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domingo, 16 de febrero de 2014

…porque, gracias a Dios, ¡no soy platonista!

Virtuoso, by Alicexz
Sherlok
Extraído de: http://alicexz.deviantart.com/art/Virtuoso-256536410
Tras leer algunos fragmentos de los Diálogos de Platón y otros fragmentos de la Ética nicomaquea de Aristóteles, cabe concluir que en la actualidad leemos por fragmentos, de ahí que sepamos fragmentadamente. Descuartizado también es un adjetivo útil para esta descripción.

Sócrates es un personaje triplemente oscuro para nosotros. Se dice que los diálogos socráticos, algunos más que otros, están permeados por el pensamiento platónico durante su transcripción, de modo que es complicado separar al uno del otro en los restos literarios que nos queda de la existencia de Sócrates, siendo este un primer motivo. El segundo motivo está dado en el juicio que le pone fin a su vida, juicio enmarcado más en intereses políticos que en hechos y deliberación clara, con la consecuencia de que enturbia aun más cualquier lectura histórica que pudiera realizarse al respecto. El tercer asunto es el hecho de que este sujeto no escribe, sino que sólo quedan de él algunos relatos y múltiples referencias que nos sirven para dar fe de su vida pasada, pero que nunca son suficientemente claras: de Sócrates sólo sabemos chismes, unos más corruptos que otros. Esto va a la par con el hecho de que este hombre se regocija en el no saber nada, de modo que sólo sus movimientos dialógicos son susceptibles de descripción.

La conclusión de Sócrates en el diálogo con Menón sobre la virtud (Areté) es que esta “viene por un don de Dios a los que la poseen. Pero nosotros no sabremos la verdad sobre esta materia, sino cuando, antes de examinar cómo la virtud se encuentra en los hombres, emprendamos a indagar lo que ella es en sí misma”. Es una conclusión complicada, en el sentido de que anteriormente se había indicado que, al menos un componente fundamental de la virtud, era la sabiduría, relacionada con la prudencia. Aun así, Sócrates declara no saber qué es la virtud con certeza. 

En cualquier caso, una persona virtuosa estaría caracterizada, para Sócrates, por la sabiduría y la prudencia que impregna todos sus actos, dándole la capacidad de gobernar bien a través de conjeturas u opiniones verdaderas, concediéndole así la habilidad de administrar bien a través de la facultad propia de un adivino, una facultad que no llega  ser ciencia, pero no por eso es desacreditada aun cuando, debido a esto, no puede ser enseñada, sino que es un don de la divinidad.

No obstante, pensar que esta facultad de opinar o conjeturar sabia y prudentemente deviene del designio de alguna divinidad dejaría al ser humano sujeto al designio de esta divinidad o, dicho de otra manera, sujeto a aquello que quisiera proyectar en el tótem de turno, condenado a repetirse una y otra vez ciertas proyecciones y ciertos destinos…cosa que no es muy distinta a lo que hemos hecho durante más de un milenio y medio de judeo-cristianismo institucionalizado en occidente aun cuando, curiosamente, los hechos y las consecuencias de esto parecieran más motivadas por la culpa que por la búsqueda de ser sabio o virtuoso, de ahí la importancia de leer a Nietzsche tras egresar de un colegio católico: por estar en paz consigo mismo tras el des-cierto. Freud y Foucault también ayudan, desde que no se los endiose también.

Así, el planteamiento de Aristóteles resulta más amable para aquellos que no se han relegado eternamente (eterno porque va más allá de la vida misma) a la posición de esclavo de un ente (cosa) que no está. La virtud aristotélica puede ser intelectual o moral. La intelectual, como capacidad de pensar y conocer, se adquiere por el nacimiento; mientras que la moral es el resultado del hábito, de modo que queda en manos del ser humano hacerse virtuoso a través de la disciplina y el hábito de obrar adecuadamente para cada caso, acorde con el “justo medio”  y la “frónesis” (sensatez), llegando así a la “excelencia moral”.

En el caso aristotélico hay una intrincada red de elementos que es necesario tener en cuenta para hablar de un personaje virtuoso, como el hecho de que la conducta no puede tener un perfil preciso pues, además de que no tiene fijeza, depende del carácter de cada uno y aquella conducta justa y sabia variará de caso en caso, dándole origen a un estudio casuístico del Bios-Ethos en contraposición a ideas generalizadas de lo que es virtuoso o vicioso, de lo que está bien o lo que está mal. No obstante, Aristóteles define la virtud desde un principio general: una postura del justo medio y la prudencia que se mantiene frente al placer y frente al sufrimiento que impregnan toda acción humana, siendo esta sostenida por una disposición del carácter que se forma a través de la acción, del hábito pues “debemos ser justos realizando actos justos y debemos ser personas equilibradas, realizando actos equilibrados”.

Las acciones virtuosas para él tienen ciertas condiciones: 1) un conocimiento del asunto que, según expresa, tampoco es determinante para actuar virtuosamente, llegando en este tema a una conclusión similar a la socrática; 2) debemos escoger los actos (medios) que estén más acordes con los fines. En este punto, saber de la virtud puede ser útil, pero tampoco es determinante, reiterando la visión socrática de la importancia de la conjetura verdadera y sabia; 3) “la acción debe estar firmemente apoyada por un carácter firme e infranqueable”, punto que entra a remplazar el origen de la virtud en Sócrates.

