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martes, 31 de enero de 2017

Corte

Tomado de: Hogarmanía
Es que no me queda nada…

Quedarse sin nada, más que una penitencia o una pérdida, me parece una liberación. Siento un desprendimiento, como que, de a pocos, voy dejando atrás una cantidad de entramados que me han causado inmenso dolor.

Cierre, corte, caedere. Es hora de ir terminando.

El silencio de la montaña y las discusiones cuesta abajo sólo me han ayudado a asumirlo con firmeza. No estoy para muchos vínculos y esta vez lo digo sin violencia; soy firme y sistemático para amar, para crear y, hoy, para cortar. No tengo arrepentimientos, no hoy. Este es el momento para cerrar, para cortar y talar con minuciosidad. Lo asumo, lo mantengo y me hago responsable de esto. Recuerdo a Sabina: “Este ‘adiós’ no maquilla un ‘hasta luego’, este ‘nunca’ no esconde un ‘ojalá’.  Estas cenizas no juegan con fuego, este ciego no mira para atrás. Este notario firma lo que escribo, esta letra no la protestaré. Ahórrate el acuso del recibo, estas vísperas son las de después.” Me quedo con pocos, pero me quedo con quién me quiero quedar: amigos de mi vida, ecos de mi infancia, presentes a su manera, luces y compañías.

Me da gusto saberme acompañado para esta época, me da gusto cortar y talar sabiendo lo que elijo como amigos (filia) por una vez.

No me queda nada, nada tengo, nada que se pueda tener. Pero en mi vida hay algo que da calor y escapa a toda posesión. Hay cariño, hay confianza, hay una profunda diferencia que nunca se deja de poner en acto; crear y diferenciar. Hay en mi vida amor y compañía. Eso es lo que elijo sembrar para el año próximo junto a la serenidad y la valentía que implican desear.

El futuro no lo sé, lo desconozco. Hace dos años sembré un dolor gigante con toda la coherencia que en el momento tenía, un terror monstruoso, un miedo que me consumía; y hoy, después de más de 700 días, me veo lazando a gusto, rodeado de frutos que me causan una suave alegría.

Valió la pena. Ha valido la pena llegar hasta aquí. Y, si sembrando tan poco, tanto pudo nacer… hoy tengo más qué cultivar y menos qué esperar. ¡Ya veremos qué aparecerá!

Escribir, lo juro, me hace sonreír.

No soy bueno creyendo, pero hoy tengo fe. Una muy sincera, cálida, y pausada fe que me llena de ternura. Confío en mí, confío en mi destino (tyché), confío en mi futuro sin conocer su traje, su rostro o su semblante. Confío en lo que soy y en lo que habita en mi vida, confío en todo cuanto puedo confiar de lo que soy y me rodea. Tengo fe en mí, y lo digo con humildad: no tengo fe en eso de lo que soy o debería ser capaz, sino en lo más básico de lo que soy, que condiciona quienes quieran y puedan sujetarse a mí. Tengo fe en ese granito de locura que me hace ser quién soy.

Hoy no tengo miedo a que sea mañana. Ha valido la pena llegar hasta aquí, estoy feliz.  Siento gratitud con ellos y conmigo. Esta vez, parafraseando a Boaventura de Sousa Santos, cortar y decir ‘no’ a tantas relaciones ha sido decir ‘si’–como el niño de Nietzsche–  y cultivar  lo que amo, lo que hace que me valga la pena exsistir.

Yo seguiré cantando y queriendo a los que quiero, amando como amo, a pesar de la falta de palabras al respecto. Imagino que ellos lo saben, deben por lo menos sospechar la pena que me da desbordarme así de cariño, así que necesito callar y actuar sin más. No me quedan cortas las palabras, por eso elijo no-todo-decir. Sin embargo, me alegra sentirme siendo más cálido cada vez. Callar tiene la ventaja de que no me tengo que explicar para abrazar. El cariño es más sencillo de lo que uno podría imaginar.



[Escrito: viernes 30/12/16]

Reivindicar

Rusty Cohle, True Detective (1x08)
Mi vida ha sido, 
entre otras cosas, 
una reivindicación 
del vacío.

[Escrito: domingo 16/10/2016]

Devorar para

Devorar para… para devenir, para construir.
Besar y parar antes de devorar, para jugar, para crear, para amar.

Así, en infinitivo como Deleuze me enseñó, como Foucault puntualizó:
-Devorar para.

-Para jugar
-Para amar
-Para construir
-Para devenir
-Para crear.


[Escrito: jueves 13/10/2016]

miércoles, 20 de julio de 2016

Dos años

Dos años ya.

Cuando le conté a mi mamá, me dijo que el tiempo pasa muy rápido; y quizá si lo haga para ella pero, más que por sus afanes, es porque ella no siente esa falta ni es testigo de esa ausencia que no deja de estar ahí. Las bancas vacías, las cervezas un viernes en el Carlos E después de clases, la emoción acerca de cada nuevo capítulo de The Walking Dead, la paranoia que le entraba dos veces al año y la melancolía de una vez al mes, los chistes malos –pésimos, pésimos de verdad–, la peor lectura de Nietzsche que he escuchado en mi vida… Todo eso no deja de no estar aquí con nosotros, conmigo.

