viernes, 30 de enero de 2015

ψυχή – Psuché

Nota: "ψυχή – Psuché" es la compilación de textos académicos en un volumen físico y virtual que me sirvió para hacer cierre del pregrado en Psicología y de las prácticas. Fue terminado e impreso el lunes 2/11/2014 y presentado el viernes 14/11/2014. La introducción y el cierre son los relatos que acompañan a los textos que compilé, que son: 
  1. La güevonada del psicólogo, o De la psicopatología a una ética de las pasiones
  2. Psicoterapia, terapéuticas del alma y mutuo cuidado de sí
  3. Las disciplinas Psi (Ψ)

Dichos textos también se encuentran en el Blog y tienen la etiqueta de "ψυχή – Psuché".


Introducción*

Mis tiempos subjetivos, los tiempos del modo en que vivo mi vida, tienen mucho efecto en mi existencia. Desde tercero de primaria, estos tiempos quedaron configurados por semestre, de manera que yo me ocupaba de hacer las reflexiones respectivas para evaluar, criticar y corregir, con esos términos. Gracias al paso del tiempo, he podido cambiar esas palabras y hacerme menos duro conmigo mismo.

Hace aproximadamente año y medio me encontraba bastante nervioso por el momento de mi formación académica que me encontraba próximo a iniciar: las prácticas. En ese momento yo ancaba cerrando el lapso de tiempo que había dispuesto para leer acerca de humanismo y psicoanálisis, pero el segundo aun no lo he podido cerrar.

Como para mí es más sencillo discurrir en la teoría, comencé por cuestionar desde lo teórico la praxis psicológica, sin dejar de tener en cuenta que la teoría nunca podrá abordar cabalmente lo que experimentamos en la vida. Así, me valí de mis pequeñas conversaciones con otras personas, y de mis experiencias como consultante para nutrir mis primeras reflexiones al respecto.

De este esfuerzo de lectura nacen dos textos, ambos con mucho por pulir. Ambos se gestan a partir de una tempestad emocional: una inmensa rabia con quién era mi terapeuta en ese momento y la urgencia de escribir algo que sentía atascado hacía tiempo; de modo que con ellos abandono ese espacio terapéutico y rabié por varios meses en contra de él.

Fue una gran oportunidad para escribirle a mi terapeuta que lo consideraba un güevón y cuestionar sus prácticas. Finalmente nunca se lo dije porque había dejado de asistir cuando hice el segundo.

Dos meses después, comencé mis primeras prácticas y la había emprendido en contra de la negación, es decir, la capacidad de hacerse el güevón voluntariamente frente a algo. La veía patentemente en las asesorías que realizaba en el colegio donde practiqué, cuando me comenzó a parecer sospechosa mi actitud ante ella. Ahí me di cuenta que yo mismo estaba negándome a afrontar la disparidad que había vivido en mi terapia.

Con el tiempo, de la lectura y las experiencias, entendí que yo fui demandando psicoterapia y él, en cambio, me ofreció un análisis de sesión corta frente al cual yo protesté, pero él insistió. Ahora lo respeto, pero ambos estábamos fuera de lugar… yo más que él, ciertamente.

 El reconocer esto, sin embargo, y tomar un paso por mi propio camino fue un enorme movimiento a mi parecer, de la manera que el título mismo lo expresa al ser la vía del transcurrir entre rabiar contra él a hacerme responsable de mis pasiones, es decir, pasé de culpar al otro a cuestionarme y moverme hacia una postura ética. Aquí nace La güevonada del psicólogo, o De la psicopatología a una ética de las pasiones, por eso tiene dos títulos, porque representa exactamente ese paso.

A partir de esto, al no estar centrado en exterminar la negación sino que pude considerarla como algo necesario para el psiquismo humano, entonces me centré en la pregunta por lo terapéutico… Era para mí sorprendente que las chicas que asistían a asesoría salieran más tranquilas, más tristes, más rabiosas, más felices o agitadas sólo por unas pocas palabras que yo pudiera decirles. Ese semestre, hice los cierres como pude.

