sábado, 24 de mayo de 2014

Psicoterapia, terapéuticas del alma y mutuo cuidado de sí

Introducción:
Este semestre me ha ocupado una cuestión en especial: la pregunta por lo terapéutico. A lo largo de este texto no sólo podré contarles cómo ha sido mi proceso en el abordaje de esta pregunta, sino que también me propongo esbozar una respuesta coherente ante mis urgencias y mis puntos de vista académicos, teóricos, epistémicos y prácticos.

El hilo temático que propongo para recorrer este laberinto se compone de cuatro problemas, es decir, cuatro distribuciones de puntos relevantes que están descentrados (Foucault, 1995 [1970], pág. 7), como un laberinto sin más minotauro que uno mismo, y que siempre está en movimiento. Ellos son: El problema de la psicoterapia, el problema de la terapia y lo terapéutico, el problema de qué hace a una “buena” psicoterapia y para concluir, un breve abordaje de lo que me he permitido llamar el problema del “mutuo cuidado de sí”.

Les deseo una lectura amable.


Psicoterapia
La grata lectura de un didáctico y humorístico texto (tanto en sentido hipocrático como en el de Suso o Padre de Familia, porque está mucho más ácido que Sábados Felices) de Héctor Juan Fiorini con el título "¿Qué hace una buena terapia psicoanalítica?" me han permitido alcanzar varias conclusiones y retomar otras que ya había elaborado anteriormente.

Lo primero a traer a colación es una cita que reside en la primera página del ya mencionado texto:

Una buena psicoterapia es aquella que puede sostener un proceso terapéutico, un proceso de cambios, de crecimientos, y enriquecimientos psíquicos, con influencias positivas en el modo de estar en el mundo, en los vínculos, en los vínculos consigo mismo y con los otros, en las acciones y en las producciones de cada uno. 
(Fiorini, 2001, pág. 1)

Con esto, de entrada ha de quedar claro que, en cuanto terapeutas, “tenemos que escuchar al paciente para que el paciente nos pueda guiar, él también tiene que escucharnos para que nosotros podamos destacar a dónde creemos que podría ir el tratamiento; el tema es un equipo trabajando y negociando sus perspectivas […].” (pág. 4), de tal manera que el principal modo de errar en una psicoterapia es no estar abierto a las necesidades, demandas y deseos del paciente, no proporcionando un apoyo al proceso de cambio que el paciente ha ido a buscar; siendo así, resulta vital para la psicoterapia el “crear y cuidar la alianza terapéutica, que es la disposición a trabajar juntos” (pág. 1).

Es para mí necesario unirme a la amplia, aguda y cómica protesta que Fiorini realiza frente a los enfoques que -por diversos motivos- aumentan su frecuencia modal entre la población conformada por los singulares especímenes que practicamos las psicologías, las terapéuticas del alma y las distintas formas psicoanalíticas. Esto se debe a que, después de todo, estas elecciones teórico-metodológico-praxicas y clínicas no se hacen sólo por afinidad, sino que también representan un modo de afrontar lo propio y la otredad, representan la elección de una forma (más o menos exclusiva) de trabajar con ciertos fenómenos, todo en búsqueda de la propia comodidad como psicólogos, terapeutas o analistas… 

Del anterior modo, no es difícil que un psicólogo o analista sea visto por su paciente como un estafador al percibir su reaciedad a salir de su zona de confort, reaciedad a contactarse con él del modo en que le propone o necesita, refugiándose en la ortodoxia de la aplicación de la técnica... incluso a Lacan lo han tratado de "estafador" y "macaneador" por este motivo, y Mario Bunge no ha dudado en llamar al psicoanálisis como una mera "brujería", pero también eso es respetable. Después de todo, la mayoría de pacientes van buscando terapéuticas, no un análisis ni un mero estudio de su personalidad.

Cada visión (o vicio-n) de la mente humana que destaque la moda de las disciplinas Psi en alguna época específica servirá también para establecer un patrón de modos de ser en ese espacio, encarnando una entidad de control de las formas del alma, es decir, una policía cultural cercana a la Orwelliana: La "Policía del Pensamiento" en 1984.

Quiero resaltar dos elementos más del texto: el primero es que, para ser un texto sobre terapias psicoanalíticas, las referencias claramente son de una orientación diversa y que me emociona profundamente compartir: Deleuze, Guattari, Foucault, Morin, Ricoeur… de esto, arbitrariamente, reafirmo la conclusión a la que ya había llegado anteriormente: la terapéutica ha de ser pensada desde la filosofía (en sentido estricto, ahora no metan a Pablo Cohelo en este parche) para no hacer de esta un simple adoctrinamiento ciego, una creadora de escotomas. Así, creo que una buena terapia se puede lograr a través de pensar la terapéutica como un concepto filosófico, no de verla como una mera praxis, técnica o metodología.

Lo segundo hace referencia a la necesidad de apertura del terapeuta a los distintos modos de salud que una persona pueda desear para sí, o más específicamente, los distintos modos de ser que guste encarnar o enfrentar ese sujeto o ese ser... Es que Fiorini a ratos pareciera ser Heideggeriano. En todo caso, al menos la mitad de la relación terapéutica necesita de la apertura del terapeuta a las dinámicas del paciente. Después de todo, si bien el terapeuta ha de ser paciente con los síntomas y modos de relación del paciente, también el paciente ha de ser paciente con los modos de relacionarse y síntomas del terapeuta. Una buena terapia es la que el paciente necesita para sostener su proceso, no la ejercida desde tal o cual perspectiva y, en este sentido, el terapeuta es el que menos sabe entre ellos dos qué es lo que el paciente necesita, qué fue a buscar, qué desea y qué demanda para su propio proceso.


Terapia y lo terapéutico:
En esta línea de ideas, considero necesario afianzar y profundizar el concepto de “terapia” trayendo a colación la etimología: viene del griego therapeíā (θεραπεία) que traduce “tratamiento”, siendo esta una aproximación medianamente decente al manejo que Hipócrates hacía de este concepto en “Sobre las articulaciones”, pero más especialmente en “Sobre fracturas” y en “Sobre la dieta en enfermedades agudas”.  Es una lástima para mí no tener a la mano los mencionados fragmentos del Corpus Hipocráticum en estos momentos para hacer mayor ilustración de este, o del siguiente punto.

Hay otra acepción complementaria a la de “tratamiento” que la traducción directa de Hipócrates no logra asir, pero que se encuentra ampliamente considerada por Hipócrates: therapeíā (θεραπεία) se trata también del cuidado que ha de tenerse frente una condición específica en su tratamiento, es decir, para sostenerlo. Así, el tratamiento no sólo es el fármaco (Pharmakón) con el que se cura, sino también los cambios alimenticios, los hábitos que se recomiendan para facilitar el tratamiento o para evitar más daños en el organismo, hacer menos doloroso y acortar el período de recuperación entre otros. Entonces, el cuidado de la therapeíā comprende mucho más que una curación orgánica, a tal punto en que es un claro antecesor –bastante ignorado por cierto– de la psicoeducación, pues es bien sabido que Hipócrates también se valía de explicarles a las personas que trataba cómo funcionaba el cuerpo humano para que ellos evitaran movimientos y alimentos que no les convenían en su recuperación; de ahí surge la teoría de los Humores, como material didáctico.

Cabe mencionar también que la aproximación que Sócrates hace a través de su incómoda pregunta por el “ocuparse de sí” (que aprendió en el ejército griego) guarda alguna relación con esta noción de cuidado, pero no con la de tratamiento; mientras que la distinción que hace en el diálogo Cármides, diferenciando entre los fármacos (pharmakón) y los conjuros (ensalmos, rezos o epodé), es decir, las palabras que se le dicen a una persona y que hacen que también su alma descanse. Este es el primer registro conceptualizado de la implementación a conciencia de lo que podríamos llamar una “psicoterapia verbal”, guardando relación directa con la noción de tratamiento, pero no con la de cuidado.

