miércoles, 8 de junio de 2016

Memento Mori

Algún malestar parece –cuando menos– sintomático en casos tan álgidamente formulados. A pesar de una especie de coherencia en el diseño y sentido de ambos, como si devinieran del mismo artífice o de un par de colegas lazados, son bien diferentes; pienso en el Quijote y en el Antiedipo. No sé si se pueda entender, si pueda describir con claridad las cosas que mis ojos no dejan de notar.

La superposición de las muertes, en plural para hablar de los casos reales y puntuales, no dota de más sentido o detalles a la situación para hacerla concebible, ni ayuda a los supervivientes a cargar a cuestas su duelo y el vacío en su pecho. Por el contrario, como por efecto de metonimia (Lacan) que una parece encarnar frente a la otra, entre la siguiente y la anterior, sólo parecemos arrojados al mismo abismo del sinsentido una y otra vez. En cada ocasión, el sentido pareciera perderse un poco más... pero, claro, no hace más que depurarse hasta señalar cada una de las diferencias de las muertes y, en últimas, llegar por epojé a lo irreductible de los vivos: Si estás vivo, has de morir eventualmente, así como los tuyos también morirán.

Hace mella en la escucha y en los dedos decirlo con tan poca delicadeza, hace que algo de lo más íntimo se estremezca en cualquiera que se lo tome a pecho, así como dicen los sacerdotes del “Tomad señor y recibid” de San Ignacio. Sin embargo, los modos delicados no ayudan ni a decir ni a sanar… sólo suavisan insensatamente una de las pocas claridades que, como existentes, podemos llegar a atesorar junto a esos pocos recuerdos que iluminan el día y los talismanes de la infancia que, antaño, nos definían como sujetos de valor o sujetados a alguna historia, a la nuestra, a nuestro cuerpo. Habría que tatuárselo en la piel para jamás olvidarlo: Memento mori.

Y, un aun así, no soportaría nuestra frágil mente algo que no tuviera una significación especial, como determinada de antemano, que inundara de algún sentido ilusorio con recovecos e insignias llamativas las muertes de nuestros amados o la nuestra propia, como si adornar con flores una bacinilla (al mejor estilo Tyrell) fuera a alterar el mierdero. Supongo que son los meros recursos psíquicos, imaginarios y simbólicos, sociales y culturales, con los que intentamos hacer frente a lo aparentemente miserable de la existencia y sus pormenores; más siempre en vano en tanto ni bastan para erradicarlos, ni alcanzamos a morirnos nosotros mismos a cabalidad por esta falta de eficacia subjetiva para tramitar la muerte, para asir lo inasible, para concebir, aceptar, lo que nos excede y desborda por doquier. Vivir a medias pareciera ser la trágica condena del superviviente.

Quedamos pues, como San Agustín ante la muerte febril de ese amigo a quién tanto amó, partidos y desbordados, aterrados ante la muerte y la vida por igual, intentando entender y controlar lo que quizá sea un mero acontecimiento y ya. Siendo así, la muerte, más que carecer de un sentido, pone de relieve (lo) Uno, un sentido tan sencillo que escapa al narcisismo infantil que todavía perdura en nuestras organizaciones psíquicas dizque adultas, revolviéndonos y golpeándonos como si demoliera un edificio; no de arriba abajo, sino con un solo golpe preciso y fino en una viga de amarre. En un parpadeo, no somos más que escombros, fracturas, divisiones, angustias, dudas, miedos… y terror.

Llevando la contraria a la eficiencia neoliberal, los tiempos de La Inexorable no son para correr intentando salir de un duelo con velocidad, sino que son momentos para caminar con lentitud, para captar con la emoción a flor de piel la falta que se esgrime, patente y ominosa, allí dónde –como un Real– no deja de no estar aquel amado punto fijo que hace tan poco nos sujetó y sujetamos. Si, sobrevivimos esta vez; sin embargo, memento mori.

Átropos vendrá por nosotros y por nuestros amados, estemos donde estemos, incluso cuando nos neguemos, reprochemos y nos frustremos. Nos queda sentir, a ver si algún día alcanzamos algo de serenidad. Pienso en Fernando González, en Viaje a pie (1929):

Aquel día caminamos muy despacio; los bueyes nos dejaban. ¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Cuando el sol declinaba, sentados sobre una dura piedra, compusimos este canto:

«Un inefable sentimiento de apacibilidad, una alegría o ebriedad apacible y sana nos produce el convencimiento de que todo lo nuestro habrá de llegar al minuto, hora, día y año. Aquí sentados paladeamos nuestro futuro que nadie podrá robarnos, ni aun nosotros mismos.

Nosotros no somos el ansioso; nuestros ojos guardan las imágenes que a ellos llegan, porque esas son las que debían llegar; nuestras manos palpan muy lentamente las formas que son suyas, porque ellas son las destinadas; nuestros corazones están listos para recibir lo que el seno del devenir les guarda. No se gasta nuestra fuerza vital en perseguir los seres que no son suyos, los sucesos que no le pertenecen. Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones.

Las mujeres que han de servirnos de almohada, las que han de llorar por nosotros, vendrán a buscarnos en donde estemos, si han de ser nuestras. ¿Para qué correr tras ellas? Vendrá también el oro que ha de ser nuestro, y vendrá a esta dura piedra, al escondrijo más oculto, la muerte, y vendrá el deshonor, el dolor y el odio. ¿De qué huimos? ¿Para qué escondernos? ¿Por qué lamentarnos? ¿Para qué remordernos la conciencia? Con recogimiento recibimos lo nuestro; nadie nos pide cuenta y a nadie se la pedimos. Somos el que puede afirmar: el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo.

Hemos perseguido la alegría y a pesar de que parecíamos alcanzarla, no pudimos. Lo nuestro es lo único que llegará a nosotros. ¿Y qué será lo nuestro? Parece que nada sorprendente nos está reservado en esta pelota terrestre.»


La sobreinterpretación, al igual que la negación y ciertas formas más fóbicas (fantasmáticas) de terror, son ejercicios de velocidad ante el vacío que terminan por proponer un sentido horroroso, uno abusador y generalizado que se suele repetir, que termina por efectuar un corte en los vínculos; aquel es el ejercicio de la neurosis ante lo sencillo del desencuentro, el vacío y lo incontrolable. No faltarán las prácticas de dolor que pretenden producir e inducir el trabajo de duelo (que es subjetivo y voluntario) con más velocidad, en forma de rituales que se ensañan, masoquistas, sádicos y auto-sádicos, intentando ofrecer una cura a lo que no es una enfermedad. Cuándo se incurre en apurar a alguien en su proceso, es más el daño que se hace que la utilidad… y es que hay que ser muy baboso e imbécil en esta vida para ponerse a afanar a un doliente; eso está al nivel de atracar a una persona que usa gafas. Así pues, que cada quién haga lo que necesite hacer, a su tiempo, para sobrevivir a sus muertos y sobrevenir a su propia fragilidad. Hay que prevenir el encarnizamiento terapéutico.