Unos meses antes durante ese mismo año escribí dos textos intentando gritar y descomponer lo que sabía que sería su muerte y otra, una que aún está pendiente. Todos cifrados, pero ahora deben ser fáciles de entender. Es decir, fue un asunto escénico y estético para él incluso más que para mí, un despliegue de producciones entre clichés de poetas malditos y la originalidad digna del chico que creció en Robledo perdiendo a su padre y a sus amigos doce años atrás. Se demoró en asumir su lugar, pero eventualmente llegó: el péndulo del gran reloj que ve, petrificado por la angustia y sin aire, a su amado y odiado padre morir.

Lleva, con este, la muerte de visita dos meses seguidos entre acontecimientos (porque la muerte es el acontecimiento por excelencia), recuerdos y sueños. Con una milonga de La Gata Varela me pregunto, quizá con ella, no sé, si Gauna, si mi amigo o si aquel padre realizado fueron felices al morir, si se marcharon tranquilos de verdad. En cuanto a mi abuela, pues amanecerá y veremos, porque tampoco la expiación podrá ser eterna; por lo menos hoy vi a mi abuelo en mi sueño, gruñón porque no dejamos de joder.

Memento mori.

Recordar es una palabra muy bonita. Re-cordis, re-cardio, re-Cuerda. Confieso que en este instante siento una nostalgia gigantesca mientras canto con una especie de angustia triste lo poco que me queda de Sergio para aferrarme a mí y a un recuerdo que se desvanece de mi memoría… por lo menos ya no es desesperación o impotencia, ya no se desvanece son violencia sino con la suavidad de quién perdona a sus amados por sus faltas y ausencias. Aún recuerdo su voz y sus gestos con cariño y alguna claridad.

Sabíamos dos… igual de nada sirvió, de nada serviría jamás; hay gente que tiene vocación y no hay salvadores ni mesías entre los humanos, no. Aceptar que no somos omnipotentes, aceptar nuestra humanidad, tranquiliza y hace posible desear.

Estos dos años han sido oportunos para replantear infinidad de lazos, de vínculos, gustos, puntos y líneas, intereses, problemas y perspectivas, no sólo en mi vida sino en la de todos los que vivimos este vacío. Tenemos nuevos sentidos, nuevos vínculos –más saludables y amables en mi caso–, pero esa ausencia irreductible es incurable de verdad. Y eso está bien: No habrá otro como él, francamente me basta con el que ya hubo. Con su muerte, de golpe, comenzó mi adultez.

Extraña paradoja: Es al mismo tiempo un salvaje vacío físico y una llenura entre historias y sentidos, entre relato que sólo sus cenizas y mi emoción podrían corroborar.

Es cómico y desbordante celebrar el mismo día del año la existencia de mi más entrañable amiga de la infancia y llorar por la muerte de tan importante amigo (hermano) de la universidad, sin contar lo agridulce de todo lo que haya que pensar acerca del asunto de la independencia de mi país, entre otros asuntos.  Escribo aquí porque tengo que escribir; al menos por ahora no me queda de otra si quiero ser coherente conmigo. Supongo que ser coherente es lo único razonable que uno puede hacer ante un otro que eligió ser a su manera mientras vivió, ¿no? Hay que amar y construir mientras tengamos tiempo.

Hoy no escribiré anécdotas, siempre he preferido contarlas, narrarlas para construir vínculos, porque vale la pena querer; él es una bonita excusa para una buena conversación. Esta vez sólo invoco su ausencia para recordarlo, para hablar algo de lo que ocurre en mi arrojo a existir y repetir lo que, en su momento, fue lo único que pude decir para comenzar a entender que jamás lo volvería a ver con vida, y que en este preciso instante me trae una profunda serenidad junto a esta suave alegría entre cálida y tierna:

Hasta siempre... güevón!

^_^



Así está bien.


[Escrito: miércoles 20/07/2016]
*Nota: He vuelto a escribir, he vuelto a desear. Estoy feliz.

miércoles, 8 de junio de 2016

Memento Mori

Algún malestar parece –cuando menos– sintomático en casos tan álgidamente formulados. A pesar de una especie de coherencia en el diseño y sentido de ambos, como si devinieran del mismo artífice o de un par de colegas lazados, son bien diferentes; pienso en el Quijote y en el Antiedipo. No sé si se pueda entender, si pueda describir con claridad las cosas que mis ojos no dejan de notar.

La superposición de las muertes, en plural para hablar de los casos reales y puntuales, no dota de más sentido o detalles a la situación para hacerla concebible, ni ayuda a los supervivientes a cargar a cuestas su duelo y el vacío en su pecho. Por el contrario, como por efecto de metonimia (Lacan) que una parece encarnar frente a la otra, entre la siguiente y la anterior, sólo parecemos arrojados al mismo abismo del sinsentido una y otra vez. En cada ocasión, el sentido pareciera perderse un poco más... pero, claro, no hace más que depurarse hasta señalar cada una de las diferencias de las muertes y, en últimas, llegar por epojé a lo irreductible de los vivos: Si estás vivo, has de morir eventualmente, así como los tuyos también morirán.

Hace mella en la escucha y en los dedos decirlo con tan poca delicadeza, hace que algo de lo más íntimo se estremezca en cualquiera que se lo tome a pecho, así como dicen los sacerdotes del “Tomad señor y recibid” de San Ignacio. Sin embargo, los modos delicados no ayudan ni a decir ni a sanar… sólo suavisan insensatamente una de las pocas claridades que, como existentes, podemos llegar a atesorar junto a esos pocos recuerdos que iluminan el día y los talismanes de la infancia que, antaño, nos definían como sujetos de valor o sujetados a alguna historia, a la nuestra, a nuestro cuerpo. Habría que tatuárselo en la piel para jamás olvidarlo: Memento mori.

