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martes, 31 de enero de 2017

La diferencia entre gusto y amor

De a pocos voy haciendo las paces con levantarme a las 3 ó 4am a comer algo para evitar la gastritis matinal, y está bien. Soy mi cuerpo frágil tanto como soy mi impulso a crear a esa hora. Ahí no hace falta cambiar, así está bien.

Y si, quizá lo que en estas generaciones llamamos “gusto” sea poco más que esta reacción química que nos compele a reproducirnos, ‘la trampa de la naturaleza’ para preservar la especie a través de la urgencia de excitación sexual, el goce vuelto impulso a tocar. No obstante, he de rescatar un concepto: si desear es un no-todo marcado por la creatividad, en parte se trata de un acto sublimatorio en cuánto no es un ‘gozar del objeto’ en cuanto tal ($ <> a) ya que no es directamente fantasmático, sino que está atravesado por la castración, por el “no-todo” que lo constituye. Es constructivo de un modo diferente al gusto sexual y su respectivo goce.



Ahí está la gran pérdida de occidente: al asemejar el gusto y el goce sexual con el deseo y su creatividad, se ha difuminado la forma de intimidad amistosa (filial) propios del deseo y del amor al subsumirlos en maratónicas sesiones sexuales en las que se nombra como ‘amor’ a un encoñe duradero. Muy rico, sí, pero la diferencia entre esas dos cosas es bien grande.

Cuando en psicoanálisis se dice “No hay relación sexual” no se habla del sexo, porque es evidente que sexo si tenemos. Bueno, últimamente yo no, pero ajá, me hago entender. Sexo si tenemos; lo que no tenemos, lo que no hay, es la relación equilibrada, equitativa y correspondiente a lo ideal entre los implicados: no hay sino desencuentros entre nosotros, no hay sino choques y conflictos constantes en las relaciones humanas, ahí está la clave. Es por esto, por el perpetuo desencuentro social para el que somos bienaventurados los seres humanos, que podemos diferenciar con facilidad el gusto (goce) y el amor (deseo).

Me despliego. El gusto sexual tiende al goce de los organismos, a un disfrute acéfalo, irreflexivo, descerebrado, a la posesión, pues busca la asimilación del otro en un esfuerzo de fundirse en uno, sea a través de devorar o absorber al otro, o ser devorado o absorbido por el otro, tal como hacemos con la comida. Es un consumo-del-todo dónde nada nunca es suficiente. Busca, pues, erradicar el desencuentro y los conflictos de esa relación al borrar las diferencias subjetivas y a veces físicas entre los implicados, hacer que el otro sea yo o que yo sea el ideal que tengo del otro. Así, con una persona de la que se gusta, es callados como se tiene sexo, como se goza de su organismo.

Para hablar del amor, tendré que citar a Lacan: “Está claro entonces que es hablando como se hace el amor” (XIX, creo). El amor, pues, se hace, se crea, se construye; hacer-el-amor, todo junto. ¡Ahí está lo que hace ser deseo al deseo! No trata del lenguaje en tanto código o estructura, sino de la comunicación durante el sexo. Hablar siempre implica un no-todo (no-todo se puede decir, no-todo se puede captar, no-todo se puede saber…), implica impotencia, falta, impulso y construcción.

Conversar termina evitando que la sexualidad humana se trate sólo de una mera experiencia orgánica o de un simple desborde de fantasías mutuas, de fantasmas de incorporación mental y mezcolanza corporal con el otro en aras de hacer desaparecer lo que nos hace falta. Quién intenta completarse o completar al otro termina por imponer una silenciosa fusión, una forma de dominación que niega la subjetividad y la libertad de los participantes que puede convertir a una relación en una condena tan ficticia como concreta.

Hacer-el-amor implica la responsabilidad –como dice Fromm– de hablarnos, es conversar para enfatizar en lo diferentes que somos en vez de fantasear que nos fundimos con el otro, dialogar ayuda a mantenernos distintos, velados, misteriosos pero conocidos y desencontrados aun cuando esto significa matar un poco el gusto y dañar el ambiente. Es por esto que, en este plano, lo que une a dos personas es su intimidad, su modo particular de compartir entre ellos su subjetividad, y lo que los separa son las fantasías y los ideales de los que podrían elegir gozar en silencio de manera solipsista mientras sus cuerpos están en contacto, mientras gimen y suspiran no más. Esto me sirve para decir que vincula a quienes se aman es más su amistad que el goce y el impulso propio del gusto sexual o las desmesuras de la fantasía y de lo ideal.

Vale anotar con claridad lo que ya insinué: Si, estas personas que callan, que tienen sexo mientras idealizan y fantasean usando el cuerpo del otro, disfrutarán más y más intensamente que las personas que comienzan a conversar entre ellos, que comienzan a desearse y amarse por quienes son, por lo diferentes que son. Amar implica una pérdida de goce, pero también una pequeña ganancia en la capacidad de creación. Cada quién elige, cada vez se elige.