Aceptar toma tiempo y no hay más reconstrucción posible que desde la humildad de quién ha dejado de imponer al mundo sus categorías y así, por fin, se ha reconciliado con su propio fluir terreno, con ese incesante devenir otro, construirse y reconstruirse diferente y similar. Asimilar, a’similar, a-similar.

Imagino que se entiende lo que digo: Hacer un duelo no es sacar al otro de la propia vida, sino re-organizarse, re-construirse uno mismo con conciencia de ese vacío y, así, religar, volver a sujetarse de nuevos modos, renovar los estilos de lazar, mirar, amar y soltar.

Una vez más, en aras de claridad y haciendo una merecida venia a la practicidad romana, retomo las palabras del pueblo que ovacionaba con estas palabras a los generales ungidos en reciente victoria:

Memento mori”, es decir, recuerda la muerte, recuerda que puedes morir, que eres mortal.

Aunque también están las notas de Tertuliano al respecto, que nos dan un polo a tierra humilde de las palabras que se decían en aquel entonces:

Respice post te! Hominem te ese memento!”, que traducido es “¡mira detrás de ti! ¡Recuerda que eres un hombre!” Que no eres un dios.

Vale la pena amar, crear construir y esforzarse sólo porque hay muerte, sólo porque no somos eternos, pues es aquel límite ineludible lo que nos da uno de los pocos puntos fijos en vida con lo que podemos construir sentidos que sean como líneas de perspectiva que tiendan a un punto de fuga que se ubica justo al borde de nuestra hoja de diseño. Somos libres de construir sentidos en cuánto la muerte representa la finitud de toda posibilidad de ser; aquel es el ser para la muerte de Martín Heidegger.

Captar la muerte jamás dejará de ser para nosotros un imposible, pero aquello, más que un infortunio, es el cajón del tesoro, el inagotable origen de las historias que tejen la cultura, que nos unen y nos ayudan a mantenernos en pie, de los rituales que simbolizan en sus movimientos lo que no se puede decir, dándonos materia prima para construir nuevos sentidos y volver a sujetarnos a pesar de –y, en especial, gracias a– nuestra humana fragilidad.

En ese sentido, es la muerte esa gigantesca bendición que nos arroja lejos del “paraíso terrenal” (psíquico) al mundo real, es decir, de la ilusión de omnipotencia a la frustración; nos empuja a pasar de la insensatez narcisa a una posición social y creativa (tanto ética como estética) que tiene su raíz en una pizca de sabiduría marcada finamente por ese granito de locura de cada uno, ese rasgo unario que se deja florecer, por fin, con potente sinceridad. La muerte se vuelve pues un incentivo inmenso para sobreponerse sin descanso a las propias taras con valentía, para aprender a vivir sin arrepentimientos ni reproches, para dejar de negar el vacío que nos dejan los muertos y la impotencia que nos deja vivir, para acogerles y aprender a desear.


Recuerda que vas a morir, que todos vamos a morir, para que hoy también valga la pena vivir para crear y recrear lazos humanos una vez más.


[Escrito: martes 7/06/2016]

lunes, 9 de mayo de 2016

Invierno

Invierno en Milán
Lluvias, flores caídas de guayacán, árboles secos, proporciones áureas en los copos de cristal, fracturas por lo helado en los labios y en la piel, el hielo hecho fractal. Voy despacio, el cielo lo amerita; vamos despacio, que este clima no perdona a nadie. También el mundo tiene cierta urgencia de detenerse cada tanto para poder florecer una vez más.

Producir retoños cada tanto, retornos novedosos llenos de vida y plagados de diferencias minimalistas es un gran esfuerzo, pero es una urgencia. Tanto es un deseo como una necesidad, quizá por estética o por simple necedad, tiene la vida este dulce darse a la tempestad.

Que sea entonces este el invierno para mi alma invadida por la gripa y para tantas otras a las que les hace falta descansar. Para todos los que soñamos con cerrar los ojos de par en par y sólo respirar, les presento el invierno para que mañana podamos despertar una vez más. 


[Escrito: lunes festivo 09/05/2016]
*Equívoco para "Memoría": Corazón, pero es puntual. 

jueves, 17 de marzo de 2016

Nota: Neurosis

Conclusión: La vida es muy cortica para preocuparse por la neurosis de alguien que uno no se está comiendo.


[Escrito: jueves 17/03/2016]
*Nota: Me cuesta muchísimo, tanto, tanto lo tengo que decir; pero ya ha sido mucho más que suficiente, esta es mi verdad: estoy agotado de este esfuerzo, de tratar y tratar y de desgastarme y fracturarme. Yo no puedo cuidarles, nunca pude, sólo ellos pueden decidir qué hacer consigo mismos, con su deseo, su sufrimiento, su coherencia o su incoherencia, o lo que sea. Depende de ellos y no de mí, de ninguna manera ha dependido o depende de mí. 

Sólo me queda, más que dejarlos a su suerte, aceptar que siempre han estado a merced de su propia voluntad y nunca de la mía o de mi esfuerzo. Sólo me queda cuidarme a mí en este aspecto también. 

♪Let it go, let it go...♪♫ jajajajaja.

Soy despectivo, es una mera mofa... me refiero a alguien que no sea mi pareja (o algo así).

Inlazos narcisísticos

Pintura de Rafał Olbiński, no conozco el nombre. 
Es una lástima –a mi parecer– que de tanta frustración no devenga creación, sino narcisismo enclaustrado y nuevamente cerrado: Una boca que pretende besarse sólo a sí misma, ni siquiera por el goce del autista, sino por egolatría expandida que añora, maníaca, una pansexualidad sólo de hipotéticas homologías, de perpetua mismidad.

Inflados de aire y ávidos de babas hacen promesas más grandes que ellos, compromisos que no podrían mantener junto a su carne arcillada y, una vez llega la hora, se secan, se agrietan, se ajan, se fracturan y atacan cuando caen desde las alturas para romperse, por fin conformes a su real fragilidad. Inconformes con su naturaleza mundana entonces maldicen al cielo, al sol y a sus alas de cera y plumas, a su cuerpito de cristal, para fantasear que podrían haber volado de verdad; no es raro que lo vuelvan a intentar en sus afanes de autosuperación delirante, cerrando entonces sus ojos para jamás tener que vérselas con la divina otredad.

