miércoles, 13 de mayo de 2015

¿Qué tal si...?

No pretendo decir la verdad. Hoy no, en todo caso.

Pero… tengo una pregunta: ¿Qué tal si…?

No, no es una afirmación. Es una sospecha, es una pregunta, es una incertidumbre a pesar de lo dulce de cómo pueda sonar.

Lo digo del siguiente modo: no creo que sea sencillo, ni siquiera probable aun cuando – y lo digo estrictamente hablando– pueda ser posible. Sin embargo, es implausible y eso es lo que me da la libertad de preguntarlo.

Prosigo. ¿Qué tal si…?

Es una melodía. La tengo en la cabeza desde ayer, o desde hace dos días, no sé.  No sé cómo termina la pregunta porque no quiero una respuesta. Quiero la pregunta. Por eso es implausible aun cuando es probable, porque no la formularé.

No es una pregunta incompleta. Es la posibilidad de una pregunta, y me agrada como posibilidad. No se constituye como duda por el simple hecho de que no sufro tanto, no espero, sólo me apasiono.

Es una cuestión filosófica también, pero especialmente filosófica. Es una reflexión infinita, densa e infinitamente liviana; es una pregunta a la que no estoy amarrado porque no busco una respuesta, como tampoco busco formular la pregunta en su totalidad. Diría que es un acto de cobardía si no me estuviera retrayendo conscientemente, retirándome deliberadamente pero sin abstenerme de ser. Diría que es un acto de cobardía si me hiciera falta formularla.

Es una pausa. Un bosquejo, una reinvención en estado escueto.  Debió existir algún momento en el que las cosas no tuvieran un nombre en la historia de la humanidad; la incertidumbre nominal (si se me permite) es un reflejo opaco de esas épocas en las que aun había que señalar con el dedo a lo que carecía de alguna forma de llamarlo. Eso, esto, aquello. Algún, algunos. Vos. Quejo.

La Anomia de Durkheim. ¿Será que le tenía miedo a sentir? No digo que yo no, justamente porque he vivido antes un miedo como ese. Pero ahora estoy tranquilo con eso; como siempre, desconfiado, pero tranquilo… y a ratos confiando más en la gente. Supongo que es cuestión de tiempo.

Es estético. Inútil. Inservible. Pero hermoso a su manera y, por sobre todo, sincero. No me velo, como dice Oscar Wilde. Me quito mi armadura. Y no esperaría que tantas letras salieran de desprenderme de esta coraza, de abrirla al mundo. Por mi tripa, por mi tripa. El malparido de Sergio es causante, sigo fracturado. Romper con Ana fue a penas una consecuencia, una de tantas, de semejante fractura… de no poder sosteniendo mi coraza rajada, de tener el pecho vuelto mierda. Sangro, sangro. Desde que él no está, no tengo más opción que sangrar, que ser sincero a toda costa, aunque me cueste el alma y la tranquilidad. Le debo mucho a él, muchísimo… un puño en la cara, entre otras cosas. Por lo menos ya me resigné, no me pagará mis 20.000.

Las cosas si entran, pero entran tan pero tan fuerte que me despedazarían. Por eso no soporto las manifestaciones de cariño, porque aun estoy sanando mi carne magullada por semejante sopetón. De Julio a Julio me he hecho adulto, a los golpes, a las fracturas, a las letras y las palabras, pero aún quedan dos meses.

Nadie lo sabe. Ni siquiera lo sospechan. Pienso en él, pienso mucho en él… a ratos lloro, lo hablo, lo recuerdo, lo despido. El imbécil ni siquiera tuvo la decencia de despedirse de mí. Sigo descalzo, esperando a sentir el temblor de su aniversario. Y ahora Luis…

Mentí, dije la verdad. Seré coherente, así la diré completa.

¿Qué tal si… te cuento? Esta historia, esta maldita historia aun me saca lágrimas, aun no ceso de extrañarlo. Aun siento este vacío, él no deja de no estar aquí conmigo, como siempre fue, cansón, teta e insensato, pero mi hermano. Él fue el amigo con el que me encarné, al que no le oculté nada. Falta que Vieco también se mate y me tiro de un balcón.

Maldita sea.

No, no. La verdad es que hoy quiero vivir, dado el dolor, dado el cariño, dado el miedo… quiero vivir con las personas que quiero; por lo menos estoy pudiendo con mi soledad. Dada la vida, dado el cariño, dada la pasión.

Me duele confiar en la gente. Los puedo escuchar, pero me cuesta hacerlos parte de mi vida. No sé si pueda contarte porque no sé si yo huya, ni si vos te quedarás, ni si te importe, ni si te interese.  Ese miedo no se pierde, lo cargo a cuestas como lo último que él y yo hablamos, como no haberlo podido abrazar unos días antes y despedirme con tranquilidad. Mi problema no es la muerte, pero que por lo menos se despidan. “Amigo” es una palabra que me ha costado usar desde ese entonces, pero creo que he encontrado a grandes amigos desde que eso pasó.

¿Qué tal si te cuento por qué me arde tanto? Porque sigo sanando esta herida, mi voluntad de confiar en las personas aun se encuentra fracturada. Hago lo que puedo aun con mi dolor.

La formulo: ¿Y qué tal si confío en vos? No quiero una respuesta. No me preocupa agradar ni generar interés, aun cuando me siga faltando un ala y me haya arrancado la otra por la fuerza: caí en picada, pero no me arrepiento. He vuelvo a formular mis ideales, son mis bosquejos, por eso Rin, por eso este trazar excesivo e incansable. Menos mal que soy mi escritor, así puedo escribir todo aquello para lo que no tengo palabras aun cuando lo intento.


Me reformulo: te abro esta puerta, mi coraza ya no funciona, ninguna armadura quedaría entera después de todo esto. Fracasé como hermético, pero eso me hace feliz. Sé que ya no puedo mentir y eso me saca una sonrisa desde el fondo de mi alma, ya no tengo más opción que ser sincero.

Cementerio de viejos ideales consumidos por la maleza, de modos arcaicos caídos en desuso por el ejercicio del amor  y la superviviencia, de escombros de tiempos pasados cubiertos por la potencia del vitalismo que me invade y que sigo encarnando, lo que me queda de epicúreo… te presento mi jardín.


Bienvenida.




-Jose David




[Escrito: miércoles 13/05/2015]

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