Al amar, lo que nos impulsa a vincularnos no es el gusto, sino lo que nos hace falta y que nos invita –humildemente– a conversar, a desencontrarnos, a chocar con el otro una vez más; mientras que el gusto sexual y su respectivo goce invitan a eso, a gozar y ya, tendiendo hacia la manía y al narcisismo, hacia creer que nada nos hace falta y que con todo podemos siempre y cuando el otro nos complete, llevándonos a la dependencia y a la muerte del vínculo en cuanto tal, a la producción de una simbiosis parasitaria (o un comensalismo en el menos incómodo de los casos). Una pequeña evidencia de esto es lo común que es ver cómo hay muchas amistades en que habita un intenso deseo de vincularse, de compartir, de construir, sobreviviendo a través de los años y los daños, fortaleciéndose con cada crisis; mientras que muchas relaciones de pareja son más bien habitadas por violentas nociones de deber y por expectativas que se imponen como libretos sobre el otro y sobre sí, cohibiendo todo tipo de expresión, erradicando la espontaneidad.

Ya lo había dicho hace un tiempo: los aspectos de co-creación y acompañamiento incondicional propio de la vida amorosa en general ha recaído en el campo de la amistad, dejando únicamente las expectativas y los deberes (siendo ambos consecuencias imaginarias del “gusto”) junto al goce sexual como fundamentos y nutrientes de las relaciones de pareja. Y luego se quejan, critican o reclaman porque cosechan un mierdero cuando intentan dizque “amar” así, sin contar a los que salen corriendo, afanados en la búsqueda de algún otro pendejo del cual esperar que los saque de la desilusión que no quieren afrontar.

Tomado de: mensxp.com

Darse cuenta de que el otro es otro, que es distinto a mí y a lo que yo espero de este, al mismo tiempo en que me doy cuenta de que yo no soy lo que quiero ser –es decir, darme cuenta de que no soy mi ideal–, no es excitante… es aterrorizante, avergonzante, culpabilizante, angustiante y demás, pero es así como es posible vincularse entre personas, como llegan a amarse y desearse. Hay que ser muy humildes y muy valientes para amar, para conversar, para afrontar los desencuentros junto a los choques y conflictos de las relaciones humanas, para aceptar las diferencias y hablar para distinguirse activamente, para construir algo juntos en vez de sólo gozar de nuestras ficciones y mutuas masturbaciones en el silencio sepulcral de la muerte de la creatividad.

Con humildad, sabiduría, esfuerzo, voluntad y mucha valentía es como, a cambio de perder un puñado de goces y fantasías, nos ganamos el derecho a amar, a desear. Quién no se lo haya ganado, tiene bien merecido su mierdero y su condena.


(Obama, out. *drops mic*)
[Escrito: miércoles 04/01/2017.
Corregido: lunes 30/01/2017]

miércoles, 8 de junio de 2016

Memento Mori

Algún malestar parece –cuando menos– sintomático en casos tan álgidamente formulados. A pesar de una especie de coherencia en el diseño y sentido de ambos, como si devinieran del mismo artífice o de un par de colegas lazados, son bien diferentes; pienso en el Quijote y en el Antiedipo. No sé si se pueda entender, si pueda describir con claridad las cosas que mis ojos no dejan de notar.

La superposición de las muertes, en plural para hablar de los casos reales y puntuales, no dota de más sentido o detalles a la situación para hacerla concebible, ni ayuda a los supervivientes a cargar a cuestas su duelo y el vacío en su pecho. Por el contrario, como por efecto de metonimia (Lacan) que una parece encarnar frente a la otra, entre la siguiente y la anterior, sólo parecemos arrojados al mismo abismo del sinsentido una y otra vez. En cada ocasión, el sentido pareciera perderse un poco más... pero, claro, no hace más que depurarse hasta señalar cada una de las diferencias de las muertes y, en últimas, llegar por epojé a lo irreductible de los vivos: Si estás vivo, has de morir eventualmente, así como los tuyos también morirán.

Hace mella en la escucha y en los dedos decirlo con tan poca delicadeza, hace que algo de lo más íntimo se estremezca en cualquiera que se lo tome a pecho, así como dicen los sacerdotes del “Tomad señor y recibid” de San Ignacio. Sin embargo, los modos delicados no ayudan ni a decir ni a sanar… sólo suavisan insensatamente una de las pocas claridades que, como existentes, podemos llegar a atesorar junto a esos pocos recuerdos que iluminan el día y los talismanes de la infancia que, antaño, nos definían como sujetos de valor o sujetados a alguna historia, a la nuestra, a nuestro cuerpo. Habría que tatuárselo en la piel para jamás olvidarlo: Memento mori.

Y, un aun así, no soportaría nuestra frágil mente algo que no tuviera una significación especial, como determinada de antemano, que inundara de algún sentido ilusorio con recovecos e insignias llamativas las muertes de nuestros amados o la nuestra propia, como si adornar con flores una bacinilla (al mejor estilo Tyrell) fuera a alterar el mierdero. Supongo que son los meros recursos psíquicos, imaginarios y simbólicos, sociales y culturales, con los que intentamos hacer frente a lo aparentemente miserable de la existencia y sus pormenores; más siempre en vano en tanto ni bastan para erradicarlos, ni alcanzamos a morirnos nosotros mismos a cabalidad por esta falta de eficacia subjetiva para tramitar la muerte, para asir lo inasible, para concebir, aceptar, lo que nos excede y desborda por doquier. Vivir a medias pareciera ser la trágica condena del superviviente.

