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viernes, 28 de abril de 2017

El sujeto en las ciencias hermenéuticas



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A mi modo de ver, “La interpretación y las ciencias del hombre”, que se trata de un ensayo de Charles Taylor originalmente publicado en septiembre de 1971, es tanto una contundente crítica a las corrientes predominantes de las ciencias sociales y políticas junto a su modo de aproximarse a los fenómenos de la vida del hombre, como una propuesta acerca de qué enfoque podría ser más apropiado para abordar dichos fenómenos. 

En cuánto a la sección que me permito adjetivar como crítica –palabra que tomo en su sentido etimológico en cuanto se refiere a la emisión de un juicio acerca de algo y el respectivo discernimiento que ello implica–, Taylor hace un recuento magistral de la historia de la tradición empirista, pasando por los empiristas lógicos y su particular manejo de los datos brutos en aras de captar sin errores sus objetos de estudio para alcanzar la certeza, hasta argumentar cómo las ciencias sociales y políticas predominantes tienen su fundamento en esta tradición. A partir de esto, desarrolla los motivos por los que, para él, toda aproximación hecha desde este marco conceptual implicará dificultades considerables a la hora de captar y explicar buena parte de los fenómenos sociales, como son la constitución de nuestra civilización occidental como una civilización del trabajo (Taylor, 2005, págs. 184-185) y a su respectivo derrumbe (págs. 190-191). Así pues, con extraordinaria precisión, describe:

Los representantes de la corriente predominante de las ciencias sociales han optado tan profundamente por la concepción empirista del conocimiento y la ciencia que deben aceptar de manera inevitable el modelo de verificación de las ciencias políticas y los principios categoriales que implica. A su vez, esto entraña la exclusión de un estudio de nuestra civilización en términos de sus significaciones intersubjetivas y comunes. Y como consecuencia, todo este campo de la investigación se torna invisible (pág. 178).

Partiendo de esto, páginas más tarde, concluirá que “es necesario trascender los límites de una ciencia basada en la verificación, en beneficio de una ciencia que estudie las significaciones intersubjetivas y comunes inscriptas en la realidad social” (págs. 191-192). Taylor sostiene lo anterior puesto que dichas corrientes tradicionales y hegemónicas no han logrado explicar los eventos que ocurrían a la par de la construcción de su ensayo, como el derrumbe de la civilización del trabajo y la negociación, sumado a que son incapaces de reconocer la complejidad inter-relacional de las significaciones que constituyen estos fenómenos puesto que el campo de estas no es únicamente el de las significaciones subjetivo-individuales (campo en el que las ciencias de orientación epistemológica empírica se han instalado), sino que coexisten con significaciones intersubjetivas y comunes.

De esta manera, dicha forma de ciencia termina por mutilar los fenómenos sociales y políticos para encajonarlos[1]–significantes que introduzco porque a mi parecer son los más acertados para nombrar el efecto que Taylor describe­– en las categorías que ofrece la correlación de variables en el manejo de datos brutos, como señala que ocurre en la ciencia política comportamental (págs. 161-164), o en las categorías que propone la psicología individual bajo la consigna de enfermedad mental y, a su vez, apoyada en los modelos computacionales que las ciencias empíricas adoptaron durante siglo pasado. Cito:

Así, la ciencia predominante tal vez se aventure en la zona explorada por las hipótesis antes mencionadas, pero lo hará a su manera, forzando los datos psicohistóricos de la identidad a entrar en el marco de una psicología individual; en síntesis, reinterpretando como subjetivas todas las significaciones. El resultado podría ser una teoría psicológica del desajuste emocional, atribuido quizás a ciertos antecedentes familiares, como en las teorías de la personalidad autoritaria de la escala F de California. Pero ya no se trataría de una teoría política o social. Renunciaríamos así al intento de entender el cambio de la realidad social en el nivel de sus significaciones intersubjetivas constitutivas (pág. 191).

Es de esta manera como Taylor procede a introducir de forma concisa lo que será su tesis para esta ocasión y que, de paso, me sirve de puente argumentativo para plantear mi visión de que se trata de un ensayo tanto crítico como propositivo.

Puede sostenerse, entonces, que las ciencias sociales predominantes se mantienen dentro de ciertos límites debido a sus principios categoriales, enraizados en la epistemología tradicional del empirismo; en segundo lugar, que esas restricciones son una seria desventaja y nos impiden abordar importantes problemas de nuestro tiempo que deberían ser objeto de las ciencias políticas. Es necesario trascender los límites de una ciencia basada en la verificación, en beneficio de una ciencia que estudie las significaciones intersubjetivas y comunes inscriptas en la realidad social (págs. 191-192).

