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martes, 31 de enero de 2017

La diferencia entre gusto y amor

De a pocos voy haciendo las paces con levantarme a las 3 ó 4am a comer algo para evitar la gastritis matinal, y está bien. Soy mi cuerpo frágil tanto como soy mi impulso a crear a esa hora. Ahí no hace falta cambiar, así está bien.

Y si, quizá lo que en estas generaciones llamamos “gusto” sea poco más que esta reacción química que nos compele a reproducirnos, ‘la trampa de la naturaleza’ para preservar la especie a través de la urgencia de excitación sexual, el goce vuelto impulso a tocar. No obstante, he de rescatar un concepto: si desear es un no-todo marcado por la creatividad, en parte se trata de un acto sublimatorio en cuánto no es un ‘gozar del objeto’ en cuanto tal ($ <> a) ya que no es directamente fantasmático, sino que está atravesado por la castración, por el “no-todo” que lo constituye. Es constructivo de un modo diferente al gusto sexual y su respectivo goce.



Ahí está la gran pérdida de occidente: al asemejar el gusto y el goce sexual con el deseo y su creatividad, se ha difuminado la forma de intimidad amistosa (filial) propios del deseo y del amor al subsumirlos en maratónicas sesiones sexuales en las que se nombra como ‘amor’ a un encoñe duradero. Muy rico, sí, pero la diferencia entre esas dos cosas es bien grande.

Cuando en psicoanálisis se dice “No hay relación sexual” no se habla del sexo, porque es evidente que sexo si tenemos. Bueno, últimamente yo no, pero ajá, me hago entender. Sexo si tenemos; lo que no tenemos, lo que no hay, es la relación equilibrada, equitativa y correspondiente a lo ideal entre los implicados: no hay sino desencuentros entre nosotros, no hay sino choques y conflictos constantes en las relaciones humanas, ahí está la clave. Es por esto, por el perpetuo desencuentro social para el que somos bienaventurados los seres humanos, que podemos diferenciar con facilidad el gusto (goce) y el amor (deseo).

Me despliego. El gusto sexual tiende al goce de los organismos, a un disfrute acéfalo, irreflexivo, descerebrado, a la posesión, pues busca la asimilación del otro en un esfuerzo de fundirse en uno, sea a través de devorar o absorber al otro, o ser devorado o absorbido por el otro, tal como hacemos con la comida. Es un consumo-del-todo dónde nada nunca es suficiente. Busca, pues, erradicar el desencuentro y los conflictos de esa relación al borrar las diferencias subjetivas y a veces físicas entre los implicados, hacer que el otro sea yo o que yo sea el ideal que tengo del otro. Así, con una persona de la que se gusta, es callados como se tiene sexo, como se goza de su organismo.

Para hablar del amor, tendré que citar a Lacan: “Está claro entonces que es hablando como se hace el amor” (XIX, creo). El amor, pues, se hace, se crea, se construye; hacer-el-amor, todo junto. ¡Ahí está lo que hace ser deseo al deseo! No trata del lenguaje en tanto código o estructura, sino de la comunicación durante el sexo. Hablar siempre implica un no-todo (no-todo se puede decir, no-todo se puede captar, no-todo se puede saber…), implica impotencia, falta, impulso y construcción.

Conversar termina evitando que la sexualidad humana se trate sólo de una mera experiencia orgánica o de un simple desborde de fantasías mutuas, de fantasmas de incorporación mental y mezcolanza corporal con el otro en aras de hacer desaparecer lo que nos hace falta. Quién intenta completarse o completar al otro termina por imponer una silenciosa fusión, una forma de dominación que niega la subjetividad y la libertad de los participantes que puede convertir a una relación en una condena tan ficticia como concreta.

Hacer-el-amor implica la responsabilidad –como dice Fromm– de hablarnos, es conversar para enfatizar en lo diferentes que somos en vez de fantasear que nos fundimos con el otro, dialogar ayuda a mantenernos distintos, velados, misteriosos pero conocidos y desencontrados aun cuando esto significa matar un poco el gusto y dañar el ambiente. Es por esto que, en este plano, lo que une a dos personas es su intimidad, su modo particular de compartir entre ellos su subjetividad, y lo que los separa son las fantasías y los ideales de los que podrían elegir gozar en silencio de manera solipsista mientras sus cuerpos están en contacto, mientras gimen y suspiran no más. Esto me sirve para decir que vincula a quienes se aman es más su amistad que el goce y el impulso propio del gusto sexual o las desmesuras de la fantasía y de lo ideal.