La anterior concepción amplia de cuidado resulta vital en mi modo particular de concebir las terapéuticas psicológicas: únicamente sería coherente ostentar ese nombre si la labor psicológica está orientada explícitamente a una terapéutica, es decir, a que el sujeto desarrolle y afine su capacidad de cuidar de sí. Siendo así, las concepciones clínicas de la psicología orientadas exclusivamente a la adaptación del sujeto a un entorno específico no serían terapéuticas, como tampoco lo serían las prácticas psicológicas que propenden por el buen funcionamiento de un sistema o una institución, ni las metafísicas fantasmáticas que pretenden sintomatologizar la “verdad” para ofrecer una lectura de esta como una mera cadena de signos. Lo anterior no significa que no puedan llevarse a cabo acciones terapéuticas desde estas visiones, sólo pretendo aclarar que sus pretensiones y metodologías no se orientan hacia lo terapéutico como tal.

Siendo así, seré gustosamente cruel con algún Lacan y traeré a un Foucault enardecido tras la lectura de Lógica del sentido y Diferencia y repetición, ambos de Guilles Deleuze. Enérgicamente, afirma Michel Foucault en Theatrum Philosophicum: “En cualquier caso, es inútil ir a buscar detrás del fantasma una verdad más cierta que él mismo y que sería como el signo confuso (inútil es, pues, el «sintomatologizarlo»" (Foucault, 1995 [1970], págs. 12-13). Que un proceso analítico ortodoxo o una lectura psicoanalítica tenga efectos terapéuticos no hace de ellos terapéuticas, pues su descuido del otro y la huída de la relación que emprenden algunos analistas desemboca en una transferencia glaciar y desinterezada, que dice ser llevada a cabo en aras del enfoque al texto y en alianza con un afán de “verdad” que supuestamente se ubica velada tras el fantasma; de modo que dicho descuido no se hace a favor del cuidado del sujeto que sufre, demanda, necesita, desea y vive, aun cuando es posible que dicho sujeto aprenda a cuidarse justamente a raíz de eso.

No dejaré pasar esto impune: En alguna ocasión Lacan dice concebir al psicoanálisis como una perversión (père-version), pero quizá a algunos han llegado perversamente demasiado lejos en esta concepción al estar tan empeñados en la lectura del texto, dejando de lado al sujeto que sufre junto a ellos, en el diván, y que empujan despiadadamente fuera de este pasados 8 minutos, sin que esto afecte siquiera sus honorarios, o a su Superyó. Anoto que uno siempre podría encontrar una verdad tras las palabras, o "La Verdad" si se quiere, tal como se puede delirar, ficcionar y fantasear infinitamente en la nebulosa, o masturbarse con lo turbio, oscuro y difuso que ofrecen las palabras complicadas al ser usadas innecesariamente para parecer inteligente, para disfrazarse y confundir... ¿Será a esto a lo que se le llama "ortodoxia"?

Sin embargo, cabe aclarar que la visión del sujeto como un sujeto del lenguaje ha brindado muchas herramientas para la interpretación y lecturas bastante útiles, pero al llegar a los límites de esa construcción nos encontramos con una tautología estéril en el lenguaje que parte de la delimitación freudiana de las condiciones de posibilidad ontológicas e interpretativas en el Psicoanálisis, límites que son vueltos lingüistería en el Campo Lacaniano; punto en el que profundiza con gran claridad Collet Soler en El en-cuerpo del sujeto. Suficiente para las orto-doxias demagógicas; no quiero hablar de uribismos estando ad portas de las elecciones presidenciales... sería como sospecharse un cáncer agresivo durante las vísperas de año nuevo, o temer la cirrosis en pleno diciembre.

De igual manera, ciertos grados de fenomenologización tampoco van alineados con una concepción terapéutica en cuanto optan por otro desplazamiento fantasmático: “inútil es también anudarlos [los fantasmas y las fantasías] según figuras estables y constituir núcleos sólidos de convergencia a los que podríamos aportar, como a objetos idénticos a sí mismos, todos estos ángulos, destellos, películas, vapores (nada de «fenomenologización»)” (pág. 13)

De este modo, a todo lo que habita en la fantasía se le da una especie de materialidad indudable... un ejemplo de esto es que los fenomenólogos optan por no decir "he estado temiendo que me pase algo al salir de terapia" sino "siento que me atropellará un automovil al salir de aquí"; o no decir "me siento triste", sino "soy tristeza", siendo estos movimientos propios de las psicologías fenomenológicas. Llegados a este punto, no es posible poner en cuestión ni contrastar lo que un sujeto vive, siente o fantasea, sino que se da por sentado, como una verdad en sí misma, se le da una materialidad indudable por ser una experiencia. La "Zona intermedia" o la "Zona de la fantasía" de Winnicott no es intermedia, sino que se convierte en una realidad aparentemente indudable.

Partiendo de esto, se explica por qué, en vez de buscar generar las condiciones para el cuidado de sí en estas posturas, se da un movimiento epistemológico circular que termina por afirmar y reafirmar con certeza la fantasía con el grosor de una ontología materialista tan tautológica y estéril como las de algunos psicoanálisis. La fenomenología es también una doctrina.

Si no hay algún tipo de contención en la subjetividad del terapeuta, es decir, si no hay una posición terapéutica en alguna medida, aun cuando las acciones que se lleven a cabo tengan algún efecto terapéutico, el dispositivo desde el que se opera no será terapéutico. Así mismo, como la fantasía se hace sólida en la ontología fenomenológica, no hay posibilidad de ponerla en cuestión, ni siquiera de someterla al diálogo o compartirla en el encuentro con el otro. Por el contrario, se hace una cosa-en-sí (Sartre) materializada por una conciencia, y el sujeto se vuelve una suerte de individuo, un solipsismo arrojado al mundo sin posibilidad de vínculo, relación o sujetación.
La postura fenomenológica en Husserl se compone de tres vías: la vía filosófica, la ontológica y la metodológica. Ninguna de las tres se asemeja a una posición terapéutica, pues la filosófica se ocupa de los planteamientos acerca de qué es la experiencia, la ontológica se ocupa de la relación de la conciencia con el mundo-de-la-vida (lebenswelt) y la metodológica se hace cargo de estudiar el método mediante el cual la consciencia capta los fenómenos y el modo a través del cual eso puede ser estudiado. Dicho de otra manera, la posición fenomenológica es un estilo de vida, no un estilo terapéutico visto desde lo teórico; mientras que en lo práctico, no dista de hablar con un amigo con suficiente conocimiento de lingüística para hablar tautológicamente.

Por consiguiente, las posturas fenomenológicas más ortodoxas tampoco tienen un espacio de acercamiento al otro, sino que viven un movimiento de ida y vuelta permanente que vaga entre el sentir la experiencia y el experimentarla, sin brindarle a un sujeto herramienta alguna para enfrentar sus angustias o su sufrimiento, ni velando por mantener y alimentar la relación terapéutica que servirá para dar soporte a un proceso satisfactorio; es decir, los dos implicados en el espacio "terapéutico" terminan constituyendo dos electrones que divagan infinitamente al rededor de una misma situación, pero nunca se encuentran. Un terapeuta puede ser entonces de corte existencial y tomaría por nombre "psicoterapeuta", pero no podría ser de corte fenomenológico si se desmenuza este concepto con juicio.

En un caso aparte a los dos anteriores, Fiorini parece percatarse del asunto del cuidado con prontitud, pues lo anuncia en negrillas en la primera página cuando resalta, como cité anteriormente, la importancia de “crear y cuidar la alianza terapéutica, que es la disposición a trabajar juntos” (Fiorini, 2001, pág. 1). Siendo así, propongo que es el cuidado de la relación terapéutica (más allá de si es alianza, proceso empático, “raport”, vínculo, relación objetal, relación con el objeto o algún otro tipo de relación a nivel ontológico y epistemológico) lo que brinda las condiciones adecuadas para que un sujeto, sea sujeto-terapeuta o sujeto-paciente, desarrolle su capacidad de cuidar de sí en aspectos hasta entonces descuidados.