¿Qué propone entonces? Concretamente, la concepción de las ciencias del hombre como ciencias hermenéuticas: “pero en contraste con la incapacidad de una ciencia que se mantiene aferrada a las categorías aceptadas, una ciencia hermenéutica del hombre que dé lugar al estudio de las significaciones intersubjetivas puede al menos comenzar a explorar caminos fructíferos” (pág. 188). Quiero hacer énfasis en la expresión en contraste con porque su propuesta se basa principalmente en hacer un contraste frente a la incapacidad de las ciencias predominantes de captar, interpretar y explicar más que en clave individual, identificando allí su problema y proponiendo su alternativa en ese mismo punto, haciendo de este su cuartel: “mi principal tesis es que sólo podemos abordar el fenómeno de derrumbe de una civilización si tratamos de entender con mayor claridad y profundidad las significaciones comunes e intersubjetivas de la sociedad en la cual hemos vivido hasta ahora” (pág. 190).

Nos delimita, de esta manera, el marco teórico en el que se moverá su ensayo al poner de relieve, y en contraste con el modelo científico predominante, la captación y estudio de las significaciones comunes e intersubjetivas de la sociedad como necesarias para abordar las problemáticas que de manera meticulosa se ha encargado de describir; a su vez, propone una ciencia hermenéutica como la encargada de dar lugar a dicho estudio a través de la interpretación. Siendo este el caso, entonces, ¿qué y cómo plantea él que es una ciencia hermenéutica? Dirá entonces que “(…) cualquier ciencia que pueda calificarse de «hermenéutica», incluso en un sentido ampliado, deberá ocuparse de una u otra de las formas de significación confusamente interrelacionadas” (pág. 144) ubicando a la interpretación en un lugar privilegiado para el estudio de dichas significaciones.

¿Pero qué entiende por interpretación? “La interpretación, en el sentido relevante para la hermenéutica, es un intento de aclarar, comprender un objeto de estudio. (…) La interpretación apunta a sacar a la luz una coherencia o sentidos subyacentes” (págs. 143-144). A la par, caracterizará al objeto de la interpretación de la siguiente manera “debe ser un texto o análogo a un texto, que en cierto modo es confuso, incompleto, oscuro, aparentemente contradictorio: de una u otra manera, poco claro” (págs. 143-144), para luego listar las implicaciones que esto tiene en una ciencia hermenéutica y su proceder:

Necesitamos, en primer lugar, un objeto o campo de objetos sobre el cual podamos hablar en términos de coherencia o incoherencia, sentido o sinsentido.

Segundo, debemos estar en condiciones de hacer una distinción, aunque sea relativa, entre el sentido o la coherencia atribuidos y su encarnación en un campo específico de portadores o significantes. De lo contrario, la tarea de aclarar lo fragmentario o confuso sería radicalmente imposible. No podría atribuirse ningún sentido a esta idea.

(…) por lo tanto, el objetivo de una ciencia de la interpretación debe poder describirse en términos de sentido y sinsentido, coherencia e incoherencia, y debe admitir una distinción entre la significación y su expresión (págs. 144-145).

Acerca de la tercera condición, la cual dice que también deberá satisfacer, dirá que “(…) en un texto o el análogo de un texto, en cambio, tratamos de hacer explícita la significación expresada, lo cual quiere decir expresada por o para un sujeto o sujetos. El concepto de expresión nos remite al de sujeto” (pág. 145) y, en el párrafo siguiente, concluirá sentenciando que “en consecuencia, el objeto de una ciencia de la interpretación debe tener un sentido distinguible de su expresión, para o por un sujeto” (pág. 145).

Quiero detener la reconstrucción del texto de Charles Taylor en este punto porque es aquí donde aparecen, a mi juicio, varias de las cuestiones más problemáticas de su planteamiento en el aspecto que consideré propositivo de su ensayo, pero sólo me ocuparé de abordar una por cuestiones de tiempo y de espacio: se trata de la tercera condición que debe satisfacer una ciencia hermenéutica, la cuestión del sujeto. ¿Por qué? Porque en el texto se desarrollan con claridad muchas de las nociones y conceptos que sostienen tanto las críticas como las propuestas pero, a mi juicio, no se desarrolla con suficiente claridad la cuestión de qué es un sujeto. A continuación, traeré lo referente a esta noción.

