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sábado, 31 de enero de 2015

Las disciplinas Psi (Ψ)

Una de las nociones que me ha ocupado este año es la delimitación: he emprendido un esfuerzo por delimitar los conceptos que habitan en mí. Este proyecto ha sido la parte académica de Alguna letra desnuda y continuará siéndolo unos años más, sin contar las implicaciones más subjetivas y literarias de ello.

Una parte importante de esta delimitación se ha movilizado por mi propia actividad terapéutica como practicante y por mis experiencias en terapia/análisis, de modo que, con un empujoncito a mi favor de parte de Santiago (mi analista), logré también tener alguna claridad de mi parte sobre cómo concebir las disciplinas Psi.

Aunque estas ideas que expondré a continuación aun tienen mucho por pulir y son dicotómicas en alguna medida, me satisfacen como conceptualización y me he sentido muy feliz desde que logré organizarlo… después de todo, con esto aclaro por completo el gran embrollo en el que conviven las disciplinas que se ocupan del alma humana y también me brindo amables luces a mi propia actividad como practicante próximo a graduarse.

También anoto que esto es lo que yo pienso en este momento de mi vida, que está sujeto a cambios y reorganizaciones y que yo me encuentro más que abierto a las sugerencias que cualquier persona tenga al respecto;

Aclaro que de ningún modo pienso que sean formatos rígidos: cuando se hace práctica de alguna de estas disciplinas, siempre se echa mano de manera más o menos consciente de las otras. Mi intención con esta delimitación es delimitarlas teleológicamente en la teoría y construir una pequeña guía para la práctica, pero no actuar de ente coercitivo.

Además, todos los procesos psicológicos, psicoterapéuticos, psicoanalíticos y psiquiátricos exigen un acto creativo tanto del psicólogo, terapeuta, analista o psiquiatra, como del paciente. Dicho proceso creativo no puede ser delimitado por la teoría, sino que es un producto subjetivo que emerge en el mutuo proceso.



Psicología: Logos y ciencia
La psicología es  la “ciencia” que estudia el comportamiento humano. Esto incluye el estudio del comportamiento, la cognición, el pensamiento, la emoción, la  motivación, el apego y todos los procesos psicológicos básicos y superiores.

Para este estudio, la psicología utiliza el método científico, valiéndose de un proceso investigativo que comprende  observación, exploración, medición,  evaluación, comparación, diagnóstico, pronóstico, análisis estadísticos y generalización.

Su objetivo es, a través del proceso investigativo bajo la metodología científica, lograr determinar las leyes generales que rigen el comportamiento humano, pudiendo entonces explicarlo a cabalidad humano y pronosticar con exactitud las conductas esperadas para un sujeto en determinada situación.


Psicoterapia: Foco, “enfermedad”, “cura” y cuidado
Conceptualizo dos formas distintas de psicoterapia de acuerdo a su aspecto teleológico aun cuando ambas operan por la “cura por la palabra” y ambas se enfoquen en algún tema en específico de acuerdo a la situación.

1.       Verdad y veredicción: Es una psicoterapia que pretende adaptar al sujeto a lo que este debería ser, independientemente de lo que ello sea, y sin importar el nombre de la “corriente” terapéutica.

En esta medida, conceptualiza los comportamientos que no se adapten a la conducta esperada como índice de “enfermedad mental”  o como “enfermedad” en sí mismos y ofrece la “curación” del sujeto como tal o de dichos comportamientos mediante su desaparición, pues son dañinos, enfermos, disruptivos, des-adaptativos, desorganizados, perversos, psicopáticos, patológicos, etc.

 Aquí se da un proceso de veredicción ya que el terapeuta le dice al sujeto la verdad sobre sí, es decir, se le dice qué o cómo debería ser y, posteriormente, se le dice cómo debería adaptarse a esto, cómo debería cambiar o cuál debería ser su transformación. Siendo así, el terapeuta es un vere-dictador, encontrándose ubicado en un nivel superior al paciente y gestando una relación vertical, una estructura de poder y dominación.

Busca adaptar al sujeto a:
  • La sociedad: El sujeto se considera un desadaptado que necesariamente debe ser readaptado a la sociedad, a una empresa, a un colegio… es decir, al comportamiento normal y moral, a lo considerado “bueno” en una situación específica por la cultura imperante.
  • El comportamiento esperado: Al pensar de manera evolutiva o desarrollista al sujeto, busca adaptarlo a lo que se espera de su momento evolutivo o condición  específica, como en el caso de una rehabilitación cognitiva tras un accidente.
  • Sí mismo: También existen nociones terapéuticas que hablan de un sí mismo al cual un sujeto debe adaptarse… claro, cada noción terapéutica tiene su propio sí mismo como horizonte.


Así, estas formas de terapéuticas tienen algo que ofrecer al sujeto-paciente: una verdad acerca de qué debería ser y una metodología que lo adapte, siendo esta el proceso terapéutico propiamente. Constituye entonces un movimiento pro-cultural en que se determina que la causa de todo sufrimiento es la desadaptación, que la desadaptación es una enfermedad y la cura es el proceso de adaptación, re-adaptación, psico-educación o reeducación.


