En este punto, es evidente para mí que las vías del
organismo y las de la mente humana son distintas, paralelas pero simultáneas, de un modo
similar a como lo planteaba Spinoza reformulando las sustancias cartesianas.
Cada vez que vomitaba o mi organismo lo intentaba, me sentía
profundamente dividido por lo ominoso e
intrusivo de este impulso, además del recuerdo el olor y el sabor ácido
de la sustancia en cuestión, y también me sentía incómodo por la insistencia en ese método tan desagradable para cuidar de su “salud” o “bienestar” de esta cosa viviente que
supongo habitar, términos que no estoy dispuesto a discutir en estos
momentos y que utilizaré de manera provisional.
Así es como ayer, producto de una indigestión, tuve la
oportunidad de re-elaborar esta cuestión. Me sentía terrible al despertar entre 2
y 3am, caminé con prontitud, pero
tambaleante, a un baño en el que pudiera vomitar con calma. Curiosamente, por
primera vez, me sentí a gusto con el modo que tenía mi organismo para
mantenerse sano porque en el camino de pocos metros tuve tiempo de considerar –ya que siempre estoy pensando,
a cada instante– que me encontraba transitando por un malestar enorme y, por lo
tanto sería mejor expulsar esa comida en vez de esperar a que mi organismo
lograra digerirla a cabalidad y me exigiera otros trámites en una clínica a la
mañana siguiente.
Así es como me dispuse con toda la tranquilidad que podía
reunir en ese instante a trasbocar e
increíblemente, pude sentirme uno, no dividido, sino una suerte de ser completo
con mi organismo. No peleé con su impulso, sino que le permití llevarlo a cabo
y me dispuse para ello, en otras palabras, me dispuse a sentir sin reparos a mi cuerpo, mi organismo, mi
malestar, mi frío, mi sueño, mi cansancio. En ese instante, por terrible que
parezca, fui vómito. De ese modo es como me di cuenta de que, si bien la mente
y el organismo son cosas de órdenes distintos, en la medida en que uno acepta
su organismo y le permite ser a cabalidad, incluso con esas cosas que no nos
gustan, existe la posibilidad de sentirse uno, de no sentirte tan perpetuamente
dividido e irreconciliado consigo mismo, de hacer consciencia por un breve
lapso de tiempo que la escisión es imaginaria, de que no somos ni el todo
absoluto ni la nada absoluta, de que somos uno y de que sólo uno somos aun cuando aparentemente haya una legión entera conviviendo dentro de cada uno de
nosotros en la forma de voces, sentimientos y opiniones encontradas… Si, en eso pensaba en ese instante, antes de pensar que seguramente “no
estaba dando un buen ejemplo”, no sé muy bien por qué.
De nuestras vivencias como ser vivo, es decir, de nuestros
aconteceres orgánicos, únicamente solemos rescatar a través de la palabra lo
que nos disgusta, lo que nos produce malestar, lo que consideramos que está
mal, a tal punto que pensamos todo el día en ello y terminamos por olvidar de
que en nosotros también hay una sustancia viva que lucha por sobrevivir, por
vivir saludablemente a cada instante con los mejores métodos que conoce y que
han dado resultado hasta ahora, incluso cuando nosotros no gustemos de ellos. Una
gripa de lunes por la mañana es un buen ejemplo.
Los ámbitos que consideramos propiamente “humanos”, por
ejemplo las consideraciones del orden de la ética o la estética parecen
perseguir un sentido completamente distinto a las preocupaciones (si es que así
puedo llamarles provisionalmente) del organismo en sí mismo, a tal punto que
por la propia ética o moral, una persona puede no matar a alguien aunque de ello
dependiese la vida de su organismo. Así pues, aunque estas preocupaciones
“humanas” estén orientadas hacia una idea de “bienestar” teóricamente holista, puede terminar por mutilar los
modos que el organismo ha dispuesto para su propio bienestar, como la formación
de pulgares oponibles que le permiten utilizar "Ser y tiempo" de Martín Heidegger como arma contundente.
Para hacer más comprensible el anterior punto resulta conveniente traer a colación un ejemplo, a saber, la consideración estética de la depilación del
vello en distintas partes del cuerpo que, si bien es una acción que se desarrolla
en una propensión consciente por el “bienestar”
psíquico, estético y social en pro de la belleza propuesta por la cultura que
transverzalisa incluso estas letras, también puede ir en contra de la
supervivencia del organismo en cuanto el pelo se encarga originalmente de
proteger la piel y órganos delicados del frío, de la suciedad y de infecciones,
a tal punto que la depilación constante en los genitales (tan aclamadas en
estos tiempos) puede ser un factor de riesgo importante para desarrollar
infecciones en dichas zonas y aun así es considerado estético. Me refiero pues, a este tipo de divisiones entre
los modos en que el organismo garantiza su supervivencia y los modos en que
los seres humanos buscamos nuestro “bienestar”,
pues conozco varias personas que sienten un disgusto profundo con su organismo por
la cantidad de pelo que tienen en varios sectores de su cuerpo.
Para sentirse uno –al menos por ahora lo concibo así–, es
necesario sentirse bien consigo mismo, de modo que es prioritario aceptar lo
que se es en vez de pelear con ello, además de que llevar a cabo semejante
contienda contra la fuerza inamovible que es el organismo es una pérdida de
tiempo ya que es una suerte de máquina (lo digo metafóricamente) viviente que
empeña toda su energía en seguir siendo como es, haciéndose una potencia
constante e incontrolable que nos empuja hacia la vida y hacia la muerte al
mismo tiempo, aun cuando eso le implique a muchas chicas a tener un pequeño
bigote, o que a mí me implique vomitar cuando no quiero.
Mi conclusión es que, si tengo que vomitar, prefiero hacerlo
sintiéndome uno, en vez de sentirme la legión batallante y agotadora que suelo encarnar ante aquello que me cuesta aceptar; sin más remedio pero a gusto con ello, acepto
vomitar. Los y las demás pueden seguir peleando con su bigote, con ser gordas o flacas, altos o bajitos, con tener nalgas prominentes o carecer de ellas… o todas las
anteriores al tiempo.
[Escrito: sábado 15/02/2014]