Vale anotar con claridad lo que ya insinué: Si, estas personas que callan, que tienen sexo mientras idealizan y fantasean usando el cuerpo del otro, disfrutarán más y más intensamente que las personas que comienzan a conversar entre ellos, que comienzan a desearse y amarse por quienes son, por lo diferentes que son. Amar implica una pérdida de goce, pero también una pequeña ganancia en la capacidad de creación. Cada quién elige, cada vez se elige.

Al amar, lo que nos impulsa a vincularnos no es el gusto, sino lo que nos hace falta y que nos invita –humildemente– a conversar, a desencontrarnos, a chocar con el otro una vez más; mientras que el gusto sexual y su respectivo goce invitan a eso, a gozar y ya, tendiendo hacia la manía y al narcisismo, hacia creer que nada nos hace falta y que con todo podemos siempre y cuando el otro nos complete, llevándonos a la dependencia y a la muerte del vínculo en cuanto tal, a la producción de una simbiosis parasitaria (o un comensalismo en el menos incómodo de los casos). Una pequeña evidencia de esto es lo común que es ver cómo hay muchas amistades en que habita un intenso deseo de vincularse, de compartir, de construir, sobreviviendo a través de los años y los daños, fortaleciéndose con cada crisis; mientras que muchas relaciones de pareja son más bien habitadas por violentas nociones de deber y por expectativas que se imponen como libretos sobre el otro y sobre sí, cohibiendo todo tipo de expresión, erradicando la espontaneidad.

Ya lo había dicho hace un tiempo: los aspectos de co-creación y acompañamiento incondicional propio de la vida amorosa en general ha recaído en el campo de la amistad, dejando únicamente las expectativas y los deberes (siendo ambos consecuencias imaginarias del “gusto”) junto al goce sexual como fundamentos y nutrientes de las relaciones de pareja. Y luego se quejan, critican o reclaman porque cosechan un mierdero cuando intentan dizque “amar” así, sin contar a los que salen corriendo, afanados en la búsqueda de algún otro pendejo del cual esperar que los saque de la desilusión que no quieren afrontar.

Tomado de: mensxp.com

Darse cuenta de que el otro es otro, que es distinto a mí y a lo que yo espero de este, al mismo tiempo en que me doy cuenta de que yo no soy lo que quiero ser –es decir, darme cuenta de que no soy mi ideal–, no es excitante… es aterrorizante, avergonzante, culpabilizante, angustiante y demás, pero es así como es posible vincularse entre personas, como llegan a amarse y desearse. Hay que ser muy humildes y muy valientes para amar, para conversar, para afrontar los desencuentros junto a los choques y conflictos de las relaciones humanas, para aceptar las diferencias y hablar para distinguirse activamente, para construir algo juntos en vez de sólo gozar de nuestras ficciones y mutuas masturbaciones en el silencio sepulcral de la muerte de la creatividad.

Con humildad, sabiduría, esfuerzo, voluntad y mucha valentía es como, a cambio de perder un puñado de goces y fantasías, nos ganamos el derecho a amar, a desear. Quién no se lo haya ganado, tiene bien merecido su mierdero y su condena.


(Obama, out. *drops mic*)
[Escrito: miércoles 04/01/2017.
Corregido: lunes 30/01/2017]

Consideraciones anticonceptivas: Provocación

Un poco en vía contraria al imaginario cultural, creo que el primer beso no debe ser “perfecto”, sino que debe ser tan ambiguo e insatisfactorio que deje plantada una duda y siempre deje queriendo más. Un buen primer beso es una provocación: debe dejar en falta, impulsando a repetir, invitando a desear.


[Escrito: viernes 04/11/2016]

Devorar para

Devorar para… para devenir, para construir.
Besar y parar antes de devorar, para jugar, para crear, para amar.

Así, en infinitivo como Deleuze me enseñó, como Foucault puntualizó:
-Devorar para.

-Para jugar
-Para amar
-Para construir
-Para devenir
-Para crear.


