, aun sumergidos en la diferencia de sentidos de dos túneles dispares. ¿Cómo aprendería un sujeto-paciente a cuidar de sí sino siendo cuidado por un sujeto-terapeuta y, al mismo tiempo, cuidando de él? Más aun, ¿cómo podría el sujeto-paciente aprender a cuidar de sí cuando el sujeto-terapeuta se hace elusivo adrede en cuanto sujeto de quién cuidar y con quién relacionarse?

Por lo tanto, para mí, una “buena” psicoterapia es aquella que soporta el proceso de aprender a cuidar de sí en la medida en que en esta se dan acciones psicoterapéuticas, que son, necesariamente, formas de implicar la subjetividad (llevadas éticamente, con claridad y responsabilidad) en pro del cuidado de los sujetos implicados; dicho en otras palabras, son acciones que van dirigidas hacia el cuidado de la relación terapéutica, del relacionarse una y otra vez aliados con el objetivo del mutuo cuidado.





Trabajos citados

Coderch, J. (2001). La relación paciente-terapeuta. El campo del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica. Barcelona: Ediciones Paidós.
Colectivo Teatral Matacandelas. (2001). Fernando González: Velada Metafísica. Medellín: Tragaluz editores S.A.
Fiorini, H. J. (2001). Qué hace a una buena psicoterapia psicoanalítica. En R. Bernardi, J. H. Elizalde, & D. Defey, Psicoanálisis, Focos y Aperturas. (págs. 1-8). Montevideo: Ágora.
Foucault, M. (1995 [1970]). Theatrum Philosophicum. Barcelona: Anagrama.











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[Escrito: Marzo del 2014, completado el viernes 23/05/2014 y corregido el sábado 25/10/2014, en su versión definitiva para Psuché]