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lunes, 16 de marzo de 2015

El regalo: ¿Cómo diferenciar fácil y prácticamente el amor de la histeria del de la obsesión?

Una pareja de novios, Natalia y Juan, están próximos a su primer aniversario y, como dicta la costumbre, ambos están ansiosos de intercambiar regalos para expresar y demostrarse mutuamente su amor.

  1. Natalia no tardó en tener una buena idea. Le regalará a Juan algo que haga que él se parezca más a lo que ella busca en el hombre perfecto. Ella sospecha conscientemente que quizá su regalo no le guste demasiado a él, pero se lo compra con muchísimo cariño y esperando lo mejor. Para no arruinar la sorpresa, nunca le pregunta si le gustan ese tipo de cosas.
    Efectivamente, cuando Juan recibe el regalo y lo destapa, no estalla con la euforia que Natalia deseaba y añoraba profundamente, así que ella se entristece, siente algo de rabia contra su pareja por la situación, pero especialmente se siente muy culpable, haciéndose sentir aun peor por este evento.

  2. Juan pasa una semana terrible pensando en qué puede regalarle a Natalia para su aniversario. Él sabe más o menos qué le gusta a ella, se lo ha preguntado un millón de veces, y ha pasado toda la semana buscando en una infinidad de lugares el regalo perfecto que pueda hacerla muy feliz; sin embargo, no hace más que dudar de cada una de las opciones: duda de si es adecuado, de si a ella le gusta, de si es demasiado obvio, si es muy rebuscado, de si es el de mejor calidad, si efectivamente le parecerá bello, si podrá entender su sentido, de si le puede agradar, y un largo etc.
    Para el día del aniversario, él continua dudando, así que llega con las manos vacías. Se siente muy avergonzado por no llevar regalo alguno aun después de haber tenido tanto tiempo para pensar, pero ninguno lo convenció.

La situación empeora cuando Juan le dice a Natalia que no trajo un regalo y, aunque intente explicarle a ella el porqué de esta situación, Natalia ya se encuentra devastada por la “falta de reacción” inicial de él. Ella, sumando estas dos situaciones, no puede más que interpretar que Juan ya no la quiere, que seguramente ama a otra a quién si le daría (o le da) esos regalos, esa euforia y ese cariño que ella tanto desea. Para colmo ella se siente culpable y principal causante de que esta situación pensando que no le dio un regalo suficientemente bueno para que él se alegrara, pero le reprocha agudamente a Juan por todo esto para intentar sentirse un poco mejor consigo misma, sin éxito.

Por el otro lado, Juan se siente culpable y avergonzado por no haber respondido ante el presente de Natalia como ella deseaba y, para colmo, por haber llegado sin regalo alguno para ella, motivo por el cual se siente fatal. Para rematar, se siente celoso porque, a partir del regalo de Natalia, interpreta que ella lo quiere volver otra persona y por eso está intentando hacer que él se parezca a otro hombre, seguramente a algún exnovio o algún sujeto que toda la vida le ha encantado.

De esta situación se gesta una gran pelea cargada de culpas, inconformidades, rabias y reproches que ninguno de los dos parece tener la capacidad de resolver, reparar o amainar.

Tristemente, ni Juan ni Natalia logran ver los regalos que realmente se dieron: Natalia le regaló a Juan su ideal, su amor por él mismo, su deseo y cariño al ideal que ella reconoce en él y del que se enamoró en primer lugar. Juan, por otra parte, le regaló a Natalia su rumiación, la duda y la división que acompañan su existencia y que se han configurado en su modo más apasionado de amar junto al esfuerzo siempre fallido de intentar hacerla a ella feliz.

Y seguramente ambos se aman, pero se encuentran tan heridos que les cuesta muchísimo reconocer el amor que causó las heridas y la sinceridad del cariño que se esconde tras este dolor.


[Escrito: lunes 16/03/2015]

viernes, 4 de abril de 2014

Grapadora

«Se encuentra colgada en la sala» –comienza su relato con firmeza y suavidad–. «Es paradójico porque desde pequeña fue una chica asmática, de modo que siempre dijo que preferiría cualquier modo que morir antes de la asfixia.

No tiene pantalones ni medias, sólo sus calzonsitos de rayas horizontales de colores rosa y blancas y la blusa blanca de tiritas que le regaló su madre hace un mes. La blusa está enrojecida por los rasguños que le deja la soga al cuello, además de las pequeñas goticas de sangre que se deslizaron por su pecho y desde su nariz, pero que ya están secas. Sus ojos están manchados por un rojo intenso y su rostro coloreado de un pálido azul. En su pierna izquierda se ha escrito, usando como tinta su propia sangre y como pincel sus dedos, la palabra “ReCuerda”. Es una gran obra de arte caligráfica que aun está a medio secar, adornada con finos trazos de arabescos, que reside sobre su piel blancuzca haciendo las veces de lienzo. Tan singular lienzo se empalidece aun más a medida que pasa el tiempo que el improvisado péndulo hecho con su cuerpo sin vida marca, llevando la cuenta con lentitud, pues lleva ya horas en movimiento… tic, tac, tic, tac…; y aun no está quieto… y quizá nunca lo vaya a estar; y quizá jamás se vaya a callar.

