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miércoles, 8 de junio de 2016

Memento Mori

Algún malestar parece –cuando menos– sintomático en casos tan álgidamente formulados. A pesar de una especie de coherencia en el diseño y sentido de ambos, como si devinieran del mismo artífice o de un par de colegas lazados, son bien diferentes; pienso en el Quijote y en el Antiedipo. No sé si se pueda entender, si pueda describir con claridad las cosas que mis ojos no dejan de notar.

La superposición de las muertes, en plural para hablar de los casos reales y puntuales, no dota de más sentido o detalles a la situación para hacerla concebible, ni ayuda a los supervivientes a cargar a cuestas su duelo y el vacío en su pecho. Por el contrario, como por efecto de metonimia (Lacan) que una parece encarnar frente a la otra, entre la siguiente y la anterior, sólo parecemos arrojados al mismo abismo del sinsentido una y otra vez. En cada ocasión, el sentido pareciera perderse un poco más... pero, claro, no hace más que depurarse hasta señalar cada una de las diferencias de las muertes y, en últimas, llegar por epojé a lo irreductible de los vivos: Si estás vivo, has de morir eventualmente, así como los tuyos también morirán.

Hace mella en la escucha y en los dedos decirlo con tan poca delicadeza, hace que algo de lo más íntimo se estremezca en cualquiera que se lo tome a pecho, así como dicen los sacerdotes del “Tomad señor y recibid” de San Ignacio. Sin embargo, los modos delicados no ayudan ni a decir ni a sanar… sólo suavisan insensatamente una de las pocas claridades que, como existentes, podemos llegar a atesorar junto a esos pocos recuerdos que iluminan el día y los talismanes de la infancia que, antaño, nos definían como sujetos de valor o sujetados a alguna historia, a la nuestra, a nuestro cuerpo. Habría que tatuárselo en la piel para jamás olvidarlo: Memento mori.

Y, un aun así, no soportaría nuestra frágil mente algo que no tuviera una significación especial, como determinada de antemano, que inundara de algún sentido ilusorio con recovecos e insignias llamativas las muertes de nuestros amados o la nuestra propia, como si adornar con flores una bacinilla (al mejor estilo Tyrell) fuera a alterar el mierdero. Supongo que son los meros recursos psíquicos, imaginarios y simbólicos, sociales y culturales, con los que intentamos hacer frente a lo aparentemente miserable de la existencia y sus pormenores; más siempre en vano en tanto ni bastan para erradicarlos, ni alcanzamos a morirnos nosotros mismos a cabalidad por esta falta de eficacia subjetiva para tramitar la muerte, para asir lo inasible, para concebir, aceptar, lo que nos excede y desborda por doquier. Vivir a medias pareciera ser la trágica condena del superviviente.

Quedamos pues, como San Agustín ante la muerte febril de ese amigo a quién tanto amó, partidos y desbordados, aterrados ante la muerte y la vida por igual, intentando entender y controlar lo que quizá sea un mero acontecimiento y ya. Siendo así, la muerte, más que carecer de un sentido, pone de relieve (lo) Uno, un sentido tan sencillo que escapa al narcisismo infantil que todavía perdura en nuestras organizaciones psíquicas dizque adultas, revolviéndonos y golpeándonos como si demoliera un edificio; no de arriba abajo, sino con un solo golpe preciso y fino en una viga de amarre. En un parpadeo, no somos más que escombros, fracturas, divisiones, angustias, dudas, miedos… y terror.

Llevando la contraria a la eficiencia neoliberal, los tiempos de La Inexorable no son para correr intentando salir de un duelo con velocidad, sino que son momentos para caminar con lentitud, para captar con la emoción a flor de piel la falta que se esgrime, patente y ominosa, allí dónde –como un Real– no deja de no estar aquel amado punto fijo que hace tan poco nos sujetó y sujetamos. Si, sobrevivimos esta vez; sin embargo, memento mori.