Así pasan los meses subiendo un poco y cayendo desde lo alto, lamiendo sus heridas que no parecen sanar y les recuerdan cada vez que fracasaron en esa empresa elevada y descabellada de hacer realidad un ideal, de darle carne a una idea vaciada a la fuerza de la más tierna humanidad. Pasan los años y continúan la lamiéndose, sin permitirse sanar; se hacen obreros sin callos en las manos, con dedos arrugados y frágiles por la autocompasión disfrazada de mimo y saliva, incapaces de levantar la pesada carga de la construcción de una vida que valga la pena ser vivida.

Me pregunto con alguna frecuencia “¿pero cómo harán para nunca aprender?” Me resulta tan difícil, tan improbable, tan insensato pensar que exista alguien así que francamente me cuesta imaginarlo como una realidad posible y sostenible, aun cuando les conozco a profundidad. El poder es algo tan lejano para mí que no veo cómo alguien podría encontrar en semejante imaginario su única causa para sonreír, como si sólo se pudieran deleitar en el goce mortífero de la limitación innecesaria e imposible de llevar a cabo.

Y aun así los veo romperse en llanto una vez al mes, motivados en que no pueden e insisten en verlo como un revés; pero jamás se les ocurre buscar alegría en lo que son ni ceder en lo que –maniacos–  aspiran a ser, nunca se les pasa por la mente ser pacientes y  ver qué florece en el desencuentro y la diferencia ni disfrutar de los retoños que creamos en relación, no. Siguen negando que pueda haber otra forma de concebir las multívocas artesanías que pueden ser la felicidad y el amar.

Hay gente que no está acostumbrada al cariño. Hay gente a la que le hace falta amor, y otros a los que les hace falta comer mierda y castración.

¿Cuántas lágrimas tendrán que contar para querer cuestionar su volitiva ceguera? ¿Cuántas caídas, cuántas fracturas más tendrán que lograr para darse cuenta de lo no opcional de la otredad? ¿Qué no sospechan que morirán, que quizá este tiempo sea digno de aprovechar? Tan frágiles que son, ojalá no se partieran con tanta fuerza con su propia crueldad. Pero estén lejos, muy lejos de mí, por favor, en cualquier caso; porque yo vivo para amar, de pronto para eso y para nada más.


[Escrito: 23/02/2016]

sábado, 20 de febrero de 2016

Aun [Cuerpo]


Verba volant scripta manent corpus.

A noche de hoy.

A noche de hoy me parece que la soledad es un estilo de vida, una forma activa de no entablar lazos con la gente, de sonreír amablemente y continuar desenganchado de sus manos, de sus pieles y sus labios. ¿Para qué besar?

Me ocupa la fragilidad del alma, lo delicado de mi contextura corporal que aflora cuando menos me lo espero en una mirada coqueta y furtiva que invita a cualquiera a encantarse por mi cavilar. Me ocupa aquella fragilidad porque les encanto y les cuido como puedo, mientras cierro mis ojos para escuchar, para no esbozar el trazo de vincularidad que me llevaría a repasar mis grietas y a fracturarme una vez más. Cierro mis ojos para no sujetarme más que en el bla-bla-bla.

Esta forma de soledad elegida es pues, lejos de ser la mejor, una formulación para evitar seguir despedazándome por cualquier necedad, ¡porque son necios! Son necios cuando me piden mis palabras e ignoran que se avecina la tempestad de la esfinge que asoló a la Tebas de Edipo con su brutal preguntar: “¿acaso sabes que creciste y envejecerás? ¿Acaso sabes que no tendrás vista que guie tus pasos en la oscuridad? ¿Acaso has aceptado que morirás? ¡No lo creo! La quimérica asfixia será tu final.” Son necios por pedirme que me desnude sin haber gobernado algo de su propia humanidad, de su propia humildad.

Y aun cuando no escribo con la rabia con la que leí poco más que un par de letras como inquilino en la mugrosa sede del saber, aun cuando no me emociono fatalmente como en la universidad, aun cuando me arrojo irremediable a lo profundo de mi tinta, soledad… Aun cuando soy otro y el mismo y florezco como un diferente “escribir” en mi jardín, mi jardín… Aun entonces vale la pena hablar con rabia y mirar a los ojos para mostrarles mi ira, mi potente huracán de palabras tan dadas a moverse como a arrasar con todo su paso, a detonarles sin piedad. Aun entonces, aun ahora me vale la pena odiar tanta estupidez, tanta necedad, para hacerla reaccionar con el fuego de mi alma, ¡y los incendio! Los incendio cuando no lo notan y arden hasta estallar con violencia sin saber que les he provocado con el ardor de este cuerpo evanescente que se consume a medida que exhalo.

Aun entonces vale la pena escribir con mi voz a flor de piel y partirme paso a paso para gritar, para dibujar entre mis grietas lo que no tengo las palabras para decir: ¡Los odio! ¡Pero los añoro con cariño y con ternura! Le debo a su necia insensatez las esperanzas de poder trazar otra forma divina, alguna forma de vida distinta a esta profunda desolación.

Se murió Umberto Eco y quiero llorar…

Escribo para los que no me entienden también, para seducirlos, para convencerlos de aprender a escuchar… y a veces les esbozo con ternura un camino que les guie en su propio infierno, otras veces les señalo las llamas de la forja arrojando sus débiles carnes al crisol y emergen frenéticos tras vivir la crisis de su supuesta identidad, tras ver lo que son tras tanto vacuo ideal. ¡Rómpanse de una vez a ver si tienen más que babas y lágrimas y mocos para compartir…! A ver si algún día se hacen tan sabios como para cultivar y construir.

Hoy me condenso en un cúmulo oscuro como la tinta, pero vital como la letra. Soy esta densa masa de ira triste, de resignación aun frustrada, de lágrimas amedrentadas por no tener quién las limpie de mi rostro y evitar que atenten contra el papel… el papel que, a noche de hoy, me da un remoto lugar para existir, para estar y fluir entre mis memorías.

De algún modo le debo a su insensatez mis ganas de vivir mañana, mis ganas de encantarles y deducirles hacia el siempre insospechado mundo de la otredad; es ventajoso que la estupidez nunca vaya a faltar en el mundo a pesar de lo eficiente de la selección natural.

Y aun cuando escribo con mis mejillas intentando sobrevivir sin ahogarse en este exceso de humedad, con mis pómulos luchando por contener la marea desbordada que amenaza con diluir el papel esta noche, sé que tengo que seguir escribiendo por si llega el día en que alguno de ustedes, toscos imbéciles, me pueda escuchar.

Los insulto con tanta rabia, con tanto odio, con resentimiento, con ternura, con cariño, con una complicidad que no creo que entiendan en general; con mis manos de acogida, con calidez, con tristeza, con frustración y resignación, con un reproche atascado en mi voz; con miedo, con terror, con pánico de que llegue el día en que alguien bese mis fracturas y me vea desvanecerme, y me sienta colapsar. Los insulto con un amor infinito, con paciencia, con un deseo patente que les invita a desear, con un amor que quiere provocar también a amar, con una alegría que pretende convocar a su propia felicidad para verlas florecer. Les insulto porque amo del mismo modo que escribo: fuertesito, como un huracán.