Pienso entonces que, como cada sujeto se pone en la relación terapéutica (y ciertamente también se pone en juego y en cuestión), el cuidar esta relación implica no sólo cuidarse a sí mismo, sino también cuidar del otro implicado en esta sin importar que sea paciente o terapeuta. En esto consiste el sostener la relación para que se dé un proceso terapéutico, aclarando que tanto el paciente como el terapeuta lo viven... es decir, el terapeuta también va a terapia cuando hace terapia y cuida de la relación, de sí mismo y de su paciente en esta. Dice Joan Coderch en "La relación paciente-terapeuta":

En cada proceso psicoanalítico el analista ha de percibir su manera de organizar el campo con un determinado paciente, lo cual le permitirá descubrir sus preconcepciones, modificarlas, enriquecerlas y dejar de estar encadenado por ellas. Por eso, con razón decimos que en cada análisis el analista, si «cura» al paciente, también se «cura» a si mismo.
(Coderch, 2001, pág. 234)


¿Qué hace a una "buena" psicoterapia?
Partiendo de todo lo anterior, una "buena" psicoterapia sería aquella en la cual un paciente y un terapeuta pueden sostener sus procesos de cuidar de sí y los movimientos que ello conlleva; es por eso que dicha terapéutica ha de enmarcarse en la relación de estos dos sujetos y sus respectivos túneles, siendo esta relación en cada ocasión un sentido-acontecimiento en infinitivo, un “relacionar” dado siempre en presente, eternamente múltiple, descentrado, repetitivo en perpetua diferencia.

Me permito entonces traer con mayor amplitud esta metáfora del túnel:

[…] y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.

Ernesto Sábato – El Túnel


La metáfora que he traído a esta elaboración es adrede fantasmática y aconteciente pues son estas dos series –la de la fantasía y la del acontecimiento– las que urge introducir para la conceptualización de “lo terapéutico”. Me explico: no se puede desarrollar una terapéutica subjetiva sin los acontecimientos y los fantasmas o fantasías del sujeto.

En la conceptualización que hace Deleuze y que Foucault retoma con juicio en varios de sus textos a partir de 1969 en Ariadna se ha colgado y en el 70 con Theatrum Philosophicum, se hace claridad de la importancia de estos dos aspectos, áreas o series en la subjetividad y la relación que tienen con el sentido. Al virar la lupa hacia ellos, notamos tanto que ha habido varias disciplinas que se han propuesto su estudio, como que el estudio de ambos es inabordable mediante las vías con las que contamos desde la modernidad.

Me ocuparé primero de las disciplinas que han intentado abordar la subjetividad, punto del cual pueden encontrar ámplia referencia en Theatrum Philosoficum: a partir de la modernidad, las áreas del saber que se han ocupado del estudio de la fantasía y el acontecimiento humano han sido La Ciencia, el psicoanálisis, la fenomenología y la historia, cada uno con distintos resultados y consecuencias. En el caso de La Ciencia, se ha optado por hacer de la fantasía y del acontecer humano una cifra, cuantificarlo para poder hacerlo estadística, de modo que ambos –junto con la subjetividad humana puesta como “objeto de estudio”– han quedado vueltos un atributo (Foucault, 1995 [1970], págs. 14-15) en una tabla de Excel, cristalizando en una generalización el sentido que todo ello pueda tener para un sujeto.

En lo que tiene que ver con el psicoanálisis, buena parte de la fantasía ha quedado vuelta proyección, o fantasma lacaniano en el peor de los casos, mientras que la repetición propia del acontecimiento se ha convertido en la compulsión a la repetición del síntoma. De esta manera, termina replegando estos elementos subjetivos hacia la materialidad de las conductas de cuya génesis de ocupa tan fieramente esta disciplina, a la par con los procesos de veredicción edípica y preedípica que algunos analistas hacen tal salvajemente.

Se entiende lo álgido de la política en la cocina psicoanalítica y sus distintas iglesias, como también es comprensible por qué se les suele leer como deterministas (aun cuando pocos lo son), y es porque el sujeto que proponen está poco menos que condenado a una misma fantasía y una misma repetición, aprisionando el sentido dentro del síntoma, sintomatologizándolo y dirigiendo su búsqueda hacia la cadena de signos impávidos que el psicoanálisis lingüistero ha pretendido develar, descuidando el sentido que el sujeto propiamente le da desde su vivencia, el sentido que reside en el acontecimiento en cuanto tal.

En el caso de la fenomenología, del cual nos ocupamos anteriormente, queda claro que en la tautología que proponen se repliegan, tanto la fantasía como el acontecimiento y su repetición, hacia una especie de materialismo que todo se vuelve incuestionable sólo porque el sujeto así lo siente, o así lo vive. En el caso del sentido queda encerrado en esa incuestionabilidad dogmática, impidiendo el movimiento dialógico en el ámbito terapéutico que posibilite el insight, el darse cuenta o el paso de lo inconsciente a la consciencia… es algo cercano a la actitud de un infante diciendo “es así porque yo lo digo”, sin mayor argumento que este, forjando así “una gramática de la primera persona, una metafísica de la conciencia(pág. 15).

En la tradición fenomenológica, los casos más diversos en este sentido son Sartre y Merleau-Ponty. El primero declara que el sentido precede al acontecimiento, y el segundo que el sentido común de la cosa anticipa al acontecimiento. “O bien el gato que, con buen sentido precede a la sonrisa; o bien el sentido común de la sonrisa, que anticipa al gato. O bien Sartre, o bien Merleau-Ponty. El sentido, para ambos, no estaba nunca a la hora del acontecimiento (pág. 15). Y Posteriormente, Foucault concluye que “con el pretexto de que sólo hay significación para la conciencia, [la fenomenología] coloca el acontecimiento afuera y delante, o dentro y después, situándolo siempre en relación con el círculo del yo”.

En el caso de la historia, y específicamente la filosofía de la historia, “con el pretexto de que sólo hay acontecimiento en el tiempo, dibuja en su identidad y lo somete a un orden bien centrado(pág. 16):

En cuanto a la filosofía de la historia, encierra el acontecimiento en el ciclo del tiempo; su error es gramatical; convierte el presente en una figura encuadrada por el futuro y el pasado; el presente es el anterior futuro que ya se dibujaba en su forma misma, y que es el pasado por llegar que conserva la identidad de su contenido.
(pág. 15)


Así pues, el único modo de dar lugar al terreno de inmanencia y devenir propio para llevar a cabo una terapéutica del alma en un modo coherente sería justamente darle cabida las series del acontecimiento y del fantasma en cuanto tal, sin replegarlas o desplazarlas hacia alguna dirección, permitiendo así una apertura suficiente a los modos de acontecer de un consultante. ¿Qué cuidado de sí podría darse si el sentido, el acontecimiento y el fantasma a los que estamos sujetos se encuentran encarcelados en alguna prisión modernista teórico-práxica que no permite su devenir? ¿Qué transformación sustancial podría darse en un proceso terapéutico cuando las mismas áreas de la vivencia humana se encuentran transubstanciadas en materias que le son ajenas y aprisionantes?

Hago esta denuncia no sólo para alentar la reflexión acerca de estos constructos, sino también para alertar acerca de la similitud que mantienen con la dicotomía platonista y judeo-cristiana entre el alma y el cuerpo como prisión de esta. Se entenderá por qué, como se le atribuye decir a Fernando González Ochoa, “Desde que el hombre abandonó la metafísica no hay sino muerte” (Colectivo Teatral Matacandelas, 2001, pág. 15), ya que la sustancia propia de estos elementos son una metafísica con la que no contamos desde tiempos ya antiguos, metafísica que se liquidó al final de la edad media y no se ha re-pensado con claridad en occidente hasta ahora.