Átropos vendrá por nosotros y por nuestros amados, estemos donde estemos, incluso cuando nos neguemos, reprochemos y nos frustremos. Nos queda sentir, a ver si algún día alcanzamos algo de serenidad. Pienso en Fernando González, en Viaje a pie (1929):

Aquel día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

«Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre.»


La sobreinterpretación, al igual que la negación y ciertas formas más fóbicas (fantasmáticas) de terror, son ejercicios de velocidad ante el vacío que terminan por proponer un sentido horroroso, uno abusador y generalizado que se suele repetir, que termina por efectuar un corte en los vínculos; aquel es el ejercicio de la neurosis ante lo sencillo del desencuentro, el vacío y lo incontrolable. No faltarán las prácticas de dolor que pretenden producir e inducir el trabajo de duelo (que es subjetivo y voluntario) con más velocidad, en forma de rituales que se ensañan, masoquistas, sádicos y auto-sádicos, intentando ofrecer una cura a lo que no es una enfermedad. Cuándo se incurre en apurar a alguien en su proceso, es más el daño que se hace que la utilidad… y es que hay que ser muy baboso e imbécil en esta vida para ponerse a afanar a un doliente; eso está al nivel de atracar a una persona que usa gafas. Así pues, que cada quién haga lo que necesite hacer, a su tiempo, para sobrevivir a sus muertos y sobrevenir a su propia fragilidad. Hay que prevenir el encarnizamiento terapéutico.

Aceptar toma tiempo y no hay más reconstrucción posible que desde la humildad de quién ha dejado de imponer al mundo sus categorías y así, por fin, se ha reconciliado con su propio fluir terreno, con ese incesante devenir otro, construirse y reconstruirse diferente y similar. Asimilar, a’similar, a-similar.

Imagino que se entiende lo que digo: Hacer un duelo no es sacar al otro de la propia vida, sino re-organizarse, re-construirse uno mismo con conciencia de ese vacío y, así, religar, volver a sujetarse de nuevos modos, renovar los estilos de lazar, mirar, amar y soltar.

Una vez más, en aras de claridad y haciendo una merecida venia a la practicidad romana, retomo las palabras del pueblo que ovacionaba con estas palabras a los generales ungidos en reciente victoria:

Memento mori”, es decir, recuerda la muerte, recuerda que puedes morir, que eres mortal.

Aunque también están las notas de Tertuliano al respecto, que nos dan un polo a tierra humilde de las palabras que se decían en aquel entonces:

Respice post te! Hominem te ese memento!”, que traducido es “¡mira detrás de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!” Que no eres un dios.

Vale la pena amar, crear construir y esforzarse sólo porque hay muerte, sólo porque no somos eternos, pues es aquel límite ineludible lo que nos da uno de los pocos puntos fijos en vida con lo que podemos construir sentidos que sean como líneas de perspectiva que tiendan a un punto de fuga que se ubica justo al borde de nuestra hoja de diseño. Somos libres de construir sentidos en cuánto la muerte representa la finitud de toda posibilidad de ser; aquel es el ser para la muerte de Martín Heidegger.

Captar la muerte jamás dejará de ser para nosotros un imposible, pero aquello, más que un infortunio, es el cajón del tesoro, el inagotable origen de las historias que tejen la cultura, que nos unen y nos ayudan a mantenernos en pie, de los rituales que simbolizan en sus movimientos lo que no se puede decir, dándonos materia prima para construir nuevos sentidos y volver a sujetarnos a pesar de –y, en especial, gracias a– nuestra humana fragilidad.

