Ya con el título de esta
nota debería ser suficientemente claro aquello a lo que me estoy refiriendo,
pero intentaré extenderme sin ser muy redundante.
Con “la falta” me refiero
a esa sensación que aparece cuando nos miramos fijamente en el espejo y
comenzamos a sentirnos mal, y pensamos que hay algo que nosotros no tenemos y que otras personas
si poseen, es decir, hay algo de lo que no dejamos de carecer cuando nos
comparamos con otros. Muchas veces esta falta termina siendo el argumento
principal con el que justificamos lo miserable de nuestras vidas y lo perfecto
de la vida de los otros, o también puede convertirse en ensoñación diurna
cuando nos imaginamos por un instante en su posesión y fantaseamos cómo todo cambiaría
radicalmente en nuestras vidas, reduciendo radicalmente nuestro sufrimiento,
aumentando nuestro disfrute y haciendo perpetua nuestra felicidad; en todo
caso, terminamos por sospechar en el fondo que el carecer de esto, sea lo que sea,
es la causa de muchos de nuestros infortunios.
Alguien dirá que la causa
de las desventuras de su vida radica en que tiene el pelo crespo y no liso como
su compañero, o porque su economía nunca ha sido tan buena ni sus recursos tan
abundantes como los de otros. Habrá también quién explique su infelicidad en la
idea de que no poseen suficiente saber, o en que no son suficientemente bonitos
o sexys a comparación de otros, en que
son muy gordos o muy flacos, muy de esto o muy poco de lo otro. Pensarán
también que toda su vida sería radicalmente distinta y todo mejoraría si
tuvieran ese “algo” que los haría ser tan felices como la gente que los rodea
se ve porque ellos, los otros –y siempre serán los otros– si lo tienen.
Les doy una mala noticia:
los que tienen esos objetos que fantaseamos, que añoramos tener y nos quejamos
de carecer, también albergan en su vida sufrimiento y miseria, también pasan
mal a ratos a pesar de haberse aumentado la nalga o las tetas y operado la
nariz, o de tener ese cuerpazo escultural y pulido diariamente en el gimnasio,
carro, plata, ropa de marca, un novio o una novia rica y extravagante que les
saque de pobres, los mantenga y les gaste, etc.
La idea de que en algún
lugar existe ese objeto mágico (que puede ser literalmente cualquier cosa), ese
objeto que nos hace falta y nos completaría con su posesión llevándonos a una
vida perfecta, es una gran fantasía a la que nos cuesta muchísimo renunciar.
¿Por qué nos cuesta tanto? Porque esta renuncia implicaría aceptar que jamás
habrá un instante completamente perfecto de nuestras vidas, sino que viviremos
humanamente, sin más. También implica asumir la responsabilidad de nuestras
vidas, dejar de esperar a que aparezca un hada madrina o unos padrinos mágicos
que hagan fácil el grandísimo esfuerzo que implica vivir.
Es por esto que es tan
sencillo despertar el hambre consumista hoy en día, porque todo el tiempo nos
ofrecen productos que parecen direccionados a activar esta sensación de la que
les hablo, esta fantasía de que algo nos hace falta: Por ejemplo, en el caso de
las personas que sienten que les hace falta una pareja, notarán que desde las
propagandas de los desodorantes, pasando por cremas dentales y detergentes,
hasta viajes y bienes raíces, se ofrece el amor muy implícitamente junto con lo
que cada producto ofrece, como si el aliento fresco fuera eso que bastara para
encontrar al “amor de la vida” o al “príncipe azul”, o un detergente pudiese
borrar los conflictos de una familia con su fragancia, o si un desodorante
bastara para despertar el deseo femenino de una estrella porno. ¡Lo que ofrecen
son productos que harán que uno deje de tener desencuentros amorosos y
relacionales mágicamente!
Y pues no, el amor y la
convivencia humana en general son esos desencuentros que se dan uno tras otro,
son malentendidos y son disparidades, ¡acostúmbrense! Hay que aclarar, si, hay
desencuentros de desencuentros, pero ese no es el tema de hoy.
Continuo. En últimas, lo
que hace tan miserable la vida de las personas no es lo que “en realidad” ellas
son o no son, sino la perpetua comparación que entablan entre su vida y la vida
que suponen (fantasean) que los otros tienen, imaginando que es una vida
muchísimo mejor porque los otros si tienen lo que a ellas les hace falta.
