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| Pintura de Rafał Olbiński, no conozco el nombre. |
Es una lástima –a mi parecer– que de tanta frustración no
devenga creación, sino narcisismo enclaustrado y nuevamente cerrado: Una boca
que pretende besarse sólo a sí misma, ni siquiera por el goce del autista, sino
por egolatría expandida que añora, maníaca, una pansexualidad sólo de
hipotéticas homologías, de perpetua mismidad.
Inflados de aire y ávidos de babas hacen promesas más
grandes que ellos, compromisos que no podrían mantener junto a su carne
arcillada y, una vez llega la hora, se secan, se agrietan, se ajan, se
fracturan y atacan cuando caen desde las alturas para romperse, por fin
conformes a su real fragilidad. Inconformes con su naturaleza mundana entonces
maldicen al cielo, al sol y a sus alas de cera y plumas, a su cuerpito de
cristal, para fantasear que podrían haber volado de verdad; no es raro que lo
vuelvan a intentar en sus afanes de autosuperación delirante, cerrando entonces
sus ojos para jamás tener que vérselas con la divina otredad.
Así pasan los meses subiendo un poco y cayendo desde lo
alto, lamiendo sus heridas que no parecen sanar y les recuerdan cada vez que
fracasaron en esa empresa elevada y descabellada de hacer realidad un ideal, de
darle carne a una idea vaciada a la fuerza de la más tierna humanidad. Pasan
los años y continúan la lamiéndose, sin permitirse sanar; se hacen obreros sin
callos en las manos, con dedos arrugados y frágiles por la autocompasión
disfrazada de mimo y saliva, incapaces de levantar la pesada carga de la
construcción de una vida que valga la pena ser vivida.
Me pregunto con alguna frecuencia “¿pero cómo harán para nunca aprender?” Me resulta tan difícil, tan
improbable, tan insensato pensar que exista alguien así que francamente me
cuesta imaginarlo como una realidad posible y sostenible, aun cuando les
conozco a profundidad. El poder es algo tan lejano para mí que no veo cómo
alguien podría encontrar en semejante imaginario su única causa para sonreír,
como si sólo se pudieran deleitar en el goce mortífero de la limitación
innecesaria e imposible de llevar a cabo.
Y aun así los veo romperse en llanto una vez al mes,
motivados en que no pueden e insisten en verlo como un revés; pero jamás se les
ocurre buscar alegría en lo que son ni ceder en lo que –maniacos– aspiran a ser, nunca se les pasa por la mente
ser pacientes y ver qué florece en el
desencuentro y la diferencia ni disfrutar de los retoños que creamos en
relación, no. Siguen negando que pueda haber otra forma de concebir las
multívocas artesanías que pueden ser la felicidad y el amar.
Hay gente que no está acostumbrada al cariño. Hay gente a la que le hace falta amor, y otros a los que les hace falta comer mierda y castración.
¿Cuántas lágrimas tendrán que contar para querer
cuestionar su volitiva ceguera? ¿Cuántas caídas, cuántas fracturas más tendrán
que lograr para darse cuenta de lo no opcional de la otredad? ¿Qué no sospechan
que morirán, que quizá este tiempo sea digno de aprovechar? Tan frágiles que son, ojalá no se partieran con
tanta fuerza con su propia crueldad. Pero estén lejos, muy lejos de mí, por
favor, en cualquier caso; porque yo vivo para amar, de pronto para eso y para nada
más.
[Escrito: 23/02/2016]

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