En ese sentido, es la muerte esa gigantesca bendición que nos arroja lejos del “paraíso terrenal” (psíquico) al mundo real, es decir, de la ilusión de omnipotencia a la frustración; nos empuja a pasar de la insensatez narcisa a una posición social y creativa (tanto ética como estética) que tiene su raíz en una pizca de sabiduría marcada finamente por ese granito de locura de cada uno, ese rasgo unario que se deja florecer, por fin, con potente sinceridad. La muerte se vuelve pues un incentivo inmenso para sobreponerse sin descanso a las propias taras con valentía, para aprender a vivir sin arrepentimientos ni reproches, para dejar de negar el vacío que nos dejan los muertos y la impotencia que nos deja vivir, para acogerles y aprender a desear.


Recuerda que vas a morir, que todos vamos a morir, para que hoy también valga la pena vivir para crear y recrear lazos humanos una vez más.


[Escrito: martes 7/06/2016]

jueves, 21 de agosto de 2014

Carta a Juanda - Hermenéutica

*Nota introductoria (Advertencia): En esta carta hablo de Sergio. Considere con cuidado si desea leerla porque la escribo con pocas reservas y mucha sinceridad. Aclaro que en ningún momento es mi deseo el causarle malestar a alguien, como tampoco pretendo compartir morbosamente información.


Envigado, viernes 1° de Agosto de 2014 (1:52 am)

Para:
Juanda

E.S.M.



Hombre… hace rato que no hablamos.

¿Cómo vas?

Aun me espero… espero que algún día no te vayás cuando queremos hablar… pero vos sos como la menstruación: entre más se te espere, más tardarás en venir, pero al fin de cuentas, eventualmente terminarás viniendo.

Espero con ansias hablar con vos, sea de Hermenéutica, sea de tu padre o lo que te venga en gana. Te diría que te hablaré de hermenéutica en esta ocasión, pero no.


Por mi parte, tengo mucho que contarte…

Se suicidó un gran amigo.

Vos sabés que yo soy hijo único, de manera que nunca tuve hermanos sino amigos muy cercanos. Estando más chico, a ellos les decía “hermano” sin darme cuenta, y a penas con la muerte de Sergio, con su ausencia, pillé el sentido. No sé si me han hecho falta hermanos, o me han sobrado amigos, quizá ambas…

Con el tiempo se han sumado nombres a la lista, pero también han ido saliendo uno tras otro, separándonos en los distintos caminos que decidimos a cada momento. Vos conocés a varios, además, vos sos uno. Jose Gabriel, Nicolás, Jose Luis, el mismo Alejo… Óscar, Camilo Claudio, Juanes, James, Pérez, Villegas, Pupu, Calle, vos, Zubieto, Vieco de vez en cuando, Pipe, David, Pulido… Sergio…

Vos sabés cómo soy. Obviamente nunca se lo dije a ninguno más que como una simple muletilla para nombrarlo, pero siempre lo sentí y lo pensé. Dice una canción de Leiva, uno de los dos de Pereza “nunca nadie supo la verdad”. Y güevón, no me pongás problema por el concepto de “verdad”, que vos sabés con claridad cómo lo concibo: forma discursiva de carácter axiomático.

Que los vientos no traigan
Siempre un nudo en la garganta.
Para ya, ya, ya, ya, ya
Que te vas a quedar en nada,
Que te vas a quedar en nada,
Que te vas a quedar sin alas…
Cuídalo bien.

No voy a soplar las velas.
Hoy vengo muerto, quiero gritar.
Los veranos en ruta
Me salvaron otro año más.
Nunca nadie supo la verdad.”

Se llama “Nunca nadie”, es una de esas que escucho en San Pedro; aparentemente el bajo me hace falta sólo cuando tengo calor.

Sí, nunca se lo dije a nadie… quizá sólo a los primeros dos, nunca con claridad. Pero cuando supe que no lo volvería a ver, a Sergio, supe que él era uno de ellos, que se agregó a la lista hacía ya tiempo. Yo ya lo sospechaba hacía unos meses, pero decidí no echarle cabeza en ese momento. Me dolía mucho porque él se encontraba lejano de mí, así que no lo quería pensar… además de que yo andaba con otro lío, uno menos amable. Vos sabés cual jajaja, ¡pero shhhh!