Cuarenta centímetros bajo los pies del péndulo tiene residencia un charco hecho con la sangre que ha goteado, apresurada, recorriendo la ruta gravitatoria que va desde la cortada en la muñeca de su mano izquierda hasta el piso de la sala, herida que le sirvió de tintero provisional para redactar su mensaje y plasmar las líneas concéntricas que delatan su movimiento. Su hermoso y esbelto cuerpo se encuentra atado de un modo muy particular: 6 cuerdas de las cuales una, la del cuello, está fija. Las otras 5 son móviles. Este juego de 5 cuerdas, que usan como polea la arquitectura del techo de aquella sala, son más delgadas a comparación de la primera. Cada una está fuertemente sujetada alrededor de una de sus extremidades, atadas con tal delicadeza que permiten hacer de su cuerpo una marioneta de carne… una en cada muñeca, una en cada tobillo. La última cuerda está anudada con su pelo rubio y liso, haciendo así posible mover su cabeza para hacer que mire hacia el frente, hacia arriba o hacia abajo. Sus ojos están abiertos, su mirada está vacía.

Clavado con una grapa en su pecho, justo arriba de sus senos juveniles y por encima de la blusa de tiritas ya no tan blanca, está un sobre de carta. En este se puede leer, escrito a mano con tinta negra, el destinatario: “Mamá”.

Doña Beatriz, ya bastante impactada, busca su teléfono celular en el bolsillo derecho del blue-jean que recién se ha puesto para salir de la ducha. Marca con urgencia a su esposo.

La llamada cae al correo de voz antes de que él conteste; piensa en que él se fue a trabajar más temprano. Frenética, vuelve a llamarlo una y otra vez sin obtener mejores resultados. Llama cuatro veces seguidas aun de pie frente al cuerpo de su hija, sin haberse movido un milímetro de donde está parada y aun goteando agua de su cabello mojado, sin poder entender lo que sucede, deseando  estar soñando profundamente. Lo llama una quinta vez… a medida que escucha el tono del celular repicando pierde los estribos y, movida por una terrible angustia, azota su móvil contra el piso, destrozándolo de inmediato; acto seguido, cerrando con fuerza sus ojos y frunciendo el seño y la nariz, emite un sonido cercano a un gemido cargado de angustia y pena.

Mira hacia el piso y ve, junto a los restos de lo que fue la pantalla de su celuar, que mucha de la sangre está seca, dándose cuenta de que ella lleva horas ahí colgada. Suspira; ahora sabe que siempre recordará esta imagen que se yergue ante sus ojos, sabe también que nunca se podrá borrar de su memoria tal y como la mancha de sangre jamás saldrá del piso de mármol color marfil de la sala.

Desesperada, llama a su mamá a través del teléfono fijo…

 ¿Aló mija? ¿Cómo estás? ¿Cómo están todos por allá? –pregunta Juanita.

Pues bien mamá, camellando… –responde automáticamente. Guarda silencio mientras piensa en lo que acaba de decir, porque es lo que siempre responde cuando su mamá le pregunta cómo está. Lentamente se le escapa una lágrima de su ojo izquierdo mientras se mantiene el silencio en la conversación y comienza a llorar.

 ¿Qué le pasó Beatricita? ¿Otra vez Juan no me le contesta el celular? No se ponga así que usted sabe que él no se va a volver perro después de tantos años de casado… recuerde cómo era su papá, que después de que las tuvimos a ustedes, él siempre respondió por todos en esta casa aun con el geniesito que se mandaba. Y eso que en esa época no había celulares, pero yo igual sabía que él se iba a mamar ron con esos malparidos amigos de él…

Juanita siguió narrando la misma historia que siempre cuenta de su ya difunto esposo, pero Beatriz no escuchaba nada desde que su madre le preguntó por Juan, su esposo. Ella está esperando a que su mamá se callara por fin para poder hablar, pero mientras espera siente un nudo que crece y se multiplica en su garganta. No puede decir nada, no tiene las fuerzas para interrumpir o ponerle un freno a su madre que siempre ha hablado hasta el cansancio suyo y de los otros, además de contar siempre las mismas historias junto a las mismas moralejas de manera ininterrumpida.  