Y, un aun así, no soportaría nuestra frágil mente algo que no tuviera una significación especial, como determinada de antemano, que inundara de algún sentido ilusorio con recovecos e insignias llamativas las muertes de nuestros amados o la nuestra propia, como si adornar con flores una bacinilla (al mejor estilo Tyrell) fuera a alterar el mierdero. Supongo que son los meros recursos psíquicos, imaginarios y simbólicos, sociales y culturales, con los que intentamos hacer frente a lo aparentemente miserable de la existencia y sus pormenores; más siempre en vano en tanto ni bastan para erradicarlos, ni alcanzamos a morirnos nosotros mismos a cabalidad por esta falta de eficacia subjetiva para tramitar la muerte, para asir lo inasible, para concebir, aceptar, lo que nos excede y desborda por doquier. Vivir a medias pareciera ser la trágica condena del superviviente.

Quedamos pues, como San Agustín ante la muerte febril de ese amigo a quién tanto amó, partidos y desbordados, aterrados ante la muerte y la vida por igual, intentando entender y controlar lo que quizá sea un mero acontecimiento y ya. Siendo así, la muerte, más que carecer de un sentido, pone de relieve (lo) Uno, un sentido tan sencillo que escapa al narcisismo infantil que todavía perdura en nuestras organizaciones psíquicas dizque adultas, revolviéndonos y golpeándonos como si demoliera un edificio; no de arriba abajo, sino con un solo golpe preciso y fino en una viga de amarre. En un parpadeo, no somos más que escombros, fracturas, divisiones, angustias, dudas, miedos… y terror.

Llevando la contraria a la eficiencia neoliberal, los tiempos de La Inexorable no son para correr intentando salir de un duelo con velocidad, sino que son momentos para caminar con lentitud, para captar con la emoción a flor de piel la falta que se esgrime, patente y ominosa, allí dónde –como un Real– no deja de no estar aquel amado punto fijo que hace tan poco nos sujetó y sujetamos. Si, sobrevivimos esta vez; sin embargo, memento mori.

Átropos vendrá por nosotros y por nuestros amados, estemos donde estemos, incluso cuando nos neguemos, reprochemos y nos frustremos. Nos queda sentir, a ver si algún día alcanzamos algo de serenidad. Pienso en Fernando González, en Viaje a pie (1929):

Aquel día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

«Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre.»


La sobreinterpretación, al igual que la negación y ciertas formas más fóbicas (fantasmáticas) de terror, son ejercicios de velocidad ante el vacío que terminan por proponer un sentido horroroso, uno abusador y generalizado que se suele repetir, que termina por efectuar un corte en los vínculos; aquel es el ejercicio de la neurosis ante lo sencillo del desencuentro, el vacío y lo incontrolable. No faltarán las prácticas de dolor que pretenden producir e inducir el trabajo de duelo (que es subjetivo y voluntario) con más velocidad, en forma de rituales que se ensañan, masoquistas, sádicos y auto-sádicos, intentando ofrecer una cura a lo que no es una enfermedad. Cuándo se incurre en apurar a alguien en su proceso, es más el daño que se hace que la utilidad… y es que hay que ser muy baboso e imbécil en esta vida para ponerse a afanar a un doliente; eso está al nivel de atracar a una persona que usa gafas. Así pues, que cada quién haga lo que necesite hacer, a su tiempo, para sobrevivir a sus muertos y sobrevenir a su propia fragilidad. Hay que prevenir el encarnizamiento terapéutico.

Aceptar toma tiempo y no hay más reconstrucción posible que desde la humildad de quién ha dejado de imponer al mundo sus categorías y así, por fin, se ha reconciliado con su propio fluir terreno, con ese incesante devenir otro, construirse y reconstruirse diferente y similar. Asimilar, a’similar, a-similar.

Imagino que se entiende lo que digo: Hacer un duelo no es sacar al otro de la propia vida, sino re-organizarse, re-construirse uno mismo con conciencia de ese vacío y, así, religar, volver a sujetarse de nuevos modos, renovar los estilos de lazar, mirar, amar y soltar.

Una vez más, en aras de claridad y haciendo una merecida venia a la practicidad romana, retomo las palabras del pueblo que ovacionaba con estas palabras a los generales ungidos en reciente victoria:

Memento mori”, es decir, recuerda la muerte, recuerda que puedes morir, que eres mortal.

Aunque también están las notas de Tertuliano al respecto, que nos dan un polo a tierra humilde de las palabras que se decían en aquel entonces:

Respice post te! Hominem te ese memento!”, que traducido es “¡mira detrás de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!” Que no eres un dios.

Vale la pena amar, crear construir y esforzarse sólo porque hay muerte, sólo porque no somos eternos, pues es aquel límite ineludible lo que nos da uno de los pocos puntos fijos en vida con lo que podemos construir sentidos que sean como líneas de perspectiva que tiendan a un punto de fuga que se ubica justo al borde de nuestra hoja de diseño. Somos libres de construir sentidos en cuánto la muerte representa la finitud de toda posibilidad de ser; aquel es el ser para la muerte de Martín Heidegger.