Resulta que el muy güevón se colgó. Eso ya estaba claro, él lo había anunciado hacía muchísimo tiempo y dos personas lo sabíamos directamente y con claridad. Yo llevaba ya años intentando que ese pendejo siguiera con vida, anduve pendiente de él, pero cuando lo vi inclinándose hacia la repetición intenté dar un paso atrás… claro, yo mismo no me lo permití y me quedé ahí, intentando cuidarlo, pretendiendo salvarlo. Sé que vas a decir que yo soy muy tierno, que soy un amor… no tengo cómo contradecirte, yo soy un amor con mis hermanos.

Eventualmente me alejé de él para darle un espacio en la relación que entabló con una chica con la cual también amisté al tiempo; aun siendo una relación supremamente voluble y ambivalente, él la disfrutaba y la padecía con intensidad. Pathos, él siempre fue un apasionado.

Hasta ayer… no, hasta hoy, me sentí culpable por su muerte, pero logré conceptualizarla de un modo más amable: pensaba que yo había inducido la emoción que lo empujó a suicidarse… pero no; creo que sólo clarifiqué sus motivos y él tomó su propia decisión. Alabado sea Santiago, mi terapeuta, por esta revelación. Hoy dormiré liviano.

Además se mató en la misma habitación que murió su padre; completó la escena. Él nunca pudo superar eso, y siempre me dijo que su padre se había suicidado porque decidió optar por el machismo, la terquedad y el egocentrismo antes que por su vida, que era un cobarde, una gallina. A él, a su padre, lo mató un cáncer frente al cual se reusó a ser tratado y Sergio nunca se lo perdonó, además de que siempre buscó un padre en la gente, en su entrenador, en Andrade, en mí, en otros tantos. Lo fantasmático de las relaciones humanas es apasionante e intenso, pero confrontador.

No sé si morir en el mismo lugar y bajo una modalidad similar a la que él conceptualizó, el suicidio, será muestra de haberlo perdonado. Freud en varios momentos habla del suicidio como asesinato y como suicidio al tiempo, además del asunto de las escenas fantasmáticas del Acting-out y el Pasaje al acto en Lacan. ¿Quizá por fin mató al papá? No sé, pero evidentemente no sobrevivió a eso. Es un Acto como tal, uno irrepetible, pero un Acto a fin de cuentas, el más claro de todos, el acontecimiento vitalicio y primordial. Bueno, ya ni modo preguntarle.

La ventaja es que no sólo ya no me siento culpable, sino que esto me ha ayudado a impulsarme un poco más a la adultez, hacia algo de sabiduría. Volví a crearme otro nombre, está en gestación, comencé la casa por el tejado, como dice Fito Cabrales (el de Fito y los Fitipaldis), pero ese es tema para otro día, o para otro texto.

Volver, volver a ver en a la universidad fue fuerte, me salieron dos lágrimas, de esas que no preguntan, sino que atropellan mi voluntad e inundan mi rostro. No pude evitar observar con una profunda nostalgia la banquita donde nos encontrábamos. O bueno, una de ellas.

Sólo pude llorar a los días, no sé si 3 o 4. Ana puede saber mejor que yo. Iba con ella en su carro, de copiloto gasolinero, como siempre, y por poco ocurre un choque entre autos frente a nosotros. Yo me asusté, sentí que me iba a morir… yo si vi el choque y, en pánico, algo lloré. Fueron pocas lágrimas, asustadas, comprimidas, pero algo salió. Sentí que me moría y luego descansé. Con eso desapareció el hueco en el pecho que tenía, la resolución de la culpa a penas vino una semana después.

La misa que la familia le hizo fue una mierda. Hombre, fue terrible, yo estaba desesperado, quería matar al cura y a la hermana de Sergio. ¡Qué mujer más bullosa y culposa! Que desespero esa diada de religiosos.