Queda claro por qué las disciplinas y ciencias modernas que intentaron ocuparse de la subjetividad humana no pudieron hacer mayor profundización, pues no contaban con la metafísica propia para abordarlos. Sin dicha metafísica, la desintegración del sentido al orientarlo hacia una teleología es un peligro constante tras la segunda guerra mundial, tanto en la relación terapéutica y en la labor psicológica en general como en la vida diaria.

Dicha teleología ha ido asociada con la falta de interpretación fenomenológica, y con la sobreinterpretación del fantasma y del acontecimiento a través de las determinaciones bioquímicas, psicológicas, sociológicas, antropológicas, históricas, medio ambientales o genéticas, o incluso la burda extracción de ambos en algunas perspectivas, en ambos casos dado en aras de compensar la falta de una metafísica con qué leerlos más cómodamente.

Cuando se extrae el acontecimiento, se ocasiona la concepción de un sujeto condenado a sí, que no se transforma ni deviene y que, si por el contrario, si se transforma, se le categoriza como lábil y enfermo mentalmente. Cuando se extrae el fantasma se da origen a la eliminación del campo de la fantasía como forma y contenido de importancia en el ámbito psicológico, llegando a su patologización cuando se ensueña más de la cuenta. Es pues fácil ver qué psicologías han seguido este camino. Y finalmente, cuando se extraen ambos… bueno, queda un conductismo tradicional radical.

El proceso de extracción del acontecimiento y de la fantasía, o de su patologización, llevan a las concepciones mutiladas de subjetividad que estos modelos psicológicos pueden concebir al poner la mira teleológica en la normalidad, determinado ahí el sentido. Dicho de otra manera, si el objetivo “terapéutico” es adaptar a un sujeto, hacer de un ser humano “enfermo” un ser humano “normal”, el único sentido que es posible concebir se da allí, en el proceso de adaptación entre las dicotomías salud-enfermedad y normalidad-anormalidad.

Así, estas perspectivas más tradicionales terminaron por afirmar que tanto los delirios del esquizofrénico, como sus alucinaciones y el contenido onírico de una persona “normal” son tan sólo impulsos dados al azar, imágenes que el cerebro crea sin sentido alguno y que no tienen importancia. Como los productos subjetivos son considerados desviaciones o nimiedades sin importancia, a mi juicio resulta imposible concebir la gestar un espacio de mutuo apoyo en que sea posible cuidar de sí en este tipo de perspectivas psicológicas, que no considero terapéuticas por consiguiente.


Así, prosigo a pensar entonces qué es aquello que haría buena a una psicoterapia.

¿De qué modo darle cabida al sentido, al acontecimiento y al fantasma en la relación terapéutica? Quizá lo más importante sea que justamente el terapeuta de la pauta para esto en la medida en que se dé cabida a sí mismo, a su condición de sujeto y a su subjetividad en cuanto tal y de manera consciente, en el espacio terapéutico. Se comprende entonces por qué, entre los abordajes de la subjetividad que esbocé anteriormente, sea el fenomenológico el que más se acerca a la tarea terapéutica, sin constituirse en una formalmente.

Este planteamiento significaría llevar al terapeuta a compartir, de modo dialógico pero con su posición terapéutica clara, aquello que inunda sus sentidos. Conlleva a la desmitificación de su figura, a no ubicarse como un ser perfecto, ni como un saber, evitar postularse como un ser superior o mejor en cualquier sentido que su paciente, sino mostrarse igualmente castrado con espontaneidad, como conlleva su condición humana. Esto invita al terapeuta a ubicarse como sujeto, al igual que el consultante, para la construcción de una relación terapéutica con miras a la alianza que soporte el proceso de cuidar de sí de ambos sujetos.

Siendo así, sólo las posiciones radicalmente ortodoxas en las psicologías positivistas, fenomenológicas, historicistas, sociologisistas y psicoanalíticas, como los psicoanálisis radicalmente ortodoxos, carecen –en teoría– de acciones terapéuticas… pero estas acciones suelen suceder cuando, en la práctica, algo hace emerger la subjetividad del psicólogo, del clínico o del analista y lo pone en evidencia como sujeto, sea a través de un accidente, de un acto fallido, de un juicio de valor, de alguna corriente emocional intensa, de alguna pasión desbordada, de algún acto maternal o paternal algo que no logró poner freno, entre otros.

Curiosamente, son justo esos momentos los que recuerdan con mayor intensidad los consultantes y que, en muchas ocasiones, son el punto de inflexión del proceso mismo: el instante en que descubren que el sujeto que los ha estado escuchando también es humano. Puedo enmarcar aquí un comentario de Lacan en el seminario I: “La verdad es el error que escapa del engaño y se alcanza a partir de un malentendido” (Lacan, 1953). Puedo decir con certeza que incluso en las relaciones más acartonadas, de pone en inter-juego la subjetividad de todos los implicados.

En otra ocasión en que disponga de más tiempo me ocuparé de modo formal y más ampliamente del asunto del sentido, el fantasma y los acontecimientos pues el motivo de este texto va alrededor de lo terapéutico y qué hace una buena psicoterapia, no de las condiciones epistemológicas que puedan sustentar esto, pues se trata de un tema sumamente arduo y dispendioso, pero muy interesante.


Conclusión: mutuo cuidado de sí
En este orden de ideas, es necesario aclarar que el proceso de aprender a cuidar de sí es largo y difícil, pero una vez se instaura el deseo por hacerlo, se vuelve una herramienta útil a la hora de afrontar los tiempos más difíciles y angustiantes. Siendo de ese modo, no es sensato esperar con carácter de pronóstico o post-dicción, que un sujeto aprenda a cuidar de sí satisfactoriamente para sí mismo en un tiempo corto, pero si existe el deseo por el cuidado de sí entonces la “relación terapéutica” podrá tornarse en una alianza en la que se viva aquel “relacionar” en perpetuo infinitivo y gustosa repetición, una alianza por el cuidado de sí. Creo que así podría haber un mejor fundamento para hacer pronósticos aun más prometedores en este sentido, pero no a un plazo determinado, sino aquel que el sujeto-paciente disponga para sí enmarcado en esa relación.

Quizá eso sea lo más difícil de comprender en un proceso terapéutico tanto en el lugar de consultante como de terapeuta: que el túnel oscuro y solitario en el que se está inmerso es el propio túnel, pero que es en este donde se está, donde está el sentido, el camino a tomar, los acontecimientos a recordar y repetir en serie descentrada junto con las herramientas a emplear en su perpetua transformación; que este túnel es uno mismo, que es más sensato aprender a cuidar de él porque ese túnel, este cuerpo, es lo único que tenemos para vivir; que este se ilumina cuando aprendemos a escucharlo y se hace amoroso cuando decidimos amarlo.

Se entiende entonces por qué se necesita amor para aprender a amarse, y por qué se necesita de alguien dispuesto a cuidar de uno para aprender a cuidarse. En ese sentido, lo terapéutico no es sólo el cuidado con el que un terapeuta se relacione con un sujeto, ni es una técnica, una tecnología o una metodología, sino la mutua disposición a soportarse y a cuidarse mutuamente, aun sumergidos en la diferencia de sentidos de dos túneles dispares. ¿Cómo aprendería un sujeto-paciente a cuidar de sí sino siendo cuidado por un sujeto-terapeuta y, al mismo tiempo, cuidando de él? Más aun, ¿cómo podría el sujeto-paciente aprender a cuidar de sí cuando el sujeto-terapeuta se hace elusivo adrede en cuanto sujeto de quién cuidar y con quién relacionarse?