Captar la muerte jamás dejará de ser para nosotros un imposible, pero aquello, más que un infortunio, es el cajón del tesoro, el inagotable origen de las historias que tejen la cultura, que nos unen y nos ayudan a mantenernos en pie, de los rituales que simbolizan en sus movimientos lo que no se puede decir, dándonos materia prima para construir nuevos sentidos y volver a sujetarnos a pesar de –y, en especial, gracias a– nuestra humana fragilidad.

En ese sentido, es la muerte esa gigantesca bendición que nos arroja lejos del “paraíso terrenal” (psíquico) al mundo real, es decir, de la ilusión de omnipotencia a la frustración; nos empuja a pasar de la insensatez narcisa a una posición social y creativa (tanto ética como estética) que tiene su raíz en una pizca de sabiduría marcada finamente por ese granito de locura de cada uno, ese rasgo unario que se deja florecer, por fin, con potente sinceridad. La muerte se vuelve pues un incentivo inmenso para sobreponerse sin descanso a las propias taras con valentía, para aprender a vivir sin arrepentimientos ni reproches, para dejar de negar el vacío que nos dejan los muertos y la impotencia que nos deja vivir, para acogerles y aprender a desear.


Recuerda que vas a morir, que todos vamos a morir, para que hoy también valga la pena vivir para crear y recrear lazos humanos una vez más.


[Escrito: martes 7/06/2016]

lunes, 9 de mayo de 2016

Invierno

Invierno en Milán
Lluvias, flores caídas de guayacán, árboles secos, proporciones áureas en los copos de cristal, fracturas por lo helado en los labios y en la piel, el hielo hecho fractal. Voy despacio, el cielo lo amerita; vamos despacio, que este clima no perdona a nadie. También el mundo tiene cierta urgencia de detenerse cada tanto para poder florecer una vez más.

Producir retoños cada tanto, retornos novedosos llenos de vida y plagados de diferencias minimalistas es un gran esfuerzo, pero es una urgencia. Tanto es un deseo como una necesidad, quizá por estética o por simple necedad, tiene la vida este dulce darse a la tempestad.

Que sea entonces este el invierno para mi alma invadida por la gripa y para tantas otras a las que les hace falta descansar. Para todos los que soñamos con cerrar los ojos de par en par y sólo respirar, les presento el invierno para que mañana podamos despertar una vez más. 


[Escrito: lunes festivo 09/05/2016]
*Equívoco para "Memoría": Corazón, pero es puntual. 

jueves, 17 de marzo de 2016

Inlazos narcisísticos

Pintura de Rafał Olbiński, no conozco el nombre. 
Es una lástima –a mi parecer– que de tanta frustración no devenga creación, sino narcisismo enclaustrado y nuevamente cerrado: Una boca que pretende besarse sólo a sí misma, ni siquiera por el goce del autista, sino por egolatría expandida que añora, maníaca, una pansexualidad sólo de hipotéticas homologías, de perpetua mismidad.

Inflados de aire y ávidos de babas hacen promesas más grandes que ellos, compromisos que no podrían mantener junto a su carne arcillada y, una vez llega la hora, se secan, se agrietan, se ajan, se fracturan y atacan cuando caen desde las alturas para romperse, por fin conformes a su real fragilidad. Inconformes con su naturaleza mundana entonces maldicen al cielo, al sol y a sus alas de cera y plumas, a su cuerpito de cristal, para fantasear que podrían haber volado de verdad; no es raro que lo vuelvan a intentar en sus afanes de autosuperación delirante, cerrando entonces sus ojos para jamás tener que vérselas con la divina otredad.

Así pasan los meses subiendo un poco y cayendo desde lo alto, lamiendo sus heridas que no parecen sanar y les recuerdan cada vez que fracasaron en esa empresa elevada y descabellada de hacer realidad un ideal, de darle carne a una idea vaciada a la fuerza de la más tierna humanidad. Pasan los años y continúan la lamiéndose, sin permitirse sanar; se hacen obreros sin callos en las manos, con dedos arrugados y frágiles por la autocompasión disfrazada de mimo y saliva, incapaces de levantar la pesada carga de la construcción de una vida que valga la pena ser vivida.

Me pregunto con alguna frecuencia “¿pero cómo harán para nunca aprender?” Me resulta tan difícil, tan improbable, tan insensato pensar que exista alguien así que francamente me cuesta imaginarlo como una realidad posible y sostenible, aun cuando les conozco a profundidad. El poder es algo tan lejano para mí que no veo cómo alguien podría encontrar en semejante imaginario su única causa para sonreír, como si sólo se pudieran deleitar en el goce mortífero de la limitación innecesaria e imposible de llevar a cabo.

Y aun así los veo romperse en llanto una vez al mes, motivados en que no pueden e insisten en verlo como un revés; pero jamás se les ocurre buscar alegría en lo que son ni ceder en lo que –maniacos–  aspiran a ser, nunca se les pasa por la mente ser pacientes y  ver qué florece en el desencuentro y la diferencia ni disfrutar de los retoños que creamos en relación, no. Siguen negando que pueda haber otra forma de concebir las multívocas artesanías que pueden ser la felicidad y el amar.

Hay gente que no está acostumbrada al cariño. Hay gente a la que le hace falta amor, y otros a los que les hace falta comer mierda y castración.

¿Cuántas lágrimas tendrán que contar para querer cuestionar su volitiva ceguera? ¿Cuántas caídas, cuántas fracturas más tendrán que lograr para darse cuenta de lo no opcional de la otredad? ¿Qué no sospechan que morirán, que quizá este tiempo sea digno de aprovechar? Tan frágiles que son, ojalá no se partieran con tanta fuerza con su propia crueldad. Pero estén lejos, muy lejos de mí, por favor, en cualquier caso; porque yo vivo para amar, de pronto para eso y para nada más.