Beatriz pierde la noción del tiempo escuchando lo que pasó de ser una pregunta a un monólogo cantaletoso e infinito. En algún punto de su escucha interminable tuerce los dedos de sus manos como si fuera efecto de un derrame cerebral, abre angustiada sus ojos desenfocando su mirada y exhala un aire de cuya existencia desconocía; así emerge de su pecho una cosa extraña, un grito amorfo motivado por algo que tiene más fuerza que ella o que los regaños de su madre, y dicha cosa se convierte en esas tres palabras que siempre soñó decirle en los 28 años que vivió con ella: –“¡¡¡ HIJUEPUTA, DEJAME HABLAR !!!”.

Beatriz, sin mermar su angustia o su tono, prosigue con respiración agitada: – “mamita… Natica se mató… ¡Mi hijita se mató! ¡Tiene 23 añitos y se ahorcó!

La conversación fue infructuosa. Juanita no pudo volver a hablar después de semejante reacción de su hija, mientras que la boca de Beatriz continuó hablando cada vez más palabras, más rápidamente, pero también más faltas de forma; su mente se fue a otro planeta, su sangre hervía. Nada se entendía, sólo comenzaba a gritar más y más fuerte intentando hacer que Juanita la escuchara y le entendiera.

En medio del ruidoso monólogo de Beatriz, suena una melodía que viene desde la mesa del comedor. Allí se encuentra el celular de Natalia sonando y vibrando. La llama Juan. Ella mira extrañada al teléfono táctil que esgrime frente a sus ojos una fotografía de Juan y ella misma sonrientes, foto que Natalia tomó y Beatriz misma eligió. Con el más profundo de los desprecios contesta a la llamada y, sin pausa alguna, sin esperar un segundo, le habla gritando: – “Natica se mató. ¡Mi hija se me mató por tu culpa grandísimo hijueputa, perro infiel! ¡Andate con tu moza y no volvás jamás  gran malparido!” –. Acto seguido lanza el celular por la ventana, aun sin terminar la llamada; a los pocos segundos se escucha el golpe del dispositivo que se estrella contra el asfalto de la calle ocho pisos abajo del balcón.

Sin haber quitado el teléfono fijo de su otra oreja, continúa “hablando” con su madre como si fuera un solo chorro verbal que ha salido y continua saliendo de su boca ininterrumpidamente.

 ¡No fue mi culpa! Ella siempre ha sido así, el papá la malcrió. Ustedes la malcriaron, partida de alcagüetas. ¡Asesinos! Yo sólo le di lo mejor de mí, le di los mejores años de mi vida, le di lo que yo nunca tuve, le di amor, atención, una mamá paciente y dispuesta sólo para ella, un padre presente… no como el borracho peleón de mi papá. ¡A ella nunca le ha faltado nada!  A ella nunca…

Y estalla en llanto dejando caer el teléfono al piso. Reenfoca su mirada a la escena que tiene en frente y se da cuenta de que sigue ahí, que su hija sigue fría y moviéndose lentamente como un péndulo por las cuerdas que tiene atadas a su cuerpo, que sigue sin vida ante sus ojos.

Sufriendo ante lo que ve, se queda atónita una vez más. Poco a poco toma fuerzas para acercarse a Natalia y, sin tocarla, intentar sacar la grapa de su pecho y tomar la carta. Siente la dureza de la grapa clavada en su carne, siente cómo se desliza con dificultad hacia afuera mientras ella la hala con sus uñas pintadas de un verde-azul brillante. El sobre se encuentra sellado. No está casi ensangrentado, sólo tiene unas líneas secas que sirve de evidencia del paso de algunas diminutas gotas de sangre que descendieron de las dos pequeñas heridas causadas por la grapa. Abre con delicadeza el sobre para no dañar o arrugar su contenido. Escucha atentamente el sonido del papel que se rasga usando como cortapapeles el dedo índice de su mano derecha, sosteniendo con la izquierda el sobre.

Al lograr su cometido escucha el último rasguño del papel. Siente mucho miedo, cierra sus ojos y sus lágrimas se escapan a chorros de estos. Intenta contener sus lágrimas con sus manos para no ensuciar el sobre con estas, pero prontamente se da cuenta de lo ineficiente de esa empresa. Desliza el papel de cuaderno doblado afuera del sobre sabiendo que en este se encuentra lo último que su hija le dirá.

Imagina por un instante que en dicho papel dice que esto no es más que la peor de las pesadillas, que es una mentira, una broma muy pesada y de pésimo gusto, que ella está bien y viva, que sólo está actuando o que Beatriz podrá despertar del sueño en segundos y verla con la piel rosada una vez más. También tiene la esperanza de que en esta carta Natalia la perdone por todo lo que ella le dijo anoche antes de dormir… siente mucha culpa al recordar y llora aun más. Recuerda que Juan se fue iracundo desde anoche, desde la pelea que fue motivada porque él no contestó el celular, pues, según él, lo llevaba en el fondo de su morral. En ese instante reconoce que lo único que quería es que tanto Juan como Natalia fueran más atentos con ella, que la pelea fue un modo caprichoso e innecesario de llamar la atención de ambos, que las palabras que dijo fueron hirientes para todos, más aun para ella misma… y siente miedo al recordar que esta vez, seguramente, Juan no vuelva más.