Al desplegar el concepto de significación, páginas más adelante, lo articulará con la noción de sujeto al proponer que “la significación es para un sujeto: no es la significación de la situación in vacuo, sino la que tiene para un sujeto, un sujeto específico, un grupo de sujetos o quizá para el sujeto humano como tal (…)” (pág. 152). Entre las formas de significación, durante su explicación de la significación experiencial, también afirmará que “la significación en este sentido –llamémosla experiencial– es significación de algo para un sujeto en un campo” (pág. 153); cosa que, conjuntamente, afirmará acerca del sentido durante una de las recapitulaciones de las condiciones de la ciencia hermenéutica: “la tercera condición, a saber, que el sentido debe ser para un sujeto (…)” (pág. 159). Finalmente, acercándose a la conclusión de su texto, nos dirá que  en una ciencia hermenéutica el sujeto podría ser una sociedad o una comunidad, además de que “las significaciones son significaciones para un sujeto en uno o varios campos” (pág. 192).

La noción de sujeto que tenemos entonces en el marco conceptual del texto de Taylor es, por lo menos en su fundamentación, aristotélica: estamos hablando de un sujeto como eso a lo que se refieren el sentido, las expresiones y las significaciones, en el sentido de que el sujeto es su punto de referencia: toda expresión, significación o sentido es únicamente en alusión a un sujeto, sea porque es dada por este o para este. Sin el sujeto al que se refieren, no tendrían anclaje, luego no tienen más anclaje que el sujeto.

¿Qué es un sujeto para Aristóteles? En La metafísica, nos dice con precisión que “el sujeto, por su parte, es aquello de lo cual se dicen las demás cosas sin que ello mismo (se diga), a su vez, de ninguna otra” (1994, pág. 224). Asimismo, nos ofrecerá abordajes similares de su concepto de sujeto en Acerca del alma (1978, pág. 237) y en el Órganon, lo que normalmente conocemos como Los tratados de lógica (1982, pág. 34). En resumen, el sujeto es de lo que se habla, a lo que se refieren los enunciados, pues es acerca de él que predican.

Así pues, es lícito afirmar que la noción de sujeto de Taylor está por lo menos fundamentada, si no inscrita, en la de Aristóteles pues, en lo expuesto en su ensayo, toda expresión, significación y el sentido remite a un sujeto –sea porque es para o por este–, teniéndolo como único anclaje y punto de referencia.

Sin embargo, el sujeto que Taylor elige para que la ciencia hermenéutica se ocupe de él no es cualquier sujeto como el lapicero, las teclas de mi teclado o los ratones que viven en el techo de mi oficina, sino que elige al hombre. Aclaro: sujeto y hombre no son lo mismo, y esto es algo que se puede contrastar fácilmente con la caracterización que nos ofrece cuándo afirma que el hombre es “un animal que se interpreta a sí mismo” (pág. 158), lo que lo llevará a constatar que “como hombres somos seres que se definen a sí mismos y somos en parte lo que somos en virtud de las autodefiniciones que hemos aceptado, cualquiera que sea la manera como hayamos llegado a ellas” (pág. 194), y luego a concluir dos páginas más tarde: “(…) el hombre es un animal que se define a sí mismo. Los cambios en su autodefinición producen cambios en su naturaleza (…)” (Taylor, 2005, pág. 196).

Esto nos lleva a una dificultad y se trata de que el concepto aristotélico de sujeto en el que se inscribe la noción de sujeto que Taylor propone no es compatible con la caracterización de hombre que él mismo nos ofrece para ocupar el lugar de dicho sujeto de una ciencia hermenéutica, pues la excede. Este exceso ocurre en la medida en que, como dirá Aristóteles, “ciertamente, el sujeto mismo no se hace cambiar a sí mismo (…), sino que la causa del cambio es otra cosa” (Metafísica, 1994, págs. 82-83), mientras que el hombre de Taylor “está constituido en parte por la autointerpretación” (La libertad de los modernos, pág. 158) y por los cambios que su autodefinición producen en sí. Parece que nos encontramos con un impasse aquí.

Una ciencia hermenéutica no podría funcionar sin sujeto pues, como Taylor señala al comienzo de su exposición, “sin él, sólo hay una elección arbitraria de criterios de identidad y diferencia, la elección entre las diferentes formas de coherencia que pueden identificarse en un patrón dado y entre los distintos campos conceptuales en que es posible testimoniar su presencia” (pág. 145); así como la distinción entre significación y expresión, “aún relativa, carecerá de todo anclaje y será completamente arbitraria si no se refiere a un sujeto” (pág. 145). Es entonces necesario dar con alguna noción de sujeto diferente a la aristotélica para ofrecer un asidero firme a su propuesta de ciencia hermenéutica.