Por lo tanto, para mí, una “buena” psicoterapia es aquella que soporta el proceso de aprender a cuidar de sí en la medida en que en esta se dan acciones psicoterapéuticas, que son, necesariamente, formas de implicar la subjetividad (llevadas éticamente, con claridad y responsabilidad) en pro del cuidado de los sujetos implicados; dicho en otras palabras, son acciones que van dirigidas hacia el cuidado de la relación terapéutica, del relacionarse una y otra vez aliados con el objetivo del mutuo cuidado.





Trabajos citados

Coderch, J. (2001). La relación paciente-terapeuta. El campo del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica. Barcelona: Ediciones Paidós.
Colectivo Teatral Matacandelas. (2001). Fernando González: Velada Metafísica. Medellín: Tragaluz editores S.A.
Fiorini, H. J. (2001). Qué hace a una buena psicoterapia psicoanalítica. En R. Bernardi, J. H. Elizalde, & D. Defey, Psicoanálisis, Focos y Aperturas. (págs. 1-8). Montevideo: Ágora.
Foucault, M. (1995 [1970]). Theatrum Philosophicum. Barcelona: Anagrama.











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[Escrito: Marzo del 2014, completado el viernes 23/05/2014 y corregido el sábado 25/10/2014, en su versión definitiva para Psuché]

miércoles, 21 de mayo de 2014

Habiendo tantos hombres razonables en este mundo...

–Habiendo tantos hombres razonables en este mundo, ¿por qué me tuve que meter con vos?

–Hermoso… pero yo no soy un hombre.

– ¡Exactamente!


[Escrito: martes 20/05/2014]

sábado, 17 de mayo de 2014

"No todo vale"

Me pregunto, y les comparto mi pregunta, ¿cómo fue que pasamos del "No todo vale" de Mockus en la Ola Verde de hace cuatro años al circo mediático del "todo vale, y vale mucho" que presenciamos en estas elecciones presidenciales?

Lo más trágico -a mi parecer- es que, dado tanto escándalo y ataque malintencionado entre los partidos, pareciera que la intención de voto se sostiene (y en algunos casos se eleva) superviviente a las acusaciones, cuya veracidad es de por sí considerable con o sin pruebas.

Cada día me sorprende más la raza colombiana tan desbordada en sus pasiones, tan lejana a la reflexión y cercana a las decisiones axiomáticas, tan dada a las imágenes polarizadas y generalizantes, tan amiga de la pelea de borrachos en la cantina y de solucionarla a machetazos. 

No me cabe duda de que estamos asistiendo al prólogo de lo que nos espera en los años venideros en Colombia, pues no espero nada distinto en ninguno de los estamentos cuya tarea es propender por la realización del lema de nuestra Patria: "Libertad y orden". De República sólo nos quedaron un juego de palabras, el platonismo y la demagogia.

En cualquier caso, saldré a votar porque soy responsable de mi posición y de compartirla tanto como me sea posible: para mí, cuatro años después, no todo vale. No soy verde o de algún otro color, no tengo afiliación política; soy reflexivo, sensato y razonable... creo.


[Escrito: sábado 17/05/2014]

jueves, 15 de mayo de 2014

Nota: Mesa de lectura

Durante estas dos semanas he ocupado mi escritura en pulir hasta mi saciedad el texto "Porque a las tres de la mañana no pasa nada" para la Mesa de lectura: Creaciones literarias de mañana, enmarcada en las jornadas de la facultad. El texto queda recomendado para la lectura o re-lectura; estoy feliz de terminarlo por fin... ya ustedes se imaginarán o sabrán cómo soy de exigente con los textos que destino a lo público.

Comparto el link:
http://algunaletradesnuda.blogspot.com/2014/03/porque-las-tres-de-la-manana-no-pasa.html 

Aunque he tenido un período de escritura muy intenso desde finales de Abril hasta hoy, no hay mucho que considere publicable... más que todo ha sido cuestión de desahogo por la intensidad de este mes tanto en la academia como en prácticas y, obviamente eso ha causado más de un movimiento emocional. 

En cualquier caso, anuncio mi ausencia mínimamente hasta culminar (o fulminar, en el mejor de los casos) con Mayo. Ana dice que estas notas, junto a las del pie de página, son muy sinceras... y bueno, es cierto. Luego les escribiré al pie de página cómo me fue.

¡Ah! Y obviamente no dejaré pasar tanto movimiénto político sin hacer un chiste. Les dejo esto (y que valga la cuña política =P ):
Faltó pachito, ¿no? jajaja.

Les deseo un feliz mes, nos vemos en Junio.


*Nota: Bueno, mi lectura estuvo decente... definitivamente no es uno de mis fuertes y tampoco de mis actividades favoritas. En cualquier caso, y ante todo pronóstico que la propiocepción pudiera proporcionar, sobreviví jajaja.

Ojalá me hayan entendido en algo... al final estaba tan nervioso que ni quise preguntar. Será seguir practicando la lectura en voz alta. He de aclarar que, sin embargo, estoy satisfecho con mi propia disciplina en la refinación del texto, con el texto final en sí mismo y con el movimiento que implica la publicación de algo tan íntimo para mí; con eso me basta para irme a dormir tranquilo (sábado 17/05/2014, en la madrugada).

[Escrito: jueves 15/05/2014]

jueves, 1 de mayo de 2014

Jueves festivo

Si existe uno o varios dioses, la gente que osa poner música a todo timbal antes de las 10 de la mañana un día festivo, especialmente un jueves festivo, no tiene perdón de cualquier deidad habida y por haber en la historia de la humanidad, sino que debería ser mutilado vivo hasta que desee con todas sus fuerzas no volver hacer ruido en su vida y transcurra el resto de su existencia como una babosa, sentado en su silla de ruedas sin manos ni pies, ni quién lo empuje para moverlo del sol, la lluvia o el granizo. Ojalá los mate una infeccion urinaria violenta a esa manada de malparidos.

[Escrito: jueves (festivo) 01/05/2014]

*Nota: que bueno que esto basta para desahogarme jajaja.
*Nota 2: en el texto original escribí silla con C jajajajaja. Definitivamente estaba mal.

miércoles, 30 de abril de 2014

Carta a mí mismo

Envigado, miércoles 30 de Abril de 2014

Para:
José David Maya García

E.S.M.


Cordial saludo.

Por medio de la presente, deseo informarle de mi descontento con las circunstancias relativas a la política de tiempos para trabajo, sueño y ocio de la empresa: la última vez que estuve despierto a las 5:45 de la mañana (porque no madrugo antes de 6:15 am desde hace rato), estaba dedicado a labores mucho más enriquecedoras: me encontraba en una finca con mis amigos esperando a que saliera el sol y disfrutando de una buena conversación.

En la presente ocasión, el amanecer me ha sorprendido realizando y revisando los pormenores del planteamiento del proyecto de investigación con el que pretendo realizar mi trabajo de grado para el pregrado de Psicología.

Solicito la pronta corrección de este incidente por medio de la restitución horaria respectiva en tiempo para descansar y disponer para ocio, a la par con las garantías de no repetición específicas para este tipo de situaciones.

Por su atención y pronta respuesta, muchas gracias. 

Le deseo un feliz día.



Sinceramente: 

José David Maya García



PD: ¡Qué cuca de amanecer! ¿Si o qué?

PD2: ¡Ayudame güevón que esto es pa' ahorita y ninguno de los dos quiere hacer ni chimba!



[Escrito: miércoles 30/04/2014]

*Nota: Me tomé 10 minutos haciendo esto... y ahora, a seguir.
*Nota 2: El texto quedó bien jajaja. Me hacía falta este descansito para seguir escribiendo.
*Nota 3: Llevé a cabo la restitución respectiva mentalmente, en contacto con la administración, el primero de Mayo por medio de un sueño impresionante. En términos de Ocio el 2 y 3 de Mayo y, en términos de descanso, el 3 de mayo especialmente.

domingo, 20 de abril de 2014

Conceptualización: Verdad

En mi proyecto de gestar una matriz conceptual que sea en algo menos platonista que las anteriores, me es necesario replantear al menos de modo operativo algunos conceptos que sirvan de base a los demás y al devenir teórico-práctico mismo. El primero que deseo publicar es el de "Verdad".