[Escrito: jueves 13/10/2016]

Inventar

The Hangover
Amar es inventarse modos de amar.

[Escrito: jueves 06/10/2016]

sábado, 30 de enero de 2016

Para aprender a amar

Soy tan pequeño, tan pequeño, que aprendí a amar.

Me siento tan indefenso ante mis propios demonios y fantasmas
que hace mucho tiempo aprendí a cuidar.
Llevo tanto tiempo sumergido en el silencio y la soledad
que no tuve más opción que aprender a acompañar.
Viví tanto con los ojos cerrados que aprendí a observar.
Me he fracturado tanto y tantas veces que aprendí
a aceptar mis limitaciones y acoger las de los demás.
Llevo tantos años tan callado que aprendí a escuchar,
y aprendí a demostrar con acciones lo que aun
no tengo las palabras precisas para formular.
He vivido tanta frustración que hace años dejé de soñar,
y sólo entonces, aprendí a crear.
Me he equivocado tanto en esta vida que tuve que aprender
a construir un camino con alguien más.

También he sido tan grande y tan potente que aprendí
que la fuerza de una sola persona nada puede engendrar,
está destinada a destruir, acabar y erradicar, asesinar toda posibilidad.
E intenté ser autónomo sólo para descubrir
que me salvarían de mí mismo aquellos hermanos de amistad.
También quise erigir cielos donde había plantas ácidas y amargadas,
y así terminé por entender que la humanidad no tiende al cielo
sino a la pasión, a la tormenta y la serenidad.

La verdad, mi verdad, es que he sido tan pequeño, tan humano,
tan callado y tan fracturado que no me quedó de otra
que aprender a amar por algo que no fuera necesidad.
Tuve que aprender a construir en vez de intentar hallar
y así descubrí del golpe el peso muerto de lo ideal:
entendí lo sereno y apasionante de amar en libertad

porque, más que una condena,
es un fuerte lazo que nos invita, irrefrenable, a crear;
y aprendí que a pesar de su fortaleza, es tan delicado como el cristal
agrietado por los viajes, los equipajes y la tempestad.

Aprendí que vale más negociar, ceder, cuidar y cultivar
que esforzarse en tener la verdad,
que la humildad y la paciencia son vitales para conversar,
que el ego y los ideales son un lastre gigantezco para vincular,
que el maldito “flechazo” no se puede controlar,
que la ternura es la fuerza infinita que nos hace perseverar.
Aprendí que hay que ser muy pequeño y sabio para aprender a amar.

Claro, también aprendí que uno nunca aprende todo,
porque el amor, cada vez que nos vemos, lo tenemos que inventar.
Aprendí que amamos cuando nos acompañamos a caminar.

Uno aprende a amar a punta de golpes, no hay atajos ni curas. 
Se ama a pie, descalzo, con las manos abiertas, heridas y desnudas, 
sin un gramo de reservas, con la más hermosa pizca de locura.



[Escrito: sábado 30/01/2016] 

*Nota: Increíblemente he encontrado una luz en donde creí, por prejuicio, que jamás miraría. Un prejuicio justificado, pero los autores no tienen la culpa del modo en que son leídos, ni de quién los lee.

                    "El amor no consiste en mirarse el uno al otro, 
                     sino en mirar juntos en la misma dirección."
                                                -Antonie de Saint-Exupéry

viernes, 25 de diciembre de 2015

Crecer

Hay algo que me tiene pensando, aunque no preocupado.
Siempre he tenido la impresión de que la gente pide demasiado en el amor, o esperan demasiado de las relaciones y quizá eso es lo que más les dificulta vincularse con otros. Me incluyo.

Cuando uno está seduciendo a alguien para acostarse con esa persona, basta con insinuarle que le darás todo lo que está buscando aunque uno sepa que es un engaño –que la satisfacción es un imposible– y la otra persona lo sospeche. Sin embargo, nunca se aclara lo ilusorio del caso sino hasta el final, en lo eminente de la ruptura, explicando así el resentimiento y los reclamos que muchas veces quedan de eso.