Con el objetivo de ofrecer una alternativa ante semejante impasse, me propongo retomar la obra de Michel Foucault en donde, a mi juicio, hay un concepto de sujeto que se ajusta con mayor precisión a lo planteado por Taylor tanto para los campos (sean de significaciones experienciales, como de contrastes y semánticos), como para su caracterización del hombre, y para el funcionamiento de una ciencia hermenéutica. En El sujeto y el poder dirá que “hay dos significados de la palabra sujeto: sometido a otro a través del control y la dependencia, y sujeto atado a su propia identidad por la conciencia o el conocimiento de sí mismo” (Foucault, 1988, pág. 7); y en 1984, en La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad, afirmará:

Lo que yo he querido mostrar es cómo el sujeto se constituía a sí mismo, en tal o cuál forma determinada, como sujeto loco o sujeto sano, como sujeto delincuente o como sujeto no delincuente, a través de un determinado número de prácticas que eran juegos de verdad, prácticas de poder, etc (2000, pág. 267).

Con lo anterior basta para proponer, cuánto menos, una igualdad operativa entre la caracterización de hombre para Taylor y un concepto de sujeto que pueda contenerle sin dar lugar a un desborde o a una inconsistencia. Sin embargo, las riquezas que esta actualización nos ofrece no acaban ahí. Elaboraré un ejemplo de esto.

Charles Taylor propone una distinción entre la ilusión y el error, el cuál podíamos entender como una inexactitud, falsedad, desacierto o equivocación (MMIX, Larousse, S.A., 2010, pág. 401) dado que, como concepto, se ubica en el campo de ciencias empíricas tradicionales. Por su parte, la ilusión en cuanto noción habitará en las ciencias hermenéuticas y la describirá de la siguiente manera:

Hablamos de «ilusión» cuando abordamos algo de mayor sustancia que el error, un error que en cierto sentido construye una realidad falsificada propia. Pero los errores de interpretación de la significación, que también son autodefiniciones de quienes interpretan y por tanto dan forma a su vida, son en este sentido más que errores: los sostienen ciertas prácticas que ellos constituyen (págs. 194-195).

En su texto, esta definición no tiene asidero más que en la caracterización del hombre en cuánto animal que se autodefine. Si no se hiciera referencia a este último, no podríamos explicar, por ejemplo, cómo un sujeto aristotélico es propenso a la ilusión dadas sus propias interpretaciones de significaciones y las prácticas que estas constituyen, así como esta auto-constitución del sujeto a través de las prácticas, la interpretación y la ilusión, que le desbordaría una vez más perdiendo la consistencia necesaria para esta noción y condicionando la existencia misma de una ciencia hermenéutica.

En cambio, pensar esta misma cuestión de la ilusión desde el concepto de sujeto foucaultiano nos permitiría hacer uso del concepto de poder que se ajusta con mayor precisión a lo descrito por Taylor como los efectos de la ilusión:

En sí mismo, el ejercicio del poder no es una violencia a veces oculta; tampoco es un consenso que, implícitamente, se prorroga. Es un conjunto de acciones sobre acciones posibles; opera sobre el campo de posibilidad o se inscribe en el comportamiento de los sujetos actuantes: incita, induce, seduce, facilita o dificulta; amplía o limita, vuelve más o menos probable; de manera extrema, constriñe o prohíbe de modo absoluto; con todo, siempre es una manera de actuar sobre un sujeto actuante o sobre sujetos actuantes, en tanto que actúan o son susceptibles de actuar. Un conjunto de acciones sobre otras acciones (Foucault, 1988, pág. 15).

Partiendo de aquí, se nos posibilita concebir los campos de significaciones experienciales y campos de contrastes (Taylor, 2005, pág. 157) articulados y atravesados directamente por las significaciones intersubjetivas y comunes dado que estas habitarían como influencias, es decir, como juegos de poder, ya que se constituyen como acciones  y prácticas que recaen sobre sujetos actuantes, sobre el acto mismo de interpretar.

Es claro entonces que una concepción de sujeto foucaultiana nos ofrecería un espectro de fenómenos más amplio para una ciencia hermenéutica, articulando sus conceptos y nociones con las experiencias de manera más precisa e incluso menos complicada en su retórica argumentativa, además de prevenir la inconsistencia y el desborde de los conceptos y nociones en esta si se continúa por una línea aristotélica. No obstante, realizar este cambio por el concepto de sujeto de Foucault llevaría a reorganizar conceptualmente lo que se ha dicho hasta ahora de las ciencias hermenéuticas de acuerdo a sus posibilidades y limitaciones respectivas, pero ese no es mi papel el día de hoy.