Invertir el platonismo: ¿qué filosofía no lo ha intentado? ¿Y si definiésemos, en última instancia, como filosofía cualquier empresa encaminada a invertir el platonismo? Entonces, la filosofía empezaría con Aristóteles y no con Platón, empezaría desde este final del Sofista donde ya no es posible distinguir a Sócrates del astuto imitador; desde los propios sofistas que producían un gran alboroto alrededor del naciente platonismo, y a base de juegos de palabras se burlaban de su gran futuro.

Todas las filosofías, ¿pertenecientes al género «antiplatónico»? ¿Empezaría cada una articulando en ella el gran rechazo? ¿Se dispondrían todas alrededor de este centro deseado–detestable? Digamos, más bien, que la filosofía de un discurso es su diferencial platónico. ¿Un elemento que está ausente en Platón, pero presente en él? Todavía no es esto, sino un elemento cuyo efecto de ausencia está inducido en la serie platónica por la existencia de esta nueva serie divergente (y entonces desempeña, en el discurso platónico, el papel de un significante que a la vez excede y falta a su lugar). Un elemento cuya serie platónica produce la circulación libre, flotante, excedentaria en este otro discurso. Platón, padre excesivo y claudicante. No tratarás, pues, de especificar una filosofía por el carácter de su antiplatonismo (como una planta por sus órganos de reproducción); sino que distinguirás una filosofía algo así como se distingue un fantasma por el efecto de ausencia tal como se distribuye en las dos series que lo forman, «lo arcaico» y «lo actual»; y soñarás con una historia general de la filosofía que sería una fantasmática platónica, y no una arquitectura de los sistemas. (Foucault, 1995 [1970], págs. 8-9)

En cuanto a mis motivos para invertir el platonismo y declararme actualmente como antiplatonista, me basta con decir que me sobran los motivos (como a Sabina). Por ahora, si algún lector está interesado en eso, tendrá que conformarse con que le diga que he encontrado fuertes rastros de Platón en la gran mayoría de lugares en Occidente y sostengo que el sistema que está en crisis desde mediados de la Modernidad y que aun hoy -al menos en Latinoamética- continúa en crisis es la epistemología platónica, siendo ese el último fundamento histórico que da sustento al mantenimiento de ciertas dinámicas socio-políticas, económicas y culturales, entre muchas otras. Así, prosigo al replanteamiento del concepto de Verdad. 


La verdad es una forma axiomática de relación consigo mismo y con el otro o la otredad de manera más o menos consciente; es una predisposición de la interpretación de lo existente que atraviesa el cuerpo, marcándolo. De este modo enmarca, delimita y direcciona la sensación hacia la percepción e interpretación de ciertos sentidos y significados a partir de acontecimientos que pueden tener que ver o no explícitamente con el sentido interpretado (para no hacer una afirmación de carácter ontológico). Los mencionados acontecimientos tienen lugar en los sectores sensoriales del cuerpo, o dejan de tener lugar ante ellos, dando pie a la interpretación. 

Finalmente, existe prueba de la tendencia a la repetición en la interpretación de estos sentidos y significados, es decir, que tiendan a ser buscados una y otra vez en distintos acontecimientos (mas o menos similares entre sí) en aras de revivir, re-evaluar, transformar, negar, evitar, etc. la relación axiomática que dicho(s) acontecimientos(s) designan para el sujeto. Es así como el sujeto se sujeta a una relación axiomática que le permite reconocerse identitariamente como sí mismo o como otro y reconocer la otredad desde estas categorías. Aun cuando esta forma axiomática pueda ser formalizada en una oración, ella no tiene necesariamente una forma lingüística en sí misma.


TEXTO EN CONSTRUCCIÓN
Falta: Citas Nietzsche (sobre verdad y ment), Foucault (x2) (Deleuze diferencia y repetición) y Epicteto

Trabajos citados:
-Foucault, Michel. (1995 [1970]). Theatrum Philosophicum. Barcelona: Anagrama.


[Escrito: sábado 19/04/2014]

sábado, 19 de abril de 2014

Soñé

Soñé que confiaba en ti, que no tenía que aferrarme a tu brazo, que no tenía que asirme con fuerza a tu espalda. 

Soñé que cerraba los ojos y estaba tranquilo porque tu estabas ahí, a tu manera; estabas tranquila, cuidadosa, feliz, cariñosa, tierna, apasionada de estar ahí. Yo estaba tranquilo porque sabía que tu querías estar ahí, conmigo.

No sé si me amabas, no sé si me sabías, no se sí me deseabas a mí. Sé que amabas tu estadía, sé que deseabas seguir ahí, sé que sabías donde estabas y por qué estabas justamente ahí, entre todos los lugares posibles del mundo, y yo confiaba en ti.

Pude desprenderme de ti, soltar mi cuerpo. Así, con mis ojos cerrados, te permití tocar mi rostro y acariciar las cicatrices de mi cuerpo con lentitud.

No sé muy bien qué soñé, pero soñé que confiaba en ti; soñé que era feliz confiando en ti, a tu lado.

[Escrito: sábado 19/04/2014]
*Canción: Joe Satriani - If i could fly

Cigarrillo

Soy un cigarrillo, ni más ni menos.

Fin del comunicado.


[Escrito: viernes 18/04/2014, en Santa Elena]

jueves, 17 de abril de 2014

Nota: huida temporal 2

Comienzo a notar en mí un patrón que me resulta interesante: la necesidad de alejarme temporalmente de los textos profundamente cargados de contenido significativo para mí. Esta última parejita de cuentos, "Porque a las tres de la mañana no pasa nada" y "Grapadora" cumplen con esas características... eso me da a entender de modo suficientemente sintomático que algo logré decir en ellos; supongo que para eso se me dan las letras.

Imagino que, como la vez pasada, volveré al Blog en unos días, aun me quedan algunas cosas por escribir y por decir. En fin, también me puedo tomar unas vacaciones de mi propia mente, así que ¡hasta pronto! jajaja. El aire frío siempre me sienta bien, aunque sea por un par de días.

[Escrito: jueves 17/04/2014]
*Nota: Regresé. El aire frío definitivamente es una maravilla para mi organismo, mi cuerpo y mis palabras; he vuelto feliz y grato de los espacios que me he dado y de la música que la humanidad ha creado (Fecha de la nota de la nota: sábado 19/04/2014).

viernes, 4 de abril de 2014

Grapadora

«Se encuentra colgada en la sala» –comienza su relato con firmeza y suavidad–. «Es paradójico porque desde pequeña fue una chica asmática, de modo que siempre dijo que preferiría cualquier modo que morir antes de la asfixia.

No tiene pantalones ni medias, sólo sus calzonsitos de rayas horizontales de colores rosa y blancas y la blusa blanca de tiritas que le regaló su madre hace un mes. La blusa está enrojecida por los rasguños que le deja la soga al cuello, además de las pequeñas goticas de sangre que se deslizaron por su pecho y desde su nariz, pero que ya están secas. Sus ojos están manchados por un rojo intenso y su rostro coloreado de un pálido azul. En su pierna izquierda se ha escrito, usando como tinta su propia sangre y como pincel sus dedos, la palabra “ReCuerda”. Es una gran obra de arte caligráfica que aun está a medio secar, adornada con finos trazos de arabescos, que reside sobre su piel blancuzca haciendo las veces de lienzo. Tan singular lienzo se empalidece aun más a medida que pasa el tiempo que el improvisado péndulo hecho con su cuerpo sin vida marca, llevando la cuenta con lentitud, pues lleva ya horas en movimiento… tic, tac, tic, tac…; y aun no está quieto… y quizá nunca lo vaya a estar; y quizá jamás se vaya a callar.