Y si mi insistencia no es suficiente, si de pronto no les basta con mi cuidado tierno, caluroso y persistente o con mi paciencia para entender mi amor, entonces noten la fuerza del golpe, entonces piensen en lo evidente de mi fervor, en el incendio de mi alma que arrasa sin problema con todo cuanto encuentra pero, aun así, a ustedes les hace un lugar en su seno, en mi pecho y mis ojos para que se puedan refugiar, para que yo los pueda cuidar.

El nombre de la rosa, de “mi rosa”, tal como la del joven Adso enamorado de la mirada de la campesina de la que quiso cuidar con su vida, sólo me será revelado al final por el paso del tiempo en algún acrónimo más kairótico que ucrónico –ojala–, como un enigma que sólo sus labrios me podrán enunciar como último recurso en el cual pensar para vincular. ¡Toma mi mano cuando llegue el día y acaricia mi rostro, aparta mis lágrimas y sujeta mi cuerpo porque embargará un angustiante hiato a lo dulce de esta melodía!  


[Escrito: viernes 19/02/2016]

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A día de hoy

A día de hoy la muerte de Umberto Eco demanda un luto que mi alma carga a cuestas con las páginas envenenadas de la comedia aristotélica, y sin embargo llevo, tomada por mi mano como tierna infante, una dulce sonrisita que esboza las presencias cómplices que me iluminan el día.

Desde ayer he vuelto a componer para encantar y no sólo para hacerme entender. Desde ayer he querido volver a provocar suspiros con mis letras y palabras, desde ayer tiene un sentido volver a fabricar esas letras denudas que tienen por misión enamorar.

Hoy me sé y me siento anclado a tantas miradas, a aquellos oídos, a esas manos aferradas que me sostienen, aquellos labios que a priori sé que me previenen de volver a desaparecer. A día de hoy me sé cómplice de crímenes que carecen de nombre y desbordan de calidez en el contacto de las mejillas entre almas partidas.

Que mi pelo largo fuere lo que fuera a los ojos de tanta gente y mis boinas fueran íconos de singularidad, que sea recordado por esas dulces miradas que suspirantes he de encontrar ante mis palabras y mis trazos una vez más… Leí y declamé iracundo cada vez y ellas, divinas benefactoras, hicieron de mi alud incendiario una tierna caricia al escuchar. Ellos son Eros para tanta agresividad.

Aquellas producciones fueron para sobrevivir y hay tanta gente que hizo de mis fracturas un punto de sujeción que me maravilla la habilidad de fabricar cuerpos y personajes de quién tiene la amabilidad de purificar la oscuridad de mi alma, de hacerla una brillante virtud. Gracias por escuchar.

Sabiendo cómo soy, en gratitud, sólo hay algo que les pueda brindar: Unas cuantas palabras más para volverles a encantar. Aunque sea poco, quizá sea un poco de felicidad, un ligero toque de sensibilidad, lo que les pueda brindar a cambio de su compañía y  su cálida sinceridad.

Hoy, aun con el luto que me pesa en el alma, sonrío en el alma porque se que me puedo sujetar, porque sé que seré visto y buscado por quién se interese por la persona tras el encanto que para ellos, antaño, supe fabricar.



[Escrito: sábado 20/02/2016]
*Nota: Cuando se desnuda una letra, ¿qué queda? Qued a.un cuerpo, el de la letra, y queda la voz en la mera entonación, desprovista de sentido y significado como tal. Siempre he escrito de lo mismo, pero a penas ahora lo anuncio sin el laberinto de palabras usual... Aunque tendrán que saber algo de Encore (cosa que dejé más que clara con el título) y de otros asuntos para entender alguna cosita jajajaja. Pero no todo, no todo.
*Nota 2: Este es el texto número 100 en el Blog :D

martes, 16 de febrero de 2016

Nota: A lado y lado

Colombia es un país en el que uno mira a lado y lado de una calle de una sóla vía antes de atravesarla por la cebra y con el semáforo peatonal en verde; lo más cómico es que uno no se extraña. Somos bien folklóricos.


[Escrito: martes 16/02/2016]

sábado, 30 de enero de 2016

Para aprender a amar

Soy tan pequeño, tan pequeño, que aprendí a amar.

Me siento tan indefenso ante mis propios demonios y fantasmas
que hace mucho tiempo aprendí a cuidar.
Llevo tanto tiempo sumergido en el silencio y la soledad
que no tuve más opción que aprender a acompañar.
Viví tanto con los ojos cerrados que aprendí a observar.
Me he fracturado tanto y tantas veces que aprendí
a aceptar mis limitaciones y acoger las de los demás.
Llevo tantos años tan callado que aprendí a escuchar,
y aprendí a demostrar con acciones lo que aun
no tengo las palabras precisas para formular.
He vivido tanta frustración que hace años dejé de soñar,
y sólo entonces, aprendí a crear.
Me he equivocado tanto en esta vida que tuve que aprender
a construir un camino con alguien más.

También he sido tan grande y tan potente que aprendí
que la fuerza de una sola persona nada puede engendrar,
está destinada a destruir, acabar y erradicar, asesinar toda posibilidad.
E intenté ser autónomo sólo para descubrir
que me salvarían de mí mismo aquellos hermanos de amistad.
También quise erigir cielos donde había plantas ácidas y amargadas,
y así terminé por entender que la humanidad no tiende al cielo
sino a la pasión, a la tormenta y la serenidad.

La verdad, mi verdad, es que he sido tan pequeño, tan humano,
tan callado y tan fracturado que no me quedó de otra
que aprender a amar por algo que no fuera necesidad.
Tuve que aprender a construir en vez de intentar hallar
y así descubrí del golpe el peso muerto de lo ideal:
entendí lo sereno y apasionante de amar en libertad

porque, más que una condena,
es un fuerte lazo que nos invita, irrefrenable, a crear;
y aprendí que a pesar de su fortaleza, es tan delicado como el cristal
agrietado por los viajes, los equipajes y la tempestad.

Aprendí que vale más negociar, ceder, cuidar y cultivar
que esforzarse en tener la verdad,
que la humildad y la paciencia son vitales para conversar,
que el ego y los ideales son un lastre gigantezco para vincular,
que el maldito “flechazo” no se puede controlar,
que la ternura es la fuerza infinita que nos hace perseverar.
Aprendí que hay que ser muy pequeño y sabio para aprender a amar.

Claro, también aprendí que uno nunca aprende todo,
porque el amor, cada vez que nos vemos, lo tenemos que inventar.
Aprendí que amamos cuando nos acompañamos a caminar.