Quedamos pues, como San Agustín ante la muerte febril de ese amigo a quién tanto amó, partidos y desbordados, aterrados ante la muerte y la vida por igual, intentando entender y controlar lo que quizá sea un mero acontecimiento y ya. Siendo así, la muerte, más que carecer de un sentido, pone de relieve (lo) Uno, un sentido tan sencillo que escapa al narcisismo infantil que todavía perdura en nuestras organizaciones psíquicas dizque adultas, revolviéndonos y golpeándonos como si demoliera un edificio; no de arriba abajo, sino con un solo golpe preciso y fino en una viga de amarre. En un parpadeo, no somos más que escombros, fracturas, divisiones, angustias, dudas, miedos… y terror.

Llevando la contraria a la eficiencia neoliberal, los tiempos de La Inexorable no son para correr intentando salir de un duelo con velocidad, sino que son momentos para caminar con lentitud, para captar con la emoción a flor de piel la falta que se esgrime, patente y ominosa, allí dónde –como un Real– no deja de no estar aquel amado punto fijo que hace tan poco nos sujetó y sujetamos. Si, sobrevivimos esta vez; sin embargo, memento mori.

Átropos vendrá por nosotros y por nuestros amados, estemos donde estemos, incluso cuando nos neguemos, reprochemos y nos frustremos. Nos queda sentir, a ver si algún día alcanzamos algo de serenidad. Pienso en Fernando González, en Viaje a pie (1929):

Aquel día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

«Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre.»


La sobreinterpretación, al igual que la negación y ciertas formas más fóbicas (fantasmáticas) de terror, son ejercicios de velocidad ante el vacío que terminan por proponer un sentido horroroso, uno abusador y generalizado que se suele repetir, que termina por efectuar un corte en los vínculos; aquel es el ejercicio de la neurosis ante lo sencillo del desencuentro, el vacío y lo incontrolable. No faltarán las prácticas de dolor que pretenden producir e inducir el trabajo de duelo (que es subjetivo y voluntario) con más velocidad, en forma de rituales que se ensañan, masoquistas, sádicos y auto-sádicos, intentando ofrecer una cura a lo que no es una enfermedad. Cuándo se incurre en apurar a alguien en su proceso, es más el daño que se hace que la utilidad… y es que hay que ser muy baboso e imbécil en esta vida para ponerse a afanar a un doliente; eso está al nivel de atracar a una persona que usa gafas. Así pues, que cada quién haga lo que necesite hacer, a su tiempo, para sobrevivir a sus muertos y sobrevenir a su propia fragilidad. Hay que prevenir el encarnizamiento terapéutico.

Aceptar toma tiempo y no hay más reconstrucción posible que desde la humildad de quién ha dejado de imponer al mundo sus categorías y así, por fin, se ha reconciliado con su propio fluir terreno, con ese incesante devenir otro, construirse y reconstruirse diferente y similar. Asimilar, a’similar, a-similar.

Imagino que se entiende lo que digo: Hacer un duelo no es sacar al otro de la propia vida, sino re-organizarse, re-construirse uno mismo con conciencia de ese vacío y, así, religar, volver a sujetarse de nuevos modos, renovar los estilos de lazar, mirar, amar y soltar.

Una vez más, en aras de claridad y haciendo una merecida venia a la practicidad romana, retomo las palabras del pueblo que ovacionaba con estas palabras a los generales ungidos en reciente victoria:

Memento mori”, es decir, recuerda la muerte, recuerda que puedes morir, que eres mortal.

Aunque también están las notas de Tertuliano al respecto, que nos dan un polo a tierra humilde de las palabras que se decían en aquel entonces:

Respice post te! Hominem te ese memento!”, que traducido es “¡mira detrás de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!” Que no eres un dios.

Vale la pena amar, crear construir y esforzarse sólo porque hay muerte, sólo porque no somos eternos, pues es aquel límite ineludible lo que nos da uno de los pocos puntos fijos en vida con lo que podemos construir sentidos que sean como líneas de perspectiva que tiendan a un punto de fuga que se ubica justo al borde de nuestra hoja de diseño. Somos libres de construir sentidos en cuánto la muerte representa la finitud de toda posibilidad de ser; aquel es el ser para la muerte de Martín Heidegger.

Captar la muerte jamás dejará de ser para nosotros un imposible, pero aquello, más que un infortunio, es el cajón del tesoro, el inagotable origen de las historias que tejen la cultura, que nos unen y nos ayudan a mantenernos en pie, de los rituales que simbolizan en sus movimientos lo que no se puede decir, dándonos materia prima para construir nuevos sentidos y volver a sujetarnos a pesar de –y, en especial, gracias a– nuestra humana fragilidad.

En ese sentido, es la muerte esa gigantesca bendición que nos arroja lejos del “paraíso terrenal” (psíquico) al mundo real, es decir, de la ilusión de omnipotencia a la frustración; nos empuja a pasar de la insensatez narcisa a una posición social y creativa (tanto ética como estética) que tiene su raíz en una pizca de sabiduría marcada finamente por ese granito de locura de cada uno, ese rasgo unario que se deja florecer, por fin, con potente sinceridad. La muerte se vuelve pues un incentivo inmenso para sobreponerse sin descanso a las propias taras con valentía, para aprender a vivir sin arrepentimientos ni reproches, para dejar de negar el vacío que nos dejan los muertos y la impotencia que nos deja vivir, para acogerles y aprender a desear.