Es fácil verlo. Entre más condiciones tenemos las personas para elegir una pareja, más esperamos de esa persona. Es algo que me resulta evidente: Si la gente no esperara del amor, eligiría a cualquiera sin tomarse el arduo trabajo de discriminar, ni se molestaría con el otro cuando hace o deja de hacer ciertas cosas.

Todos tenemos expectativas, alguna cosa esperamos del otro. No tenerlas sería entrar en (volver a) el autismo, literalmente. Ahora, uno puede conocer sus expectativas, hay algunas que se pueden reducir, hay otras que no; pero todas se pueden transformar aunque sea un poquito y eso es lo que uno llama “crecer”. Crecer duele porque implica frustrarse y buscar alternativas, pero es bonito a su manera.

A la larga es difícil que una persona se quiera meter o comprometer con alguien que le diga la verdad, con los costos y ventajas que eso implica. Me recuerda a “Mentiras piadosas” de Joaquín Sabina… la mayoría prefiere que le mientan, la verdad del perpetuo desencuentro es muy difícil de soportar.

En ese orden de ideas, las funciones de relativa incondicionalidad, de acompañamiento y co-creación propios del campo del amor han recaído sobre la amistad, mientras que al amor de pareja se le ha atribuido el deseo sexual y el deber de la satisfacción del otro y de sí mismo, haciendo del amor una suerte de imposible, un idilio, una fachada que tarde o temprano se fractura y acaba bajo el peso de quienes son sus integrantes.

No obstante, a medida que he ido creciendo me he topado cada vez más con gente que ya no está dispuesta a invertir en quimeras; gente un poco más desencantada que goza opacamente pero que, aun así, desean amar, crear, acompañar, arriesgarse y esforzarse en construir un vínculo con otro. Eso me alegra mucho, me alienta.

Una pareja no es alguien que te vaya a satisfacer, es alguien con quién vale la pena caminar, cultivar, crecer y crear. La ligazón cultural entre el amor y el sexo (deseo sexual, “satisfacción”, etc.) es un infortunio gigantezco en ese sentido.

La gracia de una amistad es que uno sabe que se va a desencontrar, mientras que en las parejas uno tiene que darse cuenta de eso con el tiempo; por eso una relación filial es culturalmente privilegiada para la creación, pues sólo se puede construir desde la riqueza de la diferencia y nutrirse de allí para crecer como un más-de-uno, para agenciar juntos, en compañía.


[Escrito: viernes 25/12/2015, corregido lunes 28/12/2015]
*Nota: Medir el propio valor o el del otro por la capacidad de satisfacer, de ser suficiente, es un gigantesco error.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Amar con las cicatrices

Rara vez uno ve en Lacan algún comentario genuinamente alentador. Tengo que admitir, sin embargo, que en muchos casos eso se debe en buena parte a las quimeras que abundan en nuestras fantasías y esos mandatos imposibles que aun imponemos al mundo y a nosotros mismos. Hoy les comparto algo hermoso que me encontré:


"Es decir, haz anillo de ese hueco, de ese vacío que está en el centro de tu ser. No hay prójimo salvo ese hueco mismo que está en ti, el vacío de ti mismo. (...) Dale lo que no tienes, ya que solo puede unirte a ella su goce."

Jacques Lacan - Seminario XVI (De un Otro al otro), pág. 24.


¿Quién pensaría que es justamente aquello que sentimos que nos falta lo que le da cabida a los otros en nuestro mundo? Es desde ahí que deseamos, es desde allí que convivimos y compartimos. Amar es dar lo que no se tiene, pero darlo con cariño. Se ama con las cicatrices, de ahí la importancia de estar en paz con el propio pasado y con lo que se es.



[Escrito: martes 25/08/2015]

Tras meditarlo ya un buen tiempo, por fin puedo concluir que yo si puedo amar, cosa que escribo con profunda felicidad. Aclaro: Esta conclusión no tiene que ver propiamente con la lectura de Lacan, pero no compartiré aquí (al menos hoy) ese tipo de intimidades.

Al ponerlo en práctica me he topado con una alegría que hasta ahora me ha resultado esquiva, aunque la he podido conocer en su amplitud en varias ocasiones pero con menor consciencia.  No denigraré de mi pasado, hermoso como ha sido. Veo una potente luz en mi presente, no me cambiaría por nadie.

