Es medianoche. No temo bajar las escaleras, siempre en
silencio, sin producir mayor ruido. No temo ser descubierto, pero ser sigiloso
se ha vuelto un juego para mí, y lo disfruto muchísimo.
Esa lucesilla tímida de la nevera se enciende con suavidad,
como si fuera el prólogo de uno de esos pocos sonidos que me resultan reconfortantes
del acontecer como humano cultural: el golpe de los hielos que caen en un vaso
de vidrio y resuenan fríos, helados, pero frescos. No dicen nada con su sonido,
pero suenan con tal finura que bien podría componerse alguna melodía
interesante, hipnótica y congelada con ellos.
Este calor malparido ya me tiene desvariando.
Lo he repetido infinidad de veces, juro que no sé cuantas. El
sonido de los hielos que goplean entre ellos, que hacen resonar el cristal y
retumba helado. Una y otra vez devuelvo los hielos al congelador y los arrojo
al vaso. Y los retiro, y los devuelvo. Sería maravilloso ser un hielo, ¿no? No
para golpearse, sino para estar frío.
Mis manos se han entumecido, pero se sienten frescas. No
entiendo por qué se han entumecido si todo lo que he buscado es algo de
frescura, algo que amaine el calor insoportable de esta noche. Bien podría
meterme al congelador pero no hay suficiente espacio, así que me conformo con
arrojar una y otra vez los hielos a este vaso.
Su sonido me refresca más que cualquier bebida.
Ha pasado ya un tiempo y, aunque no me aburro, he tenido que
reemplazar los hielos. Se deshacen velozmente cuando entran en contacto con mi
piel. Ya tengo las yemas de mis dedos arrugados, pero están tan frías que me
resulta placentero.
Llené de hielo el vaso, un gran vaso cervecero que me
acompaña desde alguna vez en Rionegro, creo. ¿O habrá sido Santa Elena? Lo
tengo en mi frente, congelado, goteando la humedad del aire que se ha visto
atrapada en su superficie. Mi mano sigue entumecida. Dejé de sentir una parte
de mi frente hace ya unos minutos. ¿Qué será este deseo de enfriar mi cuerpo
hasta enmudecerlo? Una parte de mi pelo
también se ha mojado. Qué molesto tenerlo pegado a mi frente. ¿Cuánto me
tomaría desocupar el congelador?
Sigue haciendo calor. Menos mal después de medianoche no
suele haber ruido, pues sería entonces una experiencia en extremo abrumadora.
Odio las discotecas: calor, ruido, gente ruidosa, miradas furtivas, mucha gente
desconocida… no hay dónde habitar, no hay cómo ponerse un vaso de hielo en la
frente y quedarse en silencio. No. No me duele la cabeza, hoy no en todo caso;
sólo tengo calor. ¿Cuánto me tomará sacar el resto del congelador?
El metro en hora pico es igual. Demasiadas personas, mucho
sudor. Ese señor seguramente no usa desodorante… si él supiera a lo que huele, se
arrojaría sin dudarlo al tren. No debe saberlo, puesto que tiene la audacia de
habitarlo por dentro del vagón y no bajo sus ruedas. Por favor, usen desodorante. Y el
ruido… ¡Ah! ¡El maldito ruido! No se callan, no se quieren callar. Algún
costeño grita para hablar. ¡No me importa lo que tengás por decir! ¿Por qué
gritan algo que a nadie le importa? ¿Por qué no hablan como gente civilizada?
Si allá donde crece el plátano no germina el conocimiento, aparentemente
tampoco lo hace la corteza prefrontal. Me restregué la cara con tanta desesperación que el pasajero que yo tenía al frente se rió, parecía entender mi
aversión a los sujetos estridentes; sonrió mirándome y dijo “si ve, es que negro
tenía que ser…”. En otro país seguramente lo hubieran enjuicidado por racista, pero
me agradó que alguien más pudiera odiar tanta estridencia conmigo.
No demoró tanto como temía.
Ahora quedé con el ruido del metro en mi cabeza. ¡Maldita
sea! La mirada de las personas es demasiado compleja. Hay mucho que no dicen,
pero por lo general lo gritan con los ojos como si esperaran que alguien
pudiera reconocer sus señales de angustia y responder con las palabras que
ellos necesitan escuchar. Entre el costeño estridente, los nuevos pasajeros, el
aire caliente y concentrado, la infusión de axila variada y ecléctica, ¡el mal
nacido costeño estridente que sigue hablando por celular! Ojalá lo atraquen y
se lo quiten. Junto con sus dientes. Intento mirar hacia afuera por los vidrios
para no pedirle auxilio a nadie con mi mirada, no quiero contribuir a esta
estridencia tan absurda con mis demandas; además, no creo que alguien entienda
que desearía cocerle la boca a ese costeño, de paso cocerle también los brazos
a los costados al desgraciado que no usó desodorante. Sólo falta un bebé que se
cague y luego llore, con eso termino de sacarme la lotería. Hijos de puta todos.