Recuerda que vas a morir, que todos vamos a morir, para que hoy también valga la pena vivir para crear y recrear lazos humanos una vez más.


[Escrito: martes 7/06/2016]

viernes, 25 de diciembre de 2015

Crecer

Hay algo que me tiene pensando, aunque no preocupado.
Siempre he tenido la impresión de que la gente pide demasiado en el amor, o esperan demasiado de las relaciones y quizá eso es lo que más les dificulta vincularse con otros. Me incluyo.

Cuando uno está seduciendo a alguien para acostarse con esa persona, basta con insinuarle que le darás todo lo que está buscando aunque uno sepa que es un engaño –que la satisfacción es un imposible– y la otra persona lo sospeche. Sin embargo, nunca se aclara lo ilusorio del caso sino hasta el final, en lo eminente de la ruptura, explicando así el resentimiento y los reclamos que muchas veces quedan de eso.

Es fácil verlo. Entre más condiciones tenemos las personas para elegir una pareja, más esperamos de esa persona. Es algo que me resulta evidente: Si la gente no esperara del amor, eligiría a cualquiera sin tomarse el arduo trabajo de discriminar, ni se molestaría con el otro cuando hace o deja de hacer ciertas cosas.

Todos tenemos expectativas, alguna cosa esperamos del otro. No tenerlas sería entrar en (volver a) el autismo, literalmente. Ahora, uno puede conocer sus expectativas, hay algunas que se pueden reducir, hay otras que no; pero todas se pueden transformar aunque sea un poquito y eso es lo que uno llama “crecer”. Crecer duele porque implica frustrarse y buscar alternativas, pero es bonito a su manera.

A la larga es difícil que una persona se quiera meter o comprometer con alguien que le diga la verdad, con los costos y ventajas que eso implica. Me recuerda a “Mentiras piadosas” de Joaquín Sabina… la mayoría prefiere que le mientan, la verdad del perpetuo desencuentro es muy difícil de soportar.

En ese orden de ideas, las funciones de relativa incondicionalidad, de acompañamiento y co-creación propios del campo del amor han recaído sobre la amistad, mientras que al amor de pareja se le ha atribuido el deseo sexual y el deber de la satisfacción del otro y de sí mismo, haciendo del amor una suerte de imposible, un idilio, una fachada que tarde o temprano se fractura y acaba bajo el peso de quienes son sus integrantes.

No obstante, a medida que he ido creciendo me he topado cada vez más con gente que ya no está dispuesta a invertir en quimeras; gente un poco más desencantada que goza opacamente pero que, aun así, desean amar, crear, acompañar, arriesgarse y esforzarse en construir un vínculo con otro. Eso me alegra mucho, me alienta.

Una pareja no es alguien que te vaya a satisfacer, es alguien con quién vale la pena caminar, cultivar, crecer y crear. La ligazón cultural entre el amor y el sexo (deseo sexual, “satisfacción”, etc.) es un infortunio gigantezco en ese sentido.

La gracia de una amistad es que uno sabe que se va a desencontrar, mientras que en las parejas uno tiene que darse cuenta de eso con el tiempo; por eso una relación filial es culturalmente privilegiada para la creación, pues sólo se puede construir desde la riqueza de la diferencia y nutrirse de allí para crecer como un más-de-uno, para agenciar juntos, en compañía.


[Escrito: viernes 25/12/2015, corregido lunes 28/12/2015]
*Nota: Medir el propio valor o el del otro por la capacidad de satisfacer, de ser suficiente, es un gigantesco error.

domingo, 11 de octubre de 2015

Deseo: exsistencia y brújula

La emergencia de un deseo pacífico depende de lo apaciguado que uno esté con su propio deseoSin embargo, un deseo pacífico no es de ningún modo calmado o tranquilo: como todo deseo, se trata de un torrente incontrolable, radicalmente incontenible, que amenaza con llevarse todo lo que se oponga paso insaciable y arrasar con todo aquello que uno pudiera dar por sentado o fijo en la propia vida.

El modo en el que exsistimos como humanidad es en el deseo, como nómadas deseantes. Intentaré descomponer esta idea.


Lo primero será traer de nuevo la etimología de la palabra “Existencia”: (lat.) Exsistentia: Cualidad del ente (del ser que está) o agente de estar por fuera de lo fijo, es decir, de no estar fijado.

  • ex- (prefijo): hacia afuera, por fuera de.
  • Sistere: Tomar posición, estar fijo o fijado en un sitio.
  • -nt (sufijo): ente-agente
  • -ia (sufijo): cualidad

Como seres, digamos en sentido escueto pero preciso, en cuanto estamos en algún lugar también estamos siendo; esto abarca la función de la presencia de nuestro organismo. Sin embargo, es nuestro deseo lo que nos interpela todo el tiempo a movernos, a no estar perpetuamente anclados al mismo punto o las mismas personas, a dejar de estar aquí para comenzar a estar allá.

Para decirlo de otro modo, si bien no tenemos un anclaje permanente en el mundo, si contamos con un anclaje vitalicio en nuestro deseo. Es nuestro deseo lo que cuestiona, pone en duda y retira constantemente toda sujeción o fijación que podamos tener de manera temporal a elementos puntuales de nuestro mundo y nuestra vida, haciendo imposible la existencia incluso hipotética de un ser humano siempre “constante” –cosa que no es más que un adjetivo teórico con el que se nombra una magnitud física teórica o una variable matemática, describiendo de estas que no varían a través del tiempo–.