Develación, revelación, desvelamiento

Hoy somos las letras pesadas las que tenemos la voz, escribiré sin piedad: Que ningún ídolo quede en su puesto –seré alguna suerte de nadaísta, sólo por hoy–, que se caiga lo que esté flojo, que se demuela lo que necesita ser renovado; a veces filosofar a martillazos no es un lujo, sino una necesidad.

Develar. Desvelar. El velo, el supuesto fantasma, la densa fantasía que se superpone a cualquier cosa, que naturaliza su función, lugar y sentido. ¡No! Las cosas son cosas y nada más. El velo es el campo de lo humano, el espacio de la fantasía, el tiempo del amor y el deseo. ¿Qué pasa cuando develamos una figura entremezclada con un velo que nos resulta hermoso? Se trata de la pregunta de la desilusión.

Es, cuando menos, una complicación, o quizá un contratiempo pero, especialmente, es algo aun mucho más grave: es una revelación.

Los Estebanes y las Estefanías suponen ser alguna suerte de revelación divina, cómo si lo único que fuera revelable fuera la bondad de Dios, o la buena nueva del evangelio mancillado con la fe de los miserables, dirigido a la salvación de un pueblo martírico y tiránico… pero se equivocan. Especialmente entre las Estefanías conozco más impertinencias y revelaciones demoníacas, plagadas de envidias, dogmas, determinismos y planes de dominación oscurantistas, que palabras auténticamente bondadosas, sensatas o justas. Y menos mal ella no me lee porque, siendo tan pasivo-agresiva, fijo me dice que me perdona.

Me refiero a revelaciones reales, o de lo Real. Una vez se devela el encuentro con el otro hay un encuentro con lo Real de cada uno, con lo imposible, con lo indecible, lo que es estrictamente inabordable, ominoso; se trata de una revelación daemoníaca, profundamente pasional. Nos enfrentamos a una revelación que nos enviste de un golpe, gritándonos que algo falta, algo, algo… aun sin saber qué, aun sabiendo qué, aun con la certeza de que se trata de un imposible, pero siempre hay algo que falta; algo que es distinto a lo que esperamos. Y quizá ese es el gran error: fanáticos de las quimeras, esperamos que bajo el velo no se encuentre otra cosa que el velo mismo, ¡pero no! ¡Hay otra persona ante nosotros! Grandes son la sorpresa, la desilusión, el miedo, la decepción, la angustia, la tristeza, la frustración, la ira, la envidia, la sospecha, la suspicacia, la paranoia, la victimización, el sufrimiento, etc. cuando vemos que bajo el velo está algún otro. ¡Mierda! ¿Y es que acaso esperamos encontrar nuestras respuestas allí? ¿Acaso soñábamos con que la verdad estaría tras el velo que nosotros mismos fabricamos y producimos en el mundo social?

Digamos que el error es, por lo menos, intencional. ¿Por qué? Porque intentamos desechar el velo cuando vemos que el objeto que cubría no nos satisface. Quizá no se nos ocurre pensar que estábamos enamorados del velo que producimos, que si existe alguna respuesta es el velo mismo, no lo que afanosamente intentamos ocultar tras él.

Semejante desfase es algo de lo que nutre lo disparatado de las relaciones. Develación, revelación, desvelamiento. Cabe incluso citar a algún Lacan gritando con suavidad “la relación sexual concluye con lo Real”.

Hoy no tengo una imagen alentadora que dar, los regalos son costosos cuando no parten de lo que uno es. El encuentro y el desencuentro, la producción del velo y el desvelamiento hacen parte del mismo proceso de entablar alguna suerte de contacto con lo otro, con los otros.

Lanzo una última sentencia: El gran problema que emerge con la revelación del otro no es ni siquiera el otro como tal, sino que no sea como uno lo veló, ¡he ahí la gran angustia! Nos quedamos deseando nunca haberlo retirado el velo. Lo angustiante es quedarnos con el velo en la mano, enamorados de un reflejo opaco de lo que nos falta, sin tener un lugar donde ponerlo para intentar solucionarlo. ¡Qué encarte! ¡Qué embarazosa la simple idea de verse condenado a cargar su falta, de asumirse responsable de su sufrimiento, de enfrentar sus propios temores con los recursos con los que se cuentan! Qué encarte cargar el velo como una falta, sin saber vestirlo como posibilidad.