Cómo ya habíamos abordado, para Sócrates la sabiduría y la prudencia que hacen virtuosa a una persona vienen por intercesión divina, de manera que sólo a través del don de algún dios (fuera un dios como tal, el Eidos supremo, la Idea suprema de bien o un ídolo) se puede alcanzar la dignidad de ser virtuoso y, por tanto, de ser divino. No obstante, como un humano divino, un humano virtuoso, no puede enseñar la virtud, podría diferenciarse la dignidad de un dios de la de un hombre en el sentido de que el primero si puede enseñar de la virtud a un hombre, siendo entonces dos forma de divinidad distinta. Para Sócrates, el hombre se vuelve divino en el sentido de que es bello, es hermoso y puede ser tomado como un bello ejemplo de lo virtuoso, más no por eso asciende a la dignidad de un dios debido a que no tiene las mismas facultades que este, como donar la virtud a un mortal.

Para Aristóteles, en cambio, el acto virtuoso de un hombre deviene de su carácter, que determina las acciones que dicho hombre realiza pero, al mismo tiempo, estas acciones se convierten en hábitos, determinando el carácter y dándole origen al acto virtuoso. Así pues, una persona no se vuelve divina o virtuosa, sino que sus acciones son virtuosas; la persona se vuelve excelente moralmente y puede tener cierta autoridad por esto, pero no hay tal como un hombre virtuoso en sentido de que el hecho de que encuentre el justo medio para una conducta no significa que lo encontrará para otra, pero un carácter firme e infranqueable en la prudencia y la sabiduría práctica tenderá más al actuar virtuoso frente al actuar vicioso, es decir, tenderá al justo medio y a la ética, remitiéndolo a la sofrosine. 

Incluso, visto de este modo, el esforzarse excesivamente por ser virtuoso sería un tipo de desmesura para Aristóteles, pero no es claro si lo sería para Sócrates desde lo planteado en el diálogo con Menón pues, si bien la virtud está mediada por la sabiduría, no se plantea un límite en explícito en que la búsqueda del “bien” sea desmesurada.

A demás, en la Ética nicomaquea también encontramos que el acto virtuoso no puede darse si no es a la par con la razón, es decir, no sólo con el pensamiento, sino con el razonamiento moral, la reflexividad y un empleo de “lo razonable” tanto para los medios como para los fines o, dicho de otra manera, un estudio serio de aquello que implica actuar de un modo u otro. A demás, al incluir el tema del placer y el sufrimiento en el alma humana nos adentramos a una teoría psicológica seria, una postura medianamente desligada de la esclavitud a una deidad y, por lo tanto, también nos adentramos en una teoría del Ethos de aquel que vive su vida con prudencia y sabiduría, sin desmesura.

Es este, por tanto, uno de los antecesores claros a la aparición del ser humano como objeto de estudio de la ciencia, de ahí que sea comprensible el que el cristianismo haya exiliado (o interpretado a su manera) a esta corriente de pensamiento por tanto tiempo. Al hacer al ser humano dueño de su posibilidad de actuar virtuosamente, en vez de dejar este asunto en la metafísica teológica, se le hace también responsable al hombre por aquello que hace de sí y amerita, a la par, investigaciones en torno a aquello que hace al hombre lo que es y aquello que el hombre puede hacer con eso. Amerita pues, un estudio profundo del carácter de sí mismo y un estudio geométrico del mundo, pues las grandes verdades del mundo, a demás de ser inútiles y simples, son al menos parcialmente inamovibles.

Es aquí cuando la visión del gran peripatético cobra un gran sentido pues permite, a través del estudio empírico de las cosas, conocernos a nosotros mismos y conocer el mundo en general, pero no nos quedamos en una rendición ante la imponencia del mundo y de nuestro carácter, sino que nos abre la gran ventana que representa la posibilidad de hacerse cargo de sí mismo, de construirse frente al vacío de ser, constituyendo así la vía del camino del asceta que puede construir su propio destino en el perfeccionamiento de sí.

Resulta ventajoso pensar que el equilibrio, la cordura y la moderación, a la par con la felicidad o la “plenitud del ser” (eudaimonia) pueden devenir como consecuencia de la disciplina de una persona y no del capricho de algún dios, pues le da al ser humano la capacidad de ocuparse de sí y no quedar relegado al deseo de un otro, sea imaginario o real, o incluso al designio de la reminiscencia o del destino declarado por algún Tiresias:  otorga la posibilidad de construir el propio destino, la propia posición frente a las pasiones del alma y la utilización justa de las facultades en búsqueda de la felicidad propia, en vez de buscar ser un ejemplo para los demás, como un viejo sofista. Así, es conveniente dejar de lado (aunque sea un poco) la idea de un dios que nos determina y, así, poder conocer el propio carácter a fondo para hacer posible el hacerse dueño ético (nunca omnipotente) de sí mismo, para volverse constructor de su propio destino, ejecutor de sus justos medios, un elector prudente y sabio de una vida que valga la pena ser vivida en pro de la felicidad.

Al menos para mí resulta cómico pensar que, al menos en la noche de hoy, yo puedo decir que me siento feliz porque, gracias a Dios, ¡no soy platonista! O bueno, no tanto como mis padres, y eso ya es ganancia.

[Escrito: martes 17/09/2013]