Además, aun estando anclados y sujetados a nuestro deseo, aquellas cosas que deseamos cambian constantemente y no existe algo que venga bien al deseo, no existe algo que le satisfaga y siempre estaremos en búsqueda de algo más. Así, nuestra exsistencia, de nuevo apelando a este malabarismo etimológico, encarna la ausencia de un punto o valor al que estemos perpetuamente fijados en nuestro mundo y que nos pudiera servir siempre de guía, norte o referente. No tenemos quién nos dé el visto bueno o malo acerca de nuestras vidas sin lugar a dudas. El vivir humano es un perpetuo descentramiento, es nomadismo.

Especialmente el deseo tiene la propiedad de complicar más el asunto de buscar certezas y triunfos en la vida, no sólo porque el deseo está en siempre transformándose en sus intensidades, variables y objetos, variando y multiplicándose incesantemente, impredeciblemente y a formas cada vez más inimaginable, sino también por su carácter estrictamente amoral. Para decirlo con claridad: uno desea lo que desea, no lo que quisiera racionalmente desear, ni lo que se supone debería desear de acuerdo al deseo de algún otro o a lo dictado culturalmente, ni lo bueno ni lo malo; uno desea lo que desea y punto, y seguramente mañana deseará otra cosa y la semana siguiente deseará algo totalmente distinto.

Se entiende entonces por qué San Agustín, en un acto de sabiduría extraordinaria, decide buscar a Dios dentro de sí como aquello que es íntimamente suyo, incluso más intimo que él mismo. No creo abusar de los conceptos si planteo que él buscaba a Dios como algo más propio de él que su propio “yo” en cuanto estructura psíquica, algo más esencial en sí incluso que su propia voluntad y su consciencia de sí, de manera que en el final de su proceso introspectivo sólo podría toparse con una cosa: con su deseo, aunque fuese un deseo de Dios y de iluminación. ¡Sí! En San Agustín el lugar de Dios es el lugar del deseo, de ahí la invención de la introspección y las características de sus planteamientos y discusiones en sus Confesiones, en los cuales notamos con claridad cómo describe los movimientos de su propio deseo en la búsqueda de Dios.

Traigo a San Agustín porque él hace de Dios, de su deseo, su único anclaje en su vida y en sus viajes, además de la escritura. Se movía de un lugar a otro, pero siempre llevaba consigo aquello que lo definía en todo momento como sujeto cuando hablaba con su Dios mientras exploraba las profundidades de su propia alma.

Recurriré a una figura que, a mi juicio, retrata a la perfección el funcionamiento del deseo: la brújula de Jack Sparrow en Los Piratas del Caribe. En “El cofre de la muerte” (Dead man’s chest, 2006) ocurre una conversación entre Elisabeth Swann interpretada por la actriz británica Keira Knightley, Jack Sparrow (Johnny Depp) y el –en ese momento– excomodoro James Norrington (Jack Davenport), en que Jack le explica acerca de su brújula a Elísabeth.

  • Elisabeth: – ¿Cómo lo encontraríamos?
  • Jack: – Con esto. Mi brújula. Es única.
  • Norrington: – “Única” en este caso significa “dañada”. [Sale de escena]
  • Jack: – Cierto. Esta brújula no apunta al norte.
  • Elísabeth: – ¿Hacia dónde apunta?
  • Jack: – Apunta a la cosa que más quieres en este mundo.

Jack, en la primera mitad de la película, se encontraba en una situación bastante penosa, sin saber cómo salir de sus apuros porque su brújula no podía guiarle. La Tía Dalma (Naomie Harris) le señala el motivo de esto: o Jack no sabía lo que quería, o sí lo sabía y no quería aceptarlo o reclamarlo para sí. También, a lo largo del filme, tanto en manos de Elísabeth como en manos de Jack pueden verse las consecuencias de depender de una brújula que cambia constantemente de “norte”, es decir, de objeto de deseo, aun en contra de la voluntad de su usuario, causando dificultades en el viaje hacia el Holandés Errante.

El deseo es, tanto en la brújula de Jack como para San Agustín, algo mucho más profundo que la propia voluntad o el “yo” psicológico puesto que es algo que no puede controlarse y dirigirse, sino que actúa con total autonomía, en las profundidades de uno mismo, más intimo que lo que uno pudiese reconocer como propio. Todo el tiempo apunta al  misterioso objeto que causa nuestro deseo, aun cuando este pueda variar o pueda parecer difuso, trazando líneas de perspectiva a lo largo y ancho de nuestra vida como si fuese un punto de fuga en el infinito. Siendo así, el “norte” de cada exsistencia humana está dado en relación distintos puntos y líneas de referencia que en vez de ser constantes, están sumergidas en un eterno devenir-otros, enmarcando el movimiento que el deseo implica en nosotros;  en consecuencia, el Sentido (“norte”) es una producción, así que ya no puede tomarse como un simple descubrimiento (similar a lo planteado por San Agustín) puesto que no viene dado sino que se construye, haciéndonos radicalmente actores y responsables de este.