Durante las experiencias terapéuticas del segundo semestre de prácticas me encontré con un cambio enorme en mi posición como terapeuta; definitivamente ya había pasado un semestre. En este caso, buena parte de las chicas que me pidieron asesorías eran desesperantes, y me enfrenté a la dificultad de enfrentar sus ires y venires como pacientes, lo salvaje de la transferencia de algunas y todas las acciones histéricas que por algún motivo no me llegaron en el primer semestre de prácticas allá, en el mismo colegio de chicas.




Confieso que atendí mucho menos de lo que debía porque no soportaba a la gran mayoría de esas chicas, así que me dediqué a otros asuntos más grupales, en que podía disimular mi inactividad y tedio. Al paso de un mes, sin embargo, varias de estas mismas chicas me buscan quejándose porque no las he atendido y terminan por contarme lo grandes que se han vuelto sus situaciones, así que al sentir tal demanda cedo para atenderlas…. Y ya había algo distinto.

Una vez más disfruté de las asesorías individuales, porque entendí que mi función como terapeuta también consistía en ser paciente con mis pacienticas, como dice Lacan, el que es realmente paciente es el analista.

Fui honesto con ellas cuando me preguntaron por qué no las había atendido… a varias de ellas les dije que mi motivo era que no las soportaba, pero que en ese momento si las podía soportar. Una de ellas, una chica de 6° que aun recuerdo bien, me respondió que ella tampoco soportaba mucho a la gente, pero que yo le parecía muy soportable porque hablaba con una voz que la calmaba… y ahí entendí que tanto yo tengo que soportarlas a ellas, con sus síntomas, ocurrencias y repeticiones, como ellas tienen que soportarme a mí, con mis propios ires y venires, y en eso consiste el contrato de la terapéutica, en soportarse mutuamente para dar soporte a un proceso terapéutico.

La asesoría inmediatamente siguiente era una chica gritona, cansona, excesivamente demandante… y cuando comenzó con el teatro habitual, la frené en seco. Recuerdo haberle dicho que gustosamente yo la acompañaba y apoyaba en su proceso, pero que no estaba dispuesto a soportar el escándalo que había montado en las dos ocasiones anteriores y ahí, en un arranque de sinceridad, le dije “yo te ofrezco mi cuidado en este espacio, pero sólo si estás dispuesta a cuidar de este espacio y de mí mientras estés acá”. Ahí comenzó la terapéutica, resultó que su asunto era con el cuidado (¿"pre-neurosis"? Etiqueta).

De estos eventos nace Psicoterapia, terapéuticas del alma y mutuo cuidado de sí, como un vómito de las conclusiones de lo que andaba leyendo por esos días y una condensación de lo terrible que fue aguantarse a esas chicas hasta ese momento. Igual tuve que soportarlas el resto del semestre y por nada del mundo trabajaría ahí de nuevo, pero fue más amable para mí.

Finalmente, Las disciplinas Psi (Ψ) no conforma un texto en cuanto tal. Su forma original es un mapa conceptual que habitaba en mi tablero. Al iniciar el pregrado de Psicología nació en mí esa duda de las diferencias entre la psicología, la psicoterapia, el psicoanálisis, y la psiquiatría (incluyendo a la antipsiquiatría) y realmente nunca me interesó resolverla hasta que comencé a diferenciar las terapéuticas de la psicología. En esa situación no podía entender qué era el psicoanálisis, y esa ha sido una de las tres cuestiones que me han ocupado este semestre junto con la psicosis y el suicidio de Sergio.

En el espacio terapéutico/analítico que emprendí a principios de este año, a plena conciencia de lo que demandaba, he podido abordar esta distinción y elaborarla con claridad con la ayuda de Santiago, que desde su condición de sujeto posibilita un espacio para conversar de los asuntos conceptuales que también me angustian.

