sábado, 31 de enero de 2015

Hablar de amor

Nota: Este texto es de dos partes. Los dos lados de la moneda que la componen.
Nota 2: Yo sé que el segundo casi no se entiende. Gracias.


Amar. ¿Por qué me preguntas qué pienso del amor? –cuestiono–.

Me gusta amar más de lo que le temo al amor, y más de lo que me desespera…que no es poco.

En cuanto a ser amado, bueno, aun me cuesta entender y aceptar el idioma en que se encuentra cifrado el amor del otro porque, claro está, no es el mismo idioma mío. El gran problema que los seres humanos tenemos con el otro es que no son uno, entonces intentamos volverlos como nosotros aun sin darnos cuenta y rabiamos ante no lograrlo; querella fútil.

El amor me apasiona. Si, el amor es una pasión que hay que cuidar, pero también de la cual hay que cuidarse, ambos en su justa medida. Aristóteles merece aquí una mención.

También me resulta apasionante hablar de amor. Es como intentar rodear esta sensación indecible, indescriptible, arrebatante, e intentar hacerlo un poco más preciso y conceptual, como si eso fuera a darle alguna solidez, como si pudiera hacerse menos etéreo y más tangible para nosotros… y después soltarlo con la tranquilidad que me brinda saber que nunca pudo haber sido asido.

No diría que este sea un esfuerzo infructuoso; todo lo contrario, lo veo como un juego hermoso: es como tomar un poco de agua de un riachuelo frío y limpio con tus manos, ver como ella se escurre lentamente entre tus dedos como una caricia y, sin afán alguno, devolverla al riachuelo, el cauce del que viene, con delicadeza para que siga su curso cuesta abajo. Tan sólo esa sensación, el frío en las manos, la humedad, el transcurrir… tan sólo con eso basta para que valga la pena, sin importar que se haya extraído exitosamente agua del riachuelo o no.

No se ama para ganar algo, cosa que no hace al amor útil o inútil. Se ama porque se desea y eso basta para justificarlo de principio a fin. El deseo basta para hacernos saltar al vacío de la otredad una y otra vez, cuantas veces sea necesario y, aun cuando siempre duela, también siempre valdrá la pena.

El movimiento al amar es, como al hablar del amor, un acontecer constante, un devenir incesante. El amor no se tiene, tampoco se tiene un novio o una novia; no es algo que se pueda tener. El amor se vive y siempre en infinitivo, como si cada instante estuvieras en un “amar” que es sucedido por un nuevo “amar”, y así infinitamente: “Amar. Amar. Amar. Amar”. Se vive distinto a cada instante porque a cada instante somos distintos, todos, vos y yo, la persona de la que estés enamorado o enamorada… todos cambiamos a cada instante y, en este instante, ya ni vos ni yo somos los mismos del primer párrafo. Se ama por hoy, aquí y ahora; bien podríamos decir “te estoy amando” en vez de “te amo” sólo para recordarnos de la temporalidad del deseo y lo impulsivo de la pasión.

Intentar asirse al amor es matar la pasión, estancar al deseo. No hay forma de aferrarse a una vivencia como no hay forma de tomar todo el mar con tus manos: sólo puedes vivirlo, sentirlo, disfrutarlo por el instante que dura y dejarlo pasar como el agua que se escurría entre mis dedos en ese riachuelo en Barbosa. Si no amas el transcurrir, si no aprendes a disfrutarlo, mucho te costará amar lo finito en tu vida y disfrutar de tu vida finita.

El deseo fluye y siempre estamos deseando nuevas cosas, personas distintas. Fantaseamos con otros rostros y otros cuerpos, o con el mismo de mil y una maneras diferentes. Por eso el amor es un salto al vacío, un bello intento por hacer frente al avismo que nos separa de la otredad y hasta de nosotros mismos. El amor es entonces una ligazón improvisada pero recursiva que siempre se está moviendo y cambiando, no hay cómo aferrarse de aquello que no tiene asidero alguno.

Y este pequeño texto también es amor, también es un salto, uno renovado, un salto hacia quién pueda leerlo y disfrutar de mi modo de rodear el amor con palabras para soltarlo tranquilo. Estas letras son un regalo para quién pueda escucharme decir con sinceridad: del amor yo no sé, y amo como escribo: apasionadamente.


[Escrito: madrugada del martes 27/01/2015]
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(…)

Tenemos un muerto que nos une, el deseo que nos interpela, la lujuria que nos atañe y un ideal que –sin darnos cuenta– toma carne, toma nuestra carne para hacerse vivencia como un acto de Creación, “un agenciamiento” diría Deleuze, el agenciamiento de una relación, sea cual sea, pero tejida por dos deseantes que no cesan de devenir, acontecer y fantasear (se). El delirio es la condena de crear por accidente.

La Cosa (Das Ding) es el sexo y el amor que acontece desmedido entre estas débiles cañas azotadas por el colérico mar que nos engendró, Pontos, quién a diario nos reclama para sí en las profundidades. Somos la espuma del Archipiélago de Hölderlin, somos Jonia que florece en la voluptuosidad, que emerge en el horizonte como el sueño de un loco: un sueño más tangible que la propia realidad, un mundo distante y, sin embargo, posible. Extrañamente posible. Un sueño que se experiencia internamente, con mayor intensidad que la vida misma… somos deseo que florece en la costa griega, tan intenso que necesitará palabras nuevas para intentar expresar lo que nunca se ha podido decir; por ello el amor requiere de nuestros cuerpos y no sólo de palabras. Nos toma por la vida, nos sacude con fuerza y, antes de que nos demos cuenta, terminamos por aferrarnos exhaustos y asustados a otro cuerpo embriagado en la misma locura.


 Cuando amamos volvemos a nacer en el límite de lo posible, rozando la muerte y la otredad.  Amar es un riesgo enorme, pero quizá es el único riesgo que de verdad vale la pena correr en esta vida.

(…)


[Escrito: madrugada del miércoles 28/01/2015]

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