Aquí, la cura por la palabra es unidireccional: el terapeuta “cura” al decirle al paciente qué hacer con su vida.


2.       No verdad – Principio de “no contradicción”: Es una psicoterapia que pretende acompañar, apoyar y ayudar al sujeto-paciente en el esclarecimiento de quién es él o ella y qué quiere, sea cual sea su deseo.

Para ello, se vale del cuestionamiento de lo aparentemente contradictorio en la formulación del deseo y en la postura que el sujeto toma frente a este o frente al mundo, todo en aras de dar soporte a este proceso de esclarecimiento, facilitándolo. Así, apunta a la gestión de una posición ética inédita, una creación personal del paciente para sí mismo.

De este modo, no se ofrece una cura como tal ni una verdad al paciente desde la cual pueda leerse, sino la posibilidad de agenciar un proceso de re-posicionamiento subjetivo y de elaboraciones que le permitan sufrir y disfrutar de la vida de modos que le sean más agradables, de acuerdo a sus propios gustos.

Al ofrecer un espacio en el que el paciente mismo pueda esclarecer quién es y qué desea, da pie para la elaboración de una postura ética que le permita asumirse responsable de ello, pudiendo facilitar el cuidado de sí y de los demás en la medida que así lo desee.

La función de la palabra se da como vehículo comunicativo entre ambos sujetos que se ubican horizontalmente, ya que el terapeuta no tiene ninguna verdad que ofrecer al paciente. Además, ya que no se realiza una acción coercitiva o educativa frente a los deseos del paciente, este espacio terapéutico conforma un movimiento para-cultural o contra-cultural, dependiendo de la perspectiva en que se mire.


Psicoanálisis: Escucha y efectos terapéuticos
El psicoanálisis es una “psicoterapia” muy especializada. Siempre tiene como principal herramienta la escucha y conforma procesos relativamente largos si se comparan ante otro tipo de psicoterapias.

Aun cuando existan tipos de psicoanálisis que no son estrictamente terapéuticas, todos ellos tienen efectos terapéuticos que se explican a través del “la cura por la palabra”, el mecanismo catártico que Freud exploró y que conceptualizó complementariamente con el paso de lo inconsciente a la conciencia y, posteriormente, con la idea de que allí donde ello era, que devenga yo.

De acuerdo al enfoque y la orientación, puede ser de varios tipos pero con dos objetivos distintos, dando pie de nuevo a una división teleológica:

1.       Ofrece verdad: Hace un movimiento pro-cultura psicoanalítica al ofrecerle al sujeto la verdad de cómo él o ella debería ser, o qué debería hacer para considerarse un sujeto suficientemente “analizado”, adaptándosele a lo que este estatuto requiera .

Se puede identificar fácilmente porque son psicoanalistas con algo qué ofrecer más que su escucha, aunque sea el audaz (quizá demasiado audaz) ofrecimiento de puntuar el discurso de un sujeto que habla con miras a hacerle “atravesar” “el fantasma”; y sus efectos se pueden identificar aun con mayor claridad en las divisiones políticas de la cocina psicoanalítica.

Aquí, la condición de sujeto del analista queda relegada a una impostación acartonada, haciendo de esta una relación vertical fácilmente viciada por el exceso de poder que ya implica.



2.       No ofrece nada: En este caso, se hace un movimiento para-cultural psicoanalítico y un movimiento anti-cultural frente a la cocina política psicoanalítica.

El analista no busca el “atravesamiento del fantasma”, del Edipo o algún otro constructo teórico por parte del sujeto-analizante, sino que apunta al esclarecimiento de la fantasía que el sujeto hace por sí mismo, sin mayor influencia o dirección del analista. En este sentido, no tiene nada qué ofrecer más que  una escucha atenta (atención flotante) y su propia condición de sujeto para el encuentro analítico, condición que se pone en juego de manera horizontal.

Aclaro que esto no significa que sea un analista que calla, sino que respeta la subjetividad del analizante aun cuando pueda dar su opinión con tranquilidad como sujeto que se pone en juego, sólo que no la impone al analizante, ni puntúa sus palabras.

  • Nota: A nivel teórico y exceptuando el psicoanálisis freudiano que si ofrece una cura, se supone que ninguno de los psicoanálisis lacanianos tiene algo qué ofrecer al sujeto-analizante… Se supone que lo único que hace es acompañar el proceso “natural” del sujeto mismo de hablarse, sujetarse y re-sujetarse, nada más. De ahí que no tenga nada más que ofrecer que la escucha, alguna que otra pregunta y algún chiste.
    Siendo así, la idea de puntuar el discurso del sujeto es muy diciente pues ofrece noción de orden y verdad en el discurso, develando una estructura de saber-poder en el que se
    adapta a un sujeto a lo que el psicoanálisis espera de este en cuanto analizante, y es que “atraviese el fantasma”, ofreciendo también la certeza de lo que el analizante debe hacer consigo, y lo que un sujeto analizado debe ser, haciendo entonces las veces de represión. La aventurada pregunta que tanto se hace en la política psicoanalítica de “¿vos fuiste analizado por quién?” es consecuencia de esta situación.