Quizá el evento que motivó en mí resolver operativamente la distinción entre estas disciplinas fue disputa que ocurrió a finales de septiembre del presente año en la fundación donde estoy practicando, disputa que se da por un desacuerdo en un diagnóstico y que llevó a respuestas bastante sugerente por parte de los directivos, que consideraron mi despido.

Cuestioné muchísimo lo que ellos esperaban de un psicólogo allá y lo que en general la sociedad espera de un psicólogo… un psicólogo no puede cambiar mágicamente los pensamientos de alguien, como tampoco un psicólogo o un terapeuta pueden salvar a un suicida, cuando mucho pueden ayudar a que un “loco” aprenda a cuidar de sí.

Con esta discusión, que fue harto incómoda y angustiante para mí, decidí emprender de lleno esta distinción para aclarar qué función quería tener en la sociedad en un futuro cercano, cuando me graduara de psicología. Y así, con unas pocas palabras de Santiago, mi terapeuta/analista logré dar con la piedra angular de esta diferenciación.

Confieso que esta postura que él maneja en su análisis me es razonadorable (razonable y adorable) y, decidí continuar formándome en varias áreas del saber, profundizar en la psicología, pero continuar con la filosofía e incursionar en serio en el psicoanálisis. No creo que se pueda ser terapeuta sin ser filósofo, a menos de que se pretenda adaptar al otro.

Aun no sé si quiero ser psicoanalista, pero si sé más o menos cual es la posición que quiero tener como terapeuta y eso me alegra enormemente porque constituye propiamente el cierre de mis prácticas y del pregrado de psicología, mas no de mi vida académica, espacio en el que aun estoy joven, dando mis primeros gateos, aprendiendo a caminar. Así mismo, por primera vez estoy asumiendo una posición ontológica y epistemológica al decidir mi postura terapéutica, lo que me parece encantador porque todo ello significa un gran compromiso en mi vida, algo de solidez en lo maleable y volátil de mis letras.

Cierro esta introducción con gran alegría diciendo, como he dicho últimamente, que me quedan mis letras para puntuar mi existencia, para leerme y releerme, para conversar conmigo y abrazarme cuando me haga falta, como ahora que cierro este texto y cierro la última responsabilidad de las clases del pregrado.

Admito que me siento feliz y tranquilo con lo que he hecho hasta este momento y desde hace 5 años, el día en que llegué acá y conocí a Daniela. He cambiado muchísimo, y ahora me quiero muchísimo más. Me siento sereno aun cuando faltan 15 días para culminar esto, para entregar el trabajo de grado e ir a embriagarme con justo motivo y llorar como lloré el día que salí del colegio: a moco tendido, 4 días seguidos, desbordado, nostálgico, pero feliz y sereno a fin de cuentas.

Soy consciente de que hacer la maestría inmediatamente en la universidad y buscar trabajar ahí como joven investigador tiene mucho que ver con lo duro que es para mí partir de los lugares que aprecio tanto, pero esta vez asumo con gusto mi temor a irme y quiero quedarme más tiempo; aun así es mucho lo que lloraré, pero deseo llorar, me cuesta mucho desbordarme a plena consciencia y me gusta, es una gran oportunidad para quedar liviano de alma un par de años.

Una vez más, me presento: Soy mi nostalgia y mi serenidad, soy un cierre que me cuesta escribir, que me cuesta asumir, y una nueva apertura que aun no ha llegado con concretud.

Tengo miedo a entregar este libro porque sé que en el momento en que lo entregue comenzará el cierre como tal. Hoy me abordan el miedo y la nostalgia, me cuesta mucho dejar a mis amigos y temo disolverme en el olvido, lo temo a morir, como a nada en el mundo. Soy este terror que me atropella sin piedad antes de irme a dormir.