Puedo incuso proponerles
un ejercicio. Cuando estén pasando por un duelo o una ruptura amorosa y estén
tristes y frustrados, intenten darse cuenta de cómo miran a las otras parejas.
En esa situación, las parejas que se ven pasar por la calle cogidos de la mano
y riendo se ven muy felices; pero este
es el punto central del ejercicio: piensen por un instante que ellos tampoco la
tienen fácil, que no están viviendo una relación perfecta sin inconvenientes ni
desencuentros, que no tienen una vida absolutamente feliz ni están destinados
ontológicamente el uno para el otro, sino que ahí van como pueden, es decir,
humanamente. También es probable que no sean el ideal de pareja de la persona
que tienen al lado, y, sin embargo, ahí están. Con pensar en esto bastará para
que desaparezca, al menos momentáneamente, la idea de que a todo el mundo se le
da en el amor menos a uno, pues a nadie se le da como esperan y mucho menos en
el amor (giggity).
Acentuar en los recursos
que tenemos, reconocer lo que somos y lo que podemos sin suponer que la vida de
los otros es mejor porque están en posesión de algún objeto que los hace ser
omnipotentes es suficiente para encontrar algo de sentido en la vida como tal,
y no buscarlo tanto en ideales imposibles y expectativas desfasadas, pues
–religión aparte– este concepto de la “perfección” no existe más que en nuestra
imaginación. Seguir suponiendo posible la idea de que podría existir un objeto o una
persona que nos completaría sólo termina por promover la envidia y la
agresividad contra esos otros que parecen poseerle, y al mismo tiempo promueve
la propia devaluación, tristezas y rabias en contra de sí.
La falta es una fantasía
que amenaza todo el tiempo con oscurecer y devaluar la propia vida, es un
imaginario y ya. Somos lo que somos, tenemos lo que tenemos, podemos lo que
podemos y ya. A veces apegarse más a un concepto de realidad más ingenuo ayuda
a vivir la propia vida por lo que es y con lo que está, pero para esto es
necesario establecer distancias con las expectativas, los ideales y las
teorías, con la moral y las jerarquizaciones. Esto es suficiente para vivir
mejor con uno mismo, para no pelear con el espejo tan frecuentemente y
disfrutar de la compañía de los otros antes que envidiarles por lo que ni ellos
tienen, para pacificarse con lo que uno es en vez de seguir arrojándose tan
cruelmente a ideales pensados a medias, a eso que uno querría ser aún a cambio
de todo y sin saber muy bien por qué.
Para ir cerrando, diré que
el cariño empieza por uno mismo. Si uno no comienza por aceptarse como es a su
manera, difícil (por no decir imposible) será que otros lo hagan, o que uno
mismo deje de compararse con otros sólo para herirse y hacerse quedar mal ante
sí. Imagino que lo notaron, pero cuando hablo del espejo no sólo me refiero al
artificio de vidrio pulido que refleja nuestra imagen en los baños, sino que me
refiero específicamente a los ojos de las demás personas, de esos otros frente
a los cuales nos encontramos diariamente e imaginamos que nos miran, señalan,
juzgan, que se burlan, nos desprecian cuando en realidad somos nosotros mismos
quienes, a través de sus ojos y de manera harto instrumental, nos faltamos al
respeto fantaseando con ser lo que no somos en vez de aceptar nuestro propio
modo de ser: humanos.
Pero, finalmente, requiere
una valentía enorme verse al espejo sin maquillaje y sin fantasear lo que no
está ahí, es decir, sin fantasear ni la completud hipotética ni la supuesta
falta, sin imaginar lo que no somos ni lo que no es posible ser. Quizá no haya
cosa más difícil y audaz que mirar a un espejo y verse a sí, o hablar y
convivir con un otro sin compararse, envidiar o competir, sino efectivamente
hablar y convivir.
Concluyo: En lo real (por
fuera de fantasías y categorías teóricas o culturales), no existe un objeto o
una persona que nos complete o que nos sacie, justamente porque en lo real
tampoco hay algo que nos haga falta. La falta es sólo una fantasía, nada más.
[Escrito: miércoles
30/09/2015]