Cuarenta centímetros bajo los pies del péndulo tiene residencia un charco hecho con la sangre que ha goteado, apresurada, recorriendo la ruta gravitatoria que va desde la cortada en la muñeca de su mano izquierda hasta el piso de la sala, herida que le sirvió de tintero provisional para redactar su mensaje y plasmar las líneas concéntricas que delatan su movimiento. Su hermoso y esbelto cuerpo se encuentra atado de un modo muy particular: 6 cuerdas de las cuales una, la del cuello, está fija. Las otras 5 son móviles. Este juego de 5 cuerdas, que usan como polea la arquitectura del techo de aquella sala, son más delgadas a comparación de la primera. Cada una está fuertemente sujetada alrededor de una de sus extremidades, atadas con tal delicadeza que permiten hacer de su cuerpo una marioneta de carne… una en cada muñeca, una en cada tobillo. La última cuerda está anudada con su pelo rubio y liso, haciendo así posible mover su cabeza para hacer que mire hacia el frente, hacia arriba o hacia abajo. Sus ojos están abiertos, su mirada está vacía.

Clavado con una grapa en su pecho, justo arriba de sus senos juveniles y por encima de la blusa de tiritas ya no tan blanca, está un sobre de carta. En este se puede leer, escrito a mano con tinta negra, el destinatario: “Mamá”.

Doña Beatriz, ya bastante impactada, busca su teléfono celular en el bolsillo derecho del blue-jean que recién se ha puesto para salir de la ducha. Marca con urgencia a su esposo.

La llamada cae al correo de voz antes de que él conteste; piensa en que él se fue a trabajar más temprano. Frenética, vuelve a llamarlo una y otra vez sin obtener mejores resultados. Llama cuatro veces seguidas aun de pie frente al cuerpo de su hija, sin haberse movido un milímetro de donde está parada y aun goteando agua de su cabello mojado, sin poder entender lo que sucede, deseando  estar soñando profundamente. Lo llama una quinta vez… a medida que escucha el tono del celular repicando pierde los estribos y, movida por una terrible angustia, azota su móvil contra el piso, destrozándolo de inmediato; acto seguido, cerrando con fuerza sus ojos y frunciendo el seño y la nariz, emite un sonido cercano a un gemido cargado de angustia y pena.

Mira hacia el piso y ve, junto a los restos de lo que fue la pantalla de su celuar, que mucha de la sangre está seca, dándose cuenta de que ella lleva horas ahí colgada. Suspira; ahora sabe que siempre recordará esta imagen que se yergue ante sus ojos, sabe también que nunca se podrá borrar de su memoria tal y como la mancha de sangre jamás saldrá del piso de mármol color marfil de la sala.

Desesperada, llama a su mamá a través del teléfono fijo…

 ¿Aló mija? ¿Cómo estás? ¿Cómo están todos por allá? –pregunta Juanita.

Pues bien mamá, camellando… –responde automáticamente. Guarda silencio mientras piensa en lo que acaba de decir, porque es lo que siempre responde cuando su mamá le pregunta cómo está. Lentamente se le escapa una lágrima de su ojo izquierdo mientras se mantiene el silencio en la conversación y comienza a llorar.

 ¿Qué le pasó Beatricita? ¿Otra vez Juan no me le contesta el celular? No se ponga así que usted sabe que él no se va a volver perro después de tantos años de casado… recuerde cómo era su papá, que después de que las tuvimos a ustedes, él siempre respondió por todos en esta casa aun con el geniesito que se mandaba. Y eso que en esa época no había celulares, pero yo igual sabía que él se iba a mamar ron con esos malparidos amigos de él…

Juanita siguió narrando la misma historia que siempre cuenta de su ya difunto esposo, pero Beatriz no escuchaba nada desde que su madre le preguntó por Juan, su esposo. Ella está esperando a que su mamá se callara por fin para poder hablar, pero mientras espera siente un nudo que crece y se multiplica en su garganta. No puede decir nada, no tiene las fuerzas para interrumpir o ponerle un freno a su madre que siempre ha hablado hasta el cansancio suyo y de los otros, además de contar siempre las mismas historias junto a las mismas moralejas de manera ininterrumpida.  

Beatriz pierde la noción del tiempo escuchando lo que pasó de ser una pregunta a un monólogo cantaletoso e infinito. En algún punto de su escucha interminable tuerce los dedos de sus manos como si fuera efecto de un derrame cerebral, abre angustiada sus ojos desenfocando su mirada y exhala un aire de cuya existencia desconocía; así emerge de su pecho una cosa extraña, un grito amorfo motivado por algo que tiene más fuerza que ella o que los regaños de su madre, y dicha cosa se convierte en esas tres palabras que siempre soñó decirle en los 28 años que vivió con ella: –“¡¡¡ HIJUEPUTA, DEJAME HABLAR !!!”.

Beatriz, sin mermar su angustia o su tono, prosigue con respiración agitada: – “mamita… Natica se mató… ¡Mi hijita se mató! ¡Tiene 23 añitos y se ahorcó!

La conversación fue infructuosa. Juanita no pudo volver a hablar después de semejante reacción de su hija, mientras que la boca de Beatriz continuó hablando cada vez más palabras, más rápidamente, pero también más faltas de forma; su mente se fue a otro planeta, su sangre hervía. Nada se entendía, sólo comenzaba a gritar más y más fuerte intentando hacer que Juanita la escuchara y le entendiera.

En medio del ruidoso monólogo de Beatriz, suena una melodía que viene desde la mesa del comedor. Allí se encuentra el celular de Natalia sonando y vibrando. La llama Juan. Ella mira extrañada al teléfono táctil que esgrime frente a sus ojos una fotografía de Juan y ella misma sonrientes, foto que Natalia tomó y Beatriz misma eligió. Con el más profundo de los desprecios contesta a la llamada y, sin pausa alguna, sin esperar un segundo, le habla gritando: – “Natica se mató. ¡Mi hija se me mató por tu culpa grandísimo hijueputa, perro infiel! ¡Andate con tu moza y no volvás jamás  gran malparido!” –. Acto seguido lanza el celular por la ventana, aun sin terminar la llamada; a los pocos segundos se escucha el golpe del dispositivo que se estrella contra el asfalto de la calle ocho pisos abajo del balcón.

Sin haber quitado el teléfono fijo de su otra oreja, continúa “hablando” con su madre como si fuera un solo chorro verbal que ha salido y continua saliendo de su boca ininterrumpidamente.

 ¡No fue mi culpa! Ella siempre ha sido así, el papá la malcrió. Ustedes la malcriaron, partida de alcagüetas. ¡Asesinos! Yo sólo le di lo mejor de mí, le di los mejores años de mi vida, le di lo que yo nunca tuve, le di amor, atención, una mamá paciente y dispuesta sólo para ella, un padre presente… no como el borracho peleón de mi papá. ¡A ella nunca le ha faltado nada!  A ella nunca…

Y estalla en llanto dejando caer el teléfono al piso. Reenfoca su mirada a la escena que tiene en frente y se da cuenta de que sigue ahí, que su hija sigue fría y moviéndose lentamente como un péndulo por las cuerdas que tiene atadas a su cuerpo, que sigue sin vida ante sus ojos.

Sufriendo ante lo que ve, se queda atónita una vez más. Poco a poco toma fuerzas para acercarse a Natalia y, sin tocarla, intentar sacar la grapa de su pecho y tomar la carta. Siente la dureza de la grapa clavada en su carne, siente cómo se desliza con dificultad hacia afuera mientras ella la hala con sus uñas pintadas de un verde-azul brillante. El sobre se encuentra sellado. No está casi ensangrentado, sólo tiene unas líneas secas que sirve de evidencia del paso de algunas diminutas gotas de sangre que descendieron de las dos pequeñas heridas causadas por la grapa. Abre con delicadeza el sobre para no dañar o arrugar su contenido. Escucha atentamente el sonido del papel que se rasga usando como cortapapeles el dedo índice de su mano derecha, sosteniendo con la izquierda el sobre.