Uno aprende a amar a punta de golpes, no hay atajos ni curas. 
Se ama a pie, descalzo, con las manos abiertas, heridas y desnudas, 
sin un gramo de reservas, con la más hermosa pizca de locura.



[Escrito: sábado 30/01/2016] 

*Nota: Increíblemente he encontrado una luz en donde creí, por prejuicio, que jamás miraría. Un prejuicio justificado, pero los autores no tienen la culpa del modo en que son leídos, ni de quién los lee.

                    "El amor no consiste en mirarse el uno al otro, 
                     sino en mirar juntos en la misma dirección."
                                                -Antonie de Saint-Exupéry

miércoles, 27 de enero de 2016

Rostros f(r)acturados

Hay gente que queda partida,
que con los años ya no pueden sostener su sonrisa,
que se ha quedado en números rojos pretendiendo otra cosa,
resistiéndose a aceptar lo que hizo de su vida.

A esa gente se le nota en la cara
contorneada por arrugas que no van con su diseño,
el costo que tienen los ideales y los sueños
cuando no se tiene la valentía de arrojarse contra ellos,
de hacer temblar hasta la última estatuilla,
de destrozar los ídolos de barro,
los dioses de oro representantes del ocaso
que antaño nos dieron sentido y hoy nos cortan el paso.

Esas muecas resquebrajadas delatan al cobarde,
al asustado, al dividido, al atormentado,
a esas mujeres malparidas que creyeron poder dominar con su encanto,
y se vuelve insigne como producción sublime
que hace del cuerpo nuestro lienzo más sagrado.

No le deseo suerte a quién no tiene voluntad de enfrentarse, prefiero no mentirle: le auguro horror y soledad. Le espera el eterno reproche alojado en el espejo del baño preguntándose si otra suerte pudo acompañarle en su vida, y sospechando, siempre sospechando… siempre sabiendo, siempre lamentando, por siempre rumiando, por siempre faltando. Suicidas del closset devorados por su propio olvido, por su deseo de haber sido algo más.

Vivirán y morirán con esa sospecha
con los años transformada en reproche y en certeza
de que hubieran podido sonreír con sinceridad
si hubieran tenido la audacia de atrave(r)sar sus pesadillas
sin el paupérrimo amparo de lo ideal.

De ellos que se apiade la muerte
porque ni el destino ni Caronte los perdonarán.
Es preferible ser un ave de paso que hacer de ancla
a un maldito naufragio.

Allí donde acontece un cuerpo perdemos toda capacidad de mentir,
allí donde somos incapaces de detenernos a pensar y decidir,
en ese rostro que jamás se podrá maquillar lo suficiente
como para convencernos a nosotros de que le alegra vivir
se esgrime patente la factura de intentar sonreír
con el alma fracturada y siempre dispuesta a evadir.



[Escrito: martes 26/01/2016]

martes, 26 de enero de 2016

Contar

Quizá como hijo de contador, o como newtoniano a rajatabla, he perdido mucho de esta palabra. Con razón la transgresión que emana profunda rebeldía en Los números Inip.

Contar de conteo, contar de narrar y compartir, contar de tener en cuenta… Contar con los dedos, con los gestos y con las personas.

Si, en ‘contar’ hay más que deudas, hay algo más que lógica. Reside allí, incluso más que una mera y burda humanidad, un granito de espacio, un lugar en el mundo a los ojos de alguien más.

¿No será eso lo que llaman ‘hogar’?

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De verdad es necesario encontrarse con algo de la falta de una persona para tener un lugar en su vida. Si, el maldito de Lacan tenía razón en eso: Se hace anillo de esa falta, eso es lo que se da y lo que da cabida a la compañía, al compromiso enmarcado y efectuado en una suerte de castración, en una actitud de ceder, de negociar y aceptar, de construir como humano par.

Hoy dibujo mis letras, así que seré meticuloso: Contar con alguien implica contar con su falta. No volveré a enmascarar una vincularidad ideal aquí, han pasado años ya; sin embargo, siguen siendo necesarias una audacia casi suicida para regalar el vacío que embarga nuestra alma y una ternura infinita para acoger el vacío del otro sin querer resolverlo, sin esperar erradicarlo ni ignorarlo.


Con las yemas de mis dedos te sostengo, te creo para mí; con mis gestos y con mi rostro te cuento lo que soy, te regalo lo que tengo y lo que no, te comparto lo que temo, te confieso mi terror y lo que añoro para que cuentes conmigo también, para que cuentes con mis pasos a tu lado, para caminar. ¿Vamos juntos? Es una propuesta, es mi invitación.

Algo así sería más decente que el típico bla-bla-blá empalagoso y vacío (sin real) del idealista, del Ícaro enamorado que busca y promete satisfacción o completud allí donde florecen la diferencia, el desencuentro, la indeterminación y la compañía auténticamente humana; retoños de subjetividad. ¿Para qué querrán una totalidad? ¿No se darán cuenta que justamente esa es su peor pesadilla? Pero es su propio proceso: yo callo por respeto y escribo por gusto y necesidad; ananké, por la fuerza de escribir.


...Intentaré quedarme. Intentaré quedarme... Intentaré no huir. Aun con lo que me cuesta, me quiero quedar.



[Escrito: primera parte: miércoles 20/01/2016; segunda parte: jueves 21/01/2016]

*Nota: Admito que de cada contacto sincero quedo con la necesidad de crear algo, de retratar, de relatar lo que he visto y de acompañar a construir a alguien más... sea desde la distancia de mis letras o desde la complicidad, aunque a veces termino por señalar con fuerza lo que sé que dolerá, o escribo casi gritando sin piedad.

En cuanto a la segunda parte... claro, aquello también motivó una producción en mí, una decisión que no creo que sea entendida sino hasta el final.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Crecer

Hay algo que me tiene pensando, aunque no preocupado.
Siempre he tenido la impresión de que la gente pide demasiado en el amor, o esperan demasiado de las relaciones y quizá eso es lo que más les dificulta vincularse con otros. Me incluyo.

Cuando uno está seduciendo a alguien para acostarse con esa persona, basta con insinuarle que le darás todo lo que está buscando aunque uno sepa que es un engaño –que la satisfacción es un imposible– y la otra persona lo sospeche. Sin embargo, nunca se aclara lo ilusorio del caso sino hasta el final, en lo eminente de la ruptura, explicando así el resentimiento y los reclamos que muchas veces quedan de eso.

Es fácil verlo. Entre más condiciones tenemos las personas para elegir una pareja, más esperamos de esa persona. Es algo que me resulta evidente: Si la gente no esperara del amor, eligiría a cualquiera sin tomarse el arduo trabajo de discriminar, ni se molestaría con el otro cuando hace o deja de hacer ciertas cosas.