    En este sentido, sólo el acto de preguntar con sinceridad hace justicia a la condición de sujeto tanto del analista como del analizante, al igual que la escucha.




Psiquiatría: Tratamiento médico y farmacología
La psiquiatría es una rama de la medicina dedicada al estudio y tratamiento de los trastornos mentales. Este tratamiento se da de modo farmacológico y tiene como objetivo evaluar, diagnosticar y rehabilitar a las personas con trastornos mentales, además de mitigar sus efectos y prevenir su aparición.


 Busca que las personas con trastornos mentales puedan adaptarse a la sociedad teniendo una vida “normal” de manera lo más autónomo posible, por medio del adecuado apoyo farmacológico.

 En sentido estricto, se trata de una terapéutica con la farmacología como herramienta principal para enfrentarse a la “enfermedad mental” y buscar la “salud mental”.

Cabe aclarar que aunque no exista una relación teórica estricta con el psicoanálisis, históricamente se han llevado de la mano debido a la relación médico-paciente. Aun así, eso escapa al enfoque científico de la psiquiatría.

Además, según pienso, a medida que la tecnología y los nuevos descubrimientos científicos lo permitan, la psiquiatría será subsumida por otras áreas del saber médico, en especial por la neurología. Este movimiento podía volver aun más parca la relación médico-paciente.




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Nota: Este es un texto completo, pero es una concepción que aun necesita ser pulida. Es mi primer esfuerzo por organizar las disciplinas Psi y de ningún modo pienso que esto baste para hacerlo... tan sólo es una concepción escueta, pero argumentable. Obviamente, aquí no me ocupo de su argumentación, sólo de su organización teleológica.

[El esquema en el que este texto se basa fue realizado el jueves 02/10/2014 y organizado el jueves 09/10/2014. Aun así, el texto como tal fue a penas redactado el domingo 26 y lunes 27/10/2014]

miércoles, 26 de marzo de 2014

Pensar el enfoque Psicosocial

Este semestre he estado participando en la universidad, ya por segunda ocasión, de un seminario llamado Intervención Psicosocial con el que cierro con brillante broche el tema de lo social en el pregrado de Psicología. En esta ocasión lo dirige un docente que está relativamente por fuera del grupo de docentes que habían llevado hasta ahora la insignia de lo “Psicosocial y sociocultural” en la facultad, pero que no por eso dejan de tener algún tipo de vínculos ideológicos entre ellos que no sólo desconozco, sino que me interesa no conocer, por mi propia salud mental. El caso es que este docente, con una perspectiva renovada del tema, nos ha recomendado lecturas con un vasto contenido que se han podido confrontar en el seminario con las discusiones en las que él mismo participa y nos brinda su punto de vista, de modo que nos han permitido darle una nueva mirada al aclamado enfoque Psicosocial..

A lo largo de las lecturas, ha quedado en evidencia no sólo en mi concepto, sino en el de otros estudiantes, que este enfoque además de tener un especial cuidado por el tema socio-cultural-histórico y contextual, también dedica la mayor parte de sus textos a hacer crítica de un paradigma científico positivista clásico que ya está caduco (cosa que ya muchos saben, incluso la gran mayoría de los mismos cientificistas), también a hacer crítica de modos de intervención que terminan por hacer más daño que reparación en el tejido social (acción con daño), y a proponer metodologías de acción o intervención que tengan en cuenta lo que el enfoque cientificista no incluye, y que puedan actuar o intervenir de un modo que no destruya el tejido social o re-victimice. En otros sectores textuales, hasta ahora más reducidos, proponen algunos conceptos que permitan la re-lectura de algún fenómeno, pero sólo en cuanto se contrapone a algún concepto que le atribuyen a los desarrollos conceptuales positivistas. Finalmente, también hay amplias revisiones de procesos históricos en comunidades específicas y recuentos detallados de intervenciones que van de acuerdo a los lineamientos de una acción sin daño en su literatura.

Así, no parece quedarnos claro qué exactamente es el enfoque Psicosocial más allá de lo que se pueda incluir y tener en cuenta de una mirada más social, cultural, contextuada y orientada a ciertos fines (reparación, derechos humanos…) en el marco metodológico de algún proceso investigativo o interventivo específico. Es esto lo que me he permitido llamar la Metodolatría Psicosocial, pues intentan traer a tierra una gran cantidad de discusiones teóricas, epistemológicas y ontológicas –que ya son suficientemente difusas en sí mismas–  a través de la conformación de una u otra metodología siendo esta la que encarna la “Psicosocialidad” del proceso, pero tal transpolación se queda sumamente corta a la hora de integrar las ideas con las prácticas, haciendo caso omiso al platonismo que habita en esto, pero que no es el tema de este texto.