[Escrito: 23/02/2016]

sábado, 20 de febrero de 2016

Aun [Cuerpo]


Verba volant scripta manent corpus.

A noche de hoy.

A noche de hoy me parece que la soledad es un estilo de vida, una forma activa de no entablar lazos con la gente, de sonreír amablemente y continuar desenganchado de sus manos, de sus pieles y sus labios. ¿Para qué besar?

Me ocupa la fragilidad del alma, lo delicado de mi contextura corporal que aflora cuando menos me lo espero en una mirada coqueta y furtiva que invita a cualquiera a encantarse por mi cavilar. Me ocupa aquella fragilidad porque les encanto y les cuido como puedo, mientras cierro mis ojos para escuchar, para no esbozar el trazo de vincularidad que me llevaría a repasar mis grietas y a fracturarme una vez más. Cierro mis ojos para no sujetarme más que en el bla-bla-bla.

Esta forma de soledad elegida es pues, lejos de ser la mejor, una formulación para evitar seguir despedazándome por cualquier necedad, ¡porque son necios! Son necios cuando me piden mis palabras e ignoran que se avecina la tempestad de la esfinge que asoló a la Tebas de Edipo con su brutal preguntar: “¿acaso sabes que creciste y envejecerás? ¿Acaso sabes que no tendrás vista que guie tus pasos en la oscuridad? ¿Acaso has aceptado que morirás? ¡No lo creo! La quimérica asfixia será tu final.” Son necios por pedirme que me desnude sin haber gobernado algo de su propia humanidad, de su propia humildad.

Y aun cuando no escribo con la rabia con la que leí poco más que un par de letras como inquilino en la mugrosa sede del saber, aun cuando no me emociono fatalmente como en la universidad, aun cuando me arrojo irremediable a lo profundo de mi tinta, soledad… Aun cuando soy otro y el mismo y florezco como un diferente “escribir” en mi jardín, mi jardín… Aun entonces vale la pena hablar con rabia y mirar a los ojos para mostrarles mi ira, mi potente huracán de palabras tan dadas a moverse como a arrasar con todo su paso, a detonarles sin piedad. Aun entonces, aun ahora me vale la pena odiar tanta estupidez, tanta necedad, para hacerla reaccionar con el fuego de mi alma, ¡y los incendio! Los incendio cuando no lo notan y arden hasta estallar con violencia sin saber que les he provocado con el ardor de este cuerpo evanescente que se consume a medida que exhalo.

Aun entonces vale la pena escribir con mi voz a flor de piel y partirme paso a paso para gritar, para dibujar entre mis grietas lo que no tengo las palabras para decir: ¡Los odio! ¡Pero los añoro con cariño y con ternura! Le debo a su necia insensatez las esperanzas de poder trazar otra forma divina, alguna forma de vida distinta a esta profunda desolación.

Se murió Umberto Eco y quiero llorar…

Escribo para los que no me entienden también, para seducirlos, para convencerlos de aprender a escuchar… y a veces les esbozo con ternura un camino que les guie en su propio infierno, otras veces les señalo las llamas de la forja arrojando sus débiles carnes al crisol y emergen frenéticos tras vivir la crisis de su supuesta identidad, tras ver lo que son tras tanto vacuo ideal. ¡Rómpanse de una vez a ver si tienen más que babas y lágrimas y mocos para compartir…! A ver si algún día se hacen tan sabios como para cultivar y construir.

Hoy me condenso en un cúmulo oscuro como la tinta, pero vital como la letra. Soy esta densa masa de ira triste, de resignación aun frustrada, de lágrimas amedrentadas por no tener quién las limpie de mi rostro y evitar que atenten contra el papel… el papel que, a noche de hoy, me da un remoto lugar para existir, para estar y fluir entre mis memorías.

De algún modo le debo a su insensatez mis ganas de vivir mañana, mis ganas de encantarles y deducirles hacia el siempre insospechado mundo de la otredad; es ventajoso que la estupidez nunca vaya a faltar en el mundo a pesar de lo eficiente de la selección natural.

Y aun cuando escribo con mis mejillas intentando sobrevivir sin ahogarse en este exceso de humedad, con mis pómulos luchando por contener la marea desbordada que amenaza con diluir el papel esta noche, sé que tengo que seguir escribiendo por si llega el día en que alguno de ustedes, toscos imbéciles, me pueda escuchar.

Los insulto con tanta rabia, con tanto odio, con resentimiento, con ternura, con cariño, con una complicidad que no creo que entiendan en general; con mis manos de acogida, con calidez, con tristeza, con frustración y resignación, con un reproche atascado en mi voz; con miedo, con terror, con pánico de que llegue el día en que alguien bese mis fracturas y me vea desvanecerme, y me sienta colapsar. Los insulto con un amor infinito, con paciencia, con un deseo patente que les invita a desear, con un amor que quiere provocar también a amar, con una alegría que pretende convocar a su propia felicidad para verlas florecer. Les insulto porque amo del mismo modo que escribo: fuertesito, como un huracán.

Y si mi insistencia no es suficiente, si de pronto no les basta con mi cuidado tierno, caluroso y persistente o con mi paciencia para entender mi amor, entonces noten la fuerza del golpe, entonces piensen en lo evidente de mi fervor, en el incendio de mi alma que arrasa sin problema con todo cuanto encuentra pero, aun así, a ustedes les hace un lugar en su seno, en mi pecho y mis ojos para que se puedan refugiar, para que yo los pueda cuidar.

