Mostrando las entradas con la etiqueta Organismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Organismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de febrero de 2014

Uno: a propósito del vómito, el cuerpo y el organismo

Hasta donde me alcanza la memoria, recuerdo el especial disgusto que siempre me ha producido la idea y el acto de vomitar. Se trata de un impulso que el organismo lleva a cabo aún cuando uno no está de acuerdo y, por mucho que uno se resista, terminará por ceder al irrefrenable e incontrolable ímpetu que emerge de las profundidades del estómago, pasando con velocidad y potencia por la garganta hasta salir disparado por la boca; es un organismo que hace todo cuanto puede para cuidar de sí.

En este punto, es evidente para mí que las vías del organismo y las de la mente humana son distintas, paralelas pero simultáneas, de un modo similar a como lo planteaba Spinoza reformulando las sustancias cartesianas.

Cada vez que vomitaba o mi organismo lo intentaba, me sentía profundamente dividido por lo ominoso e  intrusivo de este impulso, además del recuerdo el olor y el sabor ácido de la sustancia en cuestión, y también me sentía incómodo por la insistencia en ese método tan desagradable para cuidar de su “salud” o “bienestar de esta cosa viviente que supongo habitar, términos que no estoy dispuesto a discutir en estos momentos y que utilizaré de manera provisional.

Así es como ayer, producto de una indigestión, tuve la oportunidad de re-elaborar esta cuestión. Me sentía terrible al despertar entre 2 y 3am,  caminé con prontitud, pero tambaleante, a un baño en el que pudiera vomitar con calma. Curiosamente, por primera vez, me sentí a gusto con el modo que tenía mi organismo para mantenerse sano porque en el camino de pocos metros tuve tiempo de considerar –ya que siempre estoy pensando, a cada instante– que me encontraba transitando por un malestar enorme y, por lo tanto sería mejor expulsar esa comida en vez de esperar a que mi organismo lograra digerirla a cabalidad y me exigiera otros trámites en una clínica a la mañana siguiente.

Así es como me dispuse con toda la tranquilidad que podía reunir en ese instante a trasbocar e increíblemente, pude sentirme uno, no dividido, sino una suerte de ser completo con mi organismo. No peleé con su impulso, sino que le permití llevarlo a cabo y me dispuse para ello, en otras palabras, me dispuse a sentir sin reparos a mi cuerpo, mi organismo, mi malestar, mi frío, mi sueño, mi cansancio. En ese instante, por terrible que parezca, fui vómito. De ese modo es como me di cuenta de que, si bien la mente y el organismo son cosas de órdenes distintos, en la medida en que uno acepta su organismo y le permite ser a cabalidad, incluso con esas cosas que no nos gustan, existe la posibilidad de sentirse uno, de no sentirte tan perpetuamente dividido e irreconciliado consigo mismo, de hacer consciencia por un breve lapso de tiempo que la escisión es imaginaria, de que no somos ni el todo absoluto ni la nada absoluta, de que somos uno y de que sólo uno somos aun cuando aparentemente haya una legión entera conviviendo dentro de cada uno de nosotros en la forma de voces, sentimientos y opiniones encontradas… Si, en eso pensaba en ese instante, antes de pensar que seguramente “no estaba dando un buen ejemplo”, no sé muy bien por qué.

De nuestras vivencias como ser vivo, es decir, de nuestros aconteceres orgánicos, únicamente solemos rescatar a través de la palabra lo que nos disgusta, lo que nos produce malestar, lo que consideramos que está mal, a tal punto que pensamos todo el día en ello y terminamos por olvidar de que en nosotros también hay una sustancia viva que lucha por sobrevivir, por vivir saludablemente a cada instante con los mejores métodos que conoce y que han dado resultado hasta ahora, incluso cuando nosotros no gustemos de ellos. Una gripa de lunes por la mañana es un buen ejemplo.

Los ámbitos que consideramos propiamente “humanos”, por ejemplo las consideraciones del orden de la ética o la estética parecen perseguir un sentido completamente distinto a las preocupaciones (si es que así puedo llamarles provisionalmente) del organismo en sí mismo, a tal punto que por la propia ética o moral, una persona puede no matar a alguien aunque de ello dependiese la vida de su organismo. Así pues, aunque estas preocupaciones “humanas” estén orientadas hacia una idea de “bienestar” teóricamente holista, puede terminar por mutilar los modos que el organismo ha dispuesto para su propio bienestar, como la formación de pulgares oponibles que le permiten utilizar "Ser y tiempo" de Martín Heidegger como arma contundente.

Para hacer más comprensible el anterior punto resulta conveniente traer a colación un ejemplo, a saber, la consideración estética de la depilación del vello en distintas partes del cuerpo que, si bien es una acción que se desarrolla en una propensión consciente por el “bienestar” psíquico, estético y social en pro de la belleza propuesta por la cultura que transverzalisa incluso estas letras, también puede ir en contra de la supervivencia del organismo en cuanto el pelo se encarga originalmente de proteger la piel y órganos delicados del frío, de la suciedad y de infecciones, a tal punto que la depilación constante en los genitales (tan aclamadas en estos tiempos) puede ser un factor de riesgo importante para desarrollar infecciones en dichas zonas y aun así es considerado estético. Me refiero pues, a este tipo de divisiones entre los modos en que el organismo garantiza su supervivencia y los modos en que los seres humanos buscamos nuestro “bienestar”, pues conozco varias personas que sienten un disgusto profundo con su organismo por la cantidad de pelo que tienen en varios sectores de su cuerpo.

Para sentirse uno –al menos por ahora lo concibo así–, es necesario sentirse bien consigo mismo, de modo que es prioritario aceptar lo que se es en vez de pelear con ello, además de que llevar a cabo semejante contienda contra la fuerza inamovible que es el organismo es una pérdida de tiempo ya que es una suerte de máquina (lo digo metafóricamente) viviente que empeña toda su energía en seguir siendo como es, haciéndose una potencia constante e incontrolable que nos empuja hacia la vida y hacia la muerte al mismo tiempo, aun cuando eso le implique a muchas chicas a tener un pequeño bigote, o que a mí me implique vomitar cuando no quiero.

Mi conclusión es que, si tengo que vomitar, prefiero hacerlo sintiéndome uno, en vez de sentirme la legión batallante y agotadora que suelo encarnar ante aquello que me cuesta aceptar; sin más remedio pero a gusto con ello, acepto vomitar. Los y las demás pueden seguir peleando con su bigote, con ser gordas o flacas, altos o bajitos, con tener nalgas prominentes o carecer de ellas… o todas las anteriores al tiempo.

[Escrito: sábado 15/02/2014]