Tras pensarlo con seriedad, he llegado a la conclusión de que el gran motivo de la Metodolatría Psicosocial –que es, curiosamente, del mismo tamaño que la positivista clásica– pareciera surgir de la imposibilidad de hacer mediar de un modo sintético, coherente y cohesivo (polifónico) las distintas escuelas de pensamiento que se pretenden reunir en este enfoque y que le sirven de sustento ecléctico. Esta difusión se puede leer con absoluta claridad si realizamos un paralelo entre las distintas posiciones ontológicas, epistemológicas, metodológicas, conceptuales de estas escuelas y del enfoque Psicosocial mismo, teniendo una especial lupa en los objetivos a los que estas propenden.

De esta manera, al no resultar un entramado teórico que permita e impulse el devenir práctico coherente y cohesivo articulado con este, el único modo que queda para hacer converger las perspectivas de estas escuelas en un solo enfoque es apilar varios de sus elementos constituyentes, que son seleccionados según resulte conveniente y de manera ecléctica, y ubicarlos uno tras otro a través del tiempo en la praxis. Dicho de otra manera, el modo de hacerlas converger es en la metodología, en las distintas etapas investigativas que hacen las veces de lienzo, como una matriz integrativa, un cascarón donde todos pueden caber, pero por partes.

Es así como se da origen a un enfoque se que ha especializado en la acción o la intervención (dependiendo del fundamento y objetivos), pero también ha tenido especial agudeza en la crítica a otras escuelas de pensamiento y perspectivas, en la formulación de metodologías y textos metodológicos, dando origen más a un conglomerado de metodologías interventivas que a un razonamiento o a un sistema de pensamiento cohesivo. Es por este motivo por el que este enfoque se presta tanto más para la moda técnica de la eficiencia, eficacia y repetición que para la forja de una “bella teoría” (episteme) que dé a luz una renovada visión-del-mundo (una Weltanschauungen o intuición-de-mundo para Wilhelm Dilthey), un nuevo paradigma que sirva de marco referencial o punto de partida al re-pensar los modos de acontecer humano en Occidente(s).

Resulta irónico detallar la manera en este enfoque critica tan fuertemente la visión cientificista y tecnocrática de la eficiencia, eficacia y repetición en las prácticas y modelos evaluativos modernos y, observar que paralelamente termina por encarnar una nueva expresión de eso mismo en numerosas ocasiones. Cabe aclarar que esto se ha visto fuertemente impulsado por los llamados de un pueblo que clama por un salvador (o un tirano canalla) ante sus angustias, sufrimientos e impotencias, ante lo cual han tenido un oído especialmente agudo las personas que han optado ejercer sus prácticas desde esta naciente escuela. Así mismo, este enfoque ha devenido de tal modo en cuanto la gran mayoría de sus desarrollos y conceptos son metodológicos, así que pueden incluirse en el formato de un proyecto de intervención motivado estatalmente como metodología “psicosocial” y ser vaciados de su contenido y de la mirada que le dan sustento dentro de esta visión teórica.

El enfoque psicosocial es una episteme joven que no hay logrado aun hacer grandes procesos de síntesis a partir del eclecticismo que da origen a toda teoría. Eventualmente podrá y desarrollará tales síntesis hasta consolidarse como un sistema de pensamiento en sí mismo a partir de investigaciones, casos, teorizaciones propias, de la mano con conceptos más que descriptivos, a saber, conceptos radicalmente fundantes, axiomáticos, que le permitan y le impulsen a cerrarse tras esta gran apertura inicial propia de la crisis epistémica y renovación paradigmática (Thomas Khun) y así, seguir el ciclo vital de las epistemes y las ciencias.

Este “rescate” de lo social en la psicología ha conseguido abrirnos los ojos ante las rancias positividades y otros prejuicios que aun habitan algunas de las áreas del saber humano y de las praxis alrededor de estas y que tienen vastas consecuencia; entre ellas:

  • Aletargar la capacidad crítica.
  • Dificultar el reconocimiento de las culturas, de las prácticas de las que esta se compone y mediante las cuales se recrea y expresa.
  • Incapacidad de tener en cuenta el contexto más que como una variable que dificulta la experimentación y la generalización.
  • Negación la importancia de la construcción y reconstrucción de entramados vinculares en cuanto tejidos imaginarios pero constituyentes del acontecer/devenir humano.
  • El demeritar el impacto subjetivo y comunitario  de los eventos transversales o internos a una comunidad, como lo son las guerras, las crisis socio-económicas y políticas, los desastres naturales, etc.
  • Entre muchos otros.

No obstante es necesario reconocer, aunque de modo resumido pero con un gran transfondo, uno de los grandes logros de estas positividades: La formación de teorías metodológicas que permitan la sistematización de la acción y el conocimiento, herramienta de la cual está siendo uso el joven enfoque psicosocial.