Finalmente recupera las fuerzas para afrontar el papel que sacó del sobre; lo desdobla y lo pone ante sus ojos. Respira hondo y se dispone a leer.

Mamá, tu siempre quisiste que yo fuera distinta a como he sido, que fuera como tú me soñaste antes de nacer, antes de yo aprender a decirte que no es así como soy.

Por eso, para tu cumpleaños, te regalo lo mejor que puedo darte: la posibilidad de que revivas tu sueño con mi cuerpo, para que por fin tengas a la hijita que siempre quisiste tener. Te regalo una marioneta para que hagas de mí algo que si te haga feliz.

Te deseo un muy feliz cumpleaños con todo mi amor, con toda mi tristeza, con toda mi vida y con toda mi alma.

–Nata.



…Finalmente, al terminar su lectura, escapa de su pecho un gemido asfixiado, un grito ahogado, un sollozo mal nacido. Una angustia abrumadora consume su vida, desgarra su rostro y quema sus entrañas…recuerda, recuerda, recuerda… »

El Grito - Mauricio José Vega
2004
(*La señora G termina su relato mirando hacia el vacío y suspirando desabrida mientras se mece, abrazando sus rodillas, sentada en la esquina de la habitación. Se queda en silencio. Lentamente, José se retira de la habitación sin hacer ruido para no perturbarla y cierra la puerta desde afuera. Se encuentra con Martín en el pasillo.*)


***

– Eh José, novato, con que fuiste a hablar con la señora G. ¿Te contó su historia, no?

– Si, ¿cómo lo sabe?

– Porque ella siempre cuenta la misma historia desde que llegó acá. Diariamente la cuenta exactamente igual, en tercera persona y en presente, sin una palabra de diferencia… lo sé porque llevo años trabajando acá. Es lo único que ella dice antes de las doce del mediodía, antes de la benzodiacepina del almuerzo, que la envía directo a la cama. Está como condenada a revivirla diariamente. Lo peor es que no sabemos qué parte es real y qué parte no.

– ¿Y nunca cambia nada en lo absoluto de su historia?

– Sólo una cosa: a veces al finalizar su narración emite un suave grito, como un gemido que se ahoga en su garganta desgastada, como si intentara estallar en angustia. Cuando eso sucede, se agita y nos toca recluirla, en algunas ocasiones hasta pacificarla para que no se haga daño. A veces también dice que el espíritu de su hija la visita en las noches, en sus sueños y en las madrugadas; dice que la visita para torturarla, para martirizarla, para culparla y recordarle la mala madre que fue; dice también que la ve y que su “alma en pena” (como ella le llama) le repite una y otra vez mirándola a los ojos: “Recuerda, recuerda, recuerda…”; pero cuando yo llego a su habitación, ella se encuentra sentada o acurrucada en el piso o en su cama, mirando al vacío, diciéndose a sí misma esa palabra sin cesar, sosteniendo con sus manos temblorosas su rostro y su cabeza.

– Parece que tiene una historia bastante difícil. ¿Cómo llegó doña Beatriz acá? ¿La trajo el esposo?

– No, de él nada se sabe. Ella apareció un día, alguien la dejó tirada a media cuadra de las Urgencias de una clínica de la ciudad y de allá nos llamaron porque ella los atacaba cuando intentaban curar sus heridas o limpiarle la sangre; tampoco lograban entender lo que decía. Cuando nos llamaron, reportaron que estaba haciendo un desastre en la clínica y que era imposible atraparla sin hacerle daño. Tras eso se encerró en una oficina vacía que hay en la parte de atrás de las urgencias pediátricas de tal manera no era posible sacarla, así que nos pidieron ayuda. Fuimos en una ambulancia cuatro enfermeros y yo. Era un miércoles, a eso de las cinco o seis de la tarde si mal no recuerdo. Nunca podré olvidarlo.