Este deseo todo el tiempo nos señala, aun cuando prefiriéramos que no lo hiciera, aquello que más queremos, lo que añoramos aun sin darnos cuenta y, tarde o temprano, nos encontramos mirando a eso que deseamos y fantaseando sin percatarnos. Allí donde emerge el deseo, se despliega salvajemente la fantasía que ya hemos elaborado y al mismo tiempo producimos un sentido, haciendo del deseo un proceso de construcción de un conjunto mucho mayor que el mero objeto que aparentemente lo causa, pues se construye toda una escena, todo un paisaje, al desear. Nadie desea, por ejemplo, sólo una pareja y unos hijos como si estuvieran en el vacío, sino que fantasea toda la escena de la vida en familia.

La diferencia entre el Dios introspectivo de San Agustín y la brújula de Jack en cuanto deseo es que, en el caso de San Agustín, el deseo es un hallazgo, un descubrimiento que hace un santo dentro de sí, mientras que en el caso de la brújula el deseo es una producción de un sujeto y, por lo tanto, una producción del cual dicho sujeto es responsable.

Esto se puede ver con claridad a partir del momento en que Elisabeth comienza a usar la brújula de Jack en El “El cofre de la muerte” (Dead man’s chest, 2006), justo antes de abordar el Perla Negra. Su deseo es hallar a su amado William Turner (Orlando Bloom) que se encuentra captivo en el Holandés Errante, el barco de Davy Jones; de manera que si ella hubiera usado la brújula en este momento, esta hubiera apuntado hacia él directamente. Consciente de esto, Jack la dirige a desear algo ligeramente distinto: la dirige a salvarlo. ¿Y cómo salvar a William? Consiguiendo el cofre donde Davy Jones guardó su corazón aun latiente, para así tener poder sobre él y obligarlo a liberar a su amado. Ella entonces tiene que producir un deseo, construir una escena más compleja que la simple aproximación a aquello que causa su deseo (William) al añadir dos eslabones más a esa cadena: Primero tiene que conseguir el cofre de Davy Jones para, en segundo lugar, salvar a William y, sólo en tercer lugar, así poder reencontrarse con él. Traigo el diálogo a continuación:

  • Jack: – “Y lo que más quieres en este mundo es encontrar el cofre de Davy Jones, ¿no?
  • Elízabeth: –Para salvar a Will–
  • Jack: – Encontrando el cofre de Davy Jones

Elisabeth entonces tendrá que hacerse responsable de la producción de su deseo, es decir, de la elaboración de la escena del deseo (Cofre, salvación de William y así encontrarse con él)  y la construcción del sentido que dará sustento a esta escena (es necesario salvar a William y no sólo encontrarse con él) para ser dirigida efectivamente, por la brújula de Jack, a su objeto de deseo.

 
Piratas del Caribe: El Cofre de la muerte (2006).
La brújula de Jack siendo usada por Elisabeth Swann.

Tal y como la brújula de Jack, a veces nos parece que nuestra brújula (nuestro deseo) estuviera dañada porque no apunta al norte, a saber, no apunta hacia aquello que se ha designado culturalmente como norte o lo que nos han enseñado que debería ser el norte de nuestras vidas. Ejemplos de este norte cultural son las aspiraciones de dinero, fama, éxito, viajes, familia, etc. Pero el punto que intento ilustrar es justamente este: ¡Nuestra brújula no está diseñada para apuntar al norte! Tampoco está dañada porque no apunte hacia allá ¿Por qué? Porque la existencia humana no tiene un norte predeterminado, sólo tenemos el deseo que apunta aquí o allá, que nos guía desde la incertidumbre de nunca poder saber qué va a pasar, o si lo estamos haciendo bien o mal.

¿Se entiende ahora el motivo de nuestra falta de puntos fijos de referencia y de anclajes en nuestros mundos y nuestras vidas en general? El deseo apunta, nos empuja y ya, y cuando traicionamos nuestro deseo, entonces emerge la culpa y la vergüenza. La utilidad del deseo no es la misma que la de una brújula convencional; nuestra brújula, nuestro deseo está diseñado para construir nortes, producir sentidos, elaborar escenas y crear todo tipo de cosas que llevaran nuestra firma como deseantes. Nuestros deseos o nuestras producciones en general no se dan con independencia de nosotros, por el contrario: que se dan en la más íntima relación con su creador o productor, llevando siempre alguna innegable insignia de su autoría.

También hay que aclarar que no existe algo que todos los seres humanos deseen, cada uno busca algo diferente, así que no hay ni puede haber un norte unívoco e inequívoco para todos; sólo nos queda lo misterioso y cambiante de nuestra brújula deseante y constructora.

Resulta oportuno conocerse a sí mismo, develar algo del propio deseo para aprender a leer y dar sentido a las lecturas de la brújula de Jack que todos cargamos con nosotros, en el fondo de nosotros mismos y más íntimos que nuestra propia voluntad, para no tener que asumir que está rota o dañada por no apuntar al norte o a algún punto fijo en general.