Me gustaría tener otro cierre, uno más alegre, pero acepto que cierro con miedo al futuro, con incertidumbres enormes que entorpecen mi escribir, mi transcurrir… pero no, estas son mis letras y este mi sentir. Quizá al comienzo del nuevo cuaderno, tras terminar todo esto, cuando pueda tener alguna certeza sobre lo que voy a hacer con mi vida el próximo año; quizá entonces mis letras hablen de esperanza y mi voz sea apaciguadora, pero hoy soy este manojo de nostalgias y miedos, estas lágrimas asustadas, aterrorizadas por el transcurso de vivir.



Cierre – Psuché & Pathos**
¿Por qué dejar el título para el final? Este librito es una recopilación de textos, como ya lo había planteado antes, alrededor de lo que he vivido con la praxis psicológica en estos últimos casi dos años. Dos años, porque son preguntas que comenzaron meses antes de iniciar la práctica como tal.

En estas páginas hago una radiografía de mi aliento en estos dos años, una serie de fotografías que pueden ser comparadas la una con la otra y dar la apariencia de movimiento, como un filme en celuloide. El título tan sólo me sirve para expresar con claridad que esta es mi respiración; en últimas, es mi alma puesta en letras, como suelo hacerlo cuando me hace falta o por simple gusto. Me sirve también para conceptualizar mi cierre como practicante, para suspirar y dejar ir las presiones que la práctica y el pregrado conllevan aun sabiendo que otras presiones y tensiones vendrán prontamente… Así, puedo dejar morir con tranquilidad este fragmento de mi vida que duró 5 años y comenzar otro empalmado precisamente con esta palabra, con esta intención.

Si, ψυχή es una palabra griega antigua bien especial, significa aliento. Específicamente, significa ese aliento con el que vivimos y que sale del cuerpo humano cuando morimos, esa larga y profunda última exhalación que escapa del cuerpo cuando cede su vida. Es a esto a lo que denominaron alma o espíritu los griegos, al aliento de vida.

En el devenir fonológico de esta palara, se le fue transformando con el uso hacia otra, cuyo sonido es bien similar y más conocida por nosotros: Psyché (ψυχή), que se escribe exactamente igual pero significa algo distinto. Significa “mariposa”. Sin embargo, ψυχή viene de ψύχω, que significa “respirar”.

La respiración es todo un mundo para mí. La gran mayoría de dados (Heidegger, Vattimo) o de “síntomas” que experiencio son respiratorios; valdría decir que fueron ellos incluso algunos de los más tempranos en mi vida… la asfixia y, años después, la alergia. Gran parte de mis pacificaciones conceptuales y terapéuticas han sido también respiratorias en esta medida, así que la noción de ritmo me ha acompañado toda mi vida, desde la asfixia hasta la tranquilidad, desde la música clásica hasta el metal.

Mi intención haciendo esta compilación, el texto de la introducción y este es justamente esa: respirar, hacer frente a la asfixia, la angustia y la incertidumbre frente a mi futuro por medio de las letras, porque escribiendo puedo respirar con suavidad. Mi intención con este texto es escribir hasta que pueda respirar y fluir con tranquilidad, fluir en perpetuo movimiento en busca de sentido. Prosigo.


Hoy específicamente me enfrento a la angustia y su característica asfixia. Constantemente me siento sólo en este proceso, y siento que mis fuerzas escasean, que el tiempo se agota, que los otros se desvanecen. Son tiempos duros y siento miedo frente al futuro. Si, siento incertidumbre, pero ha valido la pena arriesgarme como sujeto a ser acogido por otros porque soy igual de ser humano que las personas a las que atiendo y que yo mismo acojo como terapeuta, o que los amigos que me cuentan sus dramas y yo los acojo entre mis brazos. Me duele, me asusta, me desborda, lloro y me agoto; y necesito aceptarlo. Hoy he decidido volver a mi condición de humano y la sitúo, de una vez por todas y en acto de clara rebeldía con mis padres, por sobre mi condición de estudiante, de académico. Este es mi cierre, la decisión de aceptarme como humano, como sujeto, y dejarme ser con tranquilidad en el espacio terapéutico y en mi vida social.