De igual manera, es necesario aclarar que cada teoría que se ha gestado ha descuidado siempre al menos un sector del acontecer humano y que no hay un modo posible de cubrirlo cabalmente, debido a que el lugar del existente (Martín Heidegger) reside justamente en la posibilidad. Se necesita humildad para reconocer y anunciar las falencias y vacíos de la propia episteme.

Entre las personas que ostentan el nombre de lo Psico-Social, se han descuidado muchas cosas al igual que en otras visiones. Además del descuido epistémico y sintético, quizá sea el individuo, el sujeto psíquico del paso a la conciencia y el darse cuenta en la clínica o en la terapéutica lo que se ha descuidado; pero a cambio, ha conseguido darle vida a la relación, al vínculo, darle nombre al acto de reconstruir una vida y un pueblo resquebrajado por la violencia en Latinoamérica, concediéndonos la posibilidad de re-evaluar el silencio cómplice del que se hace llamar víctima para perder la voz, encerrarse en su historia y pedir lo poco que el gobierno le pueda dar; nos brinda la posibilidad de vernos a todos como actores y no como simples desentendidos… comparto mi sincero deseo: que también nos brinde las herramientas para observar con detenimiento histórico el “eterno retorno de lo mismo” (Friedrich Nietzsche) cultural del que hemos venido siendo partícipes y gestores, del mismo modo que el Psicoanálisis nos ha hecho notar la repetición en lo subjetivo y familiar.

Me resta aportar con mis letras y mi pensar al proyecto de gestar autogestores, de provocar reflexión, de convocar al pensamiento sobre sí mismo y cada uno de los nombres que se ostentan: de pensar, junto a los psicólogos que han optado por actuar y hablar del enfoque Psicosocial, qué significa, a qué conlleva, qué sustenta, qué lo sustenta y qué implica ese nombre. Eventualmente este enfoque será una bella episteme como otras tantas, pero ojalá sea una consciente de sí misma en algo más que las anteriores, una episteme humilde que pueda anunciar sus limitaciones, prever las pretensiones de sus adeptos nominales dándole así, sin arrepentimientos, una puerta a los críticos que gesten el siguiente nombre, que formulen el próximo enfoque que entre a re-evaluar y nos haga re-pensar el que entonces será el nuevo discurso amo de lo Psicosocial.

[Escrito: martes 25/03/2014]

*Con esto doy por terminado mi problema con lo Psicosocial.

martes, 18 de febrero de 2014

La güevonada del psicólogo ó De la psicopatología a una ética de las pasiones

“§18. El moderno Diógenes. –Antes de buscar al hombre hay que buscar una linterna.¿Será necesariamente el cinismo dicha linterna?”

“§36. Hacerse hipócrita. –Todos los mendigos se vuelven hipócritas, al igual que todos los que ejercen su profesión en una situación de penuria y de angustia (ya sea esta situación personal o pública). El mendigo dista de sentir su miseria con tanta intensidad como [la] finge si quiere vivir de la mendicidad.”

Friedrich Nietzsche  El caminante y su sombra 1879 Aforismos 18 y 36

¿Uno si está así de feliz cuando va donde el psicólogo, terapeuta o analista?
Las estructuras clínicas planteadas por la psicopatología tradicional hablan de las diversas maneras de cómo el sujeto se implica en cuanto es “sujetado a”, es decir, hacen referencia a las formas particulares en que cada sujeto encuentra y construye para sí un qué hacer con su angustia y con sus pasiones en la dialéctica indisoluble de mismidad-otredad. De esta manera, si bien las clasificaciones psicopatológicas obedecen a urgencias estadísticas y clasificatorias, la terapéutica de los sujetos a los que se les da el nombre de “enfermos mentales” y a los que no, habita por excelencia en el ámbito de la discusión ética, en cuanto se trata del qué hacer que una persona puede ejercer sobre sí haciendo uso de su libertad o, en otras palabras, la forma en que cada sujeto se hace cargo de sí en cuanto es responsable de su existencia.

En la etimología griega de la palabra “patología”, nos encontramos la raíz Pathos que, al español, traduce Afecto o Pasión; de tal manera que la “psicopatología” y lo que actualmente conocemos como “enfermedad mental”, se convierten en adjetivos que se le otorgan a un sujeto que no hace con sus pasiones lo que la cultura de turno espera de este, a tal punto que la demanda que hacen muchos docentes de colegio al psicólogo, bajo la máscara de la eficiencia académica, es que hagan que el estudiante poco disciplinado se convierta en un estudiante normalizado, que calme sus pasiones hiperactivas y se convierta en un alumno impávido y sumiso: pareciera que el psicólogo ha encarnado a una suerte de “policía mental de la cultura”, como en la novela 1984 de George Orwell, en dónde existía una “Policía del pensamiento” para rastrear, atrapar, amedrentar y someter a los que pensaran diferente a la masa, a los que cometieran el crimen del “Libre-pensar”.