El nombre de la rosa, de “mi rosa”, tal como la del joven Adso enamorado de la mirada de la campesina de la que quiso cuidar con su vida, sólo me será revelado al final por el paso del tiempo en algún acrónimo más kairótico que ucrónico –ojala–, como un enigma que sólo sus labrios me podrán enunciar como último recurso en el cual pensar para vincular. ¡Toma mi mano cuando llegue el día y acaricia mi rostro, aparta mis lágrimas y sujeta mi cuerpo porque embargará un angustiante hiato a lo dulce de esta melodía!  


[Escrito: viernes 19/02/2016]

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A día de hoy

A día de hoy la muerte de Umberto Eco demanda un luto que mi alma carga a cuestas con las páginas envenenadas de la comedia aristotélica, y sin embargo llevo, tomada por mi mano como tierna infante, una dulce sonrisita que esboza las presencias cómplices que me iluminan el día.

Desde ayer he vuelto a componer para encantar y no sólo para hacerme entender. Desde ayer he querido volver a provocar suspiros con mis letras y palabras, desde ayer tiene un sentido volver a fabricar esas letras denudas que tienen por misión enamorar.

Hoy me sé y me siento anclado a tantas miradas, a aquellos oídos, a esas manos aferradas que me sostienen, aquellos labios que a priori sé que me previenen de volver a desaparecer. A día de hoy me sé cómplice de crímenes que carecen de nombre y desbordan de calidez en el contacto de las mejillas entre almas partidas.

Que mi pelo largo fuere lo que fuera a los ojos de tanta gente y mis boinas fueran íconos de singularidad, que sea recordado por esas dulces miradas que suspirantes he de encontrar ante mis palabras y mis trazos una vez más… Leí y declamé iracundo cada vez y ellas, divinas benefactoras, hicieron de mi alud incendiario una tierna caricia al escuchar. Ellos son Eros para tanta agresividad.

Aquellas producciones fueron para sobrevivir y hay tanta gente que hizo de mis fracturas un punto de sujeción que me maravilla la habilidad de fabricar cuerpos y personajes de quién tiene la amabilidad de purificar la oscuridad de mi alma, de hacerla una brillante virtud. Gracias por escuchar.

Sabiendo cómo soy, en gratitud, sólo hay algo que les pueda brindar: Unas cuantas palabras más para volverles a encantar. Aunque sea poco, quizá sea un poco de felicidad, un ligero toque de sensibilidad, lo que les pueda brindar a cambio de su compañía y  su cálida sinceridad.

Hoy, aun con el luto que me pesa en el alma, sonrío en el alma porque se que me puedo sujetar, porque sé que seré visto y buscado por quién se interese por la persona tras el encanto que para ellos, antaño, supe fabricar.



[Escrito: sábado 20/02/2016]
*Nota: Cuando se desnuda una letra, ¿qué queda? Qued a.un cuerpo, el de la letra, y queda la voz en la mera entonación, desprovista de sentido y significado como tal. Siempre he escrito de lo mismo, pero a penas ahora lo anuncio sin el laberinto de palabras usual... Aunque tendrán que saber algo de Encore (cosa que dejé más que clara con el título) y de otros asuntos para entender alguna cosita jajajaja. Pero no todo, no todo.
*Nota 2: Este es el texto número 100 en el Blog :D

sábado, 30 de enero de 2016

Para aprender a amar

Soy tan pequeño, tan pequeño, que aprendí a amar.

Me siento tan indefenso ante mis propios demonios y fantasmas
que hace mucho tiempo aprendí a cuidar.
Llevo tanto tiempo sumergido en el silencio y la soledad
que no tuve más opción que aprender a acompañar.
Viví tanto con los ojos cerrados que aprendí a observar.
Me he fracturado tanto y tantas veces que aprendí
a aceptar mis limitaciones y acoger las de los demás.
Llevo tantos años tan callado que aprendí a escuchar,
y aprendí a demostrar con acciones lo que aun
no tengo las palabras precisas para formular.
He vivido tanta frustración que hace años dejé de soñar,
y sólo entonces, aprendí a crear.
Me he equivocado tanto en esta vida que tuve que aprender
a construir un camino con alguien más.

También he sido tan grande y tan potente que aprendí
que la fuerza de una sola persona nada puede engendrar,
está destinada a destruir, acabar y erradicar, asesinar toda posibilidad.
E intenté ser autónomo sólo para descubrir
que me salvarían de mí mismo aquellos hermanos de amistad.
También quise erigir cielos donde había plantas ácidas y amargadas,
y así terminé por entender que la humanidad no tiende al cielo
sino a la pasión, a la tormenta y la serenidad.

La verdad, mi verdad, es que he sido tan pequeño, tan humano,
tan callado y tan fracturado que no me quedó de otra
que aprender a amar por algo que no fuera necesidad.
Tuve que aprender a construir en vez de intentar hallar
y así descubrí del golpe el peso muerto de lo ideal:
entendí lo sereno y apasionante de amar en libertad

porque, más que una condena,
es un fuerte lazo que nos invita, irrefrenable, a crear;
y aprendí que a pesar de su fortaleza, es tan delicado como el cristal
agrietado por los viajes, los equipajes y la tempestad.