Ante semejante panorama, lúgubre y aterrador, desprovisto de ilusiones, magias, encantos y estrellas, lo poco que nos otorga alguna forma de resistir al desencanto es la voluntad de convivir, de compartir, de continuar aun dadas estas condiciones. No miedo, no dependencia, no apego, no esperanza, no omnipotencia, sino una voluntad de creación a la que hoy no temo llamarle Agenciamiento. Esto no nos previene algún sufrimiento ni nos protege del desencanto en lo más mínimo, tan sólo nos brinda la alternativa de desvelarnos soñando en vez de añorando algún velamiento perdido, nos da la posibilidad de usar el velo como guía fantástica, de vestirlo como índice de algún ideal o como emblema de alguna identidad, y no como el gran lastre socio-cultural y personal en la vida subjetiva.

La Falta no se soluciona jamás, no hay todo ni forma de evitar el sufrimiento de vivir. La falta se viste emblemática como nombre propio, se usa como brújula al navegar y se mantiene como sentido al crear.





[Escrito: Sábado 30/05/2015, medianoche]

viernes, 1 de mayo de 2015

El amor como posibilidad

Imagen extraída de: http://www.oleadajoven.org.ar
Que los seres humanos seamos sexuados no significa que el sexo, en sentido escueto, sea el centro de nuestras vidas. Sería muy doloroso si efectivamente, como seres humanos, viviéramos únicamente buscando sexo. ¿Por qué? Porque para lo sexual existen una serie de características que son deseables con pocas variaciones, y que son determinadas (o por lo menos sugeridas fuertemente) por lineamientos evolutivos y factores culturales a tal punto en que hay personas que son "sex symbols" o, dicho de otro modo, son catalogados como sexys y producen deseo sexual para la mayoría de seres humanos de una cultura específica en un tiempo determinado.

En ese sentido, el amor representa una alternativa claramente posible y prometedora para las personas que somos más “de la media”, más “normales” en el sentido de que no somos "sex symbols". Así, no tenemos que exponernos a la crueldad subyacente, y a menudo manifiesta, del capitalismo neo-liberal de los cuerpos que impulsa la modalidad de búsqueda sexual desaforada contemporánea y que no teme el descuartizamiento del cuerpo de alguien para hacerlo producto de mercado: “tiene pelo liso, tetas y culo. Listo, me la llevo” o “es alto, acuerpado, cuajo y tiene barba. Perfecto, deme dos”.

Dicho de otro modo, podés ser feo o fea, no estar bueno o buena, ser malaclase y mal vestido y aun así ser amado por otro. Si buscáramos sólo sexo, entonces el cuento sería otro y los feos estarían en gran desventaja. No es el caso y Sartre es un muy feo y buen ejemplo de eso. Lo único necesario para poder ser amado es amarse a sí mismo por lo menos un poquito, eso es todo. Eso sí, uno no puede elegir quién lo ama o deja de amarlo, ni se puede elegir del todo a quién amar o no amar… no somos omnipotentes a este respecto tampoco. Nos queda aceptar en vez de intentar controlar, y aprender a fluir con el otro en vez de manipularle.

Haber diferenciado el amor del sexo y la deseabilidad sexual recientemente es lo que me ha permitido distinguir sus vivencias y las posibilidades que cada uno ofrece. A mi juicio, también hace más sencillo aceptar y entender lo disparatado de las relaciones humanas por fuera de moralismos e idealismos imposibles que terminan por cuartar y deteriorar toda posibilidad de amar y de disfrutar. 

El amor es posible para quién logra hacer de su vivencia una posibilidad más allá de la idealización y los fantasmas y temores que a todos nos puedan agobiar; el amor es una posibilidad para quién se arriesga a amar, no lo que quiere amar, ni lo que debería amar, sino lo que lo desborda desde el fondo de su alma, lo que lo apasiona sinceramente y hace que sus ojos brillen de tan sólo hablar al respecto, que cambie el tono de la voz y una fuerza insospechada lo invada tan sólo con recordarlo.