Al lograr su cometido escucha el último rasguño del papel. Siente mucho miedo, cierra sus ojos y sus lágrimas se escapan a chorros de estos. Intenta contener sus lágrimas con sus manos para no ensuciar el sobre con estas, pero prontamente se da cuenta de lo ineficiente de esa empresa. Desliza el papel de cuaderno doblado afuera del sobre sabiendo que en este se encuentra lo último que su hija le dirá.

Imagina por un instante que en dicho papel dice que esto no es más que la peor de las pesadillas, que es una mentira, una broma muy pesada y de pésimo gusto, que ella está bien y viva, que sólo está actuando o que Beatriz podrá despertar del sueño en segundos y verla con la piel rosada una vez más. También tiene la esperanza de que en esta carta Natalia la perdone por todo lo que ella le dijo anoche antes de dormir… siente mucha culpa al recordar y llora aun más. Recuerda que Juan se fue iracundo desde anoche, desde la pelea que fue motivada porque él no contestó el celular, pues, según él, lo llevaba en el fondo de su morral. En ese instante reconoce que lo único que quería es que tanto Juan como Natalia fueran más atentos con ella, que la pelea fue un modo caprichoso e innecesario de llamar la atención de ambos, que las palabras que dijo fueron hirientes para todos, más aun para ella misma… y siente miedo al recordar que esta vez, seguramente, Juan no vuelva más.

Finalmente recupera las fuerzas para afrontar el papel que sacó del sobre; lo desdobla y lo pone ante sus ojos. Respira hondo y se dispone a leer.

Mamá, tu siempre quisiste que yo fuera distinta a como he sido, que fuera como tú me soñaste antes de nacer, antes de yo aprender a decirte que no es así como soy.

Por eso, para tu cumpleaños, te regalo lo mejor que puedo darte: la posibilidad de que revivas tu sueño con mi cuerpo, para que por fin tengas a la hijita que siempre quisiste tener. Te regalo una marioneta para que hagas de mí algo que si te haga feliz.

Te deseo un muy feliz cumpleaños con todo mi amor, con toda mi tristeza, con toda mi vida y con toda mi alma.

–Nata.



…Finalmente, al terminar su lectura, escapa de su pecho un gemido asfixiado, un grito ahogado, un sollozo mal nacido. Una angustia abrumadora consume su vida, desgarra su rostro y quema sus entrañas…recuerda, recuerda, recuerda… »

El Grito - Mauricio José Vega
2004
(*La señora G termina su relato mirando hacia el vacío y suspirando desabrida mientras se mece, abrazando sus rodillas, sentada en la esquina de la habitación. Se queda en silencio. Lentamente, José se retira de la habitación sin hacer ruido para no perturbarla y cierra la puerta desde afuera. Se encuentra con Martín en el pasillo.*)


***

– Eh José, novato, con que fuiste a hablar con la señora G. ¿Te contó su historia, no?

– Si, ¿cómo lo sabe?

– Porque ella siempre cuenta la misma historia desde que llegó acá. Diariamente la cuenta exactamente igual, en tercera persona y en presente, sin una palabra de diferencia… lo sé porque llevo años trabajando acá. Es lo único que ella dice antes de las doce del mediodía, antes de la benzodiacepina del almuerzo, que la envía directo a la cama. Está como condenada a revivirla diariamente. Lo peor es que no sabemos qué parte es real y qué parte no.

– ¿Y nunca cambia nada en lo absoluto de su historia?

– Sólo una cosa: a veces al finalizar su narración emite un suave grito, como un gemido que se ahoga en su garganta desgastada, como si intentara estallar en angustia. Cuando eso sucede, se agita y nos toca recluirla, en algunas ocasiones hasta pacificarla para que no se haga daño. A veces también dice que el espíritu de su hija la visita en las noches, en sus sueños y en las madrugadas; dice que la visita para torturarla, para martirizarla, para culparla y recordarle la mala madre que fue; dice también que la ve y que su “alma en pena” (como ella le llama) le repite una y otra vez mirándola a los ojos: “Recuerda, recuerda, recuerda…”; pero cuando yo llego a su habitación, ella se encuentra sentada o acurrucada en el piso o en su cama, mirando al vacío, diciéndose a sí misma esa palabra sin cesar, sosteniendo con sus manos temblorosas su rostro y su cabeza.

– Parece que tiene una historia bastante difícil. ¿Cómo llegó doña Beatriz acá? ¿La trajo el esposo?

– No, de él nada se sabe. Ella apareció un día, alguien la dejó tirada a media cuadra de las Urgencias de una clínica de la ciudad y de allá nos llamaron porque ella los atacaba cuando intentaban curar sus heridas o limpiarle la sangre; tampoco lograban entender lo que decía. Cuando nos llamaron, reportaron que estaba haciendo un desastre en la clínica y que era imposible atraparla sin hacerle daño. Tras eso se encerró en una oficina vacía que hay en la parte de atrás de las urgencias pediátricas de tal manera no era posible sacarla, así que nos pidieron ayuda. Fuimos en una ambulancia cuatro enfermeros y yo. Era un miércoles, a eso de las cinco o seis de la tarde si mal no recuerdo. Nunca podré olvidarlo.

Cuando por fin llegamos, nos tocó tumbar la puerta a patadas. Tres de los enfermeros y yo entramos. Nos íbamos a abalanzar ya sobre ella con la camisa de fuerza cuando la vimos en la esquina tras el escritorio del pediatra, sangrando. Con la grapadora de la pediatra se había llenado de grapas buena parte de su cuerpo: se las había clavado en los tobillos, la parte alta de su muslo izquierdo, las muñecas y el pecho especialmente, arriba de sus senos, pero también sus senos y sus pezones. No se movía, sólo estaba ahí quieta encogida sobre sí misma, casi en posición fetal, con los dedos torcidos, cubriéndose la cabeza con sus manos y brazos, mirando al vacío al borde de la catatonia, sonriendo frenética con la mirada perdida. Su mano derecha no paraba de temblar. Respiraba muy fuertemente mientras apretaba los dientes; tuvimos que sedarla. Se despertó medio día después, estando ya en su cuarto del ala oeste, el número 23, hace 12 años, aquí en el hospital mental. Esa es la historia de cómo llegó acá la señora G.

– Qué raro… ¿no dijo ella que Natalia tenía justo 23 años cuando se suicidó?

– ¿Si? Qué terrible coincidencia, no creo que alguien más la haya notado. Eso debe interesarles más a ustedes los psicólogos que a nosotros los psiquiatras, pero si descubrís algo relevante con eso me contás por favor.

– Claro Martín. A todas estas… tengo una duda. ¿Por qué le dicen “la señora G” a doña Beatriz? ¿Es por su apellido?

– No, la letra G es como abreviamos “Grapadora”. Lo del apellido es mera coincidencia.




[Escrito: jueves 03 y viernes 04/04/2014; corregido por última vez en marzo de 2015.]

*Nota: Entre hacer y revisar este texto, debido al evidente fuerte clima emocional en el que ando, me ha dado un fuerte mico (tortícolis) y se me ha quitado parcialmente. Este par de últimos textos son muy importantes para mí, pero este ha sido especialmente angustiante e histerizante. No sé qué haría si no pudiera escribir para permitirle la salida a todo eso. Gracias a cualquier despistado que lea esta nota aunque sea por accidente :)
**Nota 2: Tras un buen día de descanso, de cuidar de mis asuntos y  mi clima emocional, estoy mucho mejor de mi cuello, también estoy más feliz y satisfecho con este pesado texto que pude dar a luz y, además, estoy más tranquilo en general. Tardó todo un día, pero valió la pena . Me hace feliz que alguien lea estas notas sin importar sus motivos, así que gracias por leerme. Feliz noche (sábado 05/04/2014).