Cuando por fin llegamos, nos tocó tumbar la puerta a patadas. Tres de los enfermeros y yo entramos. Nos íbamos a abalanzar ya sobre ella con la camisa de fuerza cuando la vimos en la esquina tras el escritorio del pediatra, sangrando. Con la grapadora de la pediatra se había llenado de grapas buena parte de su cuerpo: se las había clavado en los tobillos, la parte alta de su muslo izquierdo, las muñecas y el pecho especialmente, arriba de sus senos, pero también sus senos y sus pezones. No se movía, sólo estaba ahí quieta encogida sobre sí misma, casi en posición fetal, con los dedos torcidos, cubriéndose la cabeza con sus manos y brazos, mirando al vacío al borde de la catatonia, sonriendo frenética con la mirada perdida. Su mano derecha no paraba de temblar. Respiraba muy fuertemente mientras apretaba los dientes; tuvimos que sedarla. Se despertó medio día después, estando ya en su cuarto del ala oeste, el número 23, hace 12 años, aquí en el hospital mental. Esa es la historia de cómo llegó acá la señora G.

– Qué raro… ¿no dijo ella que Natalia tenía justo 23 años cuando se suicidó?

– ¿Si? Qué terrible coincidencia, no creo que alguien más la haya notado. Eso debe interesarles más a ustedes los psicólogos que a nosotros los psiquiatras, pero si descubrís algo relevante con eso me contás por favor.

– Claro Martín. A todas estas… tengo una duda. ¿Por qué le dicen “la señora G” a doña Beatriz? ¿Es por su apellido?

– No, la letra G es como abreviamos “Grapadora”. Lo del apellido es mera coincidencia.




[Escrito: jueves 03 y viernes 04/04/2014; corregido por última vez en marzo de 2015.]

*Nota: Entre hacer y revisar este texto, debido al evidente fuerte clima emocional en el que ando, me ha dado un fuerte mico (tortícolis) y se me ha quitado parcialmente. Este par de últimos textos son muy importantes para mí, pero este ha sido especialmente angustiante e histerizante. No sé qué haría si no pudiera escribir para permitirle la salida a todo eso. Gracias a cualquier despistado que lea esta nota aunque sea por accidente :)
**Nota 2: Tras un buen día de descanso, de cuidar de mis asuntos y  mi clima emocional, estoy mucho mejor de mi cuello, también estoy más feliz y satisfecho con este pesado texto que pude dar a luz y, además, estoy más tranquilo en general. Tardó todo un día, pero valió la pena . Me hace feliz que alguien lea estas notas sin importar sus motivos, así que gracias por leerme. Feliz noche (sábado 05/04/2014).

jueves, 27 de marzo de 2014

Porque a las tres de la mañana no pasa nada

De par en par ha abierto sus ojos, tan agudos como los de un gato habituado a la oscuridad, para escabullirse en la falta de luz y de ruido de su apartamento a las tres de la mañana.

 ¿Por qué a las tres?– Le pregunté alguna vez a tan singular personaje…

Porque a las tres de la mañana no pasa nada– responde Andrés, sin la menor duda.

Alguna suerte de reloj interno ha poseído a este sujeto, pues no erra más de 5 minutos la hora que algún destino o "ser superior" ha designado para su pernoctar. Se levanta con suavidad, descalzo, de su cama. Hasta la gata parece estar dormida. Como siempre, observa con detenimiento que no haya alguien deambulando cerca mientras abre suavemente la puerta de su alcoba. Verifica al salir que, a su derecha, la puerta de  la alcoba principal (donde están su madre y su padrastro) esté cerrada. Se dirige con lentitud al frente, por el pasillo, luego a la izquierda en dirección al balcón haciendo uso de todo el tiempo que desee, bien sea por capricho o motivado por su amor al sigilo, con la cajetilla de cigarrillos encaletada en el bolsillo derecho de la pantaloneta con la que duerme. Le encantan los Malboro rojos, pero a falta de dinero esta semana anda fumando Boston, que no saben ni a la mitad por más fuerte que se aspire. Andrés es de esos que carga el encendedor dentro de la cajetilla aunque esta se deforme un poco; es en lo único que puede tolerar el desorden.

Justo al lado del balcón, está el bifé de madera de guayacán que venía en el juego mobiliario de recién casados de sus padres. En el segundo cajón de arriba a abajo, se encuentran el cuadernito, el borrador desgastado y el portaminas 0.7mm con minas 2B con el que él suele pasar el rato diseñando edificios, dibujando parques y jardines imaginarios con los que sueña despierto, porque de sus sueños nada recuerda, excepto uno que es repetitivo.

Dibuja con esmero sentado en la silla plástica del balcón con ayuda de la luz blanca del bombillo de 25 Watts ahorrador que lo ilumina desde el techo. Siempre dibuja de izquierda a derecha. Nunca ha necesitado de más regla que su pulso de cirujano y sus ojos atentos. Prende el primero, aspira con levedad mientras se extravía en el recuerdo de una ocasión en que él preguntó en clase si alguien le prestaba una regla para hacer un examen y escuchó que le respondieron “¡vos sos la regla!”, cosa que le causó mucha gracia a pesar de no entender por qué, ni saber quién se lo había dicho. Riendo aun a carcajadas, cuando pregunta por quién le había dado tan singular respuesta, resultó que sólo él la había escuchado. En ese entonces no sólo se asustó, también consideró posible estar alucinando, siendo él un amante lúdico del LSD en aquella época. Suspira y sonríe con una suavidad cómplice: –“sí, yo soy la regla”– dice para sí.