Todos tenemos expectativas, alguna cosa esperamos del otro. No tenerlas sería entrar en (volver a) el autismo, literalmente. Ahora, uno puede conocer sus expectativas, hay algunas que se pueden reducir, hay otras que no; pero todas se pueden transformar aunque sea un poquito y eso es lo que uno llama “crecer”. Crecer duele porque implica frustrarse y buscar alternativas, pero es bonito a su manera.

A la larga es difícil que una persona se quiera meter o comprometer con alguien que le diga la verdad, con los costos y ventajas que eso implica. Me recuerda a “Mentiras piadosas” de Joaquín Sabina… la mayoría prefiere que le mientan, la verdad del perpetuo desencuentro es muy difícil de soportar.

En ese orden de ideas, las funciones de relativa incondicionalidad, de acompañamiento y co-creación propios del campo del amor han recaído sobre la amistad, mientras que al amor de pareja se le ha atribuido el deseo sexual y el deber de la satisfacción del otro y de sí mismo, haciendo del amor una suerte de imposible, un idilio, una fachada que tarde o temprano se fractura y acaba bajo el peso de quienes son sus integrantes.

No obstante, a medida que he ido creciendo me he topado cada vez más con gente que ya no está dispuesta a invertir en quimeras; gente un poco más desencantada que goza opacamente pero que, aun así, desean amar, crear, acompañar, arriesgarse y esforzarse en construir un vínculo con otro. Eso me alegra mucho, me alienta.

Una pareja no es alguien que te vaya a satisfacer, es alguien con quién vale la pena caminar, cultivar, crecer y crear. La ligazón cultural entre el amor y el sexo (deseo sexual, “satisfacción”, etc.) es un infortunio gigantezco en ese sentido.

La gracia de una amistad es que uno sabe que se va a desencontrar, mientras que en las parejas uno tiene que darse cuenta de eso con el tiempo; por eso una relación filial es culturalmente privilegiada para la creación, pues sólo se puede construir desde la riqueza de la diferencia y nutrirse de allí para crecer como un más-de-uno, para agenciar juntos, en compañía.


[Escrito: viernes 25/12/2015, corregido lunes 28/12/2015]
*Nota: Medir el propio valor o el del otro por la capacidad de satisfacer, de ser suficiente, es un gigantesco error.

martes, 22 de diciembre de 2015

Martín Heidegger: Poder ser mientras se es

No creo que tenga que explicarles qué es un meme; si les hace falta, entonces les dejo un link en las notas. Este está hecho sobre el “Yo dawg” de Xzibit, para los que nos vimos Pimp My Ride. Ahora, manos a la obra.

El chiste es bueno y bastante acertado, pero nos sirve para apuntar a una pregunta: ¿Por qué carajos alguien tendría que hacer un esfuerzo monumental –y por monumental me refiero al ladrillo que es Ser y tiempo, sin contar el resto– para hablar del ser que es mientras se es, mientras se está? No creo ser negligente al asumir que algún motivo tendría Martín Heidegger para eso además de simple ociosidad, y que tendremos que rastrearlo con lupa en su obra y en la historia para poder encontrarlo; después de todo él era medio megalómano, sólo se esforzaría tanto si estuviera seguro de que está tras algo muy grande. Sin embargo hoy no seré tan cuidadoso, sólo quiero plantear la cuestión.

Siempre recuerdo el apartado al principio de la Carta sobre el Humanismo donde Heidegger  intenta –como puede, y sin dejar la pesadez alemana que Schopenhauer supo señalar de una sola punzada certera– aclarar la relación que el ser lleva a cabo con su ser en el acto de pensar; ¡esta es la operación heideggeriana por excelencia!

Estamos muy lejos de pensar la esencia del actuar de modo suficientemente decisivo. Solo se conoce el actuar como la producción de un efecto, cuya realidad se estima en función de su utilidad. Pero la esencia del actuar es el llevar a cabo.  Llevar a cabo significa desplegar algo en la plenitud de su esencia, guiar hacia ella, producere. Por eso, en realidad solo se puede llevar a cabo lo que ya es. Ahora bien, lo que ante todo «es» es el ser. El pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia del hombre. No hace ni produce esta relación. El pensar se limita a ofrecérsela al ser como aquello que a él mismo le ha sido dado por el ser. Este ofrecer consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje. El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian. El pensar no se convierte en acción porque salga de él un efecto o porque pueda ser utilizado. El pensar solo actúa en la medida en que piensa. Este actuar es, seguramente, el más simple, pero también el más elevado, porque atañe a la relación del ser con el hombre. Pero todo obrar reside en el ser y se orienta a lo ente. Por contra, el pensar se deja reclamar por el ser para decir la verdad del ser. El pensar lleva a cabo ese dejar. Pensar es: l'engagement par l'Etre pour l'Etre.

(Heidegger, [1947] 2006, págs. 11-12)

La expresión en francés del final traduce literalmente ‘el compromiso por el ser para el ser’. Como puede, ¿no? Tanto aquí como en la mayoría de sus obras él se encarga de poner de relieve aquellos puntos de inflexión de la vida humana en donde parece haberse olvidado que una persona (un existente) es mientras es, o digamos, mientras está (ente). ¿Por qué? Porque a su juicio se le había extraído plenamente: La metafísica hablaba de un ser etéreo, un ser que nunca estaba y por eso no devenía, mientras que la física se encargó de hablar de un ser estático que si estaba, pero que nada tenía que ver con la existencia humana. De ahí la importancia del concepto Dasein, que no tiene caso intentar traducir.

Así Martín Heidegger hace diversos recorridos a lo largo de la historia, trayendo conceptos y describiendo los contextos y sentidos que los rodeaban, en los que tenían la consistencia propia de los mismos. En este proceso hace señalamientos puntuales de cómo habría ocurrido esta llamativa extracción paulatina y nunca deja de hacer hincapié en cómo se acentuaba al ser en estas. Por ejemplo, y no planeo traer la cita porque me da pereza, cuando distingue entre el Zoon y el Bíos en la Grecia antigua, siendo el Zoon una noción que refería a los seres vivos en general (incluyendo a los hombres) mientras que el Bíos hablaba de la vida humana propiamente y ponía de relieve la dimensión ética que rodeaba a esta noción: lo propio del Bíos es la capacidad de elegir qué hacer con su vida, siendo ya una cuestión eminentemente ética.

Dejando a Heidegger descansar en aquella casita en la selva negra, uno podría comenzar a investigar nuestra cuestión de cómo y por qué se extrajo al ser del ser a partir de los indicios de la lingüística platónica. Me dirán protestando: “¡pero Platón no tiene una lingüística!” los ortodoxos –con énfasis en el ‘orto’– , bueno, pues claro que si la tiene. Relean El Sofista, allí se introduce una distinción entre nombre (όνομα) y verbo (ρήμα) que no existía antes, y se pone en juego a través del juego de roles que es el diálogo mismo, una disposición de representaciones. Intentaré hacerme entender.