Para terminar, les contaré un secreto: No hay nada más fácil y emocionante que enamorarse de alguien apasionado, eso es el amor como posibilidad ;)




[Escrito: viernes 01/05/2015]
Felicidad. Amor. Pasión. Alegría. Alegría.

viernes, 10 de abril de 2015

Nota del día: Amor y sexo

Sin duda, la más desventurada ocurrencia histórica de la humanidad en lo poco que llevamos en la faz de la tierra ha sido suponer la identidad (o por lo menos una ligazón indivisible) entre el amor y el sexo, entorpeciendo ambos procesos y nublando toda capacidad de disfrutarlos con alguna plenitud, pues al privilegiar alguno se hace a costas del otro y termina así por anularlos a ambos y erradicar la felicidad de nuestras vidas.

Si ha de existir una relación en la que habite una ligazón similar a esta, será porque las personas implicadas llegaron a sentirse así sin darse cuenta, casi por accidente, y no porque así se nos haya enseñado a amar así: medievalmente.

Para decirlo simple y claramente: el amor y el deseo sexual son dos cosas distintas.


[Escrito: viernes 10/04/2015]

sábado, 31 de enero de 2015

Hablar de amor

Nota: Este texto es de dos partes. Los dos lados de la moneda que la componen.
Nota 2: Yo sé que el segundo casi no se entiende. Gracias.


Amar. ¿Por qué me preguntas qué pienso del amor? –cuestiono–.

Me gusta amar más de lo que le temo al amor, y más de lo que me desespera…que no es poco.

En cuanto a ser amado, bueno, aun me cuesta entender y aceptar el idioma en que se encuentra cifrado el amor del otro porque, claro está, no es el mismo idioma mío. El gran problema que los seres humanos tenemos con el otro es que no son uno, entonces intentamos volverlos como nosotros aun sin darnos cuenta y rabiamos ante no lograrlo; querella fútil.

El amor me apasiona. Si, el amor es una pasión que hay que cuidar, pero también de la cual hay que cuidarse, ambos en su justa medida. Aristóteles merece aquí una mención.

También me resulta apasionante hablar de amor. Es como intentar rodear esta sensación indecible, indescriptible, arrebatante, e intentar hacerlo un poco más preciso y conceptual, como si eso fuera a darle alguna solidez, como si pudiera hacerse menos etéreo y más tangible para nosotros… y después soltarlo con la tranquilidad que me brinda saber que nunca pudo haber sido asido.

No diría que este sea un esfuerzo infructuoso; todo lo contrario, lo veo como un juego hermoso: es como tomar un poco de agua de un riachuelo frío y limpio con tus manos, ver como ella se escurre lentamente entre tus dedos como una caricia y, sin afán alguno, devolverla al riachuelo, el cauce del que viene, con delicadeza para que siga su curso cuesta abajo. Tan sólo esa sensación, el frío en las manos, la humedad, el transcurrir… tan sólo con eso basta para que valga la pena, sin importar que se haya extraído exitosamente agua del riachuelo o no.

No se ama para ganar algo, cosa que no hace al amor útil o inútil. Se ama porque se desea y eso basta para justificarlo de principio a fin. El deseo basta para hacernos saltar al vacío de la otredad una y otra vez, cuantas veces sea necesario y, aun cuando siempre duela, también siempre valdrá la pena.

El movimiento al amar es, como al hablar del amor, un acontecer constante, un devenir incesante. El amor no se tiene, tampoco se tiene un novio o una novia; no es algo que se pueda tener. El amor se vive y siempre en infinitivo, como si cada instante estuvieras en un “amar” que es sucedido por un nuevo “amar”, y así infinitamente: “Amar. Amar. Amar. Amar”. Se vive distinto a cada instante porque a cada instante somos distintos, todos, vos y yo, la persona de la que estés enamorado o enamorada… todos cambiamos a cada instante y, en este instante, ya ni vos ni yo somos los mismos del primer párrafo. Se ama por hoy, aquí y ahora; bien podríamos decir “te estoy amando” en vez de “te amo” sólo para recordarnos de la temporalidad del deseo y lo impulsivo de la pasión.

