Hay algo que me tiene pensando, aunque no preocupado.
Siempre he tenido la impresión de que la gente pide
demasiado en el amor, o esperan demasiado de las relaciones y quizá eso es lo
que más les dificulta vincularse con otros. Me incluyo.
Cuando uno está seduciendo a alguien para acostarse con
esa persona, basta con insinuarle que le darás todo lo que está buscando aunque
uno sepa que es un engaño –que la satisfacción es un imposible– y la otra
persona lo sospeche. Sin embargo, nunca se aclara lo ilusorio del caso sino
hasta el final, en lo eminente de la ruptura, explicando así el resentimiento y
los reclamos que muchas veces quedan de eso.
Es fácil verlo. Entre más condiciones tenemos las
personas para elegir una pareja, más esperamos de esa persona. Es algo que me
resulta evidente: Si la gente no esperara del amor, eligiría a cualquiera sin
tomarse el arduo trabajo de discriminar, ni se molestaría con el otro cuando
hace o deja de hacer ciertas cosas.
Todos tenemos expectativas, alguna cosa esperamos del
otro. No tenerlas sería entrar en (volver a) el autismo, literalmente. Ahora,
uno puede conocer sus expectativas, hay algunas que se pueden reducir, hay
otras que no; pero todas se pueden transformar aunque sea un poquito y eso es
lo que uno llama “crecer”. Crecer duele porque implica frustrarse y buscar
alternativas, pero es bonito a su manera.
A la larga es difícil que una persona se quiera meter o
comprometer con alguien que le diga la verdad, con los costos y ventajas que
eso implica. Me recuerda a “Mentiras piadosas” de Joaquín Sabina… la mayoría
prefiere que le mientan, la verdad del perpetuo desencuentro es muy difícil de soportar.
En ese orden de ideas, las funciones de relativa incondicionalidad, de acompañamiento y co-creación propios del campo del amor
han recaído sobre la amistad, mientras que al amor de pareja se le ha atribuido
el deseo sexual y el deber de la satisfacción del otro y de sí mismo, haciendo del amor una
suerte de imposible, un idilio, una fachada que tarde o temprano se fractura y acaba bajo el peso de quienes son sus integrantes.
No obstante, a medida que he ido creciendo me he topado
cada vez más con gente que ya no está dispuesta a invertir en quimeras; gente
un poco más desencantada que goza opacamente pero que, aun así, desean amar, crear, acompañar,
arriesgarse y esforzarse en construir un vínculo con otro. Eso me alegra mucho,
me alienta.
Una pareja no es alguien que te vaya a satisfacer, es
alguien con quién vale la pena caminar, cultivar, crecer y crear. La ligazón cultural
entre el amor y el sexo (deseo sexual, “satisfacción”, etc.) es un infortunio gigantezco en ese sentido.
La gracia de una amistad es que uno sabe que se va a desencontrar, mientras que en las parejas uno tiene que darse cuenta de eso con el tiempo; por eso una relación filial es culturalmente privilegiada para la creación, pues sólo se puede construir desde la riqueza de la diferencia y nutrirse de allí para crecer como un más-de-uno, para agenciar juntos, en compañía.
La gracia de una amistad es que uno sabe que se va a desencontrar, mientras que en las parejas uno tiene que darse cuenta de eso con el tiempo; por eso una relación filial es culturalmente privilegiada para la creación, pues sólo se puede construir desde la riqueza de la diferencia y nutrirse de allí para crecer como un más-de-uno, para agenciar juntos, en compañía.
[Escrito: viernes 25/12/2015, corregido lunes 28/12/2015]
*Nota: Medir el propio valor o el del otro por la capacidad de satisfacer, de ser suficiente, es un gigantesco error.
*Nota: Medir el propio valor o el del otro por la capacidad de satisfacer, de ser suficiente, es un gigantesco error.