Aprendí que vale más negociar, ceder, cuidar y cultivar
que esforzarse en tener la verdad,
que la humildad y la paciencia son vitales para conversar,
que el ego y los ideales son un lastre gigantezco para vincular,
que el maldito “flechazo” no se puede controlar,
que la ternura es la fuerza infinita que nos hace perseverar.
Aprendí que hay que ser muy pequeño y sabio para aprender a amar.

Claro, también aprendí que uno nunca aprende todo,
porque el amor, cada vez que nos vemos, lo tenemos que inventar.
Aprendí que amamos cuando nos acompañamos a caminar.

Uno aprende a amar a punta de golpes, no hay atajos ni curas. 
Se ama a pie, descalzo, con las manos abiertas, heridas y desnudas, 
sin un gramo de reservas, con la más hermosa pizca de locura.



[Escrito: sábado 30/01/2016] 

*Nota: Increíblemente he encontrado una luz en donde creí, por prejuicio, que jamás miraría. Un prejuicio justificado, pero los autores no tienen la culpa del modo en que son leídos, ni de quién los lee.

                    "El amor no consiste en mirarse el uno al otro, 
                     sino en mirar juntos en la misma dirección."
                                                -Antonie de Saint-Exupéry

martes, 26 de enero de 2016

Contar

Quizá como hijo de contador, o como newtoniano a rajatabla, he perdido mucho de esta palabra. Con razón la transgresión que emana profunda rebeldía en Los números Inip.

Contar de conteo, contar de narrar y compartir, contar de tener en cuenta… Contar con los dedos, con los gestos y con las personas.

Si, en ‘contar’ hay más que deudas, hay algo más que lógica. Reside allí, incluso más que una mera y burda humanidad, un granito de espacio, un lugar en el mundo a los ojos de alguien más.

¿No será eso lo que llaman ‘hogar’?

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De verdad es necesario encontrarse con algo de la falta de una persona para tener un lugar en su vida. Si, el maldito de Lacan tenía razón en eso: Se hace anillo de esa falta, eso es lo que se da y lo que da cabida a la compañía, al compromiso enmarcado y efectuado en una suerte de castración, en una actitud de ceder, de negociar y aceptar, de construir como humano par.

Hoy dibujo mis letras, así que seré meticuloso: Contar con alguien implica contar con su falta. No volveré a enmascarar una vincularidad ideal aquí, han pasado años ya; sin embargo, siguen siendo necesarias una audacia casi suicida para regalar el vacío que embarga nuestra alma y una ternura infinita para acoger el vacío del otro sin querer resolverlo, sin esperar erradicarlo ni ignorarlo.


Con las yemas de mis dedos te sostengo, te creo para mí; con mis gestos y con mi rostro te cuento lo que soy, te regalo lo que tengo y lo que no, te comparto lo que temo, te confieso mi terror y lo que añoro para que cuentes conmigo también, para que cuentes con mis pasos a tu lado, para caminar. ¿Vamos juntos? Es una propuesta, es mi invitación.

Algo así sería más decente que el típico bla-bla-blá empalagoso y vacío (sin real) del idealista, del Ícaro enamorado que busca y promete satisfacción o completud allí donde florecen la diferencia, el desencuentro, la indeterminación y la compañía auténticamente humana; retoños de subjetividad. ¿Para qué querrán una totalidad? ¿No se darán cuenta que justamente esa es su peor pesadilla? Pero es su propio proceso: yo callo por respeto y escribo por gusto y necesidad; ananké, por la fuerza de escribir.


...Intentaré quedarme. Intentaré quedarme... Intentaré no huir. Aun con lo que me cuesta, me quiero quedar.



[Escrito: primera parte: miércoles 20/01/2016; segunda parte: jueves 21/01/2016]

*Nota: Admito que de cada contacto sincero quedo con la necesidad de crear algo, de retratar, de relatar lo que he visto y de acompañar a construir a alguien más... sea desde la distancia de mis letras o desde la complicidad, aunque a veces termino por señalar con fuerza lo que sé que dolerá, o escribo casi gritando sin piedad.

En cuanto a la segunda parte... claro, aquello también motivó una producción en mí, una decisión que no creo que sea entendida sino hasta el final.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Crecer

Hay algo que me tiene pensando, aunque no preocupado.
Siempre he tenido la impresión de que la gente pide demasiado en el amor, o esperan demasiado de las relaciones y quizá eso es lo que más les dificulta vincularse con otros. Me incluyo.

Cuando uno está seduciendo a alguien para acostarse con esa persona, basta con insinuarle que le darás todo lo que está buscando aunque uno sepa que es un engaño –que la satisfacción es un imposible– y la otra persona lo sospeche. Sin embargo, nunca se aclara lo ilusorio del caso sino hasta el final, en lo eminente de la ruptura, explicando así el resentimiento y los reclamos que muchas veces quedan de eso.

Es fácil verlo. Entre más condiciones tenemos las personas para elegir una pareja, más esperamos de esa persona. Es algo que me resulta evidente: Si la gente no esperara del amor, eligiría a cualquiera sin tomarse el arduo trabajo de discriminar, ni se molestaría con el otro cuando hace o deja de hacer ciertas cosas.

Todos tenemos expectativas, alguna cosa esperamos del otro. No tenerlas sería entrar en (volver a) el autismo, literalmente. Ahora, uno puede conocer sus expectativas, hay algunas que se pueden reducir, hay otras que no; pero todas se pueden transformar aunque sea un poquito y eso es lo que uno llama “crecer”. Crecer duele porque implica frustrarse y buscar alternativas, pero es bonito a su manera.