Continúa hablándose con voz suave:

Andrés, ¿hoy andás de buen humor no? Te sentís especialmente tranquilo. Me fumaré tan sólo uno, si mucho dos…pero no más, para disfrutarlos; estoy feliz, ni siquiera la gata vino, por fin, silencio absoluto.

En ese instante recuerda que, en las profundidades del mismo cajón del bifé, están guardados dos Malboro rojos que le habían sobrado de una cajetilla que la lluvia y el trajín destruyó en su mochila hace un mes, pero los cigarrillos estaban intactos. Los toma con delicadeza y los guarda en la cajetilla de Boston, uno al lado del otro y puestos en sentido contrario a los demás, para diferenciarlos. Siempre que lleva a cabo esta operación, se toma un momento para mirar la publicidad amarillista de la cajetilla azul y blanca, esa que dice que te va a pasar algo horrible por fumar, y exhalando humo dice “si, es que quiero morirme un poquito cada día, con esto sólo me aseguro de que así sea”.

Es un buen estudiante de arquitectura, reconocido entre los profesores y sus compañeros, con muchas ideas bastante novedosas y con un notable talento. Cuando le preguntan que de dónde se sacó sus diseños o qué lo inspiró, él suele mentir diciendo que se los sacó de sus sueños pues siempre los hace justo a las 3 de la mañana en el balcón y a pulso, pero él mismo sabe que no tiene idea de dónde han salido, porque el único sueño al que él asiste en su mente se repite una y otra vez y no tiene nada que ver con diseños arquitectónicos.

Yo soy estudiante de psicología, así que una vez me lo narró para que yo se lo interpretara. Yo no tenía mucha idea de cómo hacerlo, pero igual me divertía mucho escucharlo hablar de esas cosas.  En ese entonces, hace dos años más o menos, esto fue lo que me relató:

Pues parce –me dijo con tono franco, mirándome a los ojos justo antes de exhalar el Boston que ese día se fumaba–, el sueño es que yo estoy en mi cuarto, a veces el de ahora, otras en el de chiquito… estoy acostado y como que escucho un ruido de algo que rechina pero me quedo quieto, con los ojos cerrados. Luego algo suena, un golpe contra algo sólido, abro los ojos, miro al techo asustado… y hay algo dibujado en él, pero nunca recuerdo qué es lo que hay ahí; debe ser porque es de noche y está oscuro.

Me levanto y me acerco lentamente a mi puerta, la abro verificando que no haya nadie ahí. Siempre he vivido en el mismo edificio, así que el apartamento me lo sé de memoria. Aun sin ver bien, puedo guiarme en la oscuridad.

Cuando salgo del cuarto todo comienza a sonar más duro. El rechinar es mucho más fuerte y los golpes contra la pared son como si alguien estuviera martillando, pues, como con esos martillos gruesos de construcción, o dándole puños a una pared una y otra vez, rítmicamente: «tump-tump-tump-tump…», como golpes secos, una y otra vez.

Miro para todos los lados con miedo a que sean ladrones, pero no son… y escucho que el ruido viene del cuarto de mis padres. Cuando miro hacia allá, la puerta está cerrada pero escucho gente hablar: una voz gruesa dice algo y la otra, como de una mujer, se escucha gritar de dolor pero tapada o ahogada por algo; como cuando en las películas asfixian a alguien con una almohada. Y en ese instante siento una presión horrible en el pecho, como si se me fueran a salir los pulmones, y dejo de respirar. La voz de la mujer se me parece a la de Olga; pues, mi mamá. Yo no sé por qué le digo así. Bueno…

Aun muy asustado, toco la manija de la puerta para abrir y ver qué hay adentro. A veces la puerta ni siquiera está cerrada, sino que está apenas entreabierta, pero igual la empujo desde la manija. La giro con tanta suavidad como puedo y abro la puerta con lentitud, para no hacer nada de ruido… y en ese instante, me despierto llorando o gritando… o ambas. Nunca lo he podido entender. ¿Vos qué podés interpretar de eso?

No sé si debí decirle más que eso en ese momento; ahora que he estudiado un poco más creo que sí. Sólo le pregunté qué pensaba él que podría haber tras esa puerta y él respondió: –“viejo, no sé, de pronto algo horrible, o de pronto nada”.

 ¿Por qué? –le pregunté.