Referencias


Aristóteles. (1978). Acerca del alma. Madrid, España: Editorial Gredos.
Aristóteles. (1982). Tratados de lógica [Órganon] (Vol. I). Madrid, España: Editorial Gredos.
Aristóteles. (1994). Metafísica. Madrid, España: Editorial Gredos.
Foucault, M. (Jul. - Sep. de 1988). El sujeto y el poder. Revista Mexicana de Sociología, 50(3), 3-20.
Foucault, M. (Octubre de 2000). La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad. Nombres: Revista de filosofía, 10(15), 257-280.
MMIX, Larousse, S.A. (2010). El pequeñlo Larousse ilustrado. Mexico D.F.: MMIX, Ediciones Larousse, S.A. de C.V.
Taylor, C. (2005). La libertad de los modernos. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu Editores.







[1]Cajón” también se le dice al ataúd acá en Colombia, ¿no?

martes, 18 de febrero de 2014

La güevonada del psicólogo ó De la psicopatología a una ética de las pasiones

“§18. El moderno Diógenes. –Antes de buscar al hombre hay que buscar una linterna.¿Será necesariamente el cinismo dicha linterna?”

“§36. Hacerse hipócrita. –Todos los mendigos se vuelven hipócritas, al igual que todos los que ejercen su profesión en una situación de penuria y de angustia (ya sea esta situación personal o pública). El mendigo dista de sentir su miseria con tanta intensidad como [la] finge si quiere vivir de la mendicidad.”

Friedrich Nietzsche  El caminante y su sombra 1879 Aforismos 18 y 36

¿Uno si está así de feliz cuando va donde el psicólogo, terapeuta o analista?
Las estructuras clínicas planteadas por la psicopatología tradicional hablan de las diversas maneras de cómo el sujeto se implica en cuanto es “sujetado a”, es decir, hacen referencia a las formas particulares en que cada sujeto encuentra y construye para sí un qué hacer con su angustia y con sus pasiones en la dialéctica indisoluble de mismidad-otredad. De esta manera, si bien las clasificaciones psicopatológicas obedecen a urgencias estadísticas y clasificatorias, la terapéutica de los sujetos a los que se les da el nombre de “enfermos mentales” y a los que no, habita por excelencia en el ámbito de la discusión ética, en cuanto se trata del qué hacer que una persona puede ejercer sobre sí haciendo uso de su libertad o, en otras palabras, la forma en que cada sujeto se hace cargo de sí en cuanto es responsable de su existencia.

En la etimología griega de la palabra “patología”, nos encontramos la raíz Pathos que, al español, traduce Afecto o Pasión; de tal manera que la “psicopatología” y lo que actualmente conocemos como “enfermedad mental”, se convierten en adjetivos que se le otorgan a un sujeto que no hace con sus pasiones lo que la cultura de turno espera de este, a tal punto que la demanda que hacen muchos docentes de colegio al psicólogo, bajo la máscara de la eficiencia académica, es que hagan que el estudiante poco disciplinado se convierta en un estudiante normalizado, que calme sus pasiones hiperactivas y se convierta en un alumno impávido y sumiso: pareciera que el psicólogo ha encarnado a una suerte de “policía mental de la cultura”, como en la novela 1984 de George Orwell, en dónde existía una “Policía del pensamiento” para rastrear, atrapar, amedrentar y someter a los que pensaran diferente a la masa, a los que cometieran el crimen del “Libre-pensar”.

De este modo, el sujeto se encuentra sujetado a sus pasiones, pero también al mundo donde pretende llevarlas a cabo, es decir, se encuentra sujetado a su mismidad y a la otredad. Comprenderemos la mismidad como aquello que le es propio al sujeto, aquello que este es en sí mismo; mientras que la otredad la podremos comprender como aquello que le es distinto al sujeto, aquello otro que no es él mismo. Podríamos ubicar a las pasiones dentro de la mismidad del sujeto en cuanto habitan en él, pero nunca podríamos separarlas de la otredad, el mundo en el que estas se desarrollan y que en toda ocasión las influye, de tal manera que se establece una relación dialéctica entre estos dos aspectos: la mismidad no podría ser tal si no hubiera una otredad de la cual pudiera diferenciarse y de la cual emerger, y viceversa.