La gente llora mucho, no sé si por hacer drama o qué. Yo escribo mucho y no espero ser leído, al contrario que ellos que, incluso se molestarían si no son leídos a su gusto. Me siento relativamente autóctono frente a ellos en estas situaciones.

Esperé poder salvar a Sergio mucho tiempo, Yo sé que no tengo derecho a decirlo por lo que te conté el otro día, pero para mí es absolutamente coherente. Él pretendía huir en ese tiempo, yo terminar tras haber hecho lo que tengo aun qué hacer; así que pasé mucho tiempo desesperado, angustiado, triste y melancólico por no haber podido salvar a mi hermanito… ¿te he contado la historia de “Por mi tripa” de Pereza?

Es el hermano, no sé si de Leiva o de Pozo, pero es un cocainómano pesado y es algo que a su hermano le pesa muchísimo; algo así. Esa canción me acuerda a él… y no lo pude salvar.

Llegué a una sentencia: La psicología sirve para cuidar locos, no para salvar suicidas. Ante eso, Santiago respondió que no era muy razonable pensar entonces que yo pude haberlo salvado o incluso inducido, a lo que yo repliqué que el loco era yo; pero él tiene razón.

Es cierto, yo no lo condené ni lo salvé, siempre fue su decisión y él se afirmó a sí mismo, a su existencia, como destino y como decisión, como acto, con su suicidio. No quiero quitarle eso con mi delirio de control y saber, no. Siempre fue su decisión hasta el final.

No obstante, esta conclusión no me ha rescatado de mi propia mente, de la nostalgia, la melancolía, la culpa y el dolor. Tan sólo hoy pude rescatarme de mí. ¿Te acordás de que me mandaste State of love and trust de Pearl Jam como respuesta ante Concretud y disolución? Jajaja, ¡esta vez no me disolví! Sólo tuve un  hueco en el pecho, son buenas noticias, y con el cambio de nombre creo que esto va a mejorar mucho más.

Al principio pensé que él era un güevón por haberse suicidado, pero ahora creo que fue sensato de su parte llevar a cabo (lo digo amando y odiando a Heidegger) el deseo que hace tanto tenía: una vez muere su padre, el peso de su madre recae sobre él, oh mujer asfixiante, simbiótica, ambivalente, culposa, culpante, culpable, desesperante, persecutoria, manipuladora, desgraciada. Los duelos se hacen por las buenas o por las malas, pero uno no se va de esta vida debiéndose nada.

Si, quizá el más sensato sea el suicida. Empédocles de Agrigento, el filósofo griego que abogó por el Physis equilibrista, se arrojó al Etna, al volcán, supuestamente para dar un final suficientemente digno, honorable, a su altísima existencia. No sabe uno si se reconcilió con su pequeñez en el vuelo hacia el volcán, o si Sergio lo hizo, pero seguramente tuvo tiempo para pensarlo. Deduzco entonces que, si bien el acto del suicidio puede ser sensato y recrear con claridad la escena de la asfixiante angustia de la pérdida de un ser querido y la persecución, los motivos del suicidio y el suicida mismo pueden carecer de sensatez. Bendito sea Aristóteles, amén.

El pendejo no llamó a nadie esa noche, él sabía a lo que iba. Se disculpó por lo que me dijo antes de hacerlo, y me dio las gracias por mi amistad. ¿Habrá tenido una epifanía? Me decía que no se sentía bien, que se sentía flotando… algo se reveló a sí mismo, algo se permitió sentir, estoy seguro de eso. Lo último que le dije fue que escribiera, y ahora soy yo el que  escribe de él.

Le pesó hacerse responsable de lo que vivió con ella, con esa noviesita con quién entabló su última relación. Le costó mucho asumirse responsable de lo que él mismo gestó con su vida, en su relación y en su mundo. Quién sabe si su propia culpa lo mató, y quizá sí, él siempre deseó expiarse, extirparse, y bueno, quizá lo consiguió finalmente.