De este modo, el sujeto se encuentra sujetado a sus pasiones, pero también al mundo donde pretende llevarlas a cabo, es decir, se encuentra sujetado a su mismidad y a la otredad. Comprenderemos la mismidad como aquello que le es propio al sujeto, aquello que este es en sí mismo; mientras que la otredad la podremos comprender como aquello que le es distinto al sujeto, aquello otro que no es él mismo. Podríamos ubicar a las pasiones dentro de la mismidad del sujeto en cuanto habitan en él, pero nunca podríamos separarlas de la otredad, el mundo en el que estas se desarrollan y que en toda ocasión las influye, de tal manera que se establece una relación dialéctica entre estos dos aspectos: la mismidad no podría ser tal si no hubiera una otredad de la cual pudiera diferenciarse y de la cual emerger, y viceversa.

Lo anterior significa que la distinción entre mismidad y otredad es difusa, tal como sucede con el concepto de identidad en psicología, en el sentido de que no se tiene claro qué es nativo del sujeto y qué viene del ambiente, de manera que la figura de la Banda de Möbius nos sirve para ilustrar, a modo de metáfora, la dialéctica mismidad-otredad a la que el sujeto está sujetado. El cuerpo encarnaría, metafóricamente, esta Banda de Möbius, pues se encarga de establecer y vehiculizar la dialéctica adentro-afuera del sujeto. El cuerpo concreta para el sujeto toda posibilidad total de existir, de “ser en el mundo”, es escenario, acto y actor de toda sujeción, de las múltiples formas posibles de ser, de estar en contacto con lo mismo y con lo otro, siendo así el plano vincular por excelencia y, por tanto, posibilitándole al sujeto no desbordarse al establecer un límite de la mismidad y un plano de encuentro con la otredad. Por lo tanto, el cuerpo al que el sujeto está sujetado es tanto producto de lo genético, lo organísmico y la voluntad del sujeto mismo por el lado de la mismidad; como de lo ambiental, lo social y lo circunstancial por el lado de la otredad.

Banda o cinta de Möbius (Moebius) como metáfora ilustrativa y provisional de esta dialéctica.
Así, cada estructura clínica de la psicopatología tradicional enunciaría una forma en que el sujeto se sujeta a su mismidad y a la otredad, dándole origen a un modo específico de dar trámite a las pasiones y angustias que se desarrollan en las sujeciones y que tienen como escenario el cuerpo del sujeto, entablando una suerte de circuito que puede llegar a repetirse hasta lograr los patrones que suelen definir los psicólogos en el concepto de “personalidad”.

Las diversas investigaciones desarrolladas hasta ahora no han logrado un veredicto certero al respecto de qué facultades, predisposiciones, habilidades, preferencias y demás particularidades son específicamente innatas en los seres humanos, sin importar las variaciones de asuntos como raza, sexo, cultura, medio ambiente, etc. No obstante, ha sido posible concluir que no todo lo que habita en el sujeto tiene origen genético, como no todo lo que habita en el sujeto tiene origen en el aprendizaje, en el vínculo social o demás factores empíricos. Lo anterior nos permite concluir que existe una inmensidad de factores que son influyentes, transformadores y hasta determinantes en el proceso de conformación de un sujeto pero, a su vez, existe constancia de que en el sujeto también existe la posibilidad de auto-determinarse, de hacer uso de su libertad.

Si el sujeto no pudiera elegir cómo desea sujetarse, entonces sería imposible que este se hiciera responsable de su existencia, de sus acciones, de sus pasiones y de su postura frente a ello, cosa que nos obligaría, por ejemplo, a crear programas de salud mental deterministas, directivos y paternalistas, puesto que el sujeto nada podría frente a la otredad y frente a la mismidad. Es entonces necesario pensar la libertad como la capacidad de elegir frente a cualquier situación, de tomar una postura, de poder hacerse responsable del modo en que todo es afrontado en el acontecer humano. Sin libertad, no habría una ética posible pues no habría responsabilidad de sí, de sus actos y pasiones.

Al concluir esto, entonces es necesario anunciar una suerte de igualdad en los modos se sujetarse: si cada sujeto es libre y responsable de sí, entonces cada modo de sujetarse es posible dentro de su libertad, de manera que ningún modo de sujeción es más o menos en sí mismo que otro modo de sujetarse, ninguno sería mejor o peor, bueno o malo, sino que tan sólo son diferentes. Esos calificativos (bueno, malo, mejor, peor…) los aportará el discurso de la cultura de acuerdo a lo que espera del sujeto que participa en esta, como también los otorga cada sujeto en particular de acuerdo a su opinión personal que es formada en la dialéctica mismidad-otredad, pues queda claro que la cultura tiene un impacto en la formación de la opinión de cada sujeto. Cabe aclarar que dicho impacto y sus consecuencias varían enormemente entre un sujeto y otro.