Lo anterior significa que la distinción entre mismidad y otredad es difusa, tal como sucede con el concepto de identidad en psicología, en el sentido de que no se tiene claro qué es nativo del sujeto y qué viene del ambiente, de manera que la figura de la Banda de Möbius nos sirve para ilustrar, a modo de metáfora, la dialéctica mismidad-otredad a la que el sujeto está sujetado. El cuerpo encarnaría, metafóricamente, esta Banda de Möbius, pues se encarga de establecer y vehiculizar la dialéctica adentro-afuera del sujeto. El cuerpo concreta para el sujeto toda posibilidad total de existir, de “ser en el mundo”, es escenario, acto y actor de toda sujeción, de las múltiples formas posibles de ser, de estar en contacto con lo mismo y con lo otro, siendo así el plano vincular por excelencia y, por tanto, posibilitándole al sujeto no desbordarse al establecer un límite de la mismidad y un plano de encuentro con la otredad. Por lo tanto, el cuerpo al que el sujeto está sujetado es tanto producto de lo genético, lo organísmico y la voluntad del sujeto mismo por el lado de la mismidad; como de lo ambiental, lo social y lo circunstancial por el lado de la otredad.

Banda o cinta de Möbius (Moebius) como metáfora ilustrativa y provisional de esta dialéctica.
Así, cada estructura clínica de la psicopatología tradicional enunciaría una forma en que el sujeto se sujeta a su mismidad y a la otredad, dándole origen a un modo específico de dar trámite a las pasiones y angustias que se desarrollan en las sujeciones y que tienen como escenario el cuerpo del sujeto, entablando una suerte de circuito que puede llegar a repetirse hasta lograr los patrones que suelen definir los psicólogos en el concepto de “personalidad”.

Las diversas investigaciones desarrolladas hasta ahora no han logrado un veredicto certero al respecto de qué facultades, predisposiciones, habilidades, preferencias y demás particularidades son específicamente innatas en los seres humanos, sin importar las variaciones de asuntos como raza, sexo, cultura, medio ambiente, etc. No obstante, ha sido posible concluir que no todo lo que habita en el sujeto tiene origen genético, como no todo lo que habita en el sujeto tiene origen en el aprendizaje, en el vínculo social o demás factores empíricos. Lo anterior nos permite concluir que existe una inmensidad de factores que son influyentes, transformadores y hasta determinantes en el proceso de conformación de un sujeto pero, a su vez, existe constancia de que en el sujeto también existe la posibilidad de auto-determinarse, de hacer uso de su libertad.

Si el sujeto no pudiera elegir cómo desea sujetarse, entonces sería imposible que este se hiciera responsable de su existencia, de sus acciones, de sus pasiones y de su postura frente a ello, cosa que nos obligaría, por ejemplo, a crear programas de salud mental deterministas, directivos y paternalistas, puesto que el sujeto nada podría frente a la otredad y frente a la mismidad. Es entonces necesario pensar la libertad como la capacidad de elegir frente a cualquier situación, de tomar una postura, de poder hacerse responsable del modo en que todo es afrontado en el acontecer humano. Sin libertad, no habría una ética posible pues no habría responsabilidad de sí, de sus actos y pasiones.

Al concluir esto, entonces es necesario anunciar una suerte de igualdad en los modos se sujetarse: si cada sujeto es libre y responsable de sí, entonces cada modo de sujetarse es posible dentro de su libertad, de manera que ningún modo de sujeción es más o menos en sí mismo que otro modo de sujetarse, ninguno sería mejor o peor, bueno o malo, sino que tan sólo son diferentes. Esos calificativos (bueno, malo, mejor, peor…) los aportará el discurso de la cultura de acuerdo a lo que espera del sujeto que participa en esta, como también los otorga cada sujeto en particular de acuerdo a su opinión personal que es formada en la dialéctica mismidad-otredad, pues queda claro que la cultura tiene un impacto en la formación de la opinión de cada sujeto. Cabe aclarar que dicho impacto y sus consecuencias varían enormemente entre un sujeto y otro.

Al hablar de un sujeto cuya opinión se forma en contacto con lo mismo y con lo otro a lo largo de su vida, se hace imperativo recordar cómo ciertos eventos en el acontecer humano dejan profundas huellas en su mente y su cuerpo, haciendo posible explicar, incluso a través del condicionamiento, el que a un joven le disguste cierto olor porque se trate del perfume de su ex-novia. Por lo tanto, e indistintamente de la teoría psicológica que utilicemos, hay eventos traumáticos, eventos con un gran monto emocional que quedan fijados en la memoria de cada sujeto, siendo este un modo de sujetarse a sí mismo y a lo otro. La forma en que un evento deje huella en un sujeto es particular y será una manifestación de su forma particular de sujetarse, es una expresión dada a partir de la propiedad (lo propio) de cada sujeto en cuanto tal.