Porque me asusto mucho, pero uno a veces se asusta de lo que desconoce. ¿Aunque sabés qué?... Ahora que me acuerdo, a veces abro esa puerta en el sueño y encuentro una habitación vacía, totalmente blanca, pero distinta a la de mis padres: sin muebles, sin cama, mucho más grande, sin nada ni nadie por dentro; no hay nada allí.

– ¿Y te despertás igual?

– ¡Noh! ¿Si vieras güevón? Esas son las veces más raras porque también tengo un orgasmo. ¡Ah! Y también recuerdo que más chiquito, como a los 10 o 12, me orinaba en la cama cuando tenía ese sueño.

Él siempre ha hablado así, sin vacilar, como si las palabras se lanzaran al vacío desde su boca o, más bien, como si él las sacara a las patadas. En aquella época ya habíamos sido amigos por mucho tiempo, al menos 6 años.

Finalmente se aproxima a concluir su dibujo y al final del primer Malboro, cuya colilla lanza por el balcón siguiendo la trayectoria de la del Boston inmediatamente anterior. Saca el segundo Malboro de la cajetilla y lo coloca sobre la mesita que hay justo al lado derecho de la silla, donde reposa el borrador. Esta vez ha diseñado un edificio absolutamente maravilloso, tanto así que hasta él mismo, por primera vez en su vida, se siente orgulloso de su trabajo. Es un diseño original y aparentemente realizable, sumamente estético a la vista, bien resuelto y "funcional" –como dicen los arquitectos–. Frente al edificio dibujó, para adornar, un parquesito con juegos infantiles que, aunque le resulta muy familiar, no recuerda donde lo habrá visto, pero no le presta importancia a este detalle.

Va de izquierda a derecha terminando de hacer luces y sombras en las ventanas del edificio, para que la estructura de 12 pisos se vea menos monótona. Dejó de último el décimo piso por algún capricho de esos que le dan a esa hora y, al terminar de hacer el brillo de la última ventana del décimo piso (la derecha), abre sus ojos de par en par a poco de desorbitarse, inhala con fuerza abriendo sus fosas nasales, se le eriza la piel, abre un poco su boca, acerca lentamente sus manos a su rostro… y dice sorprendido:

 ¡Doble negación! –poco le faltó para gritarlo– “A las tres de la mañana no pasa nada”, ¡eso quiere decir que si pasa algo!

Acto seguido, posa su mirada en el dibujo hasta fijarse en la ventanita de la derecha a la altura del décimo piso. Estático, se va perdiendo con suavidad en un ensueño profundo, como hipnotizado. Al igual que en el edificio donde vive, en cada piso del dibujo hay un ventanal a la izquierda, que corresponde al balcón donde él se encuentra con la luz prendida; hay también una ventana en el centro y una última ventana a la derecha del piso, correspondiendo a su cuarto y a la alcoba principal, respectivamente.

Al día siguiente lo encontramos temprano en el parquesito que hay justo al frente a su edificio. Se lanzó desde su balcón en el décimo piso, con todo y dibujo. Sólo dejó arriba el borrador desgastado junto al portaminas 0.7mm con minas 2B  y el Malboro que no se fumó, puestos todos sobre la mesita al lado de la silla, mirando en el mismo sentido. Ya manchado por su sangre, se veía en su cuadernito el hermoso diseño del edificio que curiosamente estaba acompañado por un bosquejo del parquesito en el que cayó. Al lado derecho del diseño se leía, escrito a mano con grafito, pintado por la sangre y sucio de sus restos: “a las 3 de la mañana, yo los vi. Mi padrastro estaba violando a mi mamá y ella... ella lo estaba disfrutando”.

Yo estaba atónito de ver esa escena. Por su parte, Natalia, sin conmoverse, dijo: –“¡Eh!  ¡Pero el hijueputa además de hacer semejante reguero en el piso, volvió mierda los cigarrillos…!”–. Así se quejaba del modo más bullicioso posible, como siempre, mientras intentaba recoger con cuidado, sin ensuciarse mucho, la cajetilla de Boston aplastada y ensangrentada. Tras tener la cajetilla en sus manos, verifica el estado de los 5 cigarrillos restantes, que estaban ensangrentados pero razonablemente bien. Natalia concluye diciendo: –“Uno de estos días, me lo fumaré. ¿Vos querés uno?” –me preguntó.

Dame dos, por favor.




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*Notas:

  • Pernoctar: (Del lat. pernoctāre). Pasar la noche en determinado lugar, especialmente por fuera del propio domicilio (RAE).
  • Pernoctámbulo(a): Aquel o aquella que pernocta en constante deambulación, motivado por la agitación e inquietud emocional, con posible correlato motor, cognitivo y orgánico en los casos mas intensos. Es la palabra, el neologismo, que dio origen a este texto; es la palabra que, a mi juicio, mejor podría describir a Andrés... Andrés es un pernoctámbulo.