Al hablar de un sujeto cuya opinión se forma en contacto con lo mismo y con lo otro a lo largo de su vida, se hace imperativo recordar cómo ciertos eventos en el acontecer humano dejan profundas huellas en su mente y su cuerpo, haciendo posible explicar, incluso a través del condicionamiento, el que a un joven le disguste cierto olor porque se trate del perfume de su ex-novia. Por lo tanto, e indistintamente de la teoría psicológica que utilicemos, hay eventos traumáticos, eventos con un gran monto emocional que quedan fijados en la memoria de cada sujeto, siendo este un modo de sujetarse a sí mismo y a lo otro. La forma en que un evento deje huella en un sujeto es particular y será una manifestación de su forma particular de sujetarse, es una expresión dada a partir de la propiedad (lo propio) de cada sujeto en cuanto tal.

Existen, además, diversas formas de recordar un evento. En la literatura sobre el psiquismo humano encontraremos casos en que el evento traumático es recordado y otros en los que alguna especie de facultad del olvido intercede, y el trauma termina por desaparecer de la mente aparentemente. Sin embargo, y en contradicción con esto, existe también una tendencia a repetir las circunstancias del momento traumático, conformándose entonces en una forma de recordar a través de llevarlo al acto, un ponerlo en escena, en repetición. Podremos encontrar una gran cantidad de ejemplos de esto en el psicoanálisis y en la enorme variedad de visiones que devienen de este.

Es de este modo en que se establecen patrones de sujeción en el sujeto cuando las circunstancias en su dialéctica mismidad-otredad son apropiadas para ello; a su vez, el sujeto puede darse cuenta o ignorar la repetición de estos o, incluso, puede darse cuenta o ignorar su relación con el evento traumático que le dio origen, debido a que la repetición puede pasar inadvertidamente por la conciencia del sujeto en muchas ocasiones. Las cosas que el sujeto repite pueden hacer parte de cualquier elemento que haya transitado el teatro möebiano de la dialéctica mismidad-otredad, elementos que pueden ir desde una palabra o un adorno del escenario hasta una serie de conductas, posturas e incluso accidentes y somatizaciones, siendo esto lo que el psicoanálisis llama Síntoma y lo que la psicopatología tradicional evaluará como criterios diagnósticos para clasificar a los sujetos en una enfermedad mental u otra.

En cualquier caso, estas repeticiones, síntomas o criterios, son formas de hacer con las pasiones humanas por las que un sujeto particular puede optar. Cuando estas no atraviesan la conciencia para ser llevadas a cabo, es decir, se desenvuelven sin reflexión alguna, es mucho más difícil llegar a darse cuenta de la relación de dicha repetición con su evento originario, con su significado, con su sentido, con la carga emocional que representa para el sujeto, etc. De manera que no será sencillo llegar a decidir si efectivamente se quiere llevar a cabo o no. Dicho de otro modo, la falta de conocimiento de sí mismo propende por la esclavitud del sujeto a sus pasiones, de manera tal que el sujeto no tiene más opción que dejarse arrastrar por ellas desde la ignorancia; mientras que el conocimiento de las pasiones, sus causas, significados, sentidos y consecuencias permiten al sujeto decidir más claramente lo que desea hacer frente a ellas, frente a sí y frente a lo otro.

En ambos casos, tanto el que el sujeto conoce algo de sí mismo y de sus pasiones como en el que no, es responsable de sí mismo en cuanto siempre gozó de libertad para desarrollar cualquier acto, aun cuando esta libertad quede entredicha y difuminada cuando no hay conciencia de sí, de sus pasiones, angustias, deseos y goces. Por lo tanto, el optar por el conocimiento de sí es una posibilidad que cada sujeto particular tiene para hacerse responsable de sí y ser libre dentro de los límites que su existencia le permite.

Si un sujeto se caracteriza por su modo de sujetarse, cambiar radicalmente los modos en que este se sujeta sería hacer que este deje de ser el sujeto que es, pero se pueden tomar distintas posturas a la hora de sujetarse, demarcando así el norte de lo que sería un objetivo terapéutico sensato y transformador: la terapéutica tendría que optar por la postura ética para que no se tratara de una forma de normalizar a los pacientes y la ética es, por excelencia, subjetiva y personal.

Una persona diagnosticada con un “trastorno histriónico de personalidad” no dejará de ser tal con una terapia, pues pedirle eso sería como pedirle a un aguacate que se saque su pepa, no seguiría siendo la misma persona. ¿Acaso tendría sentido sacrificar el modo de ser de una persona particular por el bien de la cohesión social que el discurso cultural propone? Y en caso de que tuviera algún sentido, ¿acaso eso haría más feliz al paciente? La respuesta no parece ser positiva. En cambio, esa persona puede construir una postura distinta frente a su pasión histriónica y hacer más sencilla su vida en su cultura determinada, sin tener que renunciar a aquello que es y a sus modos de sujetarse.

Por lo tanto, no tiene sentido ir a terapia para convertirse en otro que no se es; quizá sea más coherente asistir a una terapéutica para encontrar el modo de ser feliz siendo lo que se es, con sus modos de sujetarse, sus pasiones y deseos particulares, para hacerla vida más llevadera, es decir, asistir a una terapéutica ética.