Existen, además, diversas formas de recordar un evento. En la literatura sobre el psiquismo humano encontraremos casos en que el evento traumático es recordado y otros en los que alguna especie de facultad del olvido intercede, y el trauma termina por desaparecer de la mente aparentemente. Sin embargo, y en contradicción con esto, existe también una tendencia a repetir las circunstancias del momento traumático, conformándose entonces en una forma de recordar a través de llevarlo al acto, un ponerlo en escena, en repetición. Podremos encontrar una gran cantidad de ejemplos de esto en el psicoanálisis y en la enorme variedad de visiones que devienen de este.

Es de este modo en que se establecen patrones de sujeción en el sujeto cuando las circunstancias en su dialéctica mismidad-otredad son apropiadas para ello; a su vez, el sujeto puede darse cuenta o ignorar la repetición de estos o, incluso, puede darse cuenta o ignorar su relación con el evento traumático que le dio origen, debido a que la repetición puede pasar inadvertidamente por la conciencia del sujeto en muchas ocasiones. Las cosas que el sujeto repite pueden hacer parte de cualquier elemento que haya transitado el teatro möebiano de la dialéctica mismidad-otredad, elementos que pueden ir desde una palabra o un adorno del escenario hasta una serie de conductas, posturas e incluso accidentes y somatizaciones, siendo esto lo que el psicoanálisis llama Síntoma y lo que la psicopatología tradicional evaluará como criterios diagnósticos para clasificar a los sujetos en una enfermedad mental u otra.

En cualquier caso, estas repeticiones, síntomas o criterios, son formas de hacer con las pasiones humanas por las que un sujeto particular puede optar. Cuando estas no atraviesan la conciencia para ser llevadas a cabo, es decir, se desenvuelven sin reflexión alguna, es mucho más difícil llegar a darse cuenta de la relación de dicha repetición con su evento originario, con su significado, con su sentido, con la carga emocional que representa para el sujeto, etc. De manera que no será sencillo llegar a decidir si efectivamente se quiere llevar a cabo o no. Dicho de otro modo, la falta de conocimiento de sí mismo propende por la esclavitud del sujeto a sus pasiones, de manera tal que el sujeto no tiene más opción que dejarse arrastrar por ellas desde la ignorancia; mientras que el conocimiento de las pasiones, sus causas, significados, sentidos y consecuencias permiten al sujeto decidir más claramente lo que desea hacer frente a ellas, frente a sí y frente a lo otro.

En ambos casos, tanto el que el sujeto conoce algo de sí mismo y de sus pasiones como en el que no, es responsable de sí mismo en cuanto siempre gozó de libertad para desarrollar cualquier acto, aun cuando esta libertad quede entredicha y difuminada cuando no hay conciencia de sí, de sus pasiones, angustias, deseos y goces. Por lo tanto, el optar por el conocimiento de sí es una posibilidad que cada sujeto particular tiene para hacerse responsable de sí y ser libre dentro de los límites que su existencia le permite.

Si un sujeto se caracteriza por su modo de sujetarse, cambiar radicalmente los modos en que este se sujeta sería hacer que este deje de ser el sujeto que es, pero se pueden tomar distintas posturas a la hora de sujetarse, demarcando así el norte de lo que sería un objetivo terapéutico sensato y transformador: la terapéutica tendría que optar por la postura ética para que no se tratara de una forma de normalizar a los pacientes y la ética es, por excelencia, subjetiva y personal.

Una persona diagnosticada con un “trastorno histriónico de personalidad” no dejará de ser tal con una terapia, pues pedirle eso sería como pedirle a un aguacate que se saque su pepa, no seguiría siendo la misma persona. ¿Acaso tendría sentido sacrificar el modo de ser de una persona particular por el bien de la cohesión social que el discurso cultural propone? Y en caso de que tuviera algún sentido, ¿acaso eso haría más feliz al paciente? La respuesta no parece ser positiva. En cambio, esa persona puede construir una postura distinta frente a su pasión histriónica y hacer más sencilla su vida en su cultura determinada, sin tener que renunciar a aquello que es y a sus modos de sujetarse.

Por lo tanto, no tiene sentido ir a terapia para convertirse en otro que no se es; quizá sea más coherente asistir a una terapéutica para encontrar el modo de ser feliz siendo lo que se es, con sus modos de sujetarse, sus pasiones y deseos particulares, para hacerla vida más llevadera, es decir, asistir a una terapéutica ética.