[Escrito: jueves 27/03/2014]
[Última revisión: jueves 15/05/2014]

Dispariedad

–El sexo –dice él con vehemencia – es una metáfora que se entabla sin fondos y con más trasfondos de los que imaginamos. Una de esas que se escriben sin palabras y que siempre queda cortas a la hora de cobrarlas en la realidad. ¡Es que no hay relación sexual! Le creo a Lacan. Soler es más suave con eso.

–Sergio, –dice ella con seriedad– cuando Soler decía que no había proporción sexual, no creo que se estuviera refiriendo a que vos y yo pudiéramos estar juntos.

–Nata, no sabía que te fuera a disgustar tanto que yo fuera gay.

–No me disgusta, de hecho me alegra mucho que me cuentes. Lo que me deja intranquila es que te des cuenta de eso tras intentar penetrarme…

–¡Si ves! No hay proporción sexual, no somos iguales vos y yo, no nos tenemos que dar cuenta de lo mismo al mismo tiempo. A eso me refería.

–Sergio, cuando Colette Soler dice eso dudo que se refiera a que está bien que vos imagines penetrar a mi hermanito estando conmigo. ¡No quiero volver a darme la vuelta con vos!

–Creo que los dos estaremos de acuerdo en que él es un bebé.

[Escrito: lunes 10/02/2014]

martes, 11 de febrero de 2014

22

Sube la bruma, de esa que congela el alma en cada respiro a medida que cae el sol de la mano de la sombra de no saber si con el día siguiente morirás o si una bala perdida se encargará de tal labor antes de que salga la primera estrella esta noche. Medellín en tiempos paracos.

Cuando has vivido mucho tiempo en un mismo lugar, puedes reconocer los más mínimos cambios que, artilleramente, atacan la costumbre. Aquel hombre sabía, en medio de su estricto calendario, que esa bruma ya no era la misma de hace 20 años, que en octubre la neblina era espesa en aquel entonces, pero ella cada vez está más lejos y ahora sólo se puede dormir con una delgada sábana. Él sabe que, sin sábana, no podría dormir.

– ¡El calentamiento global es una mierda! –repite una y otra vez pensando en el insomnio, lo recita religiosamente día tras día recién entrada la tarde, a eso de las 6, cada vez que no siente el aire helado que antes mecía su larga y oscura cabellera al son de las campanas de la iglesia, aire que ahora se ve remplazado por un vaho o bochorno que le produce nauseas a Natalia, quién está sola en el balcón tomando aire y mirando al oriente. 

Efectivamente, su vida se acaba, pero ella sólo lo sospecha cuando sus cabellos castaños se quedan entre los dedos de sus amados eventuales. Ella recuerda el preámbulo de algún bardo, de cualquier Cortazar de mirada penetrante y pelo enmarañado que se regala a un reloj. Ella lo cita al pie de la letra, sin saltarse una coma, sin comerse un acento o un suspiro y él pierde los estribos: “Don Fama”, como le dice la Cronopio burletera.

El sospecha que nació regalado al sol y a la luna, a su calendario, así que intenta ajustar su aliento al ritmo de ellos, al oscilar de los astros y al de este mundo frenético con luces de neón o tungsteno; un mundo del cual se siente alienado. Ella le produce un encanto que le resulta difícil de creer: sus piernas diligentes no distan mucho de las manecillas del reloj que tanto le conmueven. El blue-jean  desteñido que hoy la acompaña sin duda desafía incluso la delgadez eterna de las manecillas al demarcar, cuidadosamente, como una caricia, sus nalgas esbeltas pero firmes. – ¿Quién diría que ese tic-tac tuviera un perno tan fuerte? –dice él para sí. Siente él que esa angustia  le domina por intentar no dominar a Natalia y nunca ajustarla a su reloj, pero bien sabe que esa es la naturaleza de esa relación. Él se irá mañana le guste o no, para volver en un mes, o la otra semana, o quizá nunca más. Sabe que hoy tendrá problemas para hacer el amor, está nervioso y ella no parece estar de buen humor. Suspira profundamente y sale resignado, junto a ella, al balcón.

– ¡Me siento envejecer, Andrés! –Dice Natalia en tono de reclamo –Siento que mi juventud se va como el día, se me escapa de mis dedos. Dime… ¿Acaso ya no te excita mi cuerpo? Ya no me tomas por sorpresa como antes robándome los besos. ¿Mi piel está ya muy ajada para ti? Quizá viste una cana en mi coronilla que aun no he expiado, o una arruga que la base no pudo ocultar. ¡Pero también tú estás hecho una mierda! ¿Lo sabías? ¡No tienes ningún derecho a juzgarme, desgraciado!
–Estúpida. Sólo tenemos 22.

[Escrito: miércoles 01/08/2012]