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jueves, 20 de febrero de 2014

De los niños quemados a las mascotas asustadas

Sin cuestionar los motivos, las razones o, en general, las prácticas que cada uno pueda tener, amar u odiar en esta época, quiero compartir una pequeña inquietud que lleva algún tiempo con-moviéndome: Cuando era más chico, recuerdo la gran cantidad de propaganda en televisión, en el periódico, en la radio y en el voz-a-voz que alertaban a las personas a ser cuidadosas con la pólvora para evitar accidentes en diciembre y, en especial, exhortando a los padres y adultos a que tuvieran un ojo fiscal con los niños para que no jugáramos con la pólvora; era el tiempo del drama de “los quemados” en diciembre y, particularmente, era el tiempo de la tragedia de “los niños quemados por la irresponsabilidad de sus padres” y las fotos de estos infantes con medio cuerpo calcinado y vendados en el hospital... claro está, eso no me impidió jugar con las clásicas “chispitas mariposa” en Barranquilla o aquí en Medellín, o tirar unos cuantos voladores a escondidas aun con el pavor que me causan los ruidos fuertes. Bueno, la navidad me pone nostálgico, seguiré con el hilo.

Este año, por los mismos medios y especialmente por las redes sociales como Facebook, he visto un enorme movimiento de crítica frente al uso de la pólvora en Medellín en diciembre, pero esta vez enfocado al perjuicio nervioso que el uso de pólvora puede causar en las mascotas, perros, gatos, roedores, aves, y demás animales que habiten en los hogares de las personas de Medellín (exceptuando a los políticos, especie que nadie parece defender por estos días). A cambio de esto, he escuchado y leído muchísimo menos el clásico llamado de atención a los padres por el cuidado de sus hijos o por el manejo responsable de la pólvora. Así pues, a la par con este movimiento, parece que se desplaza la inquietud y crítica por el cuidado de los niños hacia la inquietud y crítica hacia la vida culturalmente definida como zoológica, pero a su vez, he notado un desplazamiendo del odio, originalmente dirigido a los padres irresponsables, hacia toda persona que haga uso de la pólvora en esta época como modo de celebración, como motivo de reunión familiar o como ejercicio del ocio en vacaciones o fines de semana, entre cualquier otro motivo que pueda haber para ello.

Hace un tiempo, motivado por el asunto del llamado “túnel verde de envigado” y la disputa con el Metroplús en agosto, escribía acerca de lo que en ese entonces nombré como un “Nazismo eco-zoológico”. En esta ocasión, de modo más cuidadoso (a mi parecer), cuestionaba el por qué parecía que el modo de preocuparse por la ecología y la zoología actualmente implicaba el odio o la denigración del resto de la humanidad que no seguía la doctrina que cada cual o cada grupo defendía, dando pie a una pequeña forma de nazismo individual o grupal, un fascismo argumentado en lo que cada uno considera correcto para sí y para el mundo y en la ridiculización del que piense diferente.

Con esto no pretendo generalizar este tipo de concepciones o prácticas en todos los que siguen pensamientos de este tipo, pues obviamente no todos son así. Así mismo, tampoco pretendo criticar los motivos o argumentos que cada uno tenga para opinar o actuar de cierto modo o para propender por algún ideal en vez de otro, pues creo que cada uno puede delirar del modo en que le venga en gana. Pretendo incitar a la reflexión personal (valga la redundancia) en torno a los modos, los medios, las palabras y los mecanismos que cada uno utiliza para compartir e intentar hacer expansivos sus ideales, motivos o argumentos en la búsqueda de que otros los acaten como propios. Del mismo modo, también pretendo provocar el pensamiento al rededor de lo que implica la crítica, la ridiculización y la difamación de ese otro que no sólo no está de acuerdo con el ideal que usted persigue, sino que hace justo lo que usted tanto critica.

En este sentido, al menos en las formas en que los medios comunicativos son usados, no hay gran diferencia entre los que defienden causas ecologistas o zoologistas y aquellos que defienden causas políticas o religiosas de manera dogmática, cerrada, excluyente y terca en el sentido de que, sin cuestionar la validez de sus ideales o creencias, se encuentran absolutamente convencidos de que la propia convicción (valga la tautología) es la correcta; por lo tanto están dispuestos a enseñarla casi por la fuerza y además, enseñar que las convicciones de los otros se encuentran radicalmente equivocadas, sea por falta de razón, conocimiento, compasión, vivencias espirituales o algo diverso. Claro está que las anteriormente mencionadas no son las únicas causas fascistas de nuestros tiempos, pues en una cultura tan dicotómica, generalizante y excluyente como la nuestra, el paso al nazismo y a la aniquilación (real o simbólica) del otro se encuentra a un capricho y una llamada telefónica de distancia.

En cualquier caso, es inquietante para mí ver cómo se desplaza el amor al otro-humano hacia el amor por los animales o por las plantas y, simultáneamente, ver cómo emerge un gran asco por los gamines* y los adictos (aunque no falta el delirante mesiánico que se dedica a “salvarlos”) o, en este caso particular, emerge un gran desprecio a los amantes de la pólvora. Así que, ¿quién será más fascista? ¿Aquel que daña a la “naturaleza” para seguir el ideal del “progreso”, aquel que enerva a los animales con el deseo de pasar una feliz navidad (a su modo personal) con su familia, aquel que denigra del otro y ridiculiza sus prácticas por no seguir su partido político o corriente religiosa, o aquel que también denigra del otro y ridiculiza sus prácticas por no cuidar del medio ambiente o de la vida animal? Ahí les dejo para que piensen.


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*Gamín: Habitante de calle.
**En caso de que alguien tenga la duda: No, de ningún modo apoyo la ideología Nazi ni los ideales por los que ella propendía, las ideas que las sostienen o los retoños que de esta sobreviven hasta hoy. Ahora no me vayan a dar de baja a la salida de la universidad.

[Escrito: domingo 01/12/2013]