Antes de esta lingüística rudimentaria, que es la que da pie después del desarrollo de los juegos y horrores silogísticos de Aristóteles, estaba la de Antístenes, el primer cínico, un sujeto desencantado que decidió reducir todo a nombres (όνομα), a sujetos, en vez de plantear jerarquías. Casa, perro, árbol, daga, comida, paja, tierra, barril, Alejandro (Magno, pero sin el “magno”), atardecer etc. Con la distinción introducida en el trabajo platónico, se hace posible afirmar la verdad: Lo verdadero es un verbo (ρήμα), digamos, un predicado, que diga cosas acertadas acerca del nombre (όνομα), es decir, un sujeto. Esa mera operación es un cambio gigantesco en occidente, porque es lo que provocará el surgimiento del empirismo como forma de comprobación de la verdad de los enunciados, tachando como mentira todo lo que no sea comprobable.

Así, con una simple distinción aparecida en un diálogo que suele pasarse por menor, la imaginación, la fantasía y el malestar psíquico quedan relegados al territorio de la mentira por carecer de evidencia. Esta distinción entre “Verdad” y “Mentira” nos ha costado suficiente, y aun se lleva a la tumba a tantos amores que valdría la pena sacudir a Platón de la suya sólo para pagarle el favor.

Cuando estaban sólo los nombres (όνομα), cada cosa tenía su ser consigo puesto que no había necesidad de decir nada más para aclararlo. Con la aparición del predicado, de lo que Platón llama verbo (ρήμα), se plantea una nueva posibilidad: Un predicado que no diga la verdad acerca del sujeto, es un enunciado que carece de ser. Si yo digo “el cielo es verde”, en la medida en que eso no es verdadero, bajo la lingüística platónica mi enunciado no hablaría de un ser en lo absoluto; se le extrae el ser a lo que no es verdadero, a lo que es falso, a las apariencias, a las mentiras. No será sino hasta Freud en 1900 en que se le devuelva algún efecto de verdad a las fantasías, a los chistes y las mentiras, a aquello que no tiene evidencia más que la vida subjetiva.

De esta manera, el nombre (όνομα) terminó subsumiendo al  predicado, haciendo imposible hablar de algo que no fuera verdad… y ya que la verdad es tan esquiva, se le dio aires trascendentales (de mundo de las ideas en el que hay sólo nombres o Ideas puras, de realidad inaccesible) y fue mejor quedarse callado con el tiempo, tal como en la edad media ante la inquisición. Bajo el efecto de esta nueva jerarquización, bajo el silencio el verbo (ρήμα), algo del ser se le escapa al sujeto en la medida en que ya no es suficiente para sí mismo pues no basta con decir un nombre para decir la verdad, y al mismo tiempo nada se puede predicar sobre él con tranquilidad o certeza porque seguramente será mentira o falsedad, de manera que el sujeto (como en el primer momento de Lacan, el platónico Lacan de la lingüistería) será únicamente la suma de lo que se predica acerca de él, pero estos predicados jamás lograrán palpar aquello que el ser es.

Un ejemplo de esto es el ejercicio de preguntarle a alguien ¿Quién es usted? Responderá “yo me llamo José David, soy Psicólogo de la Universidad de San Buenaventura, soy hijo único, nací en Medellín, etc.” Según la tradición más esencialista, podría cambiar cada una de esas cosas y mi “esencia” no cambiaría, seguiría siendo yo, sólo cambiarían los accidentes. Pero Heidegger en este punto será vehemente: toda esencia es existencia, todo lo que está presente es lo que uno es.

Este mutuo vaciamiento es el pecado de la dialéctica, incluyendo la hegeliana que, como señalan Deleuze y Foucault, terminan por definir a lo uno por lo contrario que sólo es tal (oponible y contrario) en el plano de inmanencia en que todo es definido como rojo o no rojo. Así, el rojo queda vaciado de sentido y de ser, y el no rojo se define alrededor del vacío del rojo. Aquella es la misma estructura del delirio y la forclusión, pero también del trauma y del fantasma neurótico que tiene a lo imposible, que empuja hacia el terror.

Ejemplo de esto es que no sabemos qué es un hombre, pero se lo ha definido por no ser mujer y denigrando de estas. Esto lleva a una reivindicación del predicado antes que del nombre (por ejemplo en la fenomenología o en la asociación libre), dando lugar primero al movimiento feminista que a repensar al hombre o a la masculinidad con claridad y seriedad, la seriedad que amerita esta pregunta hoy: El hombre ha perdido el ser y la mujer, vuelta quimera viciada, se debate entre el ideal de mujer fálica-poderosa y su deseo que ahora bien puede parecer inmoral por querer ser mantenida o invitada, deseo propio de la humanidad y no de la feminidad, ser perezosa.

También hay un vaceamiento del ser al condenar los pecados capitales, al condenar e intentar expurgar la humanidad en la edad media. Parecieran buscar un homúnculo, como en Fulmetal Alchemist Brotherhood, un Padre, un ideal proto-humano. En aquella extracción que a menudo intentaban realizara la fuerza, nacen los mártires, los beatos y los santos, sujetos que erradicaron y ocultaron como pudieron sus goces y flagelaron su propia carne demeritándola ante su alma “pura”, desvaneciéndose de su propio cuerpo para ser bien vistos por Dios. ¿Acaso se trata de un Dios tan perverso que desea y goza de aquello? Se entiende por qué la carne pasó a ser del dominio médico (cirugía) y legal (habeas corpus), mientras que el goce pasó a ser pecado y sólo fue reivindicado y reenlazado con la “sustancia gozante” de Lacan: Aquella carne, aquel cuerpo que goza.

Ese fue el freagmento que se perdió en la división res extensa-res cogitans de Descartes: Se perdieron el impulso, el goce, el disfrute, la fantasía y la posibilidad de creación en la búsqueda a ultranza de La Verdad, porque esta nos prometía lo que habíamos perdido y más, nos prometía el goce de dios, la omnipotencia, la omnisapiencia y la omnipresencia que implica hacerse uno con tal deidad… pero, en vida, jamás alcanzamos más verdad que la certeza de nuestra propia muerte inminente.

Este ser vaceado de pecados capitales, de impulsos carnales y pulsionales, es el mismo ser ilustrado que el asumido kantiano plantea: un ser desprovisto de inclinaciones, que sepa callarlas para obedecer el deber y así actuar moralmente; es el ser de la Razón, del imperativo categórico.