Hoy hablé con dos personas a las que pude contarles algo de lo que sentía, un poco de la angustia y la desesperación que hoy estoy viviendo… y me sentí escuchado, me sentí acogido, me sentí abrazado. Ha sido esto lo que me ha dado ese pequeño aliento para poder sobrevenir a mi asfixia, lo que me ha permitido sobrevivir hasta entrada la noche. El dado de hoy es esa gota de pasión sincera que alimenta estos párrafos; ese es mi aliento de vida, esa es la compañía que convoco de un u otro modo cuando el miedo me asecha en la penumbra.

Se trata de una pasión que no puedo conceptualizar por fuera de griego πάθος (Páthos) porque le faltan palabras, porque sólo la siento en mi pecho, en la intensidad con al que escribo con los ojos cerrados, en el vértigo que me habita cuando me descargo en estas letras. Soy el hogar de algún tipo de esperanza, de enamoramiento, de suspiro encantado por las palabras de otro ser humano y por su escucha amable. Soy la añoranza de alguna compañía que haga menos doloroso este vagar errante.


Respiro. Este es mi polo a tierra, las pasiones más dolorosas y las más bellas esperanzas que confluyen en el mismo párrafo, en el mismo suspiro y que recorren la misma carne y desembocan en la misma tinta. La humanidad que me habita es inefable, y necesito recordarla cada vez para nunca olvidar que sigo vivo y que la persona con la que hablo también está viva. Por eso me apasiono por ser escuchado y por escuchar, ese es mi deseo.

Este cierre es la aceptación de que, tras 5 años de estudio, 2 años de pensamiento en la praxis y año y medio de prácticas, sé más, pero sigo siendo igual de humano que antes. Ser psicólogo no me hará infalible en cuanto sujeto y en la medida en que logre conservar eso, mi concepción de sujeto sin mayor o menor estrato que otro, podré ejercer la labor que he elegido por ahora de un modo que me satisfaga; pero más importante aún, podré actuar coherentemente con mi subjetividad, con mi humanidad… podré optar por la felicidad como mi propia postura ética personal. Si, por el contrario, el estudio de psicología sólo me ha hecho más sensible, más profundamente humano, me ha empujado a aceptar cómo me siento, a aceptar lo que aun me cuesta concebir de mi propia existencia y a hablar lo indecible de mi propia histo(e)ria.
  
Acepto que mi pasión es convivir con lo otro, con los otros y con lo demás, sabiendo que es doloroso para mí, sabiendo que es la gran fuente de intranquilidades y de sufrimiento en mi vida, confesando que me asusta, que gozo y reprimo, que ataco, lloro y sonrío, todo en el mismo suspiro.

Reconozco el vértigo cuando miro hacia el abismo que nos separa entre las miradas. Aun con el miedo que tengo, hoy me apasiona saltar al vacío, me desborda este aliento que habita, me emociona esta confianza de que habrá alguien que escuche también lo que yo tengo por decir, lo que adrede escondo entre estas letras embriagadas en una conversación apasionada que bastó para renovar el deseo de cerrar, de emprender un nuevo episodio de este viaje de escasos 23, de dar inicio a un nuevo capítulo tan necesario como el primero, tan vital como me es necesario.

Mi cierre es una reivindicación como sujeto: yo también tengo mis güevonadas y justamente eso es lo que me permite vincularme al otro, desear escucharlo y desear ser escuchado. Me aburre el exceso de mismidad y me encantaría que alguien leyera esto para poder hablar de lo que motiva. Por ahora, mi mayor sueño es una buena conversación… hacer un verso con voz(s).





*Introducción: Escrito la noche del domingo 02/11/2014 y madrugada del lunes 03/11/2014.
**Cierre: Psuché & Pathos: Escrito la noche del sábado 25/10/2014 y la madrugada del domingo 26/10/2014

No hay comentarios.:

Publicar un comentario