Cuando has vivido mucho tiempo en un mismo lugar, puedes
reconocer los más mínimos cambios que, artilleramente, atacan la costumbre.
Aquel hombre sabía, en medio de su estricto calendario, que esa bruma ya no era
la misma de hace 20 años, que en octubre la neblina era espesa en aquel
entonces, pero ella cada vez está más lejos y ahora sólo se puede dormir con
una delgada sábana. Él sabe que, sin sábana, no podría dormir.
– ¡El calentamiento global es una mierda! –repite una y otra
vez pensando en el insomnio, lo recita religiosamente día tras día recién entrada la tarde, a eso de las 6, cada vez que no
siente el aire helado que antes mecía su larga y oscura cabellera al son de las
campanas de la iglesia, aire que ahora se ve remplazado por un vaho o bochorno
que le produce nauseas a Natalia, quién está sola en el balcón tomando aire y mirando
al oriente.
Efectivamente, su vida se acaba, pero ella sólo lo sospecha cuando sus cabellos castaños se quedan entre los dedos de sus amados eventuales. Ella recuerda el preámbulo de algún bardo, de cualquier
Cortazar de mirada penetrante y pelo enmarañado que se regala a un reloj. Ella lo cita al pie de la letra, sin saltarse una coma, sin comerse un acento
o un suspiro y él pierde los estribos: “Don Fama”, como le dice la Cronopio
burletera.
El sospecha que nació regalado al sol y a la luna, a su calendario, así que intenta ajustar su aliento al ritmo de ellos, al oscilar de los astros y al de este mundo frenético con luces de neón o tungsteno; un mundo del cual se siente alienado. Ella le produce un encanto que le resulta difícil de creer: sus piernas diligentes no distan mucho de las manecillas del reloj que tanto le conmueven. El blue-jean desteñido que hoy la acompaña sin duda desafía incluso la delgadez eterna de las manecillas al demarcar, cuidadosamente, como una caricia, sus nalgas esbeltas pero firmes. – ¿Quién diría que ese tic-tac tuviera un perno tan fuerte? –dice él para sí. Siente él que esa angustia le domina por intentar no dominar a Natalia y nunca ajustarla a su reloj, pero bien sabe que esa es la naturaleza de esa relación. Él se irá mañana le guste o no, para volver en un mes, o la otra semana, o quizá nunca más. Sabe que hoy tendrá problemas para hacer el amor, está nervioso y ella no parece estar de buen humor. Suspira profundamente y sale resignado, junto a ella, al balcón.
El sospecha que nació regalado al sol y a la luna, a su calendario, así que intenta ajustar su aliento al ritmo de ellos, al oscilar de los astros y al de este mundo frenético con luces de neón o tungsteno; un mundo del cual se siente alienado. Ella le produce un encanto que le resulta difícil de creer: sus piernas diligentes no distan mucho de las manecillas del reloj que tanto le conmueven. El blue-jean desteñido que hoy la acompaña sin duda desafía incluso la delgadez eterna de las manecillas al demarcar, cuidadosamente, como una caricia, sus nalgas esbeltas pero firmes. – ¿Quién diría que ese tic-tac tuviera un perno tan fuerte? –dice él para sí. Siente él que esa angustia le domina por intentar no dominar a Natalia y nunca ajustarla a su reloj, pero bien sabe que esa es la naturaleza de esa relación. Él se irá mañana le guste o no, para volver en un mes, o la otra semana, o quizá nunca más. Sabe que hoy tendrá problemas para hacer el amor, está nervioso y ella no parece estar de buen humor. Suspira profundamente y sale resignado, junto a ella, al balcón.
– ¡Me siento envejecer, Andrés! –Dice Natalia en tono de reclamo –Siento que mi juventud se va como el día, se me escapa de mis dedos. Dime… ¿Acaso ya no te excita mi cuerpo? Ya no me tomas por sorpresa como antes robándome los besos. ¿Mi piel está ya muy ajada para ti? Quizá viste una cana en mi coronilla que aun no he expiado, o una arruga que la base no pudo ocultar. ¡Pero también tú estás hecho una mierda! ¿Lo sabías? ¡No tienes ningún derecho a juzgarme, desgraciado!
–Estúpida. Sólo tenemos 22.
[Escrito: miércoles 01/08/2012]

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