Tenía ese delirio de poeta maldito, incluso le gustaba el francés. De poeta maldito y de Edgar Allan Poe. Él no quería misa, pero el muerto ya no se pertenece a sí mismo, le pertenece a los que dicen llorar por él escandalosamente. Podría incluso decir que él me dijo en alguna ocasión que él era vitalista, como Nietzsche, o que era nietzscheano, y nadie podría decir lo contrario. La verdad es un juego discursivo y, con el paso del tiempo, un juego jurídico, Foucault. Pero sí, si me lo dijo, y yo le decía que no entendía él a qué Nietzsche estaba leyendo; imagino que al de Wikipedia jajaja.

Él me dijo que no se sentía bien; y sí, aparentemente estaba mal, pero no creí que se refiriera a eso. Pensé en llamarlo, pero decidí no hacerlo, preferí no hacerlo. Pensé que era un momento de él con él, que no era lugar para mí en su mundo. Acerté.

Su suicidio fue su decisión y su responsabilidad, no la mía. Él lo eligió. Yo tan solo hablé con él y clarificamos sus percepciones y motivaciones, también las mías, y él decidió a conciencia qué hacer con su vida. No le quitaré nunca el nombre que él decidió darse con su acto, yo no tengo y nunca tuve poder sobre él, así que lo puedo dejar morir en paz. Me refiero a mi propia paz.

Él pudo ser mi hermanito, pero siempre lo vi como alguien igual a mí en términos de capacidades. Aun así, siempre sostendré que él no entendió ni a Nietzsche ni a Schopenhauer, pues, más allá del tema del suicidio. Él no estaba loco, pero entendía lo que le daba la gana. Quizá todos seamos así, pero él lo era más patentemente. En vida, él no estuvo de su parte.

Vos llegaste a verlo, quizá una o dos veces. En el cumpleaños de Ana sé que lo viste.

Es curioso todo esto. No hubiera pensado que su suicidio sería un motor tan grande en mi vida, algo que me motivaría, que me daría impulsos para asirme adulto, para confrontarme con mi propio niño interno, el “mal hijo” que habitó en mí y que por fin pude dejar morir con Sergio.

Cuando él murió, soñé a la segunda noche (la noche del día de la misa) con un retrato familiar en el que estaban los padres y el niño en el medio, lo abrazaban. El niño era él y ya se llevaba bien con ellos, en especial con el padre.

El retrato es una representación de uno de los de mi familia. Es el único recuerdo que queda de un busito verde que boté, se me perdió en la calle un día y me regañaron muchísimo por ello. Ese día me sentí un mal hijo. Quizá con la muerte de mi especular hermanito también algo de ese “mal hijo” que habita en mí cambió, se re-estructuró, se transformó, murió, y tomó nueva forma.

Sí, creo que era una situación que me hacía falta para semejante cambio que estoy experimentando, una transformación de raíz que ya se veía venir desde hace tiempo pero que, por algún motivo, yo no había aun llevado a cabo. Seguramente me hacía falta una crisis.

Ante la intramitabilidad de la muerte, la de alguien tan cercano como él, necesité jugar esa carta: la carta de “El Sabio” que me permite asir y fluir con tranquilidad. El mismísimo James Joyce me ha iluminado con su psicótica sabiduría identificatoria y he virado la moneda que mis padres tan amablemente prensaron para nombrarme; el otro lado de esta siempre estuvo libre para mi propia inscripción. ¡Soy padre de mis nombres desde los 12 años! Ahora no me queda más nombre ajeno que mis apellidos; con esto y el viento frío que me acompañan esta noche me basta para seguir potente y vital, y un poco más sabio que ayer, que hace dos semanas.

Hombre, me escribiste que reconociste en vos las faltas de tu padre. Yo quería escribirte para decirte que no te mataras por favor; es en serio, al menos no te matés por ahora.