Intentar asirse al amor es matar la pasión, estancar al deseo. No hay forma de aferrarse a una vivencia como no hay forma de tomar todo el mar con tus manos: sólo puedes vivirlo, sentirlo, disfrutarlo por el instante que dura y dejarlo pasar como el agua que se escurría entre mis dedos en ese riachuelo en Barbosa. Si no amas el transcurrir, si no aprendes a disfrutarlo, mucho te costará amar lo finito en tu vida y disfrutar de tu vida finita.

El deseo fluye y siempre estamos deseando nuevas cosas, personas distintas. Fantaseamos con otros rostros y otros cuerpos, o con el mismo de mil y una maneras diferentes. Por eso el amor es un salto al vacío, un bello intento por hacer frente al avismo que nos separa de la otredad y hasta de nosotros mismos. El amor es entonces una ligazón improvisada pero recursiva que siempre se está moviendo y cambiando, no hay cómo aferrarse de aquello que no tiene asidero alguno.

Y este pequeño texto también es amor, también es un salto, uno renovado, un salto hacia quién pueda leerlo y disfrutar de mi modo de rodear el amor con palabras para soltarlo tranquilo. Estas letras son un regalo para quién pueda escucharme decir con sinceridad: del amor yo no sé, y amo como escribo: apasionadamente.


[Escrito: madrugada del martes 27/01/2015]
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(…)

Tenemos un muerto que nos une, el deseo que nos interpela, la lujuria que nos atañe y un ideal que –sin darnos cuenta– toma carne, toma nuestra carne para hacerse vivencia como un acto de Creación, “un agenciamiento” diría Deleuze, el agenciamiento de una relación, sea cual sea, pero tejida por dos deseantes que no cesan de devenir, acontecer y fantasear (se). El delirio es la condena de crear por accidente.

La Cosa (Das Ding) es el sexo y el amor que acontece desmedido entre estas débiles cañas azotadas por el colérico mar que nos engendró, Pontos, quién a diario nos reclama para sí en las profundidades. Somos la espuma del Archipiélago de Hölderlin, somos Jonia que florece en la voluptuosidad, que emerge en el horizonte como el sueño de un loco: un sueño más tangible que la propia realidad, un mundo distante y, sin embargo, posible. Extrañamente posible. Un sueño que se experiencia internamente, con mayor intensidad que la vida misma… somos deseo que florece en la costa griega, tan intenso que necesitará palabras nuevas para intentar expresar lo que nunca se ha podido decir; por ello el amor requiere de nuestros cuerpos y no sólo de palabras. Nos toma por la vida, nos sacude con fuerza y, antes de que nos demos cuenta, terminamos por aferrarnos exhaustos y asustados a otro cuerpo embriagado en la misma locura.


 Cuando amamos volvemos a nacer en el límite de lo posible, rozando la muerte y la otredad.  Amar es un riesgo enorme, pero quizá es el único riesgo que de verdad vale la pena correr en esta vida.

(…)


[Escrito: madrugada del miércoles 28/01/2015]

lunes, 17 de febrero de 2014

¿De qué enamorarse sino de lo que el otro es?

A ver si algún día nos podemos entender:

La belleza funciona como una totalidad a la que le sobran adjetivos y le faltan palabras.
No todo es la forma de organismo, pero sin forma no hay cuerpo.
No todo son los sentimientos y actitudes, pero sin eso no hay relación.
No todo es la inteligencia, pero sin eso no hay entendimiento.
No todo es agresividad, pero sin eso no hay acción.
No todo es el cuerpo, pero ¿de qué enamorarse sino de sus síntomas, cicatrices, formas y accidentes? ¿De qué enamorarse sino de lo que el otro es?
¿Qué intentar asir con tus dedos sino la totalidad indecible que logramos sentir?

Pretender resaltar una cosa arbitrariamente sobre las demás es mutilar la relación y pretender ignorar una es torturarse en la propia falta. Una relación es más que la suma de sus partes, así que cuando algo se retira deliberadamente, es más que eso lo que cambia en la relación.

¿No sería más sencillo entonces amar y odiar sinceramente, desde la propia aceptación?

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*Dirigido a: muchísima gente. De verdad no entiendo mucho del modo en que pretenden amar, de los modos en que esperan ser amados o lograr entablar amistades... y pareciera que ni ellos lo entienden generalmente. Para mí convivir con esas incoherencias prácticas es todo un dolor de cabeza.

[Escrito: lunes 11/11/2013]