Es posible concluir entonces que, con el conocimiento de sí mismo, sus deseos, sus angustias, sus modos de sujetarse, sus goces y sus pasiones en general, se hace más sencillo saber qué es lo necesario para ser feliz en el propio caso particular, haciendo más fácil que un sujeto dirija sus acciones organizadamente a sujetarse de tal modo que pueda vivir su vida más felizmente a través de la reflexión ética. Así mismo, las psicoterapias que trabajan en pro de la adaptación del sujeto a su medio de manera más directiva, no tan dialéctica, y que además dejan de lado el conocimiento de sí mismo, no le dan cabida a la reflexión del sujeto y a su posibilidad de elegir lo que desea para sí, haciendo más probable que el sujeto no se halle feliz con su vida y que, además, no se haga responsable de sus decisiones, de su existencia. Cabe aclarar que no faltará el sujeto que, como en el texto Kantiano de la Ilustración, prefiera que otro piense por él, llevando a cabo un “auto-impuesto estado de tutela” que lo invita a des-responsabilizarse pero, aun así, este sería un modo de sujeción de este personaje, de manera que aun bajo la dirección de un tutor sería responsable de sí.

Queda entonces la pregunta que Foucault hace con tanta vehemencia: ¿para quién trabaja el psicólogo? ¿Acaso trabaja para su paciente? ¿O quizá para la institución que le paga, para la cultura y la normalización? ¿Trabajará acaso para satisfacer su ego? ¿Para quién trabaja? Pues el saber del psicólogo, además del lugar en que la cultura y la sociedad lo ubican, le otorga un cierto poder que bien podría ejercer sobre los demás sujetos y, obviamente, sobre sus pacientes hasta erigirse como tirano, hasta estar convencido de que encarna al amo de los otros, al gran Otro,  siendo esta una paráfrasis de la definición del Canalla que Colette Soler refirió en alguna ocasión.

El espacio terapéutico es entonces doblemente ético en cuanto implica el qué hacer del sujeto-paciente con sus pasiones, deseos, goces, modos de sujetarse, angustias, etc. Y, al mismo tiempo, implica el qué hacer del sujeto-terapeuta con sus propias pasiones, deseos, goces modos de sujetarse, angustias y demás, pero también su qué hacer con su semblante, con su poder, su postura frente al sujeto supuesto saber que el sujeto-paciente le impone sin una negociación explícita para ello.

Es espeluznante para muchos psicólogos, terapeutas y analistas recordar su estatuto de sujeto, cosa que implica que no solo el paciente está propenso al síntoma, a la repetición, a abusos y a pasiones desbordadas en el ámbito terapéutico, con el agravante de que cuando el terapeuta se hace esclavo de sus pasiones, además de afectarse a sí mismo, afectará a su paciente, probablemente  participando en la repetición de uno de los asuntos que lo llevan a consulta originalmente. Por lo tanto, si  bien la responsabilidad del sujeto-paciente es conocerse a sí mismo para optar frente a sus pasiones y modos de sujeción, el terapeuta tendrá que conocerse a sí mismo profundamente para optar igualmente frente a sus pasiones y modos de sujeción, pero también para permitir al paciente elegir los que más les parezca convenientes a través de su propio conocimiento de sí, sin ser velado por la mirada y el oído de un prejuicioso y pasional terapeuta.

Para finalizar, existe un concepto del que será necesario hacer una breve mención: la literatura más de orden psicoanalítico ha propuesto y contrastado la Negación en la experiencia clínica. Esta es una forma que tiene el sujeto para ignorar deliberadamente una verdad evidente y dolorosa que se le devela al sujeto, es un mecanismo defensivo ante lo abrumador de esta verdad. Si bien en los sujetos-pacientes es fácilmente evidente en la clínica psicológica, también los terapeutas tienen, en cuanto sujeto, la capacidad de hacerse el güevón* frente a su acontecer.

La diferencia entre el sujeto-paciente y el sujeto-terapeuta en este ámbito es que el sujeto-terapeuta cuenta con el saber y el semblante necesarios para argumentar a nivel teórico su forma de hacerse el güevón, intentando hacerse creer y haciendo creer a los demás que su repetición, su síntoma, su criterio diagnóstico, su pasión desbordada, su angustia o su modo de sujetarse son un acto ético cuando, en el fondo, el terapeuta mismo sabe que está intentando pasar por alto el verdadero origen de esto, cuando está intentando ignorar adrede algo de sí mismo. A ratos provoca entonces decirle a tanto psicólogo, a tanto terapeuta y analista una cosa: “Deje de hacerse el güevón y asúmase más bien, conózcase y ocúpese de usted a fondo, pues usted es el único cabalmente responsable de usted mismo y, de paso, deje de cagarse en la otra gente”. Queda igualmente trazado el mismo comentario para nosotros los estudiantes.


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*Güevón(a): Persona de testículos prominentes

[Presentado: miércoles 02/10/2013]
Lectura –  10:40am, Mini-auditorio III USB Medellín
Mesa de lectura de ensayos. Jornadas Universitarias