Sé que vos no lo harás, pero… me hizo falta decirle eso a Sergio: “Oe, no te matés, no te matés por favor, al menos no hoy, al menos no por hoy.” Resulta que le dio por matarse el mismo día del cumpleaños de Sara, mi amiguita de toda la vida de la unidad.

Este taco en la garganta es brutal.

Si, Sergio… me duele no haberte dicho que no te mataras por favor, y ya no podré decírtelo más que en estas letras, en mis textos. Te pedí que escribieras, ahora te escribo a vos. Me hubiera gustado decirte que no te mataras por favor, pero juro que descansé cuando me dijeron que efectivamente te habías suicidado. Esa tención de estar tras de vos diario, preocupado, atento, en pánico… fue terrible, absolutamente desgastante y doloroso. No era sostenible seguir en esas, nunca ibas a parar, nunca ibas a dejar de amenazar con eso; así que te juro que por fin descansé.

Juanda, vos sos distinto. Vos no has amenazado con eso, a vos nunca te he cargado, así que te lo digo sin ningún reproche: Juanda, hermano, no te suicidés por favor. Deseo tener mucho más tiempo para hablar con vos, claro, cada que te de la puta gana de volver… pero aquí estaré, estaré más que nunca, para cada uno de mis hermanos. Los amo a mi manera, y me hacen falta como gusto de la suave distancia y los calurosos reencuentros.

Hoy soy este viento frío que los saluda a todos por igual y que con ternura declara su cariño y su fuerza, su constancia para acogerlos y su paciencia para soportarlos.

Juanda, vos sabés cómo soy como yo te conozco a vos, y los dos sabemos que ambos lloramos algo leyendo esto. Te mando un abrazo fuerte con mi tinta, con mi alma. Y si, yo tampoco quería hablar de Hermenéutica jajaja.

Me despido de vos; como siempre, es un placer escribirte.



Con cariño y sinceridad, sin reserva alguna, tu auto-nominado hermano.

-José David.



*Nota 1: Si alguien decidió leer esto, le pido el favor de que lo guarde para sí mismo, de manera ética, discreta y prudente. Es un tema delicado para varias personas y lo seguirá siendo por un tiempo. Confío en los pocos lectores de este espacio.
*Nota 2: Este mes he escrito mucho, pero asuntos de otro orden, mucho más introspectivos y aparentemente desorganizados. He sentido desde que escribí esta carta que no puedo publicarla y, a raíz de eso, no he podido escribir o publicar nada más del estilo de este Blog. Definitivamente es mi desnudez y ponerle un límite implicó transgredirme... a penas hoy logro, aun con algunos miedos, publicarme y publicar a Sergio con sinceridad, sin muchas reservas.
*Nota 3: Sinceramente espero no ofender a nadie con esta carta, no ha sido mi intención en ningún momento. Si alguien definitivamente le ocasiona malestar, por favor comuníquese conmigo. No me gustan los problemas ni incomodar a las personas, así que seré receptivo en caso de que alguien se sienta incomodado u ofendido por esto.
*Nota 4: Lo comparto por una infinidad de motivos. Ustedes no tiene idea del descanso que siento por poder publicarlo por fin, es una tarea enormemente terapéutica para mí. Este texto, esta carta es una letra desnuda, este es su lugar, no el olvido ni el reproche, no el silencio ni el vacío. Hoy dormiré tranquilo tras librarme de mi propio silencio hipócrita. Me alegra que este espacio sea tan íntimo y privado como para poder hablar con sinceridad, sin contenerme. Por fin puedo sacarme este taco de la garganta y dejar de callar a mi amigo, a mi hermanito, y dejar de callarme a mí. Cierro mi silencio, puedo hablar libremente... Hasta siempre.
*Nota 5: Gracias por leerme... y gracias por acogerme con sus lecturas. Gracias, muchas gracias.
*Nota 6: Diré y seguiré diciendo que Sergio me quedó debiendo 20.000 pesos; sé bien lo que digo: le reclamo al malparido que matándose me quedó debiendo un amigo, un amigo muy importante que jamás podré olvidar. Poco a poco lo voy aceptando, y quizá algún día deje de ser un reclamo y se vuelva un simple chiste para nombrarlo, o deje de nombrarlo... pero, por ahora, sigo extrañando a mi amigo, a mi hermano.
*Nota 7: Casi a dos años de su muerte, por fin puedo dejar ir esa pequeña deuda de mi amigo. Así, como fue, estuvo bien. De verdad que así estuvo muy bien. Gracias por todo, amigo mío. [Junio de 2016]