A la larga es difícil que una persona se quiera meter o comprometer con alguien que le diga la verdad, con los costos y ventajas que eso implica. Me recuerda a “Mentiras piadosas” de Joaquín Sabina… la mayoría prefiere que le mientan, la verdad del perpetuo desencuentro es muy difícil de soportar.

En ese orden de ideas, las funciones de relativa incondicionalidad, de acompañamiento y co-creación propios del campo del amor han recaído sobre la amistad, mientras que al amor de pareja se le ha atribuido el deseo sexual y el deber de la satisfacción del otro y de sí mismo, haciendo del amor una suerte de imposible, un idilio, una fachada que tarde o temprano se fractura y acaba bajo el peso de quienes son sus integrantes.

No obstante, a medida que he ido creciendo me he topado cada vez más con gente que ya no está dispuesta a invertir en quimeras; gente un poco más desencantada que goza opacamente pero que, aun así, desean amar, crear, acompañar, arriesgarse y esforzarse en construir un vínculo con otro. Eso me alegra mucho, me alienta.

Una pareja no es alguien que te vaya a satisfacer, es alguien con quién vale la pena caminar, cultivar, crecer y crear. La ligazón cultural entre el amor y el sexo (deseo sexual, “satisfacción”, etc.) es un infortunio gigantezco en ese sentido.

La gracia de una amistad es que uno sabe que se va a desencontrar, mientras que en las parejas uno tiene que darse cuenta de eso con el tiempo; por eso una relación filial es culturalmente privilegiada para la creación, pues sólo se puede construir desde la riqueza de la diferencia y nutrirse de allí para crecer como un más-de-uno, para agenciar juntos, en compañía.


[Escrito: viernes 25/12/2015, corregido lunes 28/12/2015]
*Nota: Medir el propio valor o el del otro por la capacidad de satisfacer, de ser suficiente, es un gigantesco error.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Para hacerle frente

Grito desesperado
Por: Aless Cruz
Tomado de: 

http://www.fotocommunity.es/pc/pc/display/17245188
He estado teniendo experiencias más bien agridulces por esta época. Las animosidades y las magnitudes emotivas de las personas, sean para el festejo o la discordia, se ven multiplicadas a la luz de la navidad, y más aun en la sombra de lo incierto del futuro que se esgrime amenazante, anunciando una muerte ojalá señalada antes de tiempo, o quizá pronosticada con precisión. No ha habido siquiera tiempo de preguntarnos si aun vale la pena armar el arbolito este año; punto a favor de la pereza y en contra de la tradición. Lo comparto porque lo quiero gritar.

Algo se aprende de todo esto, algo se saca de todo. Entre las cosas a rescatar del silencio está lo oportuno de escuchar a una persona desesperada, de regalarle un espacio para hablar y así poder darle forma a su desesperación; pero también está el saber escuchar: no tomárselo personal, aprender a perdonar, a acoger, a cuidar, a cooperar. Entre más grande sea el mierdero que se arme, más difícil es lograr escuchar y acoger al otro… pero también se puede ganar más en la cooperación aunque sea una provisional, temporal y motivada en la urgencia que nos haya convocado a rabiar en primer lugar.

¿Y por qué habría uno de acoger al otro? A excepción de muy contados casos (entiéndase “física e irremediable hijueputez”), lo más seguro es que el otro también esté intentando buscar la mejor alternativa para resolver el problema en cuestión, pero una persona angustiada, desesperada, estresada, frustrada y asustada jamás contará con las mejores palabras y estrategias para compartir sus ideas y perspectivas. Esto significa, generalmente, que el otro también está dando lo mejor que puede a pesar de lo difícil de entender o lo incómoda que sea la forma en que lo hace; y aunque uno no alcance a verlo, actuar de esta manera con seguridad representa un esfuerzo enorme para esa persona, cosa que se puede leer no sólo en la potencia que le imprime, sino también en lo enredado y lo conflictivo de las situaciones que su accionar genera. Así, acoger y abrazar a quién parece el enemigo es poder contar con un nuevo aliado, es hacerse con una nueva perspectiva que ayude a pensar, a refrescar la mente, a entender, a dar alguna alternativa al conflicto, la confusión y la impotencia que nos desbordan incesantemente, que nos abruman ante la dificultad. Si se quiere, es un asunto de privilegiar –antes que el orgullo– la practicidad.

A bien y a mal cuidar del otro también es cuidar de uno mismo, es ventajoso amistar con la otredad. Como humanos no tenemos más opción que crear desde el desencuentro y la diferencia para hacerle frente a la vida y a la muerte, a lo imposible de lo ideal y lo insoportable de existir… o por lo menos yo elijo creer, agenciar y hacerle frente a la desesperación y a lo agridulce de este intenso cavilar.



[Escrito: (09)10/12/2015, 12:00 a 2:30am]

*El otro siempre se erigirá como otro y nunca como objeto de deseo total, puesto que no suele ser condición absoluta de la existencia del deseo más que en el fetiche. Esto implica que el otro jamás será el mejor aliado , ni el amigo o la pareja ideales... pero así como es vale la pena y, además, es lo que hay.  Deal with it, somos humanos y nada más. No nos queda sino renunciar a la totalidad hipotética, a lo imposible de la satisfacción, para poder vivir con algo de felicidad, para hacerle frente a la desesperación y la disparidad.