¿Será que los pescados se dañan si se descongelan? Sólo 5
minutos, no creo que hagan mayor daño.
¿Qué pasará con las personas que se ganan el Baloto? Digo, si
alguien se gana el gran acumulado de 4,000 millones de pesos colombianos, eso
son 1,665,923.94 USD más o menos. ¿Ustedes se imaginan cuanto hielo yo podría
comprar con eso? Bueno, además, ¿qué pasa con una persona que se lo gane? ¿No
lo perseguirán para quitarle su plata? Siempre he creído que les toca salir del
país, por seguridad… Pero es una duda que nunca he resuelto. Tampoco es que
tenga a quién preguntársela. Fácilmente la derrocharían intentando aparentar
algo que no son; no creo que sean muchos los que la usen para algo que
realmente los haga felices, aunque siendo tantos, alguno debe haber. Además de
hielo, creo que compraría un desodorante para cada pasajero de este vagón y le
pagaría al costeño para que se calle. El resto en libros.
Bueno, pero ya puedo salir de aquí. Fue mucho más fácil y
rápido de lo que imaginé, seguramente porque me distraje hablando. Con diez o
doce hielos basta para volver a llenar el vaso cervecero. Este vaso tiene historia, una quizá corta, pero que fue amarga en su momento. Menos mal ya me reconcilié con esas personas… fue una situación desafortunada para todos, no creo que nadie haya podido salir indolente de ese caso. Menos mal el tiempo pasa y las heridas sanan, así que ya no hay rencores ni de ellos hacia mí, ni de mi parte hacia ellos. Fue un paseo bonito, aun conservo una de las piedras que usamos en la fogata. Se rajó con el calor y terminé de abrirla con mis manos hace dos semanas, fue un día muy bonito.
Si, puedo cerrar esta puerta y encerrar el ruido afuera.
Nunca pensé que este silencio fuera tan arrullador. Además,
sigo con mi vaso en la frente, con los dedos entumecidos, así que por fin está
fresco. Santiago me dijo de Juan que mi modo de hablar de él le recordaba a algo que decía San Agustín. Quizá tenga razón, Juan se ha vuelto lo más íntimo que habita en mí, una zona de verdad, una voz que jamás me permitiría desfallecer, alguien en quién puedo confiar siempre y bajo cualquier circunstancia. Imagino que así se sentía San Agustín con Dios, de ahí la invención de la introspección… Escribano es una palabra que me sienta bien en este caso. En cuanto al saber, es otra cuestión: lo único que yo sé es qué y cómo hacer conmigo mismo, ni más, ni menos. Por eso creo que no podría esgrimir mayor poder más allá de lo aparente.
Con Juan como escribano, ya no me provoca una pareja que me entienda. No... ni me provoca hacerme entender, porque yo ya me entiendo. Ahora prefiero un amor apasionado; estoy dispuesto a dar más que palabras frías... quiero regalar mi corazón, amar con locura antes de morir, sin contenerme, sin guardarme nada. Ya no temo amar, pero no será a cualquier malparida: alguien con una pasión, con fuego en los ojos, encanto en su sonrisa, encanto en su boca y en su corazón. Insisto, no soy misógino. La feminidad y la histeria son distintas, una cosa es el drama y otra la... bueno, la histeria. Conozco muy pocas mujeres que me resulten interesantes, ni modo. Ya no me conformaré, porque tampoco tengo algo qué pedir.
"El amor mide la agilidad. Con nadie reñiremos ni discutiremos, porque no nos queda tiempo sino para el amor". ¡Ah, Fernando González! ¡Ah, Gonzalo Arango! Hasta es extraño reconciliarse con tanta sensualidad sin reproche alguno.
Me pregunto: ¿habrá alguien escuchándome hablar conmigo por
fuera del congelador? Aquí pude dejar el ruido de mi cabeza por fuera.
Silencio por fin.
Cinco minutos, nada más.
Hasta mañana.
[Escrito: Sábado 09/05/2015, medianoche.]

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