En la vida no es el norte lo que estamos intentando hallar… en primer lugar, porque en serio no lo hay. En segundo lugar, porque la vida sería entonces como un juego muy fácil de ganar, aburrida, monótona, todos corriendo por la misma vía buscando la misma cosa; simplemente bastaría con un recetario metodológico para “triunfar” en el juego de la vida (fuera eso lo que pudiera ser). Si esa fuera toda nuestra búsqueda entonces francamente no tendría mucho sentido vivir, no habría que producir ningún sentido sino que ya estaría dado. Pero no, lo que cada uno desea es distinto, no es algo predeterminado y cambia con alguna frecuencia; cualquier persona puede desear literalmente cualquier cosa.

Como humanidad, lo que marca nuestra exsistencia, es decir, nuestra presencia y nuestro movimiento nomádico, es la producción del deseo. Es por esto que resultaría tarea imposible intentar pasar toda la vida deseando lo mismo, estando sólo en un lugar y siendo sólo una cosa… nuestro deseo siempre nos invitará a lugares más lejanos, a aguas más profundas, a nuevas aventuras, nuevos proyectos y nuevas creaciones. Habría que decir, de la mano de la gramática deleuziana, que se trata de la constante producción de un “Desear” que se repite diferente (porque no hay dos deseos iguales), construyendo y reconstruyendo su sentido, sus lógicas y las fantasías que se despliegan en este junto con la incidencia de las cosas “reales” y las categorías simbólico-culturales que puedan acompañarlo, constituyendo el conjunto de ese “Desear” específico. Lo anterior lo dejaré enunciado para mí, no lo explicaré…aun.

Finalmente, concluyo: Exsistimos nomádicos como máquinas deseantes, jamás podríamos erradicar el deseo de nosotros y el impulso con el que nos dota; somos actores, productores de nuestro deseo puesto en acto constructivo todo el tiempo, este es el impulso de vivir y sólo en relación con este podríamos formular un sentido de exsistir.





[Escrito: entre viernes 9 y domingo 11/10/2015]


NOTAS:

*Nota 1: Obviamente, después de pensar la falta vendría producir un deseo, alguno que fuera aunque sea un poco más que un mero efecto de aquella falta. Es evidente no soy estructuralista.

*Nota 2: Este texto me tomó bastante. Hacía tiempo, desde "Los Números Inip", no me sentía tan exprimido escribiendo algo, esto es como un estreñimiento. De verdad ha sido un esfuerzo monumental para mí a lo largo de esta semana pensar con total rigurosidad estos asuntos, pero finalmente pudo salir algún texto que diera alguna forma, aunque sea, a un bosquejo de "deseo" que pudiera ser algo más que la falta. Ha sido un reto, especialmente por mi formación, pero finalmente ha sido posible gestar esto... Me siento orgulloso y profundamente satisfecho con esta pequeña producción.

*Nota 3: Imagino que es evidente, pero igual lo aclararé: todo esto sigue siendo un efecto de lo que empezó hace ya tiempo en junio del año pasado, cuando decidí tomarme en serio la vida con la muerte de Sergio; los efectos de eso fueron y siguen siendo profundos. Sin embargo, especialmente estos últimos textos han sido las consecuencias directas y los cierres del proceso que comenzó a mediados de enero este año con esa ruptura, atravesando los meses hasta mayo, y embarcándome de nuevo en mi propio camino desde septiembre, una vez más sin nada qué perder... No podría explicar estos ires y venires de algún modo que no parecieran fríos, calculadores, incluso crueles o mezquinos, pero han sido todos radicalmente sinceros y oportunos, para mí han sido necesarios aun cuando supiera de antemano mis motivos y sospechara con alguna certeza sus destinos. Este ha sido el proceso de asumirme tal y como soy aun a todo costo, de asumir, entre otras cosas, mi propio deseo. Enfrentarme a mis ideales ha sido tan costoso y doloroso como liberador.

La producción de un texto acerca del deseo, en este caso, es también la producción de un deseo, un deseo que finalmente pude asumir de un modo amable, me atrevo a afirmar que se trata de una forma de desear novedosa para mí. Y bueno, lo que quiero decir es que estoy más que feliz con lo que soy. Aquí hay un punto de inflexión enorme y hermoso, he virado desde lo que alguna vez fue mi falta hacia mi propia forma de creación.

*Nota 4: El punto de inflexión, lo que pudo darle los toques finales a este texto, fue el sueño de hoy. Antes de dormirme escribía, y me pedí un consejo, una respuesta a la pregunta que siempre me aquejó. ¿Cómo ver el deseo en el amor? Ustedes saben cómo soy yo, me desperté con la respuesta, y lo mejor es que es sencilla: El amor es como jugar frisby, jajajaja, pero esa historia se las contaré otro día. Muchísimas gracias por leer :) , este texto, este proceso, esta construcción por fin terminó [11/10/2015 11:59pm].

sábado, 31 de enero de 2015

Hablar de amor

Nota: Este texto es de dos partes. Los dos lados de la moneda que la componen.
Nota 2: Yo sé que el segundo casi no se entiende. Gracias.


Amar. ¿Por qué me preguntas qué pienso del amor? –cuestiono–.

Me gusta amar más de lo que le temo al amor, y más de lo que me desespera…que no es poco.

En cuanto a ser amado, bueno, aun me cuesta entender y aceptar el idioma en que se encuentra cifrado el amor del otro porque, claro está, no es el mismo idioma mío. El gran problema que los seres humanos tenemos con el otro es que no son uno, entonces intentamos volverlos como nosotros aun sin darnos cuenta y rabiamos ante no lograrlo; querella fútil.