[Escrito: viernes 01/08/2014]

lunes, 10 de febrero de 2014

¡Muertos!

La Barca de Caronte - José Benlliure Gil (1855-1937)
Óleo sobre lienzo, 103 x 176 cm
Museo de Bellas Artes, Valencia
Muertos.
¡Muertos estamos todos hijueputa!

Muertos en un mundo lleno de temor, muertos en un cuerpo que nos resistimos a habitar; muertos porque somos más palabras que amor, muertos nos desgastamos en promesas y amenazas en vez de reflexión y acción sensata.


Muertos caminamos día tras día al colegio, al trabajo, a la universidad, con los ojos vacíos de pasión, a ver lo mismo que vimos ayer, y la semana pasada, y el mes pasado. Quizá si cambia el contenido, pero en nosotros no hay más cambio que el cayo enorme que crece a diario y nos aleja de toda sensibilidad.

Muchos corren, afanados por algún fantasma, a llenarse de títulos… ¿y luego qué? No tienen ni idea de cómo ser felices, de cómo vivir una vida que les valga la pena. Les resta cagarse en la vida de los que siguen intentando ser felices y limpiarse el culo con sus cartones (porque obviamente, una persona así nunca querría ver triunfar a alguien en la empresa en la que él falló). ¡Contemplad el nacimiento de la burocracia y, con suerte, de un suicida a los 50 años! A no ser que al desgraciado le dé por procrear a otro engendro sin vida como él y perpetuar la tradición de cuerpos apáticos e insensibles.

¿Cuánto alcohol y cuanta marihuana le hará falta para poder dormir? ¿Cuántas vidas tendría que vivir para aprender a llorar? ¿Cuánto tendrá que empolvarse la cara para poder sentir algo de emoción? ¿A cuántas cirugías estéticas tendría que someterse para, aun así, sentirse bello?

Hace unos días me contaba un amigo acerca de una estudiante de medicina que es muy cercana a él. Ella se la pasa estudiando todo el tiempo, y quizá la carrera lo requiera, pero ella sólo puede relacionarse con su estudio a través de la angustia que le produce la idea de fallarle al fantasma que ella ha puesto a perseguirla. Hace poco, por el pensum universitario, le tocó ver un “relleno”: literatura. ¡Oh problema! ¡La bella muchacha aburrida disfrutó esa clase! Le comentó a mi amigo al poco tiempo que no sabía que el estudio se podía disfrutar. Con suerte, estará próxima a una crisis en mitad de medicina.

Quizá sea cierto que en este mundo de la ciencia y del saber objetivo todos estamos medio muertos, somos poco más que una estadística en caso de un terremoto… pero el alma humana, el espíritu de la pasión de un pueblo, aun reside paciente en las letras, en el arte, en el amor, en el odio, en el rincón de la noche que te muestra las estrellas y te permite perderte en ellas. Vincent van Gogh quizá tenga un trazo o dos al respecto.


Hoy siento que todos estamos muertos, lo digo con dolor y tristeza… pero al menos siento algo distinto a la nada que habita como vacío en el pecho de tanta gente día a día. Hoy me siento fatal, pero al menos siento algo.

¡Esta resaca me va a matar!

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*In Flames - Disconnected

[Escrito: sábado 01/02/2014]