Nota: Este texto es de dos partes. Los dos lados de la moneda que la componen.
Nota 2: Yo sé que el segundo casi no se entiende. Gracias.
Nota 2: Yo sé que el segundo casi no se entiende. Gracias.
Amar.
¿Por qué me preguntas qué pienso del amor? –cuestiono–.
Me
gusta amar más de lo que le temo al amor, y más de lo que me desespera…que no
es poco.
En
cuanto a ser amado, bueno, aun me cuesta entender y aceptar el idioma en que se
encuentra cifrado el amor del otro porque, claro está, no es el mismo idioma
mío. El gran problema que los seres humanos tenemos con el otro es que no son
uno, entonces intentamos volverlos como nosotros aun sin darnos cuenta y
rabiamos ante no lograrlo; querella fútil.
El
amor me apasiona. Si, el amor es una pasión que hay que cuidar, pero también de
la cual hay que cuidarse, ambos en su justa medida. Aristóteles merece aquí una
mención.
También
me resulta apasionante hablar de amor. Es como intentar rodear esta sensación
indecible, indescriptible, arrebatante, e intentar hacerlo un poco más preciso
y conceptual, como si eso fuera a darle alguna solidez, como si pudiera hacerse
menos etéreo y más tangible para nosotros… y después soltarlo con la
tranquilidad que me brinda saber que nunca pudo haber sido asido.
No
diría que este sea un esfuerzo infructuoso; todo lo contrario, lo veo como un
juego hermoso: es como tomar un poco de agua de un riachuelo frío y limpio con
tus manos, ver como ella se escurre lentamente entre tus dedos como una caricia
y, sin afán alguno, devolverla al riachuelo, el cauce del que viene, con
delicadeza para que siga su curso cuesta abajo. Tan sólo esa sensación, el frío
en las manos, la humedad, el transcurrir… tan sólo con eso basta para que valga
la pena, sin importar que se haya extraído exitosamente agua del riachuelo o
no.
No
se ama para ganar algo, cosa que no hace al amor útil o inútil. Se ama porque
se desea y eso basta para justificarlo de principio a fin. El deseo basta para
hacernos saltar al vacío de la otredad una y otra vez, cuantas veces sea
necesario y, aun cuando siempre duela, también siempre valdrá la pena.
El
movimiento al amar es, como al hablar del amor, un acontecer constante, un
devenir incesante. El amor no se tiene, tampoco se tiene un novio o una novia;
no es algo que se pueda tener. El amor se vive y siempre en infinitivo, como si
cada instante estuvieras en un “amar” que es sucedido por un nuevo “amar”, y
así infinitamente: “Amar. Amar. Amar. Amar”. Se vive distinto a cada instante
porque a cada instante somos distintos, todos, vos y yo, la persona de la que
estés enamorado o enamorada… todos cambiamos a cada instante y, en este
instante, ya ni vos ni yo somos los mismos del primer párrafo. Se ama por hoy,
aquí y ahora; bien podríamos decir “te estoy amando” en vez de “te amo” sólo
para recordarnos de la temporalidad del deseo y lo impulsivo de la pasión.
Intentar
asirse al amor es matar la pasión, estancar al deseo. No hay forma de aferrarse
a una vivencia como no hay forma de tomar todo el mar con tus manos: sólo
puedes vivirlo, sentirlo, disfrutarlo por el instante que dura y dejarlo pasar
como el agua que se escurría entre mis dedos en ese riachuelo en Barbosa. Si no
amas el transcurrir, si no aprendes a disfrutarlo, mucho te costará amar lo
finito en tu vida y disfrutar de tu vida finita.
El
deseo fluye y siempre estamos deseando nuevas cosas, personas distintas. Fantaseamos
con otros rostros y otros cuerpos, o con el mismo de mil y una maneras
diferentes. Por eso el amor es un salto al vacío, un bello intento por hacer
frente al avismo que nos separa de la otredad y hasta de nosotros mismos. El
amor es entonces una ligazón improvisada pero recursiva que siempre se está
moviendo y cambiando, no hay cómo aferrarse de aquello que no tiene asidero
alguno.
Y
este pequeño texto también es amor, también es un salto, uno renovado, un salto
hacia quién pueda leerlo y disfrutar de mi modo de rodear el amor con palabras
para soltarlo tranquilo. Estas letras son un regalo para quién pueda escucharme
decir con sinceridad: del amor yo no sé, y amo como escribo: apasionadamente.
[Escrito: madrugada del martes 27/01/2015]
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(…)
Tenemos
un muerto que nos une, el deseo que nos interpela, la lujuria que nos atañe y
un ideal que –sin darnos cuenta– toma carne, toma nuestra carne para hacerse
vivencia como un acto de Creación, “un agenciamiento” diría Deleuze, el
agenciamiento de una relación, sea cual sea, pero tejida por dos deseantes que
no cesan de devenir, acontecer y fantasear (se). El delirio es la condena de
crear por accidente.
La
Cosa (Das Ding) es el sexo y el amor
que acontece desmedido entre estas débiles cañas azotadas por el colérico mar
que nos engendró, Pontos, quién a diario nos reclama para sí en las
profundidades. Somos la espuma del Archipiélago de Hölderlin, somos Jonia que
florece en la voluptuosidad, que emerge en el horizonte como el sueño de un
loco: un sueño más tangible que la propia realidad, un mundo distante y, sin
embargo, posible. Extrañamente posible. Un sueño que se experiencia
internamente, con mayor intensidad que la vida misma… somos deseo que florece
en la costa griega, tan intenso que necesitará palabras nuevas para intentar
expresar lo que nunca se ha podido decir; por ello el amor requiere de nuestros
cuerpos y no sólo de palabras. Nos toma por la vida, nos sacude con fuerza y,
antes de que nos demos cuenta, terminamos por aferrarnos exhaustos y asustados
a otro cuerpo embriagado en la misma locura.
Cuando
amamos volvemos a nacer en el límite de lo posible, rozando la muerte y la
otredad. Amar es un riesgo enorme, pero
quizá es el único riesgo que de verdad vale la pena correr en esta vida.
(…)
[Escrito: madrugada del miércoles 28/01/2015]