Es posible concluir entonces que, con el conocimiento de sí mismo, sus deseos, sus angustias, sus modos de sujetarse, sus goces y sus pasiones en general, se hace más sencillo saber qué es lo necesario para ser feliz en el propio caso particular, haciendo más fácil que un sujeto dirija sus acciones organizadamente a sujetarse de tal modo que pueda vivir su vida más felizmente a través de la reflexión ética. Así mismo, las psicoterapias que trabajan en pro de la adaptación del sujeto a su medio de manera más directiva, no tan dialéctica, y que además dejan de lado el conocimiento de sí mismo, no le dan cabida a la reflexión del sujeto y a su posibilidad de elegir lo que desea para sí, haciendo más probable que el sujeto no se halle feliz con su vida y que, además, no se haga responsable de sus decisiones, de su existencia. Cabe aclarar que no faltará el sujeto que, como en el texto Kantiano de la Ilustración, prefiera que otro piense por él, llevando a cabo un “auto-impuesto estado de tutela” que lo invita a des-responsabilizarse pero, aun así, este sería un modo de sujeción de este personaje, de manera que aun bajo la dirección de un tutor sería responsable de sí.

Queda entonces la pregunta que Foucault hace con tanta vehemencia: ¿para quién trabaja el psicólogo? ¿Acaso trabaja para su paciente? ¿O quizá para la institución que le paga, para la cultura y la normalización? ¿Trabajará acaso para satisfacer su ego? ¿Para quién trabaja? Pues el saber del psicólogo, además del lugar en que la cultura y la sociedad lo ubican, le otorga un cierto poder que bien podría ejercer sobre los demás sujetos y, obviamente, sobre sus pacientes hasta erigirse como tirano, hasta estar convencido de que encarna al amo de los otros, al gran Otro,  siendo esta una paráfrasis de la definición del Canalla que Colette Soler refirió en alguna ocasión.

El espacio terapéutico es entonces doblemente ético en cuanto implica el qué hacer del sujeto-paciente con sus pasiones, deseos, goces, modos de sujetarse, angustias, etc. Y, al mismo tiempo, implica el qué hacer del sujeto-terapeuta con sus propias pasiones, deseos, goces modos de sujetarse, angustias y demás, pero también su qué hacer con su semblante, con su poder, su postura frente al sujeto supuesto saber que el sujeto-paciente le impone sin una negociación explícita para ello.

Es espeluznante para muchos psicólogos, terapeutas y analistas recordar su estatuto de sujeto, cosa que implica que no solo el paciente está propenso al síntoma, a la repetición, a abusos y a pasiones desbordadas en el ámbito terapéutico, con el agravante de que cuando el terapeuta se hace esclavo de sus pasiones, además de afectarse a sí mismo, afectará a su paciente, probablemente  participando en la repetición de uno de los asuntos que lo llevan a consulta originalmente. Por lo tanto, si  bien la responsabilidad del sujeto-paciente es conocerse a sí mismo para optar frente a sus pasiones y modos de sujeción, el terapeuta tendrá que conocerse a sí mismo profundamente para optar igualmente frente a sus pasiones y modos de sujeción, pero también para permitir al paciente elegir los que más les parezca convenientes a través de su propio conocimiento de sí, sin ser velado por la mirada y el oído de un prejuicioso y pasional terapeuta.

Para finalizar, existe un concepto del que será necesario hacer una breve mención: la literatura más de orden psicoanalítico ha propuesto y contrastado la Negación en la experiencia clínica. Esta es una forma que tiene el sujeto para ignorar deliberadamente una verdad evidente y dolorosa que se le devela al sujeto, es un mecanismo defensivo ante lo abrumador de esta verdad. Si bien en los sujetos-pacientes es fácilmente evidente en la clínica psicológica, también los terapeutas tienen, en cuanto sujeto, la capacidad de hacerse el güevón* frente a su acontecer.

La diferencia entre el sujeto-paciente y el sujeto-terapeuta en este ámbito es que el sujeto-terapeuta cuenta con el saber y el semblante necesarios para argumentar a nivel teórico su forma de hacerse el güevón, intentando hacerse creer y haciendo creer a los demás que su repetición, su síntoma, su criterio diagnóstico, su pasión desbordada, su angustia o su modo de sujetarse son un acto ético cuando, en el fondo, el terapeuta mismo sabe que está intentando pasar por alto el verdadero origen de esto, cuando está intentando ignorar adrede algo de sí mismo. A ratos provoca entonces decirle a tanto psicólogo, a tanto terapeuta y analista una cosa: “Deje de hacerse el güevón y asúmase más bien, conózcase y ocúpese de usted a fondo, pues usted es el único cabalmente responsable de usted mismo y, de paso, deje de cagarse en la otra gente”. Queda igualmente trazado el mismo comentario para nosotros los estudiantes.


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*Güevón(a): Persona de testículos prominentes

[Presentado: miércoles 02/10/2013]
Lectura –  10:40am, Mini-auditorio III USB Medellín
Mesa de lectura de ensayos. Jornadas Universitarias