Es un ser aun más muerto que el medieval: por lo menos los padres eran pedófilos, pederastas, guerreros, corruptos, sedientos de poder, sanguinarios, tramposos mentirosos… por lo menos tenían una ilusión que los impulsaba a ser píos en contra de su propia naturaleza empantanadamente humana. Pero no, ¡Kant es un maldito santo! Es aberrante, es un sujeto que obedece al deber porque debe, porque le debe obediencia desde la razón. Su proyecto ilustrado es aun más fuerte que la ambigua moral cristiana, porque la razón es mucho más despótica que un tirano caprichoso; la lógica (“razón”) kantiana es impávida como un reloj que nos va devorando a todos con su inmundo tic-tac, tal como hizo Cronos con sus hijos.

Su proyecto de la Paz perpetua es el culmen sociopolítico de la extirpación del ser al ser, de la extracción de la humanidad a las personas que él propone serán las fichas de su máquina impávida. Gran sorpresa se hubiera llevado Immanuel Kant si supiera que, poco más de doscientos años después de su producción, entre el cine y la televisión ilustrarían atinadamente lo que él propuso: La orda de zombies de The walking dead, que están en paz eternamente, que no se pelean entre ellos, que no tienen impulsos más que el de comer, que no tienen inclinación alguna más que a andar por ahí desprovistos de deseo, de vida y de humanidad, desprovistos hasta de muerte y la angustia de morir.

Decía Fernando Gonzáles que desde el final de la metafísica no ha habido sino muerte, y si, tiene razón, pero es un poquito más complicado. No ha habido nada después de la muerte, pero tampoco ha habido vida como tal… sólo ha habido Deber y sujetos divagando sin sentido de por qué vivir. No ha habido vida, sino simple automatismo. No ha habido muerte tampoco pues sólo puede darse el lujo de morir y el honor de optar por la muerte aquel que vive, aquel que sufre y desea, un sujeto con las inclinaciones que Kant decididamente tachó junto con la moral religiosa. En ese orden de ideas, desde el fin de la metafísica no ha habido sino no-muerte, almas en pena, cuerpos autómatas que no pelean entre ellos, que carecen de los conflictos que mueven a la sociedad misma y, sin embargo, son sujetos que no tienen más meta que erradicar al otro con voracidad: la pura dialéctica que termina por consumir al predicado, dejando puros nombres (zombies) vaciados de sentido, no-muertos pero tampoco vivos. Al final no quedarían sino nombres, sujetos sin tener a qué sujetarse, zombies sin tener nada más qué devorar… y silencio absoluto: paz perpetua.

Siempre me ha parecido curiosa la similitud entre el paseo de las 5 de la tarde de Kant, que seguramente hacía por deber y jamás por inclinación, y el caminar incesante de los Zombies. Heredaron el síntoma de su padre, el automatismo para andar, un impulso por erradicar la vida y los deseos, un amor al silencio, la desolación de un mundo en paz imperturbable y el esbozo de añoranza de morirse algún día. La paz no existe entre los vivos.

Hay así múltiples esfuerzos a partir de 1900 por devolver el ser al ser, lo humano al ser. Claro, podría traer ejemplos anteriores desde una incipiente fenomenología, o las posturas de Nietzsche que se perdían en las garras del mismísimo anticristo (su hermana) y el antisemitismo, o tradiciones literarias y poéticas tanto más románticas, pero de los que hay que rescatar de allí quizá sólo Nietzsche planteó algo más que la mera evidencia como indicio de verdad. Ni qué decir de Augusto Comte.

El psicoanálisis, Freud, la pulsión, la fenomenología, la discusión estructuralista entre primitivos y civilizados, los estudios sociológicos... pero fue un impulso más académico que del espíritu de un tiempo, de un pueblo o propiamente cultural: Dos guerras mundiales, armas de destrucción masiva, propaganda medieval que insiste en que matar al otro es un deber moral; posteriormente aparece el colmo de los predicados desprovistos de nombre y de ser, los sujetos desprovistos de subjetividad y vueltos meros objetos sin humanidad: los judíos erradicados a mitad de siglo sin piedad.

Ahora parecen querer reivindicar a todos los seres, erradicar los supuestos automatismos y defienden a los animales, los humanizan y fantasean acerca de la inteligencia artificial que puede tener conciencia de sí y sentir. Ahora todos somos sujetos, así que todos se postulan como víctimas maltratadas por algún Otro siempre escurridizo de determinar, pero siempre presente para culpar. Ya no hay cruzadas ni erradicados, sólo atentados, terrorismo y víctimas por donde se quiere mirar. ¡Y ay de aquel que tome justicia por mano propia! Se vuelve victimario, el rostro de la agresora perversión.

Tiene sentido el proyecto de Jean Allouch de postular la psicología como una metafísica: algo del sentimiento se escapa al impulso eléctrico, bioquímico, mesurable. Uno no se relaciona con el organismo del otro tanto como con su cuerpo, por eso importa más la estética que la genética o la salud para enamorarse de alguien más. El cuerpo en sentido estricto, no es material; está en el borde del organismo, plegado como una lámina infinitamente delgada recubriendo esta carne viviente entre su materialidad y la mirada y el tacto de alguna curiosa. Puede ser un cuerpo, pero es más un agenciamiento que una corporalidad. Es estrictamente incorporal, como las huellas que deja la historia en el tacto pero no en la piel, como la memoria que es distinto a la marca en el cerebro como tal.

Se entiende así el esfuerzo por devolverle la espiritualidad al humano especialmente a partir de mayo del 68 y la infinidad de voces escandalizadas que hablaban de un ser humano deshumanizado alrededor de los 70’s y que aun ahora pueblan las redes sociales.

Martín Heidegger fue el único tan paciente como para observar con cuidado y apuntar, no a la humanidad, sino al asunto de fondo; a la ontología. Su ardua tarea de intentar señalar y resaltar el ser en el ser que está, para poder pensar amainar la brecha entre el ser y el ente que dio paso a aquella aniquilación, la brecha entre sujeto y predicado, entre nombre y verbo, que ha sido el estandarte de tantas matanzas en nombre de la verdad absolutizada. Heidegger no es un existencial, es un metafísico alemán que se tomó el trabajo de señalar e intentar corregir la estupidez de hablar de un ser que no es, de un ser que no está, de un ente humano que no deviene y que no tiene ninguna humanidad, de seres que no se transforman y están recluidos en una prisión formada entre el mundo de las ideas, el idealismo alemán, el estructuralismo de principio de siglo y la medicina termodinámica del final del la época victoriana, que no tuvo problema en decirle mentirosa a la histeria y descartarla hacia la inexistencia sin lugar a dudas, sin espacio para ser en una clínica psiquiátrica.



Trabajos citados


Heidegger, M. ([1947] 2006). Carta sobre el Humanismo. Madrid: Alianza Editorial.




[Escrito: jueves 17/12/2015]