El amor me apasiona. Si, el amor es una pasión que hay que cuidar, pero también de la cual hay que cuidarse, ambos en su justa medida. Aristóteles merece aquí una mención.

También me resulta apasionante hablar de amor. Es como intentar rodear esta sensación indecible, indescriptible, arrebatante, e intentar hacerlo un poco más preciso y conceptual, como si eso fuera a darle alguna solidez, como si pudiera hacerse menos etéreo y más tangible para nosotros… y después soltarlo con la tranquilidad que me brinda saber que nunca pudo haber sido asido.

No diría que este sea un esfuerzo infructuoso; todo lo contrario, lo veo como un juego hermoso: es como tomar un poco de agua de un riachuelo frío y limpio con tus manos, ver como ella se escurre lentamente entre tus dedos como una caricia y, sin afán alguno, devolverla al riachuelo, el cauce del que viene, con delicadeza para que siga su curso cuesta abajo. Tan sólo esa sensación, el frío en las manos, la humedad, el transcurrir… tan sólo con eso basta para que valga la pena, sin importar que se haya extraído exitosamente agua del riachuelo o no.

No se ama para ganar algo, cosa que no hace al amor útil o inútil. Se ama porque se desea y eso basta para justificarlo de principio a fin. El deseo basta para hacernos saltar al vacío de la otredad una y otra vez, cuantas veces sea necesario y, aun cuando siempre duela, también siempre valdrá la pena.

El movimiento al amar es, como al hablar del amor, un acontecer constante, un devenir incesante. El amor no se tiene, tampoco se tiene un novio o una novia; no es algo que se pueda tener. El amor se vive y siempre en infinitivo, como si cada instante estuvieras en un “amar” que es sucedido por un nuevo “amar”, y así infinitamente: “Amar. Amar. Amar. Amar”. Se vive distinto a cada instante porque a cada instante somos distintos, todos, vos y yo, la persona de la que estés enamorado o enamorada… todos cambiamos a cada instante y, en este instante, ya ni vos ni yo somos los mismos del primer párrafo. Se ama por hoy, aquí y ahora; bien podríamos decir “te estoy amando” en vez de “te amo” sólo para recordarnos de la temporalidad del deseo y lo impulsivo de la pasión.

Intentar asirse al amor es matar la pasión, estancar al deseo. No hay forma de aferrarse a una vivencia como no hay forma de tomar todo el mar con tus manos: sólo puedes vivirlo, sentirlo, disfrutarlo por el instante que dura y dejarlo pasar como el agua que se escurría entre mis dedos en ese riachuelo en Barbosa. Si no amas el transcurrir, si no aprendes a disfrutarlo, mucho te costará amar lo finito en tu vida y disfrutar de tu vida finita.

El deseo fluye y siempre estamos deseando nuevas cosas, personas distintas. Fantaseamos con otros rostros y otros cuerpos, o con el mismo de mil y una maneras diferentes. Por eso el amor es un salto al vacío, un bello intento por hacer frente al avismo que nos separa de la otredad y hasta de nosotros mismos. El amor es entonces una ligazón improvisada pero recursiva que siempre se está moviendo y cambiando, no hay cómo aferrarse de aquello que no tiene asidero alguno.

Y este pequeño texto también es amor, también es un salto, uno renovado, un salto hacia quién pueda leerlo y disfrutar de mi modo de rodear el amor con palabras para soltarlo tranquilo. Estas letras son un regalo para quién pueda escucharme decir con sinceridad: del amor yo no sé, y amo como escribo: apasionadamente.


[Escrito: madrugada del martes 27/01/2015]
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(…)

Tenemos un muerto que nos une, el deseo que nos interpela, la lujuria que nos atañe y un ideal que –sin darnos cuenta– toma carne, toma nuestra carne para hacerse vivencia como un acto de Creación, “un agenciamiento” diría Deleuze, el agenciamiento de una relación, sea cual sea, pero tejida por dos deseantes que no cesan de devenir, acontecer y fantasear (se). El delirio es la condena de crear por accidente.

La Cosa (Das Ding) es el sexo y el amor que acontece desmedido entre estas débiles cañas azotadas por el colérico mar que nos engendró, Pontos, quién a diario nos reclama para sí en las profundidades. Somos la espuma del Archipiélago de Hölderlin, somos Jonia que florece en la voluptuosidad, que emerge en el horizonte como el sueño de un loco: un sueño más tangible que la propia realidad, un mundo distante y, sin embargo, posible. Extrañamente posible. Un sueño que se experiencia internamente, con mayor intensidad que la vida misma… somos deseo que florece en la costa griega, tan intenso que necesitará palabras nuevas para intentar expresar lo que nunca se ha podido decir; por ello el amor requiere de nuestros cuerpos y no sólo de palabras. Nos toma por la vida, nos sacude con fuerza y, antes de que nos demos cuenta, terminamos por aferrarnos exhaustos y asustados a otro cuerpo embriagado en la misma locura.


 Cuando amamos volvemos a nacer en el límite de lo posible, rozando la muerte y la otredad.  Amar es un riesgo enorme, pero quizá es el único riesgo que de verdad vale la pena correr en esta vida.

(…)


[Escrito: madrugada del miércoles 28/01/2015]