Estamos en Mayo
No podría soportar semejante musicalidad todo el año. Es
mitad de mes y prácticamente soy una melodía. ¿Quién me-lo-di-(rí)a? Tarará-tarará.
Hace unos minutos me di cuenta de que, de cada persona que ha
conformado mi historia, aquellas que tiene un capítulo a su nombre, me ha
quedado música. Es particular, de verdad algo se queda en uno cuando pasan las
personas. Nunca pensé, jamás imaginé que podría trazar mi historia musicalmente
y que no sería tan necesario rastrearme en mis letras, o ver conversaciones
viejas, o dejarme crecer el pelo para ver que pase el tiempo. Parece que me he
vuelto práctico con el tiempo y sin darme cuenta.
Mi amiga de la infancia, su Aerosmith, su Linkin Park y su rock en español. Aquella del pop y Queen, el ballet y mi gusto por Tchaikovsky. La que
me mostró a Breaking Benjamin casi por accidente, con ella le cogí cariño al
Ska y a las luces de navidad. La oreja de van Gogh y la bachata, su espontaneidad y su Radio Tiempo. La idiota
evitativa que me prestó un CD de Arjona, pero también escuchamos La Toma y
vimos The Walking Dead; te toqué la nalga hasta la saciedad en el concierto de
Molotov. La amiga con la que escuché a Silvio, yo la escuchaba cantar reggae y
la miraba con ternura. La mujer fatal que me presentó a Sabina y a mi
nerviosismo; protesté al principio y luego… bueno, y luego aquí me ven. Con la
que exploré el barroco a punta de clavicémbalos, violas y violines; ¡ah, la
pasión de conversar! La que me presentó a Pereza, y luego le conté que había
encontrado a Leiva en mis viajes a San Pedro. Faltan, faltan muchas por
nombrar.
Con mis amigos son muchas más bandas y géneros, pero esta vez
la genealogía es de mi cuerpo y no del sentido. Hoy hablaba con Santiago… sí,
he cambiado; algo grande ha cambiado en mí en este tiempo y me siento distinto,
y me ven distinto, y escribo distinto. Canto distinto, entono de otro modo lo
que canto al despertar.
Nunca podrán desaparecer de mi vida, ¿saben? Ni aunque
ustedes lo quisieran, ni si yo pretendiera extirparlas. No cargo los nombres de
las bandas, cargo sus melodías. ¡Las de ustedes! Las de todas, a mi manera.
Camino con tantos ritmos al tiempo que me he de ver descoordinado. Sigo moviendo
mi mano en cuatro tiempos, soy sincopado en mis golpes, voy a pasodoble cuando
miro a alguien por la calle con firmeza, a paso de metalero con botas platineras pensando en Pereza
o Leiva, escuchando un vals en mi mente. Ran-tan-tán, ran-tan-tán, ran-tan-tán,
ran-tan-tán. Tara-rara-rara-rán, tarán, tarán, tarán, taráááán. Camino chueco, pero
feliz.
Ustedes están en el movimiento de mi cuerpo, en mis melodías,
en las que me invento y las que recuerdo. Un punteo gitanillo por aquí, la elegancia de una
viola por allá, y un tono de realeza hasta medieval. Les tengo cariño, lo juro.
No me he curado de nada, no creo en la cura porque no creo en
la enfermedad mental. Ustedes siguen siendo mis queridos fantasmas, no quiero
curarme de lo hermoso que es recordarlas en mi vida, reconocer el espacio que
cada una de ustedes tienen en mi alma; no quiero ni puedo curarme de lo que soy.
Jamás olvidaré sus nombres ni sus miradas aun cuando se me olviden los detalles
tontos… jamás olvido un olor ni una intensidad. No me arrepiento de nada, todo
ha sido milimétrico aun con la falta de planeación.
Si no fuera por ustedes, yo no sería capaz de caminar feliz
hoy. Les tengo una gratitud infinita por eso, por abrirme las puertas de sus
mundos, por hacerme parte de sus familias, por mostrarme sus canciones, por intentar
enseñarme a bailar salsa –todas han fracasado terriblemente, reconózcanlo–, por mirarme a los
ojos a pesar del dolor y las locuras, de las angustias y las despedidas.
Una amiga vino a mi casa hace poco y le causó gracia la infinidad
de detalles y recuerditos que tengo de las personas que han pasado por mi vida.
Creo que lo único que tengo que no es un regalo son algunos de mis libros y mis
cuadernos, que son míos por mi puño y letra. Letra. ¿Cómo podría negar mi
propia historia cuando apenas aprendo a amar lo que soy? ¡Es que estoy más
feliz que nunca! Es a penas apropiado que despliegue semejante alegría y
gratitud, que no tema en reconocer sus nombres y sus consecuencias.
Un gran amigo –al cual obviamente le estoy diciendo gordo– me dijo que
hay trozos libidinales que jamás se desprenden de los objetos que alguna vez
invistieron; y bueno, tiene razón. No dejo de quererlas mucho, muchísimo. Lo
bonito del caso es que pude integrar ese cariño, no como objeto perdido, sino
como parte de mí. No me hacen falta aun cuando las quiero tanto… finalmente
aprendí a querer sin amarrar, a apasionarme y vivir mi temor con sinceridad sin
intentar controlar lo que sucede y deja de suceder. Asustarse también es
hermoso, “dejar fluir y dejar ser”, decía el Maestro la última vez que lo
escuché.
Hay un asunto que asocio ahora que escribo esto: la gracia de
la melodía es justamente esa, que las notas no suenan todas al tiempo, sino que
cambian, se transforman, se suceden y continúan. Se pierden y ceden su espacio
unas a otras, pero de algún modo su sonido sigue vigente en mi oído como si hicieran
un mismo paisaje, un mismo movimiento de prestidigitador consumado que dibuja
un gesto con sus manos ágiles y desnudas. Las notas pasan, no se controlan
(Bach aparte), siguen y fluyen, y esa es la gracia. La melodía es lo que queda
al final, aun cuando la música ha cesado, retumbando en mi cabeza.
Chicas: ¡ustedes son mi música! ¡Son mi movimiento y melodía, la preciosa armonía que acompaña esta composición! Y ustedes son las únicas que saben que,
en mí, la melodía no es otra cosa que el amor.
Gracias por tanto amor, por tanta vida, por tanta emoción,
por esta alegría.
¡Gracias por dejarme cantarlas cada día!
¡Gracias, infinitas gracias por mayo y por esta melodía!
[Escrito: viernes 15 y sábado 16/05/2015, medianoche.]
Alegría. Gratitud